La jaula abierta. El blog de Roger Bartra

04 de Enero


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Racismo, cultura y atraso: el viaje de Ratzel a México

Se ha publicado la traducción de un libro enormemente interesante para quienes gustan de bucear en la historia de la vida cotidiana en México. Me refiero a los artículos que Friedrich Ratzel escribió durante su viaje por México en la segunda mitad del siglo XIX [Desde México. Apuntes de viaje de los años 1874-1875, Herder, México, 2009]. La lectura de este libro me atrapó desde sus primeras páginas, no solamente por el gran atractivo del recuento de su viaje por México, sino también por un motivo personal. Ratzel inicia su viaje por una región en la que yo trabajé como investigador unos noventa años después (en 1966-67) del paso del geógrafo alemán: la cuenca del río Balsas. Ratzel llega a Acapulco en barco desde San Francisco y para llegar a la ciudad de México, en lugar de tomar el camino real que pasa por Chilpancingo y Cuernavaca, se dirige por una ruta muy accidentada y arriesgada hacia el norte por la costa, para llegar a Tecpan y Petatlán. Cruza la sierra pasando por Real de Guadalupe y llega a la cuenca del Balsas, en la Tierra Caliente. No se dirige a la desembocadura, sino que sigue el río Mezcala (afluente del Balsas) hacia el interior, para después dirigirse a Morelia. Observa que “todo el terreno que corre a lo largo de la costa, desde Acapulco hasta Colima, pertenece hasta muy adentro de la montaña a un número muy reducido de propietarios” (p. 85). A pesar de la fertilidad de esta región, no se produce nada para el comercio: “De esto no sólo tiene la culpa la indolencia y la desmoralización de la población, sino, en igual medida, la forma sumamente desventajosa en que está distribuida la propiedad de la tierra” (p. 85).

Cuando yo hice trabajo de investigación en la zona de la desembocadura del río Balsas (trabajo que terminó en mi tesis de maestría) ya había habido una profunda reforma agraria decretada por Lázaro Cárdenas en los años treinta. De hecho yo trabajaba en la Comisión del Río Balsas, una organización encabezada por el propio expresidente Lázaro Cárdenas, responsable de los formidables cambios. Y sin embargo, la región seguía siendo extremadamente pobre, violenta y marginada. Al leer a Ratzel me di cuenta de que yo me había hecho preguntas similares a las que él se hacía: ¿cuáles son las causas del atraso y la miseria de México? Aunque había transcurrido casi un siglo, y a pesar de los grandes cambios, la vieja pregunta seguía flotando en el aire y en las aguas del Balsas. No deja de ser profundamente inquietante que aún hoy, al leer a Ratzel, reconozcamos que algo de lo que describía aún persiste. En la introducción a su libro, Ratzel justifica sus reflexiones sobre México, un país en aquella época marginal y carente de interés, por el hecho de tratarse de un fenómeno histórico notable, pues lo ve como “uno de los ejemplos más acabados de este extraño estado de transición, que alberga en su seno el surgimiento de nuevas naciones”. Además le atrae el formidable espectáculo de una naturaleza grandiosa a la que describe en forma admirable. “Y, por suerte, su maravillosa naturaleza siempre se eleva con inmutable grandeza sobre el caos de los volubles seres humanos, que dirimen a sus pies minúsculos intereses” (pp. 49-50).

El naturalista y el historiador queda fascinado por México. Pero como etnógrafo se decepciona cuando, desde la perspectiva de los Estados Unidos y Europa, contempla a la sociedad y a la gente: “lo que nosotros llamamos la vitalidad de un pueblo, ciertamente no lo encontramos en México”–nos dice. “Aquí nos hacen falta el crecimiento, la renovación vigorizante y enriquecedora, el incremento en todas direcciones. Es una escala de vida inferior, un vegetar que sirve para mantenerse” (p. 49). Las incisivas y penetrantes descripciones de Ratzel son muy atractivas, a pesar de que las salpica con caracterizaciones racistas y despreciativas que suenan muy mal a nuestros oídos actuales. Estas caracterizaciones, sin embargo, son significativas y podemos reconocer sus huellas todavía hoy en sectores de las clases medias acomodadas en México.

No ve con malos ojos el mestizaje y denuncia como un prejuicio que “se considere a todos los productos de la mezcla de razas como absolutamente malos” (p. 345). Pero señala que los mestizos tienen una fuerte tendencia “a convertirse en blancos, sólo que empeorados”. Y aclara: “A los mulatos y a los mestizos les hace falta ese saludable sentimiento de inferioridad que convierte al negro y al indio promedio en seres provechosos y disfrutables”. El mestizo, para Ratzel, es un “advenedizo”, y dice que como “en todas las razas inferiores lo que le falta no es tanto inteligencia como carácter” (p. 346). Podemos apreciar en el amargo sabor de este tipo de discusiones sobre las razas y sus mezclas el embrión de lo que en el siglo XX serán los debates sobre el carácter del mexicano. Incluso Ratzel menciona a los lazzaroni mexicanos, los famosos léperos, antecedentes del estereotipo del pelado del que la llamada “filosofía de lo mexicano” tanto discutió. Recordemos que Ratzel tuvo como alumno a Franz Boas, quien a su vez tuvo como discípulo a Manuel Gamio, según me hizo notar Leif Korsbaek, antropólogo y traductor de otro interesante libro de viajes que también acaba de aparecer: Anáhuac o México y los mexicanos antiguos y modernos [1861] de Edward Tylor, el gran antropólogo inglés [UAM/Juan Pablos, México, 2009].

Si hacemos un esfuerzo (un gran esfuerzo) por hacer a un lado la terminología racista, podemos adivinar que Ratzel está tocando un problema complejo. Detrás del concepto de raza se agazapa la noción de cultura. Para Ratzel las características biológicas de lo que en aquella época se llamaba raza no son verdaderamente determinantes. Por ello, una raza como la española puede cambiar y, en el caso mexicano, degenerar. Sobre los criollos afirma: “La falta de una verdadera cultura, de un espíritu y un carácter genuinos [...] nunca ejerció una venganza tan amarga contra un pueblo como con esa rama del español que, por la constante emigración, fue trasplantada a América. Los hijos dilapidaron lo que los padres habían ganado, adquirieron costumbres y formas de pensar que para éstos debían ser un horror y, en cuanto se levantó la bandera de la revolución, se levantaron en armas contra ellos. Así como la ventajosa condición económica del México virreinal descansó en el empeño y la ahorratividad de los españoles, así también, la posterior decadencia tuvo como causa principal la indolencia y el derroche de los criollos” (p. 348).

La confusión entre raza y cultura tiñe la visión de Ratzel, lo que hace que su lectura sea al mismo tiempo atractiva y repelente. Atractiva porque describe costumbres y hábitos sociales con una vivacidad y una maestría no desprovistas de ingenuidad. Repulsiva porque a cada paso revela una inquietante veta racista que ya sabemos que puede llegar a extremos catastróficos. Recordemos que la idea de “espacio vital” desarrollada por Ratzel fue retomada por el nazismo para justificar su expansión territorial.

Conviene hoy ver en Ratzel su énfasis en la dimensión cultural y no el peso de una herencia biológica sobre los individuos. Por ejemplo, Ratzel concluye que la historia de Centro y Sudamérica posterior a la independencia revela “a la capacidad colonizadora de los españoles bajo una luz muy mortecina. Más que a la incapacidad individual [...] esto debe atribuirse al bajo nivel cultural que tiene el pueblo como tal, a la excesiva inclinación por el comercio y el mal gobierno” (p. 349).

Las descripciones de Ratzel son sabrosas y vívidas, llenas de anécdotas y de apreciaciones que retratan tanto lo que ve en México como el talante cultural de un europeo de la segunda mitad del siglo XIX. Admira mucho a Benito Juárez y denuncia el papel opresivo del clero, desgraciadamente apoyado por lo que llama un “pueblo inmaduro”, que sin embargo derivaría hacia la barbarie y el desenfreno si no fuera por la presión religiosa (p. 149).

Por último quiero invitar a los lectores a comparar el relato de Ratzel con el Manual del viajero en México, publicado en 1858 por el veracruzano Marcos Arróniz [hay una edición facsimilar publicada por el Instituto Mora en 1991]. Acaso Ratzel usó esta guía para orientarse en la ciudad de México, aunque lo dudo. Allí hubiese encontrado una exaltación romántica de la ciudad de México, un interesante panorama de la literatura mexicana y muy pintorescas descripciones de las calles y los habitantes de la ciudad. Arróniz, un melancólico poeta ultrarromántico, no hace ninguna crítica a la ciudad. Ratzel en contraste, detesta la arquitectura barroca, las calles le parecen demasiado estrechas y llenas de holgazanes. Observa con curiosidad a las mujeres que van a las misas de la Catedral, muy religiosas y fieles al clero. Pero no deja de darse cuenta de que los caballeros jóvenes aprovechan la oportunidad “y especialmente los domingos y días de fiesta [...] montan literalmente guardia en las cercanías de la Catedral. En la calle de los Plateros [hoy Madero], por la que pasa la mayoría de la feligresía femenina, se paran hombro con hombro, apoyados con la espalda contra la pared, y las damas tienen que pasar muy cerca de ellos, porque la banqueta es muy angosta. Entonces alguno aprovecha la oportunidad para susurrarle a la destinataria de su admiración un saludo o un piropo. Es una práctica tradicional. Si como hombres estos jóvenes fueran tan gallardos como las mujeres, esta no sería una escena desagradable; pero la mayoría se ven bastante ridículos y se comportan con una petulancia que justamente hace resaltar lo femenino de su naturaleza. ¡Una gentecita poco edificante!” (p. 150-51).

En cambio, el poeta Arróniz, quien sin duda fue uno de los galanes que piropeaban a las muchachas, describe la misma escena, que llama el “paseo de las cadenas” en torno de la Catedral, en un tono extasiado y cursi: “Cualquiera que las ve [a las damas] de lejos y con fantasía de poeta, creería que eran bellas ninfas, que habían bajado curiosas a la tierra en los rayos de su luz” (162). En este tono –que a Ratzel le parecería afeminado– describe el escritor mexicano cómo las mujeres “se mecen con graciosa coquetería, bañadas con esa luz aperlada y misteriosa”. En el paseo observa “las miradas furtivas y la inteligencia entre los amantes; allí la presión de mano bajo los pliegues de la capa o de la seda, sin que lo sospeche siquiera ni el malaventurado marido, ni el pobre papá. Allí se escuchan palabras misteriosas, las flores a oscuras de una poesía de romance personificado” (163). Y continúa inflamado con una advertencia que podría haber dirigido a Ratzel: “Cuidado, señor viajero, con ir desprevenido a este paseo, ufano de la libertad, y sin ir armado, mejor que de pistolas, de la razón y la filosofía; si no tal vez volveréis a la posada con unas ligaduras más fuertes e indestructibles que esas cadenas en que se mecen las mejicanas, y que con una mirada magnetizadora, y una sonrisa coqueta, las arrojarán al corazón para que ya no salga del círculo de sus encantos” (165).

Acaso por ello el viajero Ratzel establece en su relato que las mujeres mexicanas son el género mejor, que están por arriba de los hombres y cumplen mejor sus tareas. No deja de despreciar la indolencia de las mexicanas, de observar su temprana sensualidad y el hecho de que viven, ya casadas, en un terrible encierro. Sin embargo, observa que “un número desproporcionado de hombres en México está dominado por sus mujeres”, lo que explica por el carácter afeminado, acomodaticio e indeciso de los varones (353). Las páginas que dedica a este fenómeno son graciosas y significativas. En realidad, todo el libro de este viajero alemán esta lleno de detalles de este tipo, siempre en busca de una explicación del atraso y la pobreza de México, siempre comparando explícita o implícitamente con Europa y con los Estados Unidos. La lectura del libro resulta fascinante y estimulante. Es una impresionante inmersión en la vida del siglo XIX mexicano.

18 de Diciembre


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Las identidades del ciempiés

Quiero compartir con los lectores el pequeño discurso que pronuncié en ocasión del Homenaje nacional de periodismo cultural Fernando Benítez que recibí en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el 6 de diciembre de 2009. Fue mi manera de agradecer las apreciaciones que hicieron allí Christopher Domínguez, Raúl Padilla y Juan Villoro.

Los amigos de vez en cuando nos revelan la existencia de identidades que creíamos olvidadas. Los amigos que propusieron y aprobaron este homenaje –que ellos mismos han recibido y que merecen mucho más que yo– me han empujado a la luz de los reflectores al descubrir mis viejas aventuras en los territorios del periodismo cultural. Siento que, acaso, el homenajeado es otra persona, un desconocido que se dedicó con tesón al periodismo y que es él quien merece los aplausos y no yo. Suele suceder que, al ser lanzados a estas situaciones embarazosas, descubrimos que caminamos por la vida con múltiples identidades, como si fuéramos un ciempiés que avanza con muchas patas sin saber muy bien cómo lo hace. De repente me he visto obligado a aceptar que el periodismo fue una de mis patas o, acaso, una de mis metidas de pata.

Al mismo tiempo me doy cuenta de que soy, o he sido, también arqueólogo, sociólogo, encuadernador, antropólogo, comunista, universitario, extranjero, museógrafo, historiador y hasta aprendiz de psiquiatra, para mencionar solamente unas pocas identidades que he tenido o que me han endilgado, a las que se podrían agregar aquellas otras tan fugaces que no valdría la pena recordar si no fuera por el hecho de que fueron traumáticas, como por ejemplo haber sido preso político (10 días), guerrillero (2 días), expulsado del bachillerato por revoltoso (4 meses) y cobrador de letras vencidas (1 mes). Además todos tenemos la retahíla de identidades banales, imaginarias, íntimas o vergonzosas de las que no queremos hablar.

No es algo extraño ni excepcional: a todos nos pasa. Como dije, nos desplazamos por la existencia como el ciempiés, impulsados por diversos egos que se alinean sobre caminos ásperos y cenagosos. Y no es difícil que ocurra, como en el proverbial cuento chino, que un sapo envidioso interrumpa el armonioso andar del ciempiés para decirle: “¡Qué elegante y curiosa manera de andar! Dime, admirado caminante, ¿cómo empiezas a desplazarte, qué pie levantas primero y cuál después, con cuál continuas y cómo ordenas las pisadas?”. Se sabe que el ciempiés se puso a cavilar y nunca llegó a responder: quedó paralizado, tirado en una zanja, y no se pudo jamás volver a mover.

Todos deberíamos estar preparados para responder al enigma de cómo movemos y desplazamos las identidades. No digo que resolvamos el misterio, lo que seguramente no es posible. Pero podemos estar listos para escapar de la pregunta del sapo, que nos salta cada vez que nos enfrentamos a un premio o a un castigo, a un homenaje o a un desdén. Yo puedo responder que el pie que coordina al resto es el del periodismo cultural, como si fuera la nota tónica a la que siempre vuelve la melodía. Y así no me tropiezo, aunque me equivoque.

El periodismo cultural no es sólo la muy importante tarea de conocer y difundir las creaciones culturales de una sociedad a través de los medios masivos de comunicación. Es también –o debe aspirar a ser– un conjunto de vasos comunicantes que enlazan a la sociedad civil con la sociedad política. Tiene como uno de sus objetivos civilizar a la clase política. El periodismo canaliza las obras culturales que produce la sociedad –la mexicana y la de otras partes del mundo– no solamente al conjunto de su público, sino además a las esferas del poder político. El periodismo cultural ha aspirado a crear una masa crítica que obligue a los poderosos a ser más permeables a los valores democráticos y que los lleve –por ejemplo– a leer poesía para que se vuelvan más tolerantes y, espero, más sensibles. Por ello, en el andar del ciempiés de las identidades, es tan importante desde mi punto de vista, la función tónica y tonificante del periodismo cultural.

Cuando fui arqueólogo sobrevivía (anímicamente) gracias a que publicaba una columna en El Gallo Ilustrado, el suplemento cultural del periódico El Día. Escribía sobre el México prehispánico y siempre que intenté extenderme a temas políticos fui censurado, como era común y corriente en el México de los años sesenta. Años después combiné mi trabajo en sociología agraria con una columna que publicaba en el diario Unomásuno. Debo decir que mi trabajo periodístico me inyectaba fuerza e ideas para avanzar en mis investigaciones. Por otro lado, mi alter ego comunista me llevó a ser nombrado director de una revista mensual, El Machete, que se ostentaba como una publicación de “cultura política”, como rezaba su subtítulo. Para hacer esta revista tuve el invaluable y decidido apoyo de Arnoldo Martínez Verdugo, el gran dirigente que impulsó más que ningún otro a la izquierda independiente hacia el abandono de los dogmas y hacia la democracia. En El Machete tuve el privilegio de tener como colaboradores a periodistas y escritores como Humberto Musacchio y José Ramón Enríquez, de quienes tanto aprendí. El extraordinario diseño de Rafael López Castro le dio a la revista una personalidad inconfundible y provocadora. Puedo decir que gracias a la experiencia de dirigir El Machete pude alimentar las ideas que me llevaron, como antropólogo, a escribir una crítica de la cultura nacionalista mexicana, que cristalizó en mi libro La jaula de la melancolía. El exitoso experimento de esta revista fue lamentablemente liquidado por los dogmáticos y los nacionalistas de la izquierda después de quince meses. Una breve pero fructífera colaboración en la revista Nexos contribuyó a redondear mi aventura periodística de aquella época.

Las experiencias acumuladas me sirvieron para la publicación de otro experimento periodístico. Este experimento consistió en la transformación de un suplemento cultural en una revista semanal distribuida todos los domingos a los lectores de La Jornada. Ello pudo ocurrir gracias a Carlos Payán, que me nombró director de La Jornada Semanal en sustitución de Fernando Benítez, que se había ido a abrir nuevas alternativas. El director y fundador de La Jornada me apoyó durante casi seis años de manera decidida y entusiasta; me dio toda la libertad necesaria para abrir la revista a las diversas corrientes, en una época difícil en que los bloques intelectuales y sus caudillos peleaban con rudeza por el dominio de los espacios culturales. Carlos Payán fue el artífice del gran periódico que fue La Jornada de su época y que muchos añoramos. No puedo menos que recordar también a mis compañeros en La Jornada Semanal, José María Espinasa y Galo Gómez, que tantas ideas sembraron en la revista. Una vez más Rafael López Castro creó el nuevo diseño de la revista.

Mientras dirigía La Jornada Semanal se reveló otra de mis identidades, la del historiador que se dedicó con ahínco a reconstruir la trayectoria de uno de los mitos europeos más inquietantes y duraderos: el mito del hombre salvaje. El trabajo periodístico, una vez más, cobijó y alentó mi actividad como investigador. En lugar de ser una carga, la dirección de una revista semanal me estimuló enormemente para escribir los dos tomos que dediqué a ese mito europeo. Y el mito me ayudó a hacer lo que algunos burlona y despectivamente llamaron “la mejor revista europea hecha en México”. Yo lo tomé como un cumplido, pues ciertamente me guió la idea de insertar a México en la cultura occidental, lejos de los perniciosos patrioterismos que tanto daño nos han hecho.

Estoy orgulloso de haber continuado la trayectoria que impulsó brillantemente Fernando Benítez; los suplementos que dirigió me alimentaron desde mi juventud hasta 1989 cuando tomé su relevo en La Jornada Semanal. Este experimento terminó hace casi quince años, en marzo de 1995. Nuevos oficios e identidades me llevaron por otros rumbos, aunque no dejé de tener contactos con el periodismo cultural, gracias al surgimiento de nuevos espacios, como el diario Reforma y la revista Letras Libres. El primero me abrió desde el comienzo sus puertas y me publicó artículos y ensayos en momentos políticos críticos. Letras Libres, gran revista cultural, me invitó también desde el principio y su director, Enrique Krauze, no ha dudado en darme siempre su apoyo. Es allí donde he inaugurado, a tientas y con titubeos, una nueva experiencia periodística y una nueva identidad, la de un bloguero que salta de un tema a otro y que recibe libremente las opiniones de todo aquel que quiera hacer un comentario.

No obstante, ya casi me había olvidado de mi identidad periodística cuando me enteré con sorpresa que la FIL de Guadalajara había decidido dedicarme este homenaje. De ello son responsables quienes hacen posible esta Feria, Raúl Padilla y Nubia Macías, así como todos aquellos más experimentados que yo y que colectivamente han decidido otorgarme esta distinción. De repente una vieja identidad es desempolvada y colocada bajo la luz de los reflectores, donde se retuerce incómoda aunque agradecida. El ciempiés vuelve a mirar cómo una de sus patas cobra vida y anima al resto a moverse sin saber muy bien cómo lo hace. Por ello, conmovido, les doy las gracias de todo corazón.

19 de Noviembre


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Izquierda y democracia en México

Desde 1968 la izquierda en México inició un proceso de reflexión que la llevó a impulsar decididamente la transición democrática. Se dice fácilmente ahora, pero en realidad el proceso fue difícil y penoso. Había dos formidables obstáculos: el dogmatismo marxista y el nacionalismo revolucionario. La izquierda comunista dogmática creía que la democracia formal no era más que una superestructura política del modo de producción capitalista y denunciaba su carácter “formal” y “burgués”. La “verdadera” democracia debía tener una expresión socialista y por lo tanto ser una forma de la dictadura del proletariado a la que se había referido Marx. La izquierda nacionalista, por su parte, en la línea populista expresada por Lázaro Cárdenas, estaba convencida de que la democracia representativa era propia de países industriales desarrollados y que en las condiciones de atraso de un país tercermundista eran necesarias formas peculiares de representación popular acordes con las peculiaridades nacionales. El marxismo dogmático y el populismo nacionalista constituían un gran obstáculo para entender la enorme importancia de impulsar una transición política a la democracia.

El gran impulso para romper los viejos esquemas provino inusitadamente del lugar menos pensado. En la historia de la izquierda mexicana hay un personaje olvidado por muchos y que sin embargo constituye una pieza clave para entender la transición a la democracia. Me refiero a un dirigente comunista que, en agudo contraste con la tradición estalinista, renunció a ser objeto de cualquier clase de culto a la personalidad y se escondió detrás de la máscara gris y opaca de su posición como secretario general del partido. Acaso por su carácter, y porque muchos quieren olvidar que la democracia en la izquierda creció en el contexto inhóspito del dogmatismo leninista, este político ha sido injustamente borrado de la memoria colectiva. Yo quiero recordar que, durante mi larga época de militante, pude sobrevivir a las inclemencias de la política gracias al apoyo y a la amistad de este singular personaje. Me refiero a Arnoldo Martínez Verdugo, que escapó de las viejas cavernas dogmáticas para convertirse en el candidato a la presidencia que en 1982 logró convocar a cientos de miles de personas en un gran mitin en el Zócalo. Durante aquella campaña electoral una parte de la izquierda comprendió la importancia cardinal de alcanzar esa democracia que solía despreciarse como “formal” o “burguesa”. Yo no puedo menos que sentir cierta añoranza por aquel “Zócalo rojo”, como se le llamó con entusiasmo, después de ver los lamentables simulacros de democracia que otros han oficiado en el mismo lugar. A Arnoldo, candidato del PSUM, le reconocieron poco más de 820 mil votos (el 3.48 %). Aunque en aquellas elecciones el fraude fue descomunal –como lo había sido hasta entonces y seguiría siéndolo durante tres lustros– quedó claro que se había abierto un nuevo camino para la izquierda y para el país.

La mutación democrática de la izquierda había comenzado en el espacio de su fuerza política más importante, el partido comunista. Y esta mutación, que acabó extendiéndose a casi toda la izquierda, fue auspiciada por Arnoldo, quien impulsó cambios que provocaron que el PCM se encaminase decididamente a su disolución y a su fusión con otras fuerzas políticas. Ese impulso culminó en lo que hoy es el PRD. Sin embargo, poca gente en el PRD reconoce hoy la gran trascendencia de este proceso y la importancia de quien lo encabezó. La desconfianza en la democracia representativa fue (y sigue siendo) muy grande. Los dirigentes más conocidos de las corrientes no comunistas se resistieron mucho a aceptar las nuevas perspectivas. Líderes como Heberto Castillo, Rosario Ibarra, Demetrio Vallejo, Alonso Aguilar o Rafael Galván –por diferentes motivos– fueron aceptando con reticencias y paulatinamente el papel clave que debía representar la democracia en la caída del antiguo régimen. Resistencias similares fueron manifestadas por varios dirigentes del PCM, como Valentín Campa, Ramón Danzós Palomino y Othón Salazar. Pero al final el partido comunista cambió sustancialmente, desechó las rancias tesis marxistas-leninistas, eliminó la dictadura del proletariado de su programa y colocó a la democracia en el centro de su lucha.

Visto en perspectiva podemos apreciar la excepcionalidad del proceso que provocó en la izquierda mexicana una mutación democrática. Estoy convencido de que la clave de esta transformación se encuentra en Arnoldo Martínez Verdugo, el líder político que, desde la estructura burocrática del PCM, logró provocar un giro extraordinario en las tendencias de la izquierda. Debido a ello, cuando el PRI se fracturó, la corriente encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas encontró en la izquierda independiente buenas condiciones para desarrollarse.

Todavía no ha aparecido el historiador o el politólogo que emprenda un estudio biográfico de Arnoldo Martínez Verdugo, cuyo papel democratizador está en la línea de Enrico Berlinguer y de Santiago Carrillo. Quien haga su biografía encontrará que detrás de su carácter sobrio se esconden claves fundamentales para entender la evolución de la cultura política mexicana.

10 de Septiembre


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El futuro papel del papel

La República de las Letras impresas vive hoy momentos de tensión y nerviosismo debido a los cambios que está generando la digitalización de libros y artículos. El proyecto de Google, que ha digitalizado y colgado en Internet millones de libros ha desencadenado una intensa discusión y una lucha legal entre editores, bibliotecas, autores y la empresa digitalizadora. Desde el momento en que se generalizó la captura digital de textos, que sustituyó a las máquinas de escribir y a los linotipos, era previsible que las nuevas tecnologías acabarían provocando importantes cambios. Hoy muchos se preguntan si no estamos presenciando el comienzo de una era de decadencia del libro de papel, que culminaría con su desaparición. ¿Estamos ante la próxima extinción del libro, este maravilloso conjunto de hojas impresas con tinta? ¿Acaso las pantallas de computadoras son los artefactos que sustituirán en el futuro al libro impreso?

El libro, desde mi perspectiva, es una muy exitosa prótesis que ha permitido durante siglos sustituir funciones que el cerebro es incapaz de realizar mediante los recursos naturales de que dispone. Somos incapaces de almacenar dentro del cráneo toda la información, narrativas y las sensaciones poéticas que genera la sociedad. La acumulación de la información colectiva sólo se puede realizar mediante memorias artificiales, mediante prótesis especializadas en la preservación y difusión de textos e imágenes. El libro es una de estas prótesis, junto con toda clase de archivos documentales, registros, museos, mapas, tablas, calendarios, cronologías, cementerios, monumentos y artefactos cibernéticos que acumulan fotografías, reproducciones de obras de arte, películas, datos y textos. Estas memorias artificiales—pequeñas como el libro, inmensas como el Internet– son un ejemplo de lo que he denominado redes exocerebrales, verdaderos circuitos externos que configuran un complejo sistema simbólico de sustitución de funciones que los circuitos neuronales no pueden cumplir. (He desarrollado la idea de las redes exocerebrales en mi libro Antropología del cerebro, Pre-Textos/FCE, 2006).

Uno de los nudos clave de la red exocerebral es el libro. Ello muestra la gran importancia de esta pequeña prótesis: todo cambio en el mundo del libro tiene repercusiones en toda la cadena exocerebral lo mismo que en los circuitos neuronales del sistema nervioso central. No estamos, pues, ante un problema técnico en los medios de comunicación, sino ante un asunto de gran envergadura que conecta las redes neuronales más íntimas y profundas con el universo social que nos rodea.

Robert Darnton nos ha recordado recientemente que la República de las Letras es un espacio cruzado de líneas de poder, un tablero donde compiten fuerzas dominantes que reflejan el tejido social y cultural en el que está inscrito el juego. Las redes de prótesis exocerebrales no son simplemente un conjunto ingenioso de técnicas que extienden las funciones de nuestro sistema nervioso. Son redes que definen lo que solemos llamar la conciencia y que articulan a los individuos y los grupos en el complejo tejido cultural de fuerzas que caracteriza a las sociedades modernas. Como lo ha señalado muy bien Darnton, la batalla por la digitalización de libros revela un complicado enfrentamiento entre los intereses privados de las empresas y el bienestar intelectual público. Siempre ha existido esta confrontación, pero hoy adquiere nuevas dimensiones por el hecho de que una poderosa empresa como Google ha alcanzado una enorme fuerza monopólica. Si millones de libros se encuentran disponibles en forma gratuita en Internet, podemos comprender que el mercado editorial se ve obligado a rearticularse. No quiero entrar aquí a desenredar el amasijo de intereses que se ven afectados. Basta con señalar que editores, impresores, distribuidores, librerías, bibliotecas, autores y lectores están rearticulando su inserción en ese espacio de poder que es la República de las Letras. Es difícil prever el resultado de esta intensa transformación, pero podemos estar seguros de que afectará los circuitos exocerebrales en que se basa la conciencia humana.

Además, sabemos que nuestra relación de lectores con los textos está modificándose. Cada vez leemos más en las pantallas de las computadoras y cada vez escribimos más en teclados electrónicos. El papel y la tinta en muchos casos son sustituidos por artefactos electrónicos. Hay quienes sostienen que este proceso, desencadenado por la digitalización electrónica, terminará por erosionar las poderosas torres de marfil que son las universidades, las escuelas y los centros de investigación. A fin de cuentas, más que torres de marfil son torres de papel sacudidas por la digitalización y la expansión de la lectura en pantalla. En un libro reciente el profesor inglés Gary Hall ha expresado su entusiasmo por las nuevas tendencias que, espera, impulsarán una democratización de los espacios académicos e intelectuales. La muerte del papel como medio de circulación de ideas sería un adelanto formidable. A fin de cuentas, la digitalización ya ha marginado a los billetes de papel, que son sustituidos por tarjetas de crédito. También se están marginando las plumas, en beneficio de los teclados. Las cartas enviadas en sobres de correo con timbres cada vez retroceden más ante la ampliación del correo electrónico y del envío de mensajes por teléfono celular. ¿Por qué no redondear el proceso y marginar también los libros de papel? Hall plantea que ello minaría el modelo mercantil y empresarial de las universidades y de las empresas editoras, para dar lugar a nuevas alternativas. El libro de Gary Hall lleva un título agresivo: Digitize this book! Por cierto, su autor no ha colgado aún su libro en Internet para ser leído gratuitamente. El texto de Hall, que aún tiene forma de libro de papel, observa que en las universidades la contratación, la promoción y el reparto de privilegios se orientan por la producción de formas impresas en papel. Lo mismo puede decirse de la fama de muchos escritores: reposa sobre una montaña de papel. Hall comprende, sin embargo, que el papel es algo más que un medio de circulación: goza de un aura de originalidad y autoridad; además impone una estructura peculiar. Por ejemplo, el papel controla la extensión y fija la autoría del texto. En las redes electrónicas en principio no hay límites en la extensión y los textos digitales pueden ser modificados sin que queden huellas de la versión original. Además, los textos digitales están permanentemente amenazados por el cambio constante de los programas que permiten su lectura. Todavía no hay nada que garantice que un texto digitalizado hoy pueda ser leído dentro de doscientos años.

Pero estos y muchos otros problemas no han sosegado los entusiasmos por la digitalización ni aminorado los impulsos por sepultar la función del papel. Los poderes que representa el libro serían, como dijo Mao-Tsetung del imperialismo, un tigre de papel. Bastaría eliminar el papel para que el tigre maléfico del poder académico e intelectual fuese derrotado por la democracia digital.

Desde luego, no hay que dejarse llevar por las visiones maniqueas que exaltan ciegamente las maravillas de artilugios digitales que divulgarían a muy bajo costo documentos acompañados de imágenes en video, sonido propio, diagramas móviles, simulaciones dinámicas, enormes bases de datos e hipervínculos para sustentar o ampliar la información. Estos documentos acaso ya no podrían ser llamados libros. Los viejos libros de papel quedarían arrumbados como trastos viejos en un rincón nostálgico o como objetos raros de lujo. Por otro lado, tampoco hay que sucumbir a las visiones que miran con sospecha y miedo todas las innovaciones que trae la digitalización, que amenazarían con una vulgar wikidemocracia las excelencias del intelecto libresco antiguo.

Al parecer la utopía digital se ha estrellado contra la fuerza del papel. Las pantallas, comparadas a las hojas de papel impreso, son primitivas, toscas y poco amables. Además, acaso estemos al borde una renovada metamorfosis del papel. Las nuevas tecnologías han optado por crear imitaciones electrónicas del papel. Así, desde hace pocos años han surgido láminas delgadas y flexibles que usan tinta electrónica y son capaces de reproducir textos modificables. El resultado es una hoja de papel impresa que no tiene luz propia y que se lee como un libro, mediante la iluminación ambiental. Pero a diferencia de la hoja de papel tradicional, elaborada con pasta de fibras vegetales, este nuevo papel (EPD, por sus siglas en inglés: Electronic Paper Display) puede ser modificado por medios electrónicos, como una pantalla de computadora. El papel electrónico es usado por el Reader de Sony y por el Kindle de Amazon. Por lo pronto se trata de un papel cuya tinta electrónica sólo puede reflejar el negro y el blanco. Su calidad es todavía pobre. Pero podemos suponer que el invento será refinado y que podría acaso significar un triunfo del papel en el mismo terreno de las tecnologías que aparentemente lo iban a enterrar. ¿Qué papel tendrá el papel en el futuro? Podría muy bien ser que tuviera un papel protagónico si las nuevas tecnologías impulsan su renacimiento. Creo que las editoriales deberían incluso contribuir al avance de las formas más refinadas del papel electrónico, para que sustituya las incómodas pantallas tradicionales de las computadoras.

Si el libro es una prótesis que forma parte de nuestras redes exocerebrales, no debe extrañarnos que pueda evolucionar hasta convertirse en un artefacto electrónicamente sofisticado que mantenga la sencillez original del invento pero la combine con los extraordinarios recursos de la digitalización. Debemos comprender que toda modificación de esta prótesis ha de provocar cambios profundos en nuestra conciencia, pues la conciencia no es una sustancia o un proceso oculto en las redes neuronales dentro del cráneo sino una red que se extiende por los sistemas simbólicos que –como el libro– nos sustentan como seres humanos racionales.

(Participación en la mesa sobre “Cómo y dónde leemos hoy” en el Congreso Internacional del Mundo del Libro que celebró el 75 aniversario del FCE, el 9 de septiembre de 2009.)

27 de Mayo


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Complot gripal

Mucha gente piensa que el reciente brote de influenza ha sido una invención de que oculta pecados políticos inconfesables o patologías mucho más peligrosas. El miedo habría servido para velar una conspiración de laboratorios farmacéuticos y políticos para incrementar ganancias, una astucia para ocultar los estragos de nefastas políticas gubernamentales o un truco para oscurecer errores gubernamentales. El hecho de que, ciertamente, muchos políticos han intentado aprovechar el río revuelto de la amenaza de pandemia para sus propios fines le da viso de verisimilitud a estas teorías conspirativas. ¿Realmente todo se reduce a una amenaza virulenta de una fantasmagórica mafia de cerdos voladores infectados?

Conviene escuchar lo que dicen algunos expertos sensatos. El director de la importante revista médica inglesa The Lancet, Richard Horton, ha manifestado ideas que me parecen interesantes. Para comenzar, Horton rechaza tajantemente la idea de que el nuevo virus no sea motivo de alarma. Aunque haya matado a menos de un centenar de personas, significa una peligrosa amenaza potencial. Ciertamente, otros tipos de influenza matan al año entre un cuarto y medio millón de personas en el mundo. Sin embargo, una probable mutación de este virus (o el de la gripe aviar) podría desencadenar una pandemia que causaría muchas muertes. “Aún vale la pena recordar –dice Horton– que un virus similar al que ocasionó la pandemia de 1918-20 podría ocasionar a escala mundial 60 millones de muertes”. Y los golpes más fuertes los recibirían los países que además son devastados hoy por la miseria y las enfermedades.

Dice Horton: “México lo ha hecho bien. No repitió los graves errores de China durante la pandemia de SARS de 2002-03”. China ocultó información durante tres meses antes de informar a la Organización Mundial de la Salud (OMS). El error causó graves daños y gran embarazo al gobierno chino, que tuvo que rendirse a la evidencia de que su absurda defensa de la soberanía política y sus principios de no intervención habían ocasionado un serio problema mundial de salud y habían dañado seriamente la economía de los países a los cuales se extendió el SARS. En materia de salud, concluye Horton, la época en que la salud pública estaba basada en la soberanía nacional se ha terminado. Y China no hace mejor las cosas cuando, ahora, desoye a la OMS y pone en cuarentena a visitantes mexicanos.

Sin embargo, sostiene Horton, la respuesta mundial a la gripe porcina ha sido confusa, repleta de recriminaciones mutuas y marcada por una asombrosa falta de preparación. Deberíamos entender que hay que tenerle pavor a este nuevo virus, afirma Horton, para que se acepte la urgencia de combatir al nuevo virus H1N1.

[Las apreciaciones de Richard Horton provienen de su artículo “Birds before swine”, TLS, 22 de mayo, 2009]

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Foto de Roger Bartra cortesi??a Grupo REFORMA / Miguel Tovar