Convivio

El estado de las artes

Arte

Eso es lo grave: que se piense que los museos son algo que sin duda debe tener cabida en un país decente, y que al mismo tiempo se desprecie la obra que al menos podría servir para llenar esos museos. En el decreto de creación del MNAP quedó perfectamente estipulado que el instituto, “de acuerdo con sus posibilidades económicas”, procuraría enriquecer las colecciones “con nuevas adquisiciones, en primera instancia obras de origen nacional y, de ser posible, con producciones de los grandes maestros extranjeros”. Y, al parecer, desapareció el museo y junto con él los atinados propósitos. Cabe mencionar que no sólo el arte contemporáneo lo padece: el Museo Nacional de San Carlos menciona en su página, como si fuera algo bueno, que “las últimas adquisiciones importantes por el número y calidad, se dio [sic] en las décadas de los setenta y ochenta, gracias al interés del inba y de coleccionistas nacionales y extranjeros” (que, por cierto, ¿adónde se fueron?). Lo grave es, pues, la cortedad de miras. Digamos que lo que se tiene es un barco a medio hundir. Nadie se preocupa demasiado por él, ya que la cubierta permanece fuera del agua y hay de dónde agarrarse. Tomaría, según algunos cálculos, diez o quince años ponerlo nuevamente a flote; pero, uy, no, no tenemos tanto tiempo: seis años es el límite, la pared con la que habrá de chocar todo proyecto mínimamente visionario. Mejor entonces ni lo intentamos. Así pues, reunir una colección de arte contemporáneo cercana, por ejemplo, a la que posee la Fundación Jumex, seguirá siendo, eternamente, una de esas cosas que sí nos gusta atesorar: sueños guajiros. (¿En qué momento, por cierto, el Salón de la Plástica dejó de abonar su dosis anual de arte contemporáneo? ¿Habrá sido quizá cuando sus miembros dejaron de producir justamente eso: arte contemporáneo? ¿Cuál es entonces el sentido de que siga existiendo bajo la forma que tiene ahora: la de un club que todos patrocinamos para que sus miembros se rindan homenajes unos a otros?)

Lo grave, finalmente, es que el INBA no se dé cuenta de lo que implica ser quien decide qué debemos ver y qué no todos los demás (¡nuestra cultura visual es, nada más ni nada menos, lo que está en juego!). La variedad es mejor que lo mismo, pero no basta. ¿De qué sirve tener una Coordinación Nacional de Artes Plásticas que lo único que es capaz de coordinar es el “siguiente evento”? Esa es la mentalidad, una mentalidad provinciana que responde más a las estaciones y a las efemérides que a las asuntos de fondo –y ni hablar de las consideraciones estéticas: llegó la primavera, hay que hacer un festival; el bicentenario: festival; los ochenta años de nuestro querido escritor: festival. Y así pasan los sexenios sin que nadie se tome la molestia de ir un poco más allá. En el mundo que –sin saberlo– ha diseñado el INBA, los museos tienden al vacío y están condenados a funcionar, por lo tanto, como un salón de banquetes, eso sí: con una agenda llena y muy variadita.

Ya que la consigna es ahorrar, por qué no empezamos por desaparecer la Coordinación Nacional de Artes Plásticas, que no hace más que entorpecer el de por sí embotado universo burocrático del inba. Demos aunque sea ese paso: ¡abajo con ella! ~

 

 


1. http://www.bellasartes.gob.mx/inba/Template12/index.jsp?secc—cve=1345

2. Como rezaba el decreto de creación del Museo Nacional de Artes Plásticas publicado el 22 de mayo de 1948 en el Diario Oficial de la Federación.

3. Primer director del INBA (del INBAL, en realidad; por alguna extraña razón la “L” se dejó de usar en cierto momento, aunque la literatura permaneciera dentro de las responsabilidades del instituto).

4. Ubicado en las salas del Palacio de Bellas Artes.

5. Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 

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