En nuestro número de julio publicamos dos acercamientos críticos a la UNAM, uno de Gabriel Zaid y otro de Guillermo Sheridan, que merecieron todo tipo de respuestas, algunas, las menos, serias y respetuosas, otras simplemente viscerales y que se descalifcaban por sí mismas. En un afán por mantener viva esta discusión, vital para la universidad e importante para el país, recuperamos este ensayo publicado por el historiador Alfredo Ruiz Islas.
– La redacción
Contra lo que pudiera parecer, y muy a pesar de que resulta una instancia un tanto inútil –vista la forma en que se conduce, sin tomar en cuenta las denuncias que recibe sino con un muy sobado “sí, ya te oí; te contesto cuando me dé la gana”–, no dedicaré esta entrada a la oficina del Abogado General de la Universidad Nacional sino a quienes, con argumentos extraños en ocasiones, reduccionistas en otros, y torcidos las más, se asumen como defensores ex officio de la misma institución. Concretamente, me referiré al artículo de Arnaldo Córdova titulado "La Universidad y la derecha", aparecido el 29 de agosto, en las páginas de La Jornada.
El doctor Córdova, todo mundo lo sabe, es un connotado pensador de izquierda que, al calor del pensamiento en boga durante la década de 1960, cobró amplia fama con su libro La ideología de la Revolución Mexicana. Es, asimismo, un opinador asiduo sobre la realidad nacional y, sobre todo, un crítico enfebrecido de lo que él llama “la derecha”. ¿Qué es, para Arnaldo Córdova, “la derecha”? Bien a bien, no se sabe. Por momentos, parece ser cualquier postura favorable a la apertura del mercado y la disminución del papel que, con respecto a la vida nacional, guarda el Estado. Sin embargo, en ocasiones parece que "la derecha" es todo lo que no es "la izquierda" y, en este sentido, "la izquierda" tampoco es "la", sino "una" sola, aquélla con la que concuerdan los muy cerrados paradigmas de Arnaldo Córdova.
En esta ocasión, el académico de marras se ha metido con Gabriel Zaid y con Guillermo Sheridan a propósito de las críticas que ambos le endilgan a la universidad en el número de julio de Letras Libres. Como los aludidos no necesitan quién los defienda –de hecho, nadie en esa revista necesita defensores espontáneos; ellos se bastan y se sobran solitos, como se lo demostró Enrique Krauze a quienes, de un modo u otro, pretendieron salvar los muy cuestionables trabajos presentados en la compilación México en tres momentos–, yo me concentraré, únicamente, en exponer la serie de falacias, inexactitudes, contradicciones y errores garrafales que contiene el citado artículo de Córdova, en el entendido de que a) estoy plenamente de acuerdo con la opinión que emite acerca de las universidades privadas; b) creo firmemente que las carreras de humanidades no son improductivas, sino todo lo contrario.
Salvado el escollo, iré por partes. Lo primero es el flagrante error que comete Córdova al decir “llevo 43 años trabajando de tiempo completo en la UNAM, y siempre he sido crítico de los mecanismos que operan en ella”. Con el debido respeto, eso es una barbaridad. ¿Cuántas veces, en esos mismos años, Córdova ha pedido que su plaza definitiva de tiempo completo se ponga a concurso? ¿En qué momento se ha opuesto a programas como el PRIDE, que efectivamente crean una brecha entre los profesores bien pagados –como él mismo– y los de asignatura, como el que estas líneas escribe? ¿Cuándo ha pedido que se le baje el sueldo? El autor del artículo es muy hábil cuando indica que los sueldos de los altos funcionarios son "de hasta siete u ocho veces el de un profesor de primer nivel". ¿Qué entiende por "primer nivel"? ¿La crème de la crème de los académicos? ¿Los que apenas inician? ¿Quiénes, doctor Córdova, son esos académicos "de primer nivel"? Porque, si se refiere a los de asignatura con una o dos clases, permítame decirle que el sueldo de un académico de tiempo completo, con todo y prestaciones, puede ascender a cerca de 40,000 pesos mensuales, mientras que el primer sujeto referido ganará, por cuatro horas al mes, cerca de 1,600 pesos. ¿Es eso justo, parejo y equitativo? Evidentemente no pero, como el fondo del artículo es presentar al enunciante como un sujeto crítico, resulta más conveniente montar la comparación con las autoridades que con los propios académicos.
Aparece más tarde la cuestión del debate entre universitarios. Como bien dice Córdova, la UNAM se la vive en el debate; degraciadamente, no se poseen los espacios adecuados para llevar tales debates a un terreno productivo. Sin ir más lejos: el debate protagonizado en 2009 entre partidarios de la ocupación del auditorio Justo Sierra de la Facultad de Filosofía y Letras y opositores debió desarrollarse en un estacionamiento, y luego cada quien echó mano de lo que tenía más cerca para ganar adeptos, mientras la autoridad se hacía la desentendida y nada pasaba. Hasta ahí, correcto, punto para Córdova. El problema aparece cuando él mismo decide que la universidad es un monolito donde todos pensamos igual, y que cualquier ataque procede de las fuerzas del mal ubicadas afuera de ella, concretamente en "la derecha". Suena misteriosamente a argumento staliniano, castrista o hitlerista: el enemigo es ese otro que no es como yo soy, es el diferente y, claro, está afuera, porque adentro todos somos iguales y, si no somos iguales, pues hay que igualarnos, por las buenas o por las malas. Vaya despropósito. O sea que, si entiendo bien, para criticar a la universidad sin ser "un mal universitario" –mote que le endilga don Arnaldo a Sheridan– debo ser "de izquierda", lo que sea que se entienda por eso, y criticar las posturas "de derecha" que aparecen en mi casa de trabajo.
Así las cosas, la única causa de los problemas de la universidad es que exista "la derecha". Córdova mismo lo advierte: los problemas comenzaron cuando entró Soberón, un rector de derecha y reaccionario. Menos mal que, por congruencia, indica que ambas cosas no son lo mismo, aunque tal mención no rebasa, por desgracia, el espacio conferido a ella en el artículo, al ser sabido que, para Córdova y los suyos, ambas palabras son sinónimos, lo que no es necesariamente cierto. Sin embargo, tal es la fuente del problema: "la derecha". No lo son las charriles prácticas sindicales; tampoco lo es el nulo caso que se hace a la legislación universitaria; menos lo son los ínfimos niveles de titulación ni la escandalosa deserción; tampoco lo es el parasitismo que aqueja a muchos académicos e investigadores que, en años, no han escrito un artículo ni desarrollado un experimento a cabalidad. No: señalar eso sería propio de "un mal universitario". Entonces, doctor, ¿qué señalamos?
¿Qué viene después del mencionado alegato? El PRD, y aquí sí no sé en qué planeta vive Arnaldo Córdova. Tal vez en el de las enunciaciones literales, donde el hecho de que el partido se haya metido hasta la cocina universitaria debería implicar que los estudiantes portaran gafetes, credenciales y playeras perredés, que se supieran el himno del partido y que, como borregos, votaran en masa por los impresentables candidatos amarillos... o los rojos, acaso peores. Señor mío: obviamente, no existe un cogobierno universitario, en el que tal partido decide, hace o deja de hacer, pero resulta evidente que sí influye en la vida universitaria. Para ello, basta ver las filias de los dos últimos rectores, el descaro con el que se han alineado con los postulados del perredismo o del pejismo, la gente que han colocado en puestos claves del aparato universitario –Rosaura Ruiz sería el mejor caso, secretaria de una secretaría universitaria sin programa ni funciones claras– y su amable connivencia con los líderes del partido. Líderes o mesías, da igual. ¿No hay, entonces, una burocracia aliada con el PRD? De nuevo, válgame.
Cierra el artículo con una serie de números lindos, que no son sino una apología del trabajo de nuestra universidad, justo lo que Córdova dice que no hace, no ha hecho y no hará. ¿De qué nos sirven los números, si al menos dos de cada cuatro académicos cobran sin dar el golpe? ¿Si muchos estudiantes ven en la reprobación una práctica normal, un estado común al hecho de estar en una institución como la nuestra? Sí, es obvio que la UNAM es mejor que el Tec, la Ibero, la Anáhuac y la UDLA juntas, pero saberlo no es suficiente consuelo porque eso no elimina la fuente del problema: las prácticas torcidas, las conductas inadecuadas, el burocratismo, las plazas ocupadas por inamovibles, las mafias del poder, el manejo discrecional de los recursos, la inequidad de los sueldos, la colusión de la institución universitaria con un partido político, la naturalidad con que se deja hacer y pasar cualquier tipo de cosas en el campus. Ser mejores que los otros no nos exime de dar cuentas –cuentas claras, no las típicas cuentas del Gran Capitán que se presentan cada año– ni de medirnos según los estándares que rigen al resto. ¿Somos los mejores? ¿Por qué no lo demostramos así, sin retruécanos?
Así las cosas, concluye Córdova su artículo con su idea fija: la derecha tiene la culpa de todo. La derecha ataca a la universidad y quisiera verla cerrada. ¿De dónde saca eso? Según él, de lo que expone Gabriel Zaid, a quien "poco le falta para decir que sería mejor cerrarla". Exacto: es posible que poco le falte –yo lo dudo–, pero no lo dice. Y no lo dice porque, para cualquier persona con cinco milímetros de frente, resulta un absurdo. Sin embargo, ese mismo "poco falta" se convierte en "no lo dice, pero lo está pensando", mismo que se traslada ipso facto a todos los enemigos de la universidad pública que, en sus retorcidas mentes, quieren lo mismo: cerrar la UNAM y, como decía aquel correo –que estaba para morirse de la risa, lo que sea de cada quien– firmado por X Döring –que primero era Édgar, luego era Federico, y al final podía haber sido Epaminondas–, convertir el campus en un "manhatan" [sic] al sur de la ciudad. Tal es el problema, común a los fascismos pero, como puede verse, también a los espíritus dogmatizados y confundidos: crearle argumentos al oponente, decir lo que no dijo –pero que sí está pensando, cómo demonios no–, segregarlo y atacarlo. Y, sobre todo, tacharlo así: "es de derecha; es el maligno; la derecha es así, es el mal". ¿Cuál derecha? Se ignora hasta el momento. ¿Y la izquierda? ¿Hace algo? ¿Existe acaso? Nada, ni una ni otra, porque todo en este mundo es plural y, así como en un lado existen las mentes enloquecidas que añoran los viejos tiempos del echeverrismo –con su discurso esquizofrénico de pseudo izquierda– o que quisieran ver el arribo de la dictadura del proletariado –aunque luego se espantarían al ver las excelentes prácticas que tal sistema conlleva–, y en el otro hay los que pelean por eliminar cualquier institución pública y acceder al Estado ínfimo, en ambos lados hay gente coherente. Por tanto, reducir los argumentos a derecha=mala, izquierda=buena, es disparatar; lo cual resulta por demás impropio de un académico que, como Arnaldo Córdova, se gana la vida en la Facultad de Ciencias Políticas.
Muy bonito, muy bonito.
- Alfredo Ruiz Islas


La escritora mexicana Margo Glantz acaba de recibir el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2010. Felicitamos a nuestra colaboradora y recopilamos las reseñas sobre sus libros que han aparecido en la revista, así como algunos de sus propios textos.
- La redacción
Álvaro Enrigue reseña Saña y José Manuel Prieto reseña El rastro.
El “corto” sobre la ciudad de México “De la ciudad: Sus perros y sus vacas” y su ensayo sobre las políticas de la memoria.

(Imagen tomada de aquí)

Hace poco más de cinco años, cuando publiqué La casa dividida (Planeta, 2005), mi principal crítica al Estados Unidos del año 2000 era su frivolidad, más preocupado por las indiscreciones eróticas del presidente que por pensar el mundo con sensatez. Un ejemplo: antes del 11 de septiembre de 2001, la prensa de aquel país cubría con morbo insaciable la desaparición de una becaria que trabajaba con un congresista de medio pelo. Oprah Winfrey dedicó varias emisiones al caso. Time, Newsweek, el New York Times... todos dedicaban ríos de tinta a la vida erótica y el destino de la pobre mujer. Fue en ese contexto de culto a la trivialidad que Estados Unidos eligió a George W. Bush, un hombre primitivo, producto químicamente puro de su tiempo.
La elección de Barack Obama fue un improbable pero bienvenido regreso a la cordura. Cuando una mayoría del electorado estadunidense optó por darle la espalda al Partido Republicano, secuestrado por el discurso conservador más vergonzoso, buena parte del mundo creyó que Estados Unidos había vuelto a sus cabales. Después de todo, una enorme cantidad de votantes había rechazado no solo a John McCain, sino a su compañera de fórmula, la inefable señora Palin, tan piadosa como ignorante. Obama, en cambio, defendía valores como la mesura, la reflexión y el estudio como pilares del ejercicio del gobierno. “Un hombre racional para tiempos irracionales”, como lo describió algún analista tras el memorable triunfo de noviembre de 2008.
Por desgracia, la cultura de la ignorancia y el populismo es hierba mala. En los dos años desde la elección de Obama, Estados Unidos ha vivido una especie de restauración de la estupidez. En la tradición populista-ignorante de George W. Bush, Sarah Palin ha despegado como protagonista en el Partido Republicano. Pero lo de la ex gobernadora de Alaska es lo de menos. A últimas fechas, el escenario de la política estadunidense ha sumado nuevos protagonistas. Y son lamentables. El más preocupante es Glenn Beck, un histrión patético que promueve una mezcla incomprensible de política social conservadora y puritanismo intolerante (con una buena pizca de racismo) y que se ha convertido en una voz de peso en los medios de comunicación estadunidenses — gracias a su programa en Fox News— y, ahora, en la política en Washington. Beck es un fanático religioso con acceso a un micrófono. Un tipo que dice saber lo que en realidad ignora. Un charlatán. Ni más ni menos. Y lo suyo quedaría en el terreno de la propaganda de no ser por la increíble popularidad de la que goza.
El sábado, en un gesto del más notable cinismo, Beck organizó una marcha y un mitin en Washington DC en la misma fecha y el mismo sitio en los que Martin Luther King conmoviera al mundo hace 47 años con su inolvidable discurso del “tengo un sueño...”. Sin el menor recato, Beck aseguró que su intención era hacer suyos los valores defendidos por King. Para hacerlo, convocó a una inmensa congregación en la que incluyó a Palin y otros defensores de los valores más irracionales de la sociedad estadunidense. Y aunque no habló de política, el bufón Beck —a quien le gusta llorar al aire— no esconde sus intenciones. Quizá, incluso, sueña con el éxito electoral. Después de todo, dice que habla con frecuencia con Dios. Y con el apoyo del no menos irracional Partido del Té y millonarios conservadores que lo financian, uno nunca sabe. Lo dicho: pocos peligros mayores para un país que ceder a la tentación de la frivolidad y la irracionalidad.
- León Krauze

(Imagen tomada de aquí)
I have a dream that my four little children will one day live in a nation where they will not be judged by the color of their skin, but by the content of their character.¿Le suena, señora Cep? Al señor Beck se le ofreció viaje y lo aprovechó. Nunca falta alguien así...
Martin Luther King, Jr.

En enero de 2011, cuando hayan pasado las fiestas del Bicentenario y el Centenario, luego de las posadas, la navidad y el año nuevo, será el momento de hacer el balance de lo que cada uno hizo o dejó de hacer para cumplir su parte (y sus promesas públicas) en la doble conmemoración que se avecina. Hasta ahora, esta crítica se ha centrado en el desempeño del Gobierno Federal. Pero en enero de 2011 se ampliará a otras autoridades. Es el caso del Gobierno del Distrito Federal. La idea de resaltar los sucesos de 1808 me pareció muy buena lo mismo que el notable remozamiento del centro histórico, pero habrá que ver el balance en su conjunto. Con esa misma vara habrá que medir a los otros poderes de la unión, los gobiernos de los estados (por ejemplo el Estado de México, que presentó un programa muy ambicioso) y las instituciones de enseñanza superior, entre ellas la UNAM. Al margen de sus propios y merecidos festejos centenarios, la UNAM publicó para el 2010 un vasto plan de actividades, publicaciones, instrumentos de divulgación, congresos, etc., que la crítica independiente deberá cotejar con la realidad cuando caiga el telón.
El común denominador de todas esas instancias es el dinero público. Por eso, el criterio primero para juzgar su oferta será (además de la transparencia) la utilidad pública. Esa oferta, cualquiera que sea su índole (obra material, exposiciones, ediciones, instrumentos educativos, obras de arte, videos, conferencias, etc.), deberá responder a preguntas como éstas: ¿llegó a un público amplio o se limitó a un ámbito endógeno? ¿Fue accesible, coherente, innovadora, reveladora? ¿Fue plural, diversa, abierta? ¿Gustó al público? ¿Valió lo que costó?
¿Y la iniciativa privada? ¿Qué han hecho las principales empresas nacionales en el Bicentenario? ¿Qué harán las grandes transnacionales? Sus jerarcas querrán acudir de mil amores a Palacio el 15 de septiembre pero temo que su aportación concreta al cumpleaños 200 de México será, en el mejor de los casos, discreta, indirecta, a través del patrocinio de sus marcas, o quizá ni eso. Sé de cierto que habrá excepciones. Una de ellas es Laboratorios Grisi, casa con casi 150 años de historia en México, que ha elaborado un bello atlas histórico de la Independencia de México en el que combina la historia de la empresa, la de México y el mundo, con todo tipo de efemérides curiosas. 2010 era el momento para que los grandes empresarios hicieran un aporte sustancial para construir una obra pública perdurable. (Aún podrían apoyar el Proyecto "Generación Bicentenario", que otorgará mil becas a estudiantes hasta la licenciatura). Si la iniciativa privada no pinta en el Bicentenario, en el balance histórico aparecerá con números rojos.
Ignoro qué hará la Iglesia (cuyo clero bajo hizo la Independencia y cuyo clero alto se opuso a ella) en el Bicentenario. Tampoco sé lo que harán los grandes sindicatos, a los que la Revolución les hizo tanta justicia (y les sigue haciendo). Sé, en cambio, que son muchas las instituciones, periódicos y casas editoras que trabajan para dejar huella. Elijo sólo algunas. El Colegio de México reeditará completa la Historia de la Revolución Mexicana que concibió y dirigió Cosío Villegas, así como una historia ilustrada y un ambicioso trabajo multidisciplinario de prospectiva. La Academia Mexicana de la Lengua dará a la luz el Diccionario Escolar México 2010 para enseñanza media inferior y ha organizado ciclos de conferencias en Bellas Artes a lo largo del año. La revista Proceso se adelantó a todos en la publicación de fascículos de divulgación crítica de la historia y ahora da a la luz una historia ilustrada escrita por Guillermo Tovar de Teresa. Algunas casas editoriales han armado buenas colecciones históricas o biográficas.
El público, que ya ha visto buenas películas históricas como Chico Grande de Felipe Cazals, e ingeniosas animaciones como las que ha producido IMCINE, espera mucho de la oferta cinematográfica. Ojalá las cintas no incurran en la maniquea "Historia de Bronce" y tampoco abusen de la caprichosa invención, vendiendo como una "historia jamás contada" una fantasía sin sustento en la realidad.
En cuanto a la televisión, es alentador ver a las nuevas generaciones de directores y guionistas de la serie Gritos de muerte y libertad retomar con talento la buena tradición de la telenovela histórica que fundó en los años sesenta y setenta Ernesto Alonso (El carruaje, La tormenta) y siguió en los ochenta y noventa Fausto Zerón Medina (Senda de gloria, El vuelo del águila y La antorcha encendida). Habrá seguramente otras sorpresas. Una de ellas es "Repensar la historia", excelente conjunto de cápsulas históricas producidas por Alejandra Lajous sobre diversos aspectos de nuestra vida independiente a lo largo de dos siglos. Aparecerán también documentales que refrendarán -así espero- la solidez del género. En todos estos casos, es deseable que la crítica siga las series, aplicando criterios como la originalidad formal, la innovación temática, la coherencia narrativa, la elegancia estética y, claro, la verosimilitud histórica.
En 1910 hubo un Centenario: el de Don Porfirio. En 1960 hubo un sesquicentenario: el del PRI. En septiembre habrá una pluralidad de bicentenarios. Y el juez no será un jerarca ni un partido: será el público y la crítica.
- Enrique Krauze


El olvido literario sobreviene por razones varias; quizá la más perniciosa y constante de todas sea la asfixia que provocan, parafraseando a Gabriel Zaid, los demasiados libros. La multitud sofoca a las pequeñas joyas y los autores de culto cada vez quedan más lejos. Aunque no sea nada nuevo y la historia de los raros se escriba de este modo, siempre es bueno actualizar el panorama de memorables al borde del olvido.
Hoy inicia una serie de posts en los que un escritor, una vez por semana, destaca la obra de algún autor imprescindible, no necesariamente excéntrico, simplemente poco visto.
– La redacción
Las manzanas son un enigma
Amparo Dávila es una de las cuentistas más extrañas, originales e interesantes de la literatura mexicana del siglo XX. Paradójicamente, su obra no ha gozado de una difusión y un reconocimiento dignos de su estatura. Aunque le fue otorgado el Premio Villaurrutia en 1977, recibió un homenaje de Bellas Artes en el 2008 por sus 80 años de edad y el Fondo de Cultura Económica publicó sus Cuentos reunidos en 2009, sigue siendo una escritora de culto. Como suele suceder, ha tenido más eco en el extranjero, donde ha aparecido en aproximadamente cincuenta antologías en idiomas como el francés, el alemán, el italiano y el inglés. Afortunadamente, su obra sigue cautivando a nuevas generaciones de escritores mexicanos, y ha sido leída atentamente por autoras como Cristina Rivera Garza, Vivian Abenshushan y Bibiana Camacho, quienes la han convertido en tema de novelas o artículos.
Nacida y criada en Pinos, Zacatecas(1928), y trasladada posteriormente al Distrito Federal, en sus relatos confluye una mezcla de provincianismo y transgresión que le confiere a su obra un tono profundamente inquietante. Ella misma explica en una entrevista que puede consultarse en YouTube,
que creció en su pueblo natal mirando las caravanas fúnebres que iban hasta Pinos para enterrar a sus difuntos, ya que era el único cementrio cercano. Ya fuera en una carreta o sobre el lomo de una mula, los muertos desfilaban como “un espectáculo”. Desde la biblioteca de su padre, la pequeña Amparo se entretenía, literalmente, “viendo pasar la muerte”. También echaba mano, por supuesto, de los libros que la rodeaban. Entre ellos, la Divina Comedia de Dante, lectura que la horrorizó porque el libro venía acompañado de los dibujos de Doré.
Pero no es la provincia ni la urbe lo que sobresale en sus cuentos, sino las trabajadas atmósferas y la creación de los personajes, siempre atrapados en un destino funesto al que no pueden –o no quieren– eludir. “No hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos”, dice uno de los protagonistas de “El patio cuadrado”. Esa fatalidad permea sus relatos, es una gotera implacable que cae sobre sus personajes, desquiciándolos y orillándolos al abismo, a esa frontera donde realidad y fantasía son una misma y asfixiante pesadilla.
Enclavados en la literatura fantástica y de terror, los cuentos de Amparo Dávila están habitados por personas comunes y corrientes, que se ven enfrentadas a amenazas externas (presencias ominosas, íncubos, doppelgangers, espectros) o a su propia e incomprensible locura. Ya sean solitarios alienados como el protagonista de “Fragmento de un diario”, cuyo objetivo es perfeccionar su escala de dolor, o miembros de una familia tradicional y abnegada, como los que se entregan a su destino de cuidar a un hijo-ogro en “Óscar”, sus criaturas deambulan por una cotidianidad extraordinariamente reconstruida y palpable. Esto permite que la oscuridad y las calamidades irrumpan en las historias con una fuerza sobrecogdora y más “natural” que “sobrenatural”.
Amparo Dávila narra desde una época muy concreta, y eso le confiere a sus relatos una sensación de estar detenidos en el tiempo que, lejos de restarles efectividad, los potencia al hacer sentir al lector que ha traspasado a una dimensión paralela, donde puede verse a sí mismo viviendo en otra vida. En sus relatos se bordan pañuelos, se teme a la tuberculosis, se espera a los tranvías, se usan guantes, gabardinas y sombreros, hay gobelinos y pianos de cuarto de cola, se sirven cremas y licores, y se pagan centavos. “Aquí todo es recuerdo, hasta el aire”, dice uno de los protagonistas de “La quinta de las celosías”, uno de sus mejores textos.
Una de las cualidades más notables de la narrativa de Amparo Dávila es el estilo. Sus relatos están dotados de una prosa afilada y precisa, no existe una frase de más, están trabajados con la paciencia de una escritora que nunca tuvo prisa, y que solamente publicó cuatro compilaciones: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964), Árboles petrificados (1977), y Con los ojos abiertos (incluido en el mencionado Cuentos reunidos). Ella misma comenta que las fatalidades de la vida –como si se tratara de uno de sus propios personajes– le impidieron escribir más o corregir más aprisa sus textos. Lo cierto es que desde sus relatos tempranos escribió con audacia y visión, cultivando una manera singular de entender la vida y la literatura, una donde los caminos rectos e iluminados carecían de su interés.
Lo que más se le agradece, es que siempre evadió las obviedades. Sus terrores no pueden catalogarse con facilidad, porque nunca está claro de dónde proceden. El ejemplo más significativo está en su pequeña obra maestra: “Alta cocina”, un cuento de apenas página y media en el que la protagonista recuerda un platillo de su niñez, que preparaban en su casa a base de un extraño ingrediente que crecía en la temporada de lluvias, que poseía unos ojillos redondos y negros, y que no dejaba de chillar en su lenta agonía en el caldero. Uno no llega a saber exactamente qué es aquello que cocinaban, lo que acrecienta lo escalofriante de la historia.
Hay un principio básico para todo narrador de lo paranormal: para poder escribir sobre ello, tienes que creer en ello. Amparo Dávila cuenta que de niña era visitada por el fantasma de un hombre que había sido dueño de la finca en la que habitaba con sus padres. Un señor con una pata de palo que la hacía sonar cuando se acercaba a ella... La biografía personal entrelazada con la obra literaria. El territorio que crean aquellos a los que la realidad les parece insuficiente. Lo expresa inmejorablemente uno de los personajes de “Música concreta”: “A veces uno sin querer, sin darse cuenta, mezcla la realidad y la fantasía y las funde, se deja atrapar en su maraña y se abandona a lo absurdo, es como irse de viaje hacia una ciudad que nunca ha existido”. Hacia allá nos empujan las historias de Amparo Dávila. La ciudad no tiene nombre, pero en ella hay árboles, penumbra y un viento helado. Y una única certeza: en ese lugar hasta las manzanas son un enigma.
- Bernardo Esquinca

