Lo recuerdo, y lo recuerdo muy bien. Demasiado bien como para no caer en la tentación de buscar refugio precisamente en la ronca serenidad del estribillo de una canción. Demasiado bien lo recuerdo, de modo que quiero escribir sobre ello. Nada de novelas ni relatos. Tan sólo episodios, piezas de un puzzle, fragmentos, eso, quizá. Como si supiera que tales cosas jamás dan como resultado una imagen exacta. Como si temiera que alguna vez den como resultado esa imagen. Como si tuviera que protegerme de algo. Todavía.
Recuerdo el parque Vondel en Ámsterdam. Recorro los caminos del parque, me cruzo con familias, parejas de enamorados, fumadores de porros, homosexuales, turistas y perros inmensos y pacíficos; diez minutos antes había hablado por teléfono con mis padres. En Alemania, me dijo mi madre, acababa de aparecer un libro, grueso y carísimo, publicado por alguna editorial científica especializada, que mostraba a mi padre en la página 775. Mi padre con el uniforme de prisionero de los objetores de conciencia, una foto tomada secretamente con teleobjetivo; primavera de 1971. Por esa fecha él tenía veinticuatro años, siete años más joven que yo en ese verano de 2004, en el parque Vondel de Ámsterdam.
–¿Comprarás el libro? –pregunté.
Recuerdo al ministro de Correos, Gscheidle, el sonido tranquilizador de su nombre, la voz del comentarista de las noticias en Radio Baviera 1, la emisora que estaba todo el tiempo sintonizada en la pequeña tapicería de mi abuelo, y que sólo se cambiaba a Radio Baviera 3, donde ponían Boney M en lugar de Andrea Jürgens, cuando a mi padre comenzaban a aburrirle las canciones alemanas de moda; no importaba que el comentarista de las noticias tuviera la misma voz, o que el nombre de la ministra de Familia, Anke Huber, tampoco pareciera amenazante; lo recuerdo con exactitud. Cuando salía a relucir el nombre de Aldo Moro, escuchaba hasta H., el oficial de tapicería, aquel hombre indiferente con su rostro eternamente arrugado, que más tarde, cuando crecí y empecé a sacarlo de quicio, me encerró en el viejo cuarto de deshilachado, donde una maquinaria monstruosa trituraba las trenzas de fibra de palmera antes de que inventaran la goma-espuma; el mismo que diez años después, durante las primeras elecciones libres para la Cámara del Pueblo en marzo de 1990, hizo colgar la antigua bandera tricolor de Alemania en la ventana de un piso en Limbach-Oberfrohna, en Sajonia, y que unos pocos meses después de la reunificación murió de cáncer, en un momento en que mi abuelo hacía tiempo que había disuelto el negocio y se había jubilado; pues ese tapicero (al que no sé por qué le llamo H., ya que su nombre era Heinz, Heinz Seidl) soltaba el martillo, la sierra o la máquina de coser, porque todavía no habían encontrado ni rastro de Aldo Moro y se decía que el gobierno italiano esperaba lo peor. Recuerdo la noticia de su asesinato, quizás en ese momento el niño descubrió en los gestos de los adultos que más allá de la tapicería, de aquella casa con el gran jardín, tenía que haber otro mundo cuyas reglas eran otras. Al menos era estupendo que la señora Huber y el señor Gscheidle estuvieran tan cerca, y sólo hubiera que oprimir el botón de la radiocasetera negra marca Stern situada junto al banco de corte para escuchar sus amables nombres.
Recuerdo a Tino, el hijo del vecino, que era oficial de pintor y al que todos llamaban Ebbi. (Eso fue en la época en la que todavía creía que todos los habitantes de nuestra ciudad eran artesanos privados, propietarios de pequeños talleres con olor a madera, a cola y a pintura; la época en la que los otros, los de la fábrica de la calle contigua, no eran más que la suma de sus motocicletas marcas Sperber, Simson y Schwalbe, puestas en marcha a las cuatro y media y que les servían para viajar de regreso a sus casas a la misma hora en que yo iba de compras con mi madre a la Helenestraβe –que se llamaba así desde siempre y a la que mi madre le había cambiado el nombre–, la misma época en la que no veía ni entendía las pancartas que hablaban del proletariado y el partido.)
Tino me doblaba la edad, tenía catorce o quince años. Tenía una guitarra eléctrica y una pequeña batería de luces, un armatoste de madera situado encima de la cómoda de su habitación, a la que sus padres le llamaban todavía la “habitación del chico”. Pasa a la habitación del chico; él tocará algo para ti.
A pesar de su edad, no le tenía miedo a Tino; a pesar de mi edad, era siempre bienvenido.
–¿Qué quieres oír? –Tino se ocupaba de los cables y dejaba escuchar un primer acorde.
–Canciones de moda –decía yo–. Por favor.
–¿Canciones de moda de Occidente? –preguntaba él.
¿Qué eran las canciones de moda de occidente?
–Pues lo que ponen en la emisora Baviera 3, los viernes a las seis y diez. ¿Acaso no conoces “Los éxitos de la semana” de Thomas Brenneke?
¿Que si los conocía? El problema era que no conocía otra cosa. Hasta ese momento no supe que las canciones de moda no eran sencillamente canciones de moda, sino que había canciones de moda de Occidente, y por lo tanto también... Pero eso no me interesaba.
–Canciones de moda –repetí tímidamente, y Tino me echó una mirada sarcástica, como si hubiera hecho algo prohibido.
Recuerdo uno de los veranos en el gran jardín, cuyos setos y arbustos ocultaban la calle, recuerdo el taburete de madera en el que mi bisabuelo tomaba asiento conmigo para recoger frambuesas, al tiempo que contaba historias ininterrumpidamente. De los imperiales, con quienes se había peleado una vez estuvo de regreso de la Primera Guerra Mundial; de los comunistas, a quienes les arrojó a la cara el carnet de militante del partido cuando se sintió harto de sus coacciones; de los sindicalistas, para cuyo periódico escribía en colaboración con mi bisabuela (cuando todavía no era mi bisabuela, la mujer que ahora salía de la casa con tres vasos colocados uno dentro del otro y una jarra de metal llena de zumo fresco; esa mujer que escucha atenta y con desconfianza los discursos de su marido); de los nazis, que lo encerraron en la primavera de 1933, pero luego lo pusieron en libertad enseguida por falta de pruebas; de sus amigos sindicalistas que huyeron de Alemania y fueron asesinados en la Unión Soviética de Stalin; de...
–Karl, deja al chico en paz de una vez. ¿Quién va a querer escuchar esas historias con este calor?
La sonrisa bonachona de la bisabuela, el vaso de zumo que ella me sirve, los cabellos blancos de mi bisabuelo, alisados a regañadientes, el jardín de mi infancia (el mismo que parecía haberse encogido cuando volví a verlo en 1999), todavía verde, pero de algún modo abandonado, sin el seto de saúcos, aunque quizá sólo fuera porque mis abuelos tenían ahora la edad de sus padres, y la transitoriedad de todo se ponía de manifiesto de una manera más sobria. Sin embargo, no he olvidado nada.
Recuerdo aquellos tres intentos. El primero se llamaba Robinson Crusoe. Sábado por la mañana, clase de alemán, primero o segundo grado. Trae tu libro preferido a la clase y cuéntale al grupo lo que tanto te ha impresionado.
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