Ejercicio de diminutivo

Estamos en clase, somos pocos y no hay textos para leer. Alguien pregunta por qué no estoy en los Juegos Florales de Tabasco, tal como lo había prometido.

Ni nodo, ya quedé otra vez mal con Carlos... Y él sí estuvo una vez en la feria de mi pueblo, manteniendo unos juegos con voz, floral y rotunda, pero ni modo, don Felipe está enfermo y mañana me voy a Zapotlán.

Inmediatamente arrepentido, confieso: No es cierto. Cada vez que debo eludir un compromiso grave, digo con autorización suya que mi padre está al borde de la muerte. Dios nos perdone.

Como si bajara de las nubes, Amparo pregunta angelical:

–¿Vive su papá?

–Desde hace noventa años y de puro milagro, porque apenas nació. Es una invención de mi abuela, porque más que a la luz, lo dio a una especie de acuario sombrío donde la criatura vivió muchos meses en plan de infusorio, digamos como un enorme paramecio. Sus ojos todavía no eran ojos. Parecían entre unos párpados que tampoco funcionaban, dos esferitas de cha, esas pequeñas semillas que se le ponen al agua fresca de limón y de jamaica para hacerla medicinal. Son negras, y al empaparse se hinchan y les crece alrededor una orlita transparente de filamentos viscosos.

–¡Ah, claro, la chía de las horchatas! –dice Carmen con alegre insolvencia.

–No, Amparo. Vamos por partes: una cosa es la chía y otra la cha. Otro día se lo explico. Pero si me vuelven a interrumpir ya no les sigo contando nada. La chía es muy chiquita y más o menos ovalada, como un frijolito jaspeado, mientras que la cha es redonda y aplanada cual una lenteja y flota y nada como larva de medusa, esa criatura casi inmaterial que es un puro esplendor y que se llama Cinturón de Venus. Nada menos.

–Perdón, perdón, es que me acordé de la Suave Patria vendedora de chía.

–Sí, Amparo, sí, quiero raptarte en la cuaresma opaca y toda la cosa... ¿Quieren que se la recite entera?

–No, no, mejor síganos contando el nacimiento de su papá.

–Bueno, quedamos en que sus ojos eran dos semillitas de cha hinchadas por el agua materna. Opacos, pero yo mejor diría glaucos para ser más literario, glaucos como los ojitos de los canarios cuando nacen, ¿ustedes los han visto? No parecen canarios ni nada: una brizna de plumitas. Mi papá tampoco parecía niño ni cosa que se le parezca. Pero el amor hizo un milagro, aunque yo no crea que puede llamarse amor lo que sintió mi abuela por aquello que acababa de sucederle, ya pasados los cincuenta. Pero como buena cristiana temerosa del limbo, pensó inmediatamente en el bautismo: tarea nada fácil, porque fue día de San Felipe.

–¡San Felipe Neri!

–No, Amparo, no. Usted todo quiere referirlo a Italia, y no hay manera de sacarla de su eterno Renacimiento. A Neri se le llama el Apóstol de Roma, fíjense nomás, porque en medio de la pompa practicó la pobreza y predicó la humildad con todo el encanto de su palabra franciscana… Tampoco nació mi padre el 6 de junio, día en que celebraba la Iglesia al Diácono Felipe, ese que convirtió a Simón Mago y al eunuco de la reina Candacia, ni el 23 de agosto que está dedicado a la memoria de un médico apellidado Benitti o Benezzi, que rehusó el arzobispado de Florencia y luego la tiara de San Pedro en 1269.

Amparo no cede su derecho al error:

–¡San Felipe Apóstol!

Caliente, caliente, pero todavía no. A ese galileo de Betsaida, que fue uno de los primeros en acudir al llamado, también lo crucificaron... Precisamente en Hierópolis, ciudad sagrada aunque pagana. Pero mi padre nació, fíjese, Amparo, fíjese usted muy bien porque le voy a ayudar: mi padre nació... un 5 de febrero...

Amparo se pone a meditar inútilmente, pero alguien junto a ella se apiada y le dice al oído soplando con urgencia: “¡San Felipe de Jesús!”

–¡Ay de veras, ya se me estaba olvidando aquel mexicano que crucificaron los japoneses! ¡Pero si hasta hubo una excursión por todo el Oriente, con escala en Nagasaki! Le gustaban mucho los higos pero la higuera de su casa no daba más que puras brevas. Y la criada repetía: “cuando la higuera dé higos, Felipillo va a ser santo”. Porque era pillete.

... Estamos en el aula 304 de la Facultad de Filosofía y Letras (Seminario de Creación Literaria, todos los viernes hábiles, de cinco a siete p.m.). Poseído ya por el espíritu familiar y en plena libertad de cátedra, yo soy quien pide a los oyentes:

–Déjenme seguirles contando y no se olviden de que para la semana próxima todos ustedes deben traerme, para calificarlos debidamente, un ejercicio en diminutivo.

–Sí, sí, que cuente, que cuente, al fin que no tenemos nada que hacer. –Y para no hacer nada, pues yo me puse a contar:

–Mi abuela estaba torteando... Bueno, yo bien podría decirles aquí que mi abuela no torteaba por obligación, pero prefiero la verdad. Aquellos tiempos no fueron buenos, como ustedes los recuerdan, quienes estudiaron historia. 1888 fue un año de hambre muy mala, sobre todo allá en el sur de Jalisco, y casi nadie tenía con qué pagar un cajón de muerto. A casi todos los enterraban envueltos en petate o de a tiro encuerados. Por eso mi abuelo cerró provisionalmente su taller de carpintería y se fue de jornalero a los campos de maíz, por un real de sol a sol. ¿Se acuerdan ustedes? Aquella moneda de entonces... Mi abuelita tenía las manos muy finas y todos dirán que no servía para el comal. Pero se equivocan, porque las tortillas mejores las hacen manos muy delicadas, esas que se inflan y se inflan, y que tienen carita, no como las mestizas, que son de una sola pieza y masudas como sopes. Bueno, las mujeres tienen otra vez razón, aunque nos cueste a los hombres: haciéndonos las tortillas, se les acaban las manos por la cal del nejayote. Como se le acabaron a mi abuela. ¿Pero dónde se quedó lo que les estaba contando?

–En el limbo. La mamá de su papá tuvo miedo de que su hijo se fuera al limbo.

–Ah, sí ya me acordé. Como uno de esos pajaritos que se caen del nido y que una chiquilla recoge en el jardín cuando sale de la escuela y se lo echa en el seno para criarlo en su casa, así era el hombre de quien yo nací. Y como estos pajaritos casi siempre se mueren, a mi abuela le dio un salto el corazón cuando vio pasar por la ventana, muy aprisa, al padre Arrónez. Pero más aprisa lo detuvo:

–Deténgase un momentito, ¿es que quiere un favorcito hacerme por amor de Dios?

–Dígame usted, comadrita, ¿en qué puedo yo servirle?

El padre Arrónez estaba de muy mal humor, porque acababan de sacarlo de una gran fiesta, aquella con que celebraba don Felipe de Jesús Mendoza todos sus cumpleaños. Y nada menos que con el pretexto eclesiástico de que don Homobono Partida se estaba muriendo allá muy lejos en su rancho de Las Peñas. Y debería ser él y nadie más quien fuera a darle la Extrema Unción. El padre Arrónez hizo un rápido cálculo teológico: “¿Decir adiós al que viene? ¿Saludar al que se va? Bueno, finalmente, puedo hacer las dos cosas, si Dios nos presta vida y licencia a los tres. Primo: recibo. Secundo: despido.” Y entró resueltamente a la casa diciendo: “Ya tráiganme a la criatura.” Pero al ver el tamaño estuvo a punto de suspender toda iniciativa de sacramento.

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