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A la memoria: Carlos Gardel

El 27 de octubre de 1931, tres años y medio antes de su temprana muerte, Carlos Gardel graba el tango “Madreselva” en compañía de Francisco Canaro y su Orquesta Típica. Con música del propio Canaro y letra del periodista y director de cine Luis César Amadori, “Madreselva” abandona el sobrio pero efectivo conjunto de guitarras (Barbieri, Pettorossi, Riverol y Vivas) que acompañó intermitentemente a Gardel para abrazar una orquesta tanguera que incluye, como si de un bajo continuo se tratara, un bandoneón —caso semejante de los últimos y turísticos temas de “El Mudo”: “El día que me quieras”, “Por una cabeza” o “Volver”.
Como había pasado con Perfume de mujer (1992), donde Al Pacino baila “Por una cabeza” en un fastuoso restorán de Nueva York, “Madreselva” fue nueva e insoportablemente popularizado gracias a El cartero de Neruda (1994). En cierta escena, el cartero (Massimo Troisi) sigue con ojos azorados al poeta chileno mientras baila con su mujer al compás de “Madreselva”. Poco puede añadirse al “miserable milagro”, según Henri Michaux, de que una cinta así haya resucitado para la audiencia global, hambrienta de bellezas instantáneamente gratificantes, un tango tan oscuro como ése. En todo caso, la voz de Gardel desface los entuertos de la cursilería a fines del siglo XX y nos devuelve al gramófono, al brillo blanquinegro de su aguja, a la apacible fantasmagoría de su ruido de fondo, lejos de las películas habladas. A ocho décadas de haber grabado “Madreselva”, la mudez de Gardel, más virtuosa que nunca, nos sigue dando de que callar.
Vieja pared del arrabal,
tu sombra fue mi compañera.
De mi niñez sin esplendor
la amiga fue tu madreselva.
Cuando temblando mi amor primero
con esperanzas besaba mi alma,
yo junto a vos, pura y feliz,
cantaba así mi primera confesión:
Madreselvas en flor que me vieron nacer
y en la vieja pared sorprendieron mi amor:
tu humilde caricia es como el cariño
primero y querido que siento por él.
Madreselvas en flor que trepándose van,
es su abrazo tenaz y dulzón como aquél.
Si todos los años tus flores renacen,
hace que no muera mi primer amor.
Pasaron los años y mil desengaños;
yo vengo a contarte, mi vieja pared.
Así aprendí que hay que fingir
para vivir decentemente.
Que amor y fe mentiras son,
y del dolor se ríe la gente.
Hoy que la vida me ha castigado
y me ha enseñado su credo amargo,
vieja pared, con emoción
me acerco a vos y te digo como ayer:
Madreselvas en flor que me vieron nacer
y en la vieja pared sorprendieron mi amor:
tu humilde caricia es como el cariño
primero y querido que nunca olvidé.
Madreselvas en flor que trepándose van,
es su abrazo tenaz y dulzón como aquél.
Si todos los años tus flores renacen,
¿por qué ya no vuelve mi primer amor?
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Es un dicho común entre los tangueros afirmar: ¡Carlos cada día canta mejor! y si bien ya no es la única cabeza del los cantores porteños, resulta incomparable oirlo en su segunda época, pues cuando inició lo hacía con un timbre agudo que sustitiyó al grabar "Mano a Mano" por una voz robusta y grave. Personalmente soy fanático de ambas épocas y la nostalgia crujiente del disco viejo me emociona. Son demasiadas las cosas que añadir y no debo abundar en una opinión tan hermosa y bien esclarecida, pero entre los muchos tangos que rengo en mi memoria, está "Por una cabeza" y naturalmente "Madreselva" que recuerdo interpretado por doña Libertad Lamarque. Cuando escucho a un joven decir que el tango es para viejos y el prefie escuchar cosas más adecuadas a su edad, viene a mi mente la frase: ¡El tango puede esperar!
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