A la memoria: El manifiesto

Hoy es el aniversario de la publicación, en 1848, del documento emblemático del pensamiento comunista.

Un fantasma recorre el campamento

Vivíamos en los llanos orientales venezolanos, en un campamento petrolero. Justo en el confín del Delta del Orinoco. Muy cerca corría un oleoducto. Corrían también los años sesenta del siglo pasado.

Mi viejo era un administrativo del campamento y, en general, tenía mala opinión de los gringos. También de los comunistas que, por entonces, intentaban repetir en Venezuela, sin éxito alguno, igual que en muchos otros de nuestros países, la aventura guerrillera de la Sierra Maestra.

Muchos jóvenes universitarios de todo el país se unían las células armadas con más estruendo que victorias militares. Menudeaban actos violentos – bombas; asaltos, sobre todo– contra multinacionales americanas. Actos llamados “de propaganda armada”. Algunos de ellos, totalmente espontáneos, sin conexión alguna con la dirigencia partidista: emulación juvenil, no más.

De ellos pensaba mi viejo que no llegarían a nada por culpa del espíritu nacional: la improvisación, la mamadera de gallo. Comparados con el Viet Cong –al que sí respetaba–, los comunistas criollos eran para él unos vociferantes chambones.

De los gringos repetía algo que atribuía, con razón o sin ella, a Ortega y Gassett: “Sólo son bárbaros con técnica”. Mis viejos tenían la única biblioteca del campamento. A la hora del almuerzo, papá solía apartarse de todos y, ostensiblemente, masticaba su sánduche leyendo algún libro de Bertrand Russell, a quien admiraba sin reservas.

En una ocasión, al suscitarse una conversación con unos gringos sobre la guerra de Vietnam, o las guerrillas locales estimuladas por Cuba; en fin, sobre la “amenaza roja”, le dio por escandalizar a los bonachones geólogos venidos de Oklahoma soltando el russelliano “better red than dead”. Con lo que, irremediablemente, se convirtió en una especie de Peppone, el comunista que llevaba los libros de la Phillips Petroleum Co. del remoto campamento de Oritupano.

Una madrugada ocurrió una tragedia. Unos chicos de la Universidad de Oriente quisieron hacer volar con dinamita una sección del oleoducto en funcionamiento. Lo hicieron con tal desmañana que sólo consiguieron morir abrasados por una infernal ola de crudo inflamado, una bocanada de gas incandescente. El suceso consternó a todos en el campamento.

Muy preocupado, el viejo Hatch, jefe del campo, vino una noche a hablar con papá. Lo encontró leyendo en el porche.

Say, mister Martínez – le preguntó sin rodeos–,¿tendrá usted entre sus libros el Manifiesto Comunista?

— Seguro, creo que tengo un ejemplar. Si quiere se lo presto.

— No; no es necesario. ¿Lo ha leído usted?

— Alguna vez. Pero hace muchos años.

— Entonces tal vez pueda responder a una pregunta.

— A ver.

— Según ese manifiesto, ¿qué viene después de la voladura de oleductos?

Papá meditó su respuesta. Al cabo, le dijo:

— En algunos países les da por freír gringos. Pero no se preocupe; estos de aquí son unos amateurs. Hablaré con los muchachos; déjelo en mis manos.

— Se lo gradezco mucho.

— Ni lo mencione.

- Ibsen Martínez

(Imagen tomada de aquí)

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