Animales en verso y prosa

¿Qué tienen que ver los monos y los cuentistas? ¿Cuál es la relación entre los elefantes y los poetas? A la vez que revisa su propia obra, Fabio Morábito descubre inusitadas conexiones entre el comportamiento animal y el oficio literario. Una poética tan lúcida como extravagante.

Junio 2008 | Tags:

 

 

Alguien me dijo una vez que algunos monos tienen dos señales de alarma claramente diferenciadas, una para los peligros que vienen del suelo de la selva, como son los ataques de serpientes y leopardos, y otra para las grandes aves predadoras, que los atacan desde arriba. Los monos, que están siempre al pendiente de ambas direcciones, evitan merodear en la parte inferior o superior de los árboles y permanecen lo más posible en la parte del medio, donde ni las águilas ni los felinos puedan sorprenderlos.

Supongamos que no tuvieran que cuidarse de ninguna ave predadora, es decir de ningún peligro que viniera del cielo. Su atención podría concentrarse en las amenazas provenientes de abajo. Ganarían seguridad, pero su vida sería menos compleja, porque no tendrían que desarrollar ese olfato por la medianía que rige sus movimientos y que, sin duda, ha mejorado su inteligencia, al obligarlos a estar pendientes de un mayor número de estímulos.

Supongamos ahora a un mono bromista, al que se le ocurra dar la alarma equivocada y que en lugar de emitir el grito que significa “peligro desde abajo”, emita el que alerta frente a las amenazas provenientes del cielo, provocando con ello una estampida de los demás hacia las ramas más bajas del árbol, donde se encuentra un leopardo esperándolos. ¿Ha existido un mono así? Quizá nunca lo sabremos, pero cabe la posibilidad de que esa broma macabra haya ocurrido. Pudiera, incluso, no tratarse de una broma, sino de una venganza en contra del clan, pues suele ocurrir que algunos miembros de este, de vez en cuando, arrebaten a la cría de una joven madre para comérsela. Así, en virtud de la zona intermedia en que se sitúa el difícil equilibrio de su vida, aumenta la cantidad de cosas que podemos imaginar acerca de los monos. Si no existiera esa franja estrecha que los hace repelentes tanto al piso de la selva como a la parte superior de los árboles, no podríamos concebir la posibilidad de un mono bromista, ni de uno vengativo, ni de otro simplemente estúpido. Quizá los monos se sentirían más felices en las ramas más elevadas, desde donde podrían abarcar una gran porción de la selva, o más cómodos merodeando en el suelo, donde no correrían ningún riesgo de caerse, pero han elegido una zona de seguridad que no es ni una cosa ni otra, y esa franja, si por un lado les brinda protección, por el otro multiplica los peligros, porque a causa de su posición equidistante de las aves predadoras y de los felinos, los monos se exponen a ser agredidos por ambas especies. Han elegido, en otras palabras, el suspenso, que es el alma de todos los relatos. Estos últimos nacen de una zona intermedia en donde, a cambio de cierta seguridad física, experimentamos, lo mismo que los monos, una inseguridad psíquica que impide que nuestro espíritu se especialice en alguna dirección y se adormezca. La función de los relatos, justamente, es desadormecernos, elevándonos por encima de nuestras tareas aprendidas.

Si la vida de los monos se caracteriza por hallarse a merced de dos faunas contrarias, lo propio de los relatos es enfrentarse a incesantes bifurcaciones que crean en el lector el sentimiento de que con cada línea y con cada frase se define un territorio y se pierde irremediablemente otro. Este sentimiento de pérdida es básico en los relatos y me atrevería a decir que es la experiencia esencial que nos ofrecen, porque nos enfrentan al hecho de que todos los actos de nuestra vida son un corte, un despedirse para siempre de caminos que quizá, de haberlos tomado, nos hubieran hecho mejores o más felices. Pero los relatos nos enseñan también que lo perdido regresa, y por eso los leemos. El final de un relato representa el punto en el cual los cabos sueltos, toda la materia desechada a lo largo del trayecto, vuelve para que el relato concluya. En una suerte de reflujo, todo lo perdido se hace de golpe reconocible, regresa para despedirse y, con ello, integrarse a la historia. De ahí esa sensación, que experimentamos al terminar de leer un buen cuento, de no haber leído sólo un cuento, sino todos los cuentos posibles.

En cierta forma ocurre lo mismo con los monos cuando huyen para escapar de sus predadores. Eligen un camino, pero su cerebro registra todos los otros caminos que no toman. El estrés de la fuga, semejante a la inspiración, les hace vislumbrar todas las otras rutas existentes, información que se almacena en lo más profundo de su cerebro y saldrá a la superficie cuando la necesiten. Cuando huyen, por lo tanto, recorren una ruta conocida, pero olvidada. Del mismo modo, el escritor sabe más de su historia que lo que él mismo cree; su historia, en cierto modo, ya está escrita y a él le toca recordarla, sacarla de la zona profunda de su cerebro. Si no fuera así, no podríamos explicarnos la obsesión que algunos relatos producen en sus autores. Hay historias que, a pesar de las dificultades y frustraciones que le ocasionan al escritor, no le permiten liberarse de su hechizo y ponerse a escribir otra cosa. Es como si la historia lo hubiera elegido a él, y no al revés. Creo que la medida de la madurez de un escritor estriba justamente en su conocimiento de lo que le toca escribir, en saber qué historias lo han elegido y cuáles, en cambio, son sólo ocurrencias de un cerebro entrenado en la escritura.

Esto significa que el verdadero escritor no aprende a escribir; es más, un escritor es aquel que se niega a aprender a escribir. Si de verdad aprendiera a escribir, podría escribir cualquier cosa, que es lo que no debe hacer un escritor. Si un escritor algo aprende, es a escribir aquello que está escribiendo, lo cual representa un aprendizaje nulo, porque apenas le servirá en el futuro. En cambio, el falso escritor aprende un oficio y se agencia un estilo con el cual tiene la confianza de abrir todas las cerraduras. Nos da siempre la sensación de haber tomado la palabra antes de tiempo. La escritura mediocre es una tomadura de palabras, un arrebatar las palabras en lugar de ser arrebatado por ellas. El mal escritor se parece a unos monos cuyas huidas tuvieran siempre la misma dirección, como si contaran con un escondite fijo en la selva. La sabiduría de esos monos se reduciría a saber cuál es en cada caso el camino más corto para alcanzar esa meta. Por lo mismo, se extinguirían rápidamente; los predadores acabarían por adivinar la ubicación de ese punto magnético y los atraparían con una sencilla emboscada.

Cuando uno se dispone a escribir un cuento, debe decidir qué tan a la vista quiere tener el final de su historia. Hay unos que no pueden empezar la primera línea de un cuento si no saben casi todo acerca de su desarrollo; otros necesitan ignorarlo todo, si es que esto es posible. En realidad, lo importante no es tanto saber o no saber cómo evolucionará la historia, sino estar dispuestos a cambiar de ruta durante la marcha, a desechar el plan que se tenía y a sustituirlo con otro, que puede ser incluso el opuesto del anterior. En mi caso, comienzo a escribir un cuento sabiendo muy poco de él, pero lo suficiente para estar seguro de que tengo un cuento en las manos. No sé cómo evolucionará el cuento, pero algo me dice que tendrá larga vida, aunque a la postre resulte una historia muy breve. Avanzo a tientas, pero la oscuridad no es total. Carezco de una meta a la vista, pero no de vislumbres. Cuando estas faltan, abandono el cuento. Trato de guiarme, como los monos, por la mera eficacia del salto, eligiendo cada vez la rama que considero más oportuna. No miro más lejos, pero vislumbro que hay más allá. Mi mirada se divide entre la siguiente rama salvadora y la confusa vegetación del fondo. Los buenos nadadores de crawl saben que la posición correcta de la cabeza, aquella que ofrece menos resistencia al agua, es la que permite mirar hacia el frente, pero no del todo, como si no se mirara. Esta mirada de sesgo, confiada pero sin compromisos, con que se mira como si no se quisiera hacerlo, es también la mirada del buen cuentista.

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