Crítica, conversación, diálogo.
Implacables pero ineptos
Por Antonio Ortuño
Señoras, señores: tenemos un consenso. Entre la nueva crítica literaria mexicana, el consenso es que la nueva narrativa mexicana es zonza, menor, inmunda o, cuando menos, pérfida.
Vaya: quizá esa dichosa “nueva narrativa” merece que la vapuleen. Sí: sobran autores jóvenes que combinan superficialidad con idiotez, limitaciones verbales con ambiciones de bestseller, arrogancia con mala precocidad. Sí: al menos entre los nacidos en los setenta y ochenta, escasean las obras de valor. Se exaltan tradiciones desechables, se esgrimen referentes sobreuntados de pop, se proclaman estéticas carcomidas o procedimientos francamente simplones. No parece haber en el tablero muchos asaltos al lenguaje, muchas reinvenciones de la expresividad, muchos genios retóricos.
Pero excepciones existen. Yo incluiría textos variopintos de setenteros como David Miklos, Guadalupe Nettel, Alain Paul Mallard, Emiliano Monge, Heriberto Yépez, Yuri Herrera, Nicolás Cabral o Vivian Abenshushan entre lo más interesante que ha producido la narrativa mexicana en años recientes. Y hay más nombres citables que pueden echarse a la discusión (Martín Solares, Jaime Mesa, Daniela Tarazona, Mariño González...)
Y las obras redondas, aunque insuficientes todavía, existen: Miklos propone, en su trilogía inaugural de novelas, una suerte de minimalismo extremo que no viene ni de la noveau roman ni de Bellatin y que alcanzan una perfección notable; Nettel ha escrito, con Pétalos, una de las colecciones de cuentos más verbalmente delicadas y narrativamente perfectas que se han visto en estos lares en años; Yépez la emprende a patadas con las road novels en su nuevo libro, Al otro lado, y desvanece la extendida acusación de que lo suyo es solamente el ensayo; Yuri Herrera, con Trabajos del reino, ha escrito seguramente la única novela de narcos con valores épicos y estéticos notables fuera de algunos trabajos de Élmer Mendoza...
Ahora bien: ¿qué es lo que pasa por la cabeza de los nuevos críticos? ¿Se justifica el discurso inquisitorial que manda a todos los narradores jóvenes al bote de la basura? No: basta hojear cualquier revista cultural para darse cuenta que el problema son los propios críticos. Veamos: para empezar, la reseñita rabona (que no la crítica de largo aliento) es el género favorito de las revistas. La publicación de trabajos de creación se ha extinguido y dominan el panorama los “análisis” de dos mil caracteres con chisguetito de veneno incluido. Cualquier asno con un par de autores a medio digerir en el cerebro emite dictámenes de desprecio con una suficiencia que ya quisiera el Papa para una Misa de Gallo.
Pero eso sí: ¿dónde están los estudios a fondo, las subversiones de las artes desde las ciencias sociales, la relectura y refutación de tal o cual canon, la renovación del lenguaje desde la teoría? No: eso no está en las revistas ni en la mesa de discusión. Porque no hay un solo neocrítico con obra seria publicada, ninguno que haya emprendido un trabajo más complejo que reunir una colección de reseñitas y hacerla pasar por libro.
Rafael Lemus, que es seguramente el más reconocido crítico joven del país, ha publicado hasta esta fecha solamente un trabajo en forma de libro, que es además una colección de experimentos narrativos y no una obra crítica que vertebre sus muchos reparos.
¿Si nadie se toma la molestia de reconstruir trayectorias estéticas rastreando relatos sueltos en publicaciones varias, por qué ha de suponerse que la crítica puede limitarse a existir como sección de clasificados de algunas revistas y jamás llegar a materializarse en forma de libro? Pues porque escribir un libro es, siquiera mecánicamente, un trabajo arduo, y en cambio un maquinazo reseñero lo da cualquiera.
¿Tenemos una narrativa joven de segunda? Pues quien lo sostiene es una crítica joven de tercera.
- Antonio Ortuño

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Comentarios (43)
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Huele a petulancia, a soberbia, a consumo de envolturas
…a cuántos escritores desconocen?...la verdadera labor del crítico literario es la búsqueda incesante en todo los rinconero; eso lo enriquece; pero aquí huele a pobreza, a mundillo pequeño, a burbuja, a literatura pastoril y borreguera…..entre más se discute, más evidente la carencia; guarden silencio y busquen, busquen, sigan buscando; no a la vaca sagrada que anhelan, sino el estiércol que entraña más propiedades.
..para ser vaca sagrada se necesita mucho más que hacer seis kilos de estiércol al día....
(estas y más letras las encuentras en el sitio de Pancho Lorenz) myspace.com/franciscolorenz ) Limpien sus lupas y aceiten sus herramientas de medición.
parecería que ignoran más de lo que revelan, así lo creo
Huele a petulancia, a soberbia, a consumo de envolturas
…a cuántos escritores desconocen?...la verdadera labor del crítico literario es la búsqueda incesante en todo los rinconero; eso lo enriquece; pero aquí huele a pobreza, a mundillo pequeño, a burbuja, a literatura pastoril y borreguera…..entre más se discute, más evidente la carencia; guarden silencio y busquen, busquen, sigan buscando; no a la vaca sagrada que anhelan, sino el estiércol que entraña más propiedades.
..para encontrar la vaca sagrada que buscan se necesita desmenuzar los kilos de estiércol que evacua al día....
(estas y más letras las encuentras en el sitio de Pancho Lorenz) myspace.com/franciscolorenz )
Limpien sus lupas y aceiten sus herramientas de medición.
parecería que ignoran más de lo que revelan, así lo creo
Rebeca
La buena literatura, me parece, sobrevive y trasciende a sus creadores, eso significa que no necesita ser bien recibida, sobre todo al principio. E incluso puede ser incómoda. A veces, también, se le puede criticar lo que quizá sea el perno que permita el viraje de toda una literatura: es que el cambio no siempre se ve como bueno, y no necesita serlo, pero de todos modos una mirada insana le teme.
Qué más decir... no creo que publicar poco signifique calidad en lo que se escribe. Ese razonamiento pudiera justificar la suposición de que el artista tiene momentos de arrobamiento, muy contados, llamados "inspiración", lo que sí justifica es que lo que se escribe debe corregirse, estilizarse... vamos, vestir a la mona de seda (sin ser peyorativo). Creo que se puede escribir mucho a cierto ritmo impuesto, y la calidad no es necesariamente mala. Juan Rulfo (que por cierto, su Pedro Páramo no recibió la mejor de las acogidas al momento de ser publicada)no es mejor escritor que, por ejemplo, Italo Calvino (con un puño más de libros en su haber) por el solo hecho de haber escrito menos y, por tanto, publicado menos.
Otra. La madurez estilística bien puede ser que les llegue un poco más tarde. Sin contar la inmensa variedad de distracciones a las que les dedicamos tiempo, lo cierto es que es más difícil modificar el canon ahora que antes. La literatura de hoy tiene menos huecos que cuando Kafka, Joyce, Proust... qué sé yo. Muchas cosas se han dicho ya, y de muchas formas. Además, con todo esto de que las editoriales (gran egocio) no siempre se interesan en publicar calidad sino vender (Harry Potter versus Los detectives Salvajes, bien sabemos que las obras mejor escritas suelen ser las menos vendidas), puede que desanime a los autores, y como también visten, comen y calzan (sin contar que algunos fuman y beben) tal vez se sientan tentados por el vulgar dinero que tanto alivia las penas.
Con todo esto he querido decir que pudiese haber escritores cuya obra no sea bien entendida por la crítica, escritores tardíos, escritores que no están lo suficientemente desahogados para dedicarse a su arte de una manera más absoluta, o sencillamente, que las mejores obras puede ser que no se publiquen o divulguen lo suficiente, dado que no generan tanto como los bestseller, que ensanchan las arcas de las editoriales y les permiten a sus autores comparse una isla.
Habrá que esperar.
j/e
¡Ya mis setenteros!, déjense de pleitos gratuitos... démosle paso a la nueva generación de escritores mexicanos... les comento que estamos preparando ya la antología "South Park Generation", a ver si en este estos se encuentran los genios que Lemus espera con tanta ansiedad. Ya, en serio: apenas se puede creer que siendo los caballeros cuasi cuarentones que son, permitan que un comentario banal, escrito con toda la intención de hacerlos brincar como resortitos, los lleve a estos lamentables extremos de dividirse en bandos: de este lado "los norteños", de este otro, "los sureños" Me da coraje que dos talentazos como Miklos y Yépez caigan en la trampa... ¿qué pasó?, ¡no me decepcionen, por favor!
Ana Elvira, ¿cómo concluyes de Graves que la discusión cultural es básicamente homo erótica? Habría que matizar los conceptos discusión y cultural para evitar la simplificación, raya o dentro de lo chusco o dentro la desinformación.
Una tesis que Graves intentó mostrar, tal vez por su denodado interés por las civilizaciones celtas, era la de la gran diosa para los hombres, entendiendo a hombres como mujeres y hombres. La diosa blanca, madre tierra, la diosa luna, etc. Por consiguiente, una de sus hipótesis o el quid fue que en los mitos griegos se sobresaltó la figura masculina por sobre tales entidades; cuestiona la antropoformización digamos, ello con la afirmación no desprovista de estridencia respecto Sócrates se ceñía a cierta homosexualidad intelectual:
De ahí que no encuentre mucho asidero a lo de que la discusión cultural es básicamente homosexual.
Cuando más como provocación que como certeza aduje no había ninguna mujer en nuestra narrativa o crítica, quise evidenciar lo políticamente correcto que es citarlas sí, para siquiera ubicarlas, pero entablar un diálogo más fructífero realmente... ¿cuándo? Quizá resultó un ejercicio y un pago diluido a lo que Graves afirmaba y que es a colación, respecto de nuestra gran deuda con la figura femenina (lo que me suena igual a Illich por supuesto).
Pero no dejo de observar con simpatía que reconvienes a Antonio Ortuño sobre su ‘crítica’, y no estoy de acuerdo con tu opinión de Yépez, lo que me lleva a darme cuenta a su vez de tu provocación, o está muy bien hecha, o el equívoco conspira para que el crítico no se coma al narrador, que el zapatero no ande renegando de sus zapatos… o a sus zapatos. Mira, no lo sé. No hago ejercicio de la digresión más. No sea que Ortuño quedamente diga que nos estamos saliendo de los temas literarios otra vez, de los que a él sólo le interesan.
PD. Apenas me voy enterando por la web que Graves colaboró con Omar Ali-Shah, respecto Los Rubaiyat originales del también homónimo Omar Khayyam. Qué interesante, ignoraba todo.
*
http://juancastaneira.multiply.com/journal/item/905
Ana Elvira, ¿cómo concluyes de Graves que la discusión cultural es básicamente homo erótica? Habría que matizar los conceptos discusión y cultural para evitar la simplificación, raya o dentro de lo chusco o dentro la desinformación.
Una tesis que Graves intentó mostrar, tal vez por su denodado interés por las civilizaciones celtas, era la de la gran diosa para los hombres, entendiendo a hombres como mujeres y hombres. La diosa blanca, madre tierra, la diosa luna, etc. Por consiguiente, una de sus hipótesis o el quid fue que en los mitos griegos se sobresaltó la figura masculina por sobre tales entidades; cuestiona la antropoformización digamos, ello con la afirmación no desprovista de estridencia respecto Sócrates se ceñía a cierta homosexualidad intelectual:
De ahí que no encuentre mucho asidero a lo de que la discusión cultural es básicamente homosexual.
Cuando más como provocación que como certeza aduje no había ninguna mujer en nuestra narrativa o crítica, quise evidenciar lo políticamente correcto que es citarlas sí, para siquiera ubicarlas, pero entablar un diálogo más fructífero realmente... ¿cuándo? Quizá resultó un ejercicio y un pago diluido a lo que Graves afirmaba y que es a colación, respecto de nuestra gran deuda con figura femenina (lo que me suena igual a Illich por supuesto).
Pero no dejo de observar con simpatía que reconvienes a Antonio Ortuño sobre su ‘crítica’, y no estoy de acuerdo con tu opinión de Yépez, lo que me lleva a darme cuenta a su vez de tu provocación, o está muy bien hecha, o el equívoco conspira para que el crítico no se coma al narrador, que el zapatero no ande renegando de sus zapatos… o a sus zapatos. Mira, no lo sé. No hago ejercicio de la digresión más. No sea que Ortuño quedamente diga que nos estamos saliendo de los temas literarios otra vez, de los que a él sólo le interesan.
PD. Apenas me voy enterando por la web que Graves colaboró con Omar Ali-Shah, respecto Los Rubaiyat originales del también homónimo Omar Khayyam. Qué interesante, ignoraba todo.
*
http://juancastaneira.multiply.com/journal/item/905
Es conmovedor mirarse el ombligo...generación de los setenta...¿a quién, a demás de los agraciados treintañeros, le interesa la generación de los setenta? ¿qué libros que valgan la pena han escrito? ¿los libros de Miklos, de Nettel, de Ortuño? Claro, el ombligo, mirado a esa distancia cobra dimensiones estratosféricas: su minúscula arruga se transforma en hondonada y sus leve levantamiento en el Everest. El último librito que leí de su "generación" fue el del señor Ortuño, publicado en Tumbona, una ñoña diatriba, plagada de lugares comunes, incapaz de mover sino al bostezo del cual ¡ni siquierea puedo recordar el título! (eso es lo único que le agradezco a Yépez y a Lemus: su inteligencia, al menos, provoca algo)y ¿estas son la Obras a las cuales el crítico tiene que entregarse con todas sus potencias creativas y no sólo en una reseñita biliosa sino en un tomo? (Yepez: sigue alejado de la "literatura" no vaya a ser que termines escribiendo una versión minimalista de las playas de Tijuana) Ortuño no quiere críticos ¡quiere lectores masoquistas! ¿A nadie se le ha ocurrido que tal vez la escasez crítica se deba a que a casi nadie le interesan los libros que escriben salvo a los redactores de solapas y amigos-enemigos reseñistas? ¿qué les hace pensar que sus libros dan para más? Si fuera así ya habría libros enteros dedicados a su Obra escritos por críticos alejados de intereses comerciales, amistosos, grupales, además de esclarecedores y disfrutables. Esta discusión, por ejemplo, es tan anodina como los libros que sus protagonistas publican, con la ventaja de que es más divertida, menos acartonada y más memorable. En algo sí les doy la razón a algunos: si hubiera una crítica a la altura de otras "generaciones" ya habrían señalado el fraude de la "generación de los setenta". Alguien tendría que haber dicho que más de cinco libritos que no citan con su sellos de Tusquets, Anagrama y Almadía (como si hablar de autores suplantara a las obras) no son malos, son malísimos, entre pretenciosos y cursis, afectados y sentimentales, aburridos, etc. No guardo ninguna esperanza: la "generación de los ochenta" estará tan ocupada en sus ombligos que difícilmente podrán citar de memoria (como ustedes) más de un título de su generación, aunque recordarán algunos de sus nombres, no todos por supuesto, asociados más al currículum anecdótico que algún libro, hasta que llegue la generación de los "noventa": ellos sí que los habrán olvidado ocupados en sus interesantísimos ombligos(sus libros desparaecerán de los flamantes catálogos editoriales y el agente alemán de nuestro amigo Ortuño por desgracia ya se habrá retirado)...aunque, podría ser, imaginando un escenario más inverosímil, pero no imposible, que alguno de ellos se atreva a decir de la poetente generación de los setenta algo así como "esos viejitos mediocres del siglo pasado". No importa ¿quien sino un nacido en los setenta puede acordarse de aquella malísima pero entrañable canción de Tatiana "chicas de hoy, tururú, tururú" que resume el ¿espíritu? de esta poémica?
Querido Hernán,
agradezco tu lucidez. Lamento que nadie más la note.
Maestro Ortuño, estamos de acuerdo con usted y esperamos que se aplique a desarrollar una crítica como la que exige.
Maestro Yepez la verdad es que lo admiramos mucho aquí en la Universidad pero lo que escribe en el Laberinto son puras frasezitas listillas que cansan. Como que usted nos toma como ignorantes o algo así, pero no somos tontos, no nos impresionan unos párrafos dizque muy buenos y no, no son tan buenos.
Lo de las mujeres, pues sí señores ya saben que de todas maneras ustedes nos desprecian en el fondo, como decía Graves, están en su dinamica de grupo misógino. La discusión cultural es básicamente homosexual Graves lo escribió.
Como lectora me da flojera que cuando están discutiendo con cierta altura de pronto saquen algo que no queda más que llamarle sangronadas por no decir algo más fuerte. Y muchas mentiras también y oponiones dichas a la ligera sobre libros, como lo de la novela de Yepez, que yo la acabo de leer y me encantó, fuerte y bien escrita, moleste a quien le moleste, y tambien decirle critico de quinta a Lemus, no lo es, pero tampoco lo que Lemus dice de la narrativa joven es cierto, exagera... Miklos simplifica, lo prefiero en su narrativa, ahi es mas inteligente. No paren de discutir, a mí como lectora me gusta leerlos.y llegue a esta discusión por un amigo que me dijo que estaban discutiendo y es emocionante leerlos, creánmelo, sólo no bajen de su nivel, que sabemos que tienen...
Mario:
A ver: ¿ "apenas tres libros" publicados? ¿No eran esos tres libros un exceso de prisa y ansia mediática en tu anterior intervención? Hay que revisar ese velocímetro...
Como sea: gracias, sinceras y no retóricas, por leer mis libros, aunque no te gustaran. No envidio el premio de Sada sino sus capacidades estéticas. Como envidio las de Amis y Mishima. La envidia, lo sé, es un pecado espantoso.
Basado en lo que le quede de coherencia a mis argumentos, me llamo al silencio en esta discusión: si tengo algo que decir estéticamente será mejor que lo escriba en la forma que más me interesa, que es la narrativa. ¿Qué alego si no te gusta lo que escribo?
Un saludo cordial y sin retórica.
Sr. Ortuño:
Gracias ahora por la lección de literatura: al menos no tuve que invertir un céntimo en ella. Peligroso acogerse a la sombra de Kimitake Hiraoka (mejor conocido como Yukio Mishima), autor prolífico como el que más, cuando uno ha publicado apenas tres libros (uno de los cuales lleva la palabra "japonés" en el título, pero nada que ver con el autor de "El marino que perdió la gracia del mar"). Ojalá que la arrogancia y la alta autoestima que caracterizan sus intervenciones escritas y orales -decir a Daniel Sada que lo envidia por haber obtenido el galardón del que usted fue mero finalista es dar la razón al viejo adagio de los patos que le tiran a las escopetas- no termine por desbarrancar una escritura demasiado satisfecha consigo misma. Para alcanzar la calidad de Martin Amis, por citar un ejemplo que al parecer le es próximo, no basta con afilar la lengua sino la pluma.
Otro saludo retóricamente cordial.
Es cierto. La mayoría escribimos con los pies y con ínfulas sin fundamento, obras sin inspiración ni compromiso con ninguna estética. Pero también todo esto se está discutiendo en la arena equivocada. Los roles de escritor y crítico no son los mismos que hace diez o quince años. La Internet ha llegado al tercer mundo y el cuento está prácticamente muerto. Hay demasiadas cosas en cambio que sería ingenuo pensar que lo que se publica en libros físicos es lo que cuenta como literatura joven. Habrá que esperar a que nos acostumbremos un poco; ya después la antigua batalla de escritores y críticos podrá reanudarse como antes.
Bien, sirva la aclaración de Ortuño para no escribir de forma presurosa: pergeñada. Leí entre líneas (e interpreté entre las mismas), sin caer en la cuenta que había citado efectivamente a Guadalupe Nettel, a Vivian Abenshushan y a Daniela Tarazona, sumando ahora a Mayra Luna. (Creo que por ahí Rafael Lemus citó de forma válida a María Minera igual).
PD. No deja de extrañarme que ninguna de ellas u otra prefiera no participar en el debate. Será que como toda mujer, ellas no son susceptibles a la menor provocación o a los vericuetos del narcisismo. No lo sé.
Mario:
Yukio Mishima (joven talento japonés del siglo pasado) gustaba de practicar este juego: se registraba en un hotel de lujo en Tokio, citaba a rueda de prensa, anunciaba la escritura inminente de una obra maestra, se encerraba en una suite y la escribía.
Ovidio, Cátulo y Petronio escribieron animados por la peor motivación que puedan concebirse: gustarle a Césares y cortesanas. Para que no penes tanto en las mesas de novedades de las librerías, te propongo esto: limítate a leer a jóvenes talentos latinos del siglo I. Los edita Gredos y gastarás tu dinero con un margen de decepción mínimo.
Eso sí: no vengas a vender esa idea absurda de que hay alguna relación entre tu cartilla moral y la escritura. Todas las motivaciones son potencialmente malvadas. Una obra se acuña en silencio durante eones o se materializa violentamente en un segundo en la pluma del peor mortal. No hay una norma. Por otra parte, y como no creo que un lector de a pie se preocupe por asuntos nimios de tramoya como agentes, editores o fechas de entrega a imprenta, permíteme dudar de tal condición. A lo mejor lo que requieres es un editor que te pague los tragos o que al menos no te los cobre.
Gracias por la estima retórica de tu saludo.
Bueno, yo creo que todos se equivocan en algo fundamental: los elefantes no pueden brincar. Es cierto, es imposible para ellos. Y uno se imagina que es lindo bañarse con su trompa, pero todos ustedes ¡qué saben de eso? A ver, qué tienen en contra de los paquidermos todos ustedes.
"Aquí no hay crítica, aquí casi no hay novelas nuevas, colecciones de cuentos ni riesgo."
¿Está usted seguro, Sr. X. Estrella, de que no vive en México?
Estimado Sr. Ortuño:
Gracias por ofrecerse tan amablemente a enviarme los mails de unos cuantos agentes (de paso, gracias también por informarme que su agente es alemán: como si la literatura, la buena literatura, necesitara visas, pasaportes o agentes por así decir aduanales -ya que en esas andamos- para trascender fronteras y épocas). Por fortuna, no necesito esos mails: mi obra nunca va a ser buena ni magna porque jamás me he propuesto escribir una. Pertenezco a una especie un tanto extraña en estos días: el lector que no anhela ser escritor y que se contenta con disfrutar la buena literatura; una especie -me refiero a la del lector- que tanto usted como sus colegas necesitan para seguir escribiendo y publicando (el orden de los factores, en este caso, sí que altera el producto; sin lectores, me temo, el gremio al que usted pertenece se vería en serios aprietos). A su pregunta retórica "¿Qué se publica si no se escribe?" me gustaría contestar con otra: ¿Qué se escribe si no se publica con la premura y hasta la presión de estar en el candelero que parece caracterizar a buena parte de los narradores jóvenes -es un decir- de hoy en día? Mi respuesta sería: Mejores novelas y mejores libros de cuentos que los que he podido adquirir de un tiempo a la fecha en las librerías que frecuento. Soy también lector de la prensa cultural y de diversas publicaciones periódicas, y no he podido dejar de advertir un panorama que hasta cierto punto me desalienta; un panorama que se rige por el mucho ruido mediático y las pocas nueces realmente literarias. Ojalá que este panorama cambie, sobre todo para el goce lector de quienes con gusto invertimos parte de nuestro dinero en los libros que solapas y contratapas se empeñan en enterrar bajo un alud de elogios superlativos que muchas veces, por desgracia, no corresponden al contenido. En mi tierra a esto se le llama dar gato por liebre: una práctica bastante difundida en la actualidad por los que se empeñan en dar a un autor -joven o viejo- un valor agregado que no necesariamente existe.
Con esto me despido con un saludo cordial.
Ortuño, Yépez, Miklos, Lemus (y Cabral, si asoma),
Es curioso que, a pesar de la distancia y las diferencias culturales y artísticas, a pesar de la pequeñez -en todos los sentidos posibles- de la república de las letras del Ecuador, país desde el que escribo, las discrepancias y los dilemas de la generación de aquellos paridos en los setenta, sean similares aquí y allá, los temores, incertidumbres y encrucijadas artísticas parecidas. Solo que ustedes nos llevan ampliamente la delantera: los de los setenta de mi país apenas sacamos el pescuezo, y quienes no lo han hecho ya acaso no lo harán nunca. Aquí no hay crítica, aquí casi no hay novelas nuevas, colecciones de cuentos ni riesgo. Los pocos que escriben miran con desesperación un referente más allá del mar, en México, en la Argentina, en España. Como alguien ha dicho, la ventaja en el Ecuador es que no existe una tradición: todo puede inventarse, la tradición misma. En lo personal debo reconocer las deudas, sin rastacuerismo, fanaticada o zalamería, agradecer a algunos de ustedes quienes compartan esas mismas inquietudes, miedos y actitudes de quienes no somos mexicanos, pero hemos leído siempre a mexicanos y nos sentimos próximos a los mexicanos. Debo decir, por ejemplo, que mucho he ido de acuerdo con Lemus desde que lo leo, más allá de cualquier controversia, acerca de la naturaleza de la crítica, del oficio de la reseña, de las posibilidades creativas de la crítica y la libertad e insolencia del ensayo. He leído con atención y respeto las opiniones del resto (desconozco, claro está, la comidilla y las razones domésticas de ustedes) y, como suele ocurrir en estos casos, observada desde los tendidos la corrida, cabe a cada uno su dosis de razón. Pero aquello que reconozco en muchos de ustedes es el talento y la disposición a la pelea, a la discrepancia, al diálogo, algo que en mi país es muy extraño, escúchenlo ustedes a quienes el medio mexicano parece resultarles intolerante y sordo.
Creo que cierto radicalismo hace falta aquí y allá, cierta inclinación a la barbarie. Por aquello de que las cosas muestran cierta propensión a la inercia, a la anomia. Y no ocurre ello solo en México o en el Ecuador, me arriesgaría a pensar que es un mal universal. Hay que marcar la raya, como diría Lemus. Creo que en eso la razón lo asiste, contra el mercado, contra la farsa, contra la segunda barbarie. Un crítico, ocioso es recordarlo, no siempre acierta, de la misma manera que no lo hace siempre el novelista. Por eso admiro en esta discusión la discreción y la disciplina de Yépez, virtudes viriles que parecen extrañas a nuestra generación, lo digo por mí. Pero el oficio, de la crítica quiero decir, no debe transigir, al menos cuando flujos espurios se mueven bajo nuestros pies.
Trabajar, no hay que repetirlo, es la clave. Discutir también, controvertir. Como leer y absorber la vida y el Mal. De ese magma serán salvados los verdaderamente talentosos.
Saludos cordiales desde Quito,
F.
A los críticos y a los jóvenes narradores: Gracias por esta discusión-debate en nombre de los visitantes. De esto necesitamos más, creo que todos vamos ganando, a pesar de los ofendidos. Van apareciendo, tímidamente, nombres aquí y allá y así los vamos conociendo.
Saludos.
Amigos:
Como esto va derivando muy lejos de los terrenos estrictamente literarios, que son los que me interesan, daré respuesta final, me temo, a las cuestiones que me tocan de lo que se ha escrito acá.
Omar: no sé a qué te refieres con que no se ha mencionado el nombre de una sola mujer. A menos que sean hombres Guadalupe Nettel, Vivian Abenshushan, Daniela Tarazona, yo cité tres. Y podría extenderme con un caso como el de Mayra Luna, por ejemplo, que es narradora y crítica. Hay que leer lo que se discute antes de levantar la voz, me parece.
Mario Ceide: un buen crítico puede existir sin una buena narrativa nacional o generacional que lo ampare. Así que eso de que no pude haber críticos de primera sin narradores de primera no pasa de excusa. Luego: tampoco hay relación entre escribir bien y tener becas o premios o agente conocido por internet (el mío es alemán y lo conocí a través de uno de mis grandes amigos, por cierto) o brindar, a menos que postules que la literatura es un hecho moral y que sólo un ermitaño que consuma sémola y no conozca hembra ni varón merece el cielo del canon; por cierto, es una tontera decir "quieren publicar antes de escribir". ¿Qué se publica si no se escribe? ¿Sabes a qué ritmo publicaba Quevedo sus sonetos (no con el sello Random: a qué ritmo se distribuía material escrito por él al público) o Dickens? Y si con ese comentario te refieres a que lo mejor es tener paciencia con la propia obra y retrabajarla durante años laboriosos antes de darla a prensa (como si fuera tan fácil publicar, claro, como si se hiciera a voluntad), puedo decirte que yo trabajé diez años en un libro y tres y medio en otro. Y salieron publicados con un año de diferencia porque a ese ritmo quedaron terminados. Pero bueno: supongo que tú no brindas ni tienes amigos ni beca ni agente ni publicas y desde ahora quedo públicamente a la espera de tu magna obra venidera, aquella en la que profundices en las aguas menos superficiales del idioma. Eso sí: no hay prisa. Nos queda el tercer milenio y el sol no se apagará en unos cuantos millones de años. Si tu obra está buena puedo mandarte los mails de unos cuantos agentes.
Rafael: Borges, como Cuesta, fue un buen reseñista. pero no espero que se crea que su literatura está mejor representada por los sueltitos que publicó en El Hogar que por El Aleph o por Otras inquisiciones. Una reseña no tiene que ser fatalmente una idiotez, no. Pero tienes que reconocer que la reseña que se publica actualmente en México, en multitud de revistas y blogs, es un asunto de divulgación y promoción de libros. Si así no debería ser es otro cuento: el hecho es que así sucede y a eso me refiero. Añado un detalle: en una pasada discusión, te protesté algunos juicios específicos vertidos en tus reseñas que me parecían y me parecen desatinados (Keret, Antonio José Ponte, por ejemplo)me respondiste que no recordabas los motivos por los que habías criticado a tal o cual libro. Eso no suena a proyecto orgánico reseña a reseña y es parte de mi retobo. Me divierte que señales lo de los formatos. Noe me refiero al libro como objeto fetiche, sino reconozco que es el formato universal en el que durante siglos han terminado las obras literarias. Shakespeare jamás vio una prueba dura. Quevedo escribía en servilletas. No desprecio la literatura, pero tampoco me inclino ante la servilleta. Poco más. Saludos.
Queridos amigos:
Ofende el menor asomo de rectitud y cortesía en esta discusión. Nadie se sienta a la mesa porque los invitados --sí, los invitados, no los anfitriones-- están de pie, pontificando sobre un puñado de certezas personalísimas e intransferibles en torno a la narrativa joven mexicana y su crítica. No hay dónde sentarse porque tienen las sillas levantadas a la altura del rostro, en posición de defensa --una defensa visceral que contrasta con el primer latigazo, tan puntual como sutil, que diera Lemus.
La crítica no está para domar fieras, mucho menos para enfurecer al domador, sino para iluminar a la sociedad del espectáculo circense de la literatura en nuestros días sobre la honesta necesidad o gratuidad de cada nuevo acto presentado, ya sea una novela, un libro de cuentos, una obra de teatro, una antología de narradores jóvenes o una muestra de nueva poesía mexicana. A juicio de quien esto opina, Beltrán Félix y Lemus han luchado abierta, decidida y generosamente por una crítica cabal de la narrativa escrita por sus contemporáneos, sin maquillar de lealtad sus desacuerdos ni tampoco aceptar la miserable limosna de que una reseña suya dispare a conciencia el balazo de un cintillo o una contraportada. Los narradores "afectados" se quejan amarga y hostilmente de la subjetividad de un crítico, pero no parecen percatarse de que, al hacerlo, están despojando a éste de su insumisión, ese elemental, prudente y necesario ejercicio de la intolerancia ante el estado actual de la escritura. Tiros de gracia frente a la desangelada impotencia o el sicarismo ciego.
Así como los narradores exigen objetividad a los críticos, los últimos deberían exigir a los primeros aquella prosa exacta, aguda y exigente, pero sobre todo la misma verosimilitud, de sus novelas o cuentos a la hora de verter opiniones críticas. La crítica es, sobre todo, un relato de ideas. El destino público de esa crítica --una revista o un libro-- es lo de menos. Importa leerla en su justo espacio como ésta, a su vez, lee el libro que examina: como diálogo, banquete o simposio, jamás como dictamen editorial.
Así pues, amigos, bajen sus sillas y siéntense en las gradas. La crítica no es una oficina a puerta cerrada, sino un anfiteatro al aire libre.
Antonio,
Ya no mucho. Que es buena cosa discutir contigo, incluso minucias. Que me alegra que matices y ya no encuentres ineptos a todos los críticos jóvenes. Que sigo pensando, a pesar de tus estadísticas, que los jóvenes narradores mexicanos se enfrentan, comparativamente, a un ambiente más bien favorable (claro que no hay editoriales ni premios ni traducciones para todos, pero casi cualquiera se gana su bequita y ninguno con talento sufrirá lo que Álvaro Uribe o Fabio Morábito, digamos, para hacerse de traductores y agentes y apapachos). Que cualquiera
Para tener una crítica de primera hay que escribir una narrativa de primera. Para pedir una reconstrucción de trayectorias estéticas hay que contar antes que nada con una trayectoria, no apenas con un par de libros juveniles más o menos pasables (a veces más menos que más, pero qué importa: hay premios, hay entrevistas, hay dos-tres reseñas medianamente favorables, hay blogs, hay encuentros y ferias, hay abrazos y brindis; lo demás es silencio). Para reclamar estudios a fondo hay que lanzarse a fondo a la literatura y no quedarse flotando plácidamente en la superficie del name dropping, los canones al vapor y el amiguismo (que rima con ombliguismo). Da la impresión de que a los escritores "jóvenes" y no tan "jóvenes" de hoy les interesa primero publicar y luego escribir: dime qué agente y editor te representan -porque te los presentaron en un restaurante o en un coctel o vía internet a través de uno de tus grandes amigos- y te diré quién eres.
Heriberto,
discúlpame: no era mi intención herir tu sensibilidad. Suscribo lo que dices, sobre todo aquello de que prefieres escribir libros y esperar. Es, al final del día, lo único que nos queda, además de escribirlos bien, esos libros. Matizo mi comentario: he leído pocos --o ninguno-- comentarios tuyos sobre la literatura mexicana de la "generación de los setenta", la que aquí, como meollo, se discute (aunque cada vez más tangencialmente). Por otro lado, dudo que la literatura "avance", nunca la he pensado sometida al "progreso". Pero quizá tengas razón, quizás haya que ponerse los guantes blancos, ser cordiales, no decir nada, monologar, ser políticamente correctos como nos han enseñado los de allá arriba, con su puritana doble moral. Y, nuevamente, concentrarnos en nuestra propia obra, no atender las distracciones del mundanal ruido. Ni lanzar piedras. Porque tú no has lanzado ninguna, nunca, ¿verdad? En fin.
Salud,
DM.
Qué poco atinado no mencionar siquiera una, una sola mujer tanto en su defenestrada narrativa como en su crítica maldita ¿no? Hay algo de conciábulo, siempre me es extraño esto, misoginia no me atrevo siquiera proponer. Eso sí, interesante es detectar que el término no existe según la RAE ni según el palabrario de Delenda est Carthago, Cultura Crítica-Asociación Delendista*, siendo correcto decir pues el poco tonal ‘conciliábulo’. (Y qué manera también tan poco melodiosa la forzosa ubicación de la acentuación, caramba).
En fin, la palabrita que me trae a la mente conciliar, conciliar la afectación que produce una simple crítica; estimados narradores, estimados críticos.
Dejo esta frase subversiva y profundamente enriquecedora de Michael Ende a su mejor interpretación señores: “Nuestra memoria no es más que una imagen de la realidad, por lo que nuestra realidad es sólo nuestra imaginación.”
Anímense a leer a Ende, a Krishnamurti, se los recomiendo ampliamente.
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http://www.delendaestcarthago.com/
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http://www.delendaestcarthago.com/palabrario.html
Creo que en una cosa coincidimos: en que lo que se que se enrosca en nuestras lenguas cuando hablamos de crítica y de críticos, de nuestra obra literaria o la de otros, es el Ego. No sé por qué todos, pero todos, queremos tener la Última Palabra, o al menos así lo parece. Me desconcierta que así sea. Este maniqueísmo, esta idea de que si no estás conmigo estás contra mí, este si no eres lacayo eres traidor, no sólo nos está producioendo una miopía crítica terrible sino que aparte nos está enemistando gratuitamente. Nuestra obra (críica o de ficción) apenas empieza a caminar (y todavía lo hace tambaleándose como los niños de dos años) y ya le estamos privando de su propio entusiasmo, de su propia locuacidad. Aquí el tema a debatir no es el de la inopia crítica o creativa, sino el de la lectura. ¿Qué estamos leyendo? ¿De qué forma? etcétera. Ahí radica el problema. Por las reseñas que leo de Lemus me doy cuenta de sus carencias lectivas, por ejemplo.Pero no quiero entrar en detalles. Si me he atrevido a escribir, yo que sí soy un escritor desconocido , que vive en un país (Nueva Zelanda) que todos los mexicanos a los que les he dicho piensan que está en europa (así de bien formados estamos en geografía), decía, se me he atrevido a escribir es porque no quiero que Miklos y Yépez, cuyas obras aprecio, terminen como en esas noches en que dos amigos o conocidos se han pasado de copas, se han echado dos que tres lanzadas, y han dejado que la noche termine de mala manera. No me gusta el papel de conciliador, pero ahora que lo digo creo que literariamente nos falta conciliar, conciliar para que escritor y crítico cohabiten, dialoguen, y mientras uno va trayendo la realidad a sus lindes, el otro tenga la oportunidad de irla interpretando y dándole un sentido, que esa y no otra es su la razón de su oficio. Un abrazo a todos.
Guedea
¿Cuántos escritores habrán existido en el s.V, XVIII o en el XIX? ¿Cuántas obras en verdad trascendieron hasta nuestros días? No se presionen tanto pero échenle ganas en serio. Disfruten escribir lo que sea y criticar lo que sea y como sea.
Miklos,
No contestaré a tus groserías. No sabía que tener interés en más de una literatura o idioma era un defecto. Sí, me interesa desde hace años, no sólo por razones geográficas, sino como lector, como parte de un diálogo a través de la frontera de estos dos países, la literatura norteamericana. Sólo me gustaría precisarte que si saco la cuenta, he escrito mucho más, para infortunio de los lectores, sobre literatura latinoamericana (incluida la mexicana) que sobre norteamericana. Y tienes razón: no me agrada discutir contigo y otros, ¿sabes por qué? Porque no hablan otro lenguaje que no sea el del insulto, la ocurrencia, el populismo, que me parecen anacrónicos. Miklos, puede haber diálogo, donde hay polémica, crítica, análisis, pero no donde hay eso que haces, como ejemplo, en tu comentario. Reléelo. Si te respondo esto es porque, en verdad, cada vez que ha habido la oportunidad de dialogar, se le cancela desde el primer insulto. Creánlo o no, así no se avanza en una literatura, sea la mexicana, la norteamericana, o cualquier otra: cosa de sentido común. De gentileza crítica, inicio de todo pensamiento. Ser cordiales no está peleado con ser críticos, y cuando lo primero se pierde es que lo segundo nunca estuvo. En mi caso, prefiero escribir libros, arriesgar a equivocarme, dejar pasar los insultos y descalificaciones y esperar, que tras los años, las obras hablen. Saludos a todos, incluso aquellos que lanzan piedras en lugar de argumentos. En fin. Suerte.
Coincido con RSC en que los medios audiovisuales juegan un papel nada despreciable en la mala calidad de la literatura mexicana contemporánea, no porque distraigan al público (entonces no habría una literatura norteamericana vigorosa, como ciertamente la hay) sino porque un país cuya educación y nivel de vida se degradan a pasos agigantados sólo encuentra placer en encender mecánicamente la televisión y no en leer libros a los que encima ni siquiera tiene acceso (económico).
Lo que agrava la tragedia de las letras contemporáneas es que los pocos que sí tienen acceso a editoriales y capacidad para publicar terminen entregándose a la pereza y el tópico, cuando no a la penosa exhibición de su completa falta de oficio. En otras palabras, para escribir no hacen falta sólo buenos temas (¿por qué no las elecciones del 2000 mencionadas por RSC?) ni tener talante de genio, sino mucho trabajo, a veces duro y sistemático, a veces mecánico y aburrido (documentarse, por ejemplo, aprender). Pero tengo la impresión de que la literatura mexicana contemporánea prefiere jugar al genio incomprendido antes que ponerse a estudiar.
1. Hay un gran abismo entre Tiros en el concierto y Disparen sobre el crítico. Las quejas de Rafael Lemus no son nuevas: quien haya seguido su trayectoria con detenimiento, sabrá que no hay novedad, apenas exabrupto. Ciertamente, en el corpus de sus reseñas críticas y ensayos encontramos el esbozo de un sistema, más allá de los golpes propinados al calor del capricho. O de la conveniencia. Y ya lo sabemos: el crítico está para quejarse y, de paso, para enseñarnos a escribir bien lo que, en apariencia, escribimos mal. Quien leyó bien Informe, el conjunto de relatos de Lemus, habrá encontrado allí sus motivaciones críticas: es un falso libro de narrativa, un real desplegado crítico. ¿Por qué no haber entregado un libro de ensayos, sobre sus muchas obsesiones literarias? Tal vez por cautela, acaso por prudencia. Sé que ese libro existe y no dudo que, algún día, verá la luz. Hasta entonces, Lemus seguirá boxeando con su sombra y ofreciéndonos sus desplantes de tedio, pereza y desencanto (curiosos: asómense a su blog personal, allí está el texto que realmente debemos atender). Un par de detalles, finalmente: Lemus omite, no sé bien por qué, la mención de un crítico que rebasa en estatura a su lista de amigos. Incluso, creo, lo rebasa a él mismo. Hablo de Nicolás Cabral. Hay otro, que quizá moleste a Lemus porque se ensañó con su Informe: Mauricio Salvador. Curiosamente, sendos críticos se han desmarcado del mundanal ruido de Letras Libres. Y ya sabemos: los que no estamos allí dentro, no existimos, aunque a ratos se atiendan nuestros estertores. Un detallito más: la manera en la que Lemus describe a Yépez es, casi verbatim, la misma a la que recurre Christopher Domínguez. El mismo modo de hablar de la inteligencia de nuestro ensayista en el norte, la misma modulación, los mismos calificativos. Supongo que es parte de haberse inscrito en la misma escuela. (De Yépez no puede decirse mucho: sus intereses están muy alejados de la narrativa, y de la crítica, que aquí se discute: a diferencia de Lemus y de Ortuño, al tijuanense no se le da mentar nombres --menos aún: discutir con los que lo mentamos--, salvo el propio y el de muchos estadounidenses que no conocemos, porque nos aburren. Haría mejor en hacerse, de una vez por todas, de una Green Card, abandonar en español al que tanto daño le hace, y meterse a un curso intensivo de inglés. Puro cantinfleo, Yépez: lo mismo de lo que acusa a Paz.) Aunque, y hasta acá mi periplo, en este concierto (aún) no hay tiros. A darle lecciones a otros, por favor. Para lecciones, las de Steiner.
2. Cualquier narrador que defienda su obra, por otra parte, lo hace por deporte o mera necedad. Ya se sabe: hacer de tripas corazón, no responder al crítico cuando nos vapulea (y menos aún cuando nos celebra). Sin embargo, en este nuestro acotado mundo de letras, nuestras letritas nacionales, los narradores somos críticos y, ay, los críticos narradores. Entiendo el impulso que llevó a Antonio Ortuño a responderle a Rafael Lemus, sin embargo, lejos de ponerse ambos los guantes de box o luchar a mano desnuda, recurrieron, crítico y narrador, a los guantes blancos y a mirarse, con respeto, de reojo. Celebro el respeto, pero condeno la evasión del crítico, su actitud de "en el fondo, no pasa nada, todo está bien, esto fue una fiebre pasajera, regresemos a nuestra esquina, escribamos esos libros que todos mentamos". Claro, nos invita a escribir esos libros, pero sólo luego de que Ortuño dice la última palabra. Todo lo demás es ajeno a la literatura. ¿Que por qué escribo? Porque me viene en gana. Y ya que andamos soltando nombres, vaya uno más, otro narrador de los setenta que se suma bien al canon pergeñado por Ortuño (y que, nombres más, nombres menos, suscribo): Gerardo Piña. ¿Importa, ya para acabar, si hay una generación, si tiene peso, si trascenderá? No. Importan los libros, los pocos libros entre los demasiados libros. Ya quedarán en la criba, críticos o no, los que realmente valgan la pena.
3. Finalmente, los fans: en esta esquina, los que celebran los trancazos lemusinos, su dosis de bilis necesaria para vivir la culturita mexicana; en esta otra, los que piden que se atienda el margen (y que chillan porque tal o cual publica en tal o cual editorial comercial), más allá de los nombres de narradores conocidos y visibles. En el fondo, somos grandes todos.
A mí me parece extraña esta fijación con la crítica literaria.
¿Qué pasó con la fe en los bloggers?, ¿the wisdom of the crowd?, ¿qué acaso no han aparecido esfuerzos de crítica colaborativa en red? ¿Por qué depender de un hato de señores sentados (y pagados por la academia o alguna revista hecha con árboles muertos) cuando miles de lectores desinteresados podrían hacer un trabajo más sincero desde sus teclados?
Yo creo que hay que superar a la crítica literaria. Siempre se ha sostenido de endebles supuestos. Dejemos que la democracia electrónica determine con mano impoluta qué autor vive o qué autor pasa al olvido.
Pero... si eso sucediera. ¿Qué pasaría con nuestros autores de mil o dos mil ejemplares por edición? Terminarían avasallados por los autores de best sellers que se saben vender y promover mejor. Osho y Paulo Coelho y Deepak Chopra y la biografía de la última estrella pop llegarían al altar mientras las letras repulidas de todo este talentario joven y madurón terminaría tratando de empujar un banercito por el amor de Dios entre una marejada de best sellers.
Así que, seguirán recurriendo a la venia y bendición de esos conciliábulos de críticos ante quienes bipolarmente se postran y les recuerdan la progenitora. Y seguirán recurriendo a ellos porque, se aterran ante la posibilidad de que la relación simbiótica entre crítica y autores; desde siempre precaria en este país, finalmente se disuelva; por raquitismo de la crítica, ceguera de los autores y por simple falta de quórum, más ocupado en actualizar su perfil de Facebook que en comprender los soliloquios de estos vates.
¿Qué tal si empiezan a twiterear novelas? Eso sería un avance.
Yo me pregunto si lo comentado por Miguel Bernal podría considerarse como válido para entender la situación actual de la narrativa mexicana. Solo en parte, porque ¿Cuándo ha sido México diferente a todo lo que menciona?
Supongo que alguien más lo habrá planteado ya con anterioridad a mí y con mucho mayor detenimiento, pero a mí me late que el problema se debe, fundamentalmente, a que los que nacimos en los setentas, somos la primera generación de mexicanos realmente "mediáticos". La generación de nuestros padres, aún y cuando veían la tele en blanco y negro e iban al cine, pues no tenían, desde niños como nosotros, la de color, cablevisión y parabólicas con decenas y/o cientos de canales, los videojuegos en casa y en centros comerciales o parques de diversiones, videocaseteras, cámaras de video, computadoras personales, videoclubes, no una sala sino 20 salas de cine en un mismo lugar con el mismo número de películas, celulares, fax, le sigo?
La gran mayoría de los que nacimos en los 70's nos la hemos pasado viendo y escuchando, en lugar de imaginando y contando cosas. Y si no es cierto, y haciendo a un lado ideologías ¿Cómo es posible que no exista narrativa (mala o buena, a favor o en contra) de lo ocurrido el 02 de julio del 2000, después de más de 70 años de vivir bajo un mismo sistema?
Entiendo que no lo hagan los viejitos intelectuales porque el simple hecho de recordar ese hecho se les atora en el pescuezo, pero no a los "jóvenes" que ya les debería significar nada eso del nacionalismo revolucionario juarista ¿No vale la pena el tema?
Una crítica de tercera alentará y producirá una narrativa de segunda y ambos serán leídos por lectores de cuarta (en este país los lectores de quinta son mayoría) y estos lectores, a su vez, irán produciendo escritores más mediocres y poco exigentes, aplaudidos, otra vez, por críticos cada vez más lerdos. Así hasta que la narrativa mexicana, o hisponoamericana, desaparezca. El problema está en las bases: la nula calidad educativa. Este país produce millones de niños malcriados al año, que no leen, que no saben ver una película en el cine y que no saben de música (ni de todas las demás artes). Si quieremos una mejor narrativa que sea leída y aplaudida por una crítica cada vez más renovadora, tiene que haber una buena camada de púbers bien educados (o instruidos). Vamos, señor Ortuño, todos sabemos que ésa es la razón de todos nuestros males (inseguridad, pobreza, pereza, corrupción, bla, bla, bla); bien podríamos contratar unos sicarios para mandar matar a Elba Esther Gordillo o a cualquier otro gangster que le haya, y le esté haciendo, tantísimo daño a nuestro país.
Saludos.
Es interesante lo que dice Ortuño, pero por qué necesariamente confundir mensaje y mensajero, hasta un mal crítico a veces ha de tener algo de razón en sus pergeñadas letras, algunas han de tener calidad cómo no, hay ‘ineptos’ impecables.
Hay que agradecer la crítica, es el medio ‘cómodo’ en el que todo escritor o aprendiz debe acostumbrar moverse, profesionalmente hablando; lo contrario, el confort y las unanimidades son odiosos… y viciosos.
No he leído mucho a Ortuño, me gustó bastante un fragmento temático del fanático y el zombie en La Tempestad; y fue ahí mismo que leí algo de los ensayos de Yépez, que pese escabrosos, con una prosa muy fuerte, conceptual, encuentro fascinantes. Pero de Ortuño, lo último que le he leído en textos breves no me ha gustado nada. Algo de canon camuflado aquí y allá, políticamente correcto, poco subversivo a mi parecer. Y Daniel no sé de qué se queja, recuerdo haber leído una buena crítica de Cuervos, la busqué en google y ahora no di con ella, pero ahí me di cuenta que su obra generalmente cayó bien a los críticos. ¿Cuáles cangrejos pues? El tema de la novela parece osado, máxime el círculo en el que puede moverse su autor. Buena temática que desdeña el aspecto puramente dionisiaco, demuestra ganas de entrarle al toro por los cuernos.
Rafael, amigos:
La inteligencia, creo, está en la capacidad de identificar y expresar matices. Trataré de encontrar esos matices.
1. Sacramento Joe: sostengo que un narrador, al contrario de un crítico, puede prescindir alegremente de difundir un manifiesto que lo presente. Sus obras son sus únicos manifiestos posibles. A un cronista de futbol o de toros le pido que me demuestre lo que piensa. A un futbolista o torero o escritor (no sé por qué menciono a los toros, que detesto) le pido que muestre lo que sabe. Pedante, mi estimado Joe, sería que un narrador fuera por el mundo regido por una pauta teórica preestablecida (lo cual no significa que un narrador no deba pensar en lo que hace).
2. Rafael: ya que expuse mis propios matices sobre cierta parte de tus frases contundentes sobre la parcela de los narradores mexicanos que conozco mejor, que son mis contemporáneos, reconozco, pues, que tampoco todos y cada uno de los críticos son zonzos incurables. Pero hay, insisto, una diferencia cardinal: los narradores, bien que mal, han dejado ya obras. La mayor parte de la crítica no (sé que no está al alcance de todo mundo cambiar las letras con un solo libro, pero sé que tampoco se cambian sin un solo libro). Buena parte de la crítica que vindicas está, de hecho, integrada por creadores y no por críticos de tiempo completo, como los que has exigido en otros artículos. Yépez, sí, es un buen crítico... Y un mejor ensayista y, a mi juicio, a partir de su nueva novela un gran narrador. Luis Felipe Fabre es un excelente poeta y su actividad crítica no lo agota en ningún sentido. El caso de Geney Beltrán, por cierto, refuta en parte lo que sostienes: es un narrador que ha encontrado una multitud de problemas para publicar su obra y a quien se le ha facilitado más publicar reseñas y ensayos críticos. No comparto tu idea de que "reseña a reseña" se levante una idea de la literatura: me parece que la reseña es un instrumento de difusión más que de reflexión.
3. Noto una paradoja perceptiva. Rafael sostiene que nunca ha sido tan fácil para un autor mexicano publicar, ser traducido, comentado, becado, apapachado en suma. Miguel Bernal, por el contrario, dice que ningún joven pela un chango a nalgadas y que glorias, las de Rulfo, Arreola, Paz y Fuentes. No concuerdo con ninguno. Para los autores externos a la capital, sigue siendo el mismo infierno de siempre encontrar editor; no sé qué estadísticas tenga Rafael sobre autores jóvenes traducidos, pero hasta donde entiendo, ni Vivian Abenshushan ni David Miklos, ni Emiliano Monge, ni Tarazona ni Mesa ni muchos más lo están... Yo sólo conozco cuatro casos de autores traducidos en el terreno de la edición comercial que a Rafael parece aterrarle. ¿Son muchos? Por otro lado, creo que hay una curiosa fantasmagoria nacionalista en cuanto a la trascendencia de nuestros autores a escala internacional. Según recuerdo, en la famosa encuesta de Semana sobre los libros más importantes de los recientes 30 años, los 400 escritores iberoamericanos consultados sólo se acordaron en buen número de Fernando del Paso.
4. Estoy de acuerdo en lo que dice Daniel: el principal pasatiempo de un autor joven es arrimarles de patadas a los otros. También coincido contigo, Rafael, en algo: este intercambio de cartitas no equivale a una discusión sustantiva sobre estética. Y me parece que donde un narrador y un crítico polemizarán mejor al respecto es en sus propios terrenos: en mis libros y en los tuyos.
Saludos.
La novela de Heriberto Yépez es muy mala. Hay qué ser honestos.
Celebro este debate entre dos de los jóvenes de letras que más admiro. Es, en términos boxísticos, una pelea de talentosos pesos welter.
Después de leer los primeros dos intercambios y todos los libros de los autores ya citados, puedo asegurar que, al menos para este lector critico, en Mexico no hay, ni de lejos, una “generación de escritores nacidos en los setenta”. Hay unos pocos que prometen. Me quedo con el primer libro de Ortuño (“Recursos Humanos” me cansó; el tono ortuñiano enamorado de sí mismo). De los demás, quizá Nettel. A Miklos le aplaudo su entusiasmo: si fuera tan talentoso como empeñoso sería un grande. Y en cuanto a los críticos…¿qué se puede decir? Siempre aplaudo la valentía de R. Lemus y me importa un comino si no ha publicado una inmensa obra crítica. No estoy de acuerdo con que un crítico tenga que haber publicado un mamotreto en los que exponga su raison d’etre. ¿Dónde está, entonces, el manifiesto literario de Ortuño, su “Why I write”? Esas son pedanterías. En cualquier caso, como entusiasta de nuestra literatura, le pido a Ortuño que siga escribiendo y que trascienda su propio estilo…y a Lemus que no guarde el mazo. Yo lo disfruto tanto…
Bravo! Venga, que la valentía para iniciar polémicas parecía una reliquia del siglo xx, un alivio que no sea así.
El cierre es magistral: narrativa joven de 2da vs crítica joven de 3ra.
Por otro lado, siento decir que el libro de Daniel es infumable.
Antonio,
Está bien: digamos que no somos la mejor crítica literaria. Lamentable, pero nada extraño: la crítica suele ser un reflejo del estado de la literatura nacional. Tienes razón cuando apuntas que los críticos jóvenes no hemos renovado el lenguaje crítico ni refutado el canon heredado ni entregado ensayos amplios que articulen, de un modo u otro, nuestra visión de las cosas. Yo agregaría
Comparto todo lo que dices, Toño. Me molesta ser auto referencial, pero en este caso creo que vale la pena. Tras publicar mi primera novela recibí un par de críticas negativas, algunas merecidas y otras, me temo, ad hominem y llenas de bilis. Me entristeció ver que las segundas muchas veces venían de "críticos literarios" de mi edad o ligeramente más grandes. Lo que indica, creo, que seguimos siendo la cubeta de cangrejos que, en vez de ayudarse a salir, se jalan hacia abajo.
Dicho todo esto, tengo que añadir que creo que a veces somos nosotros, los "jóvenes escritores", los que nos damos en la madre. Si me dieran un centavo por cada vez que un escritor de menos de 35 dice que la novela está muerta, juro que sería millonario. Y son ese tipo de comentarios los que, fuera de hacernos ver interesantes, nos demeritan.
Saludos.
Nomás quiero decir que yo no creo que la narrativa joven mexicana sea basura.
Creo, eso sí, que la narrativa joven mexicana publicada no es la mejor narrativa joven de México.
Finalmente, creo que en la periferia no publicada están los mejores autores de estas generaciones.
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