Al cielo por la izquierda

En México se ha pretendido, desde hace décadas, que ser de izquierda es un requisito indispensable para participar del debate intelectual y político. Cualquier postura distinta, nos dice Gabriel Zaid en este ensayo, es satanizada y descalificada por principio, como si hubiera una identificación inequívoca entre la izquierda y lo correcto.

Febrero 2011 | Tags:

 

En 1957, por primera vez en la historia, un satélite artificial subió al cielo y se quedó girando en torno a la tierra. La hazaña de la Unión Soviética llamó la atención mundial. El Sputnik (‘satélite’ en ruso) dejaba atrás a los Estados Unidos. Parecía confirmar la superioridad del comunismo y el vaticinio de Jruschov: “Los enterraremos” (1956).

Para celebrarlo, el viceprimer ministro Anastás Mikoyán llevó una exposición de ciencia y tecnología soviéticas a Nueva York, México y La Habana. Hay un archivo ruso que registra un cortometraje con los noticieros de la visita a México (Anastas Mikoyan in Mexico, 1959). Eran los tiempos de la “izquierda atinada” del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964), y parecía que nos visitaba el futuro. El visitante, que era simpático y de altísimo nivel, fue muy bien acogido y llevado a todas partes.

Recuerdo haber leído (¿en la revista Siempre!?) la crónica de una reunión desenfadada con políticos mexicanos. Estaba muy contento por la calidez con que era recibido (a diferencia de la recepción en los Estados Unidos), por las maravillas turísticas que había conocido y porque la palabra revolución estaba en todas partes. En algún momento, dijo (si mal no recuerdo) que su madre era campesina y rezaba por él. Y, ya entrados en confianza, un mexicano deseoso de informarse sobre tecnologías más avanzadas le preguntó cómo le hacían allá los políticos (para enriquecerse). Las confiancitas terminaron ahí.

Durante muchos años, la falsa conciencia que ahora lastra el desarrollo del país sirvió para gobernarlo. Fue consagrada en un oxímoron audaz: los adjetivos contradictorios del Partido Revolucionario Institucional. Miguel Alemán lo creó en 1946 para excluir a los militares (con su venia), transferir el poder a los civiles y legitimar su propio ascenso a la presidencia con otros universitarios: los “compañeros de banca” que tomaron el poder sin tomar las armas, y por lo mismo tenían que declararse “revolucionarios”. Mikoyán se ha de haber sentido en casa: en los discursos, en las bardas, en los nombres de los partidos y hasta en los cerros encontraba la palabra revolución, sin alarma notable. Y claro que lo más notable era eso.

Ya no vemos lo llamativo y hasta folclórico de que la única vestimenta aceptable en México haya sido la revolucionaria. Habrá quien diga que, en la mayoría de los casos, se trató de un disfraz. Suponiendo que así fuera, el hecho seguiría siendo notable: no en todas partes la gente tiene que disfrazarse de revolucionaria.

Naturalmente, unos dicen que lo verdaderamente revolucionario es esto y no aquello; otros que es aquello y no esto. Y hasta hay persecuciones de unos para desenmascarar a otros. Pero no hay que distraerse por el contenido de las acusaciones. Lo revelador es el énfasis en el “verdaderamente”. Implica una situación en la cual hay que ser revolucionario, porque no hay otra manera aceptable de ser.

Así en la Iglesia, todo alegato en favor de las propias ideas, o de los propios intereses, tiene que tomar la forma de que esto o aquello es lo “verdaderamente” cristiano. No hay nada que hacer en el discurso cristiano declarándose apóstata, descreído, fanático, hereje, impío, relapso, renegado o sectario. Ponerse esos sambenitos, o dejárselos poner, es aceptar la muerte “cívica”: no ser, no tener voz ni voto, ser excomulgado o llevado a la hoguera. Todavía no hace tantos años, se hablaba en México de “expulsar del discurso” intelectual a los escritores de Vuelta y se quemó la efigie de Octavio Paz.

Si la alternativa es no ser, lo prudente es presentar lo que se es (o se cree ser, o se alega ser) como lo que hay que ser. Pudiera hacerse una antología muy cómica (o siniestra) de todo lo que ha sido declarado cristiano o revolucionario; una galería pintoresca de mexicanos que se dijeron y hasta se creyeron “verdaderamente” revolucionarios. Curiosamente, no hay mexicanos que compitan por declarar que ellos son los reaccionarios de verdad, no los impostores que se disfrazan de reaccionarios y no lo son. La diferencia es elocuente.

La palabra revolución, que hizo temblar a millones en los tiempos villistas, zapatistas, carrancistas, llegó a ser decorativa, como un adorno en un sombrero charro. Las palabras marxismo, socialismo, comunismo, todavía inquietantes en algunas parroquias, se volvieron legitimantes en las universidades. La palabra revolucionario, que en otros tiempos o lugares satanizaba y excluía, sirvió, por el contrario, como un gafete indispensable para circular. La sombría, luminosa, serena, perturbadora, arrogante, modesta, dionisíaca, apolínea, mansa, escalofriante, palabra libertad... se volvió ridícula.

En el país del PRI, en el país donde fue posible hacerse millonario en nombre de la Revolución, no hay una palabra más emputecida que revolucionario. Lo notable es que siga usándose, y no solo por los partidos. Sería de esperarse que los mexicanos más conscientes la abandonaran, pero no sucedió. Por el contrario, llena la boca de satisfacción. Lo cual indica hasta qué punto en México el discurso revolucionario fue el discurso obligado, la vestimenta indispensable para ser admitido.

El marxismo se volvió convencional en los medios universitarios. No en vano se vendieron más de un millón de ejemplares de Los conceptos elementales del materialismo histórico de Marta Harnecker, que en el mundo universitario equivalía a Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie: una guía práctica para acomodarse en la ruta del éxito social.

Triste es decirlo: así como los hombres de negocios hablan de libertad de empresa, pero no leen a Adam Smith; así como no tenemos las obras completas de Smith en español, y por temporadas ni siquiera La riqueza de las naciones; más universitarios compraron libros de Harnecker que de Marx; y, aunque parezca increíble (de los medios universitarios), se acabó el marxismo sin que tengamos las obras completas de Marx en español.

La razón es obvia: en los medios universitarios, como en los medios de negocios, hay más demanda de banderas, distintivos y frases hechas que de lecturas, análisis y discusiones. El marxismo fue la manera académica, científica, elegante, de subirse al carro de la Revolución Mexicana, sin sentirse priista; con un distintivo rojo y negro en vez de tricolor. Nadie asustaba a su familia declarándose marxista. Por el contrario, muchos padres prudentes se alegraban de que sus hijos adoptaran esa nueva forma de ganar amigos e influir sobre las personas.

En México todavía se respeta al Che Guevara y Fidel Castro; y hay quienes se cuelgan, de propia mano, condecoraciones revolucionarias, medallitas de izquierda, escapularios marxistas. Hasta hay rivalidades por la autenticidad de los colguijes. Pero no hay rivalidades por ostentarse en la derecha. La derecha es inhabitable, un infierno de todos tan temido que nadie lo quiere voluntariamente ocupar; a donde hay que empujar a quien se deje, para tener la seguridad de que uno sí es de izquierda (puesto que allá está la derecha, señalada con dedo flamígero).

Pero, ¿quién va a dejarse hundir en el infierno para que los fariseos gocen de la gloria de juzgar a todos desde el cielo? Nadie. Por eso, el infierno está vacío. Si la derecha no merece más que la muerte cívica, no puede haber derecha. Pero tampoco izquierda. Donde no hay derecha, la izquierda abarca todo, y por lo mismo no quiere decir nada. Donde la izquierda legitima, pero la derecha no, toda izquierda se vuelve sospechosa de ilegitimidad: todos acaban persiguiendo a todos. Donde hay que ser de izquierda para ser, ser de izquierda y nada es lo mismo.

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