Hoy en día, poblaciones numerosas de musulmanes viven en democracias. Indonesia, que es la población musulmana más numerosa. La India, que es la segunda más grande. Bangladesh y Pakistán han alternado. Y Turquía. Entonces, ¿cuál es el problema con países como Irán? ¿Cuál es el problema con el Medio Oriente árabe? Hay problemas históricos y políticos. Hablemos de ellos, tratemos de solucionarlos, no usemos ni intentemos usar la ideología de los sectores extremistas que actúan en el nombre del islam para vapulear al islam. Eso crea un abismo entre los musulmanes y los no musulmanes, y cierra las puertas del diálogo.
Jesús Silva-Herzog Márquez: Reconocer que puede haber un camino a la modernidad en el mundo musulmán, por ejemplo en Turquía, o quizás en la India, ¿no debilita sus argumentos en contra de la compatibilidad de la democracia y el islam? ¿Qué conclusión extrae de estos casos en los que instituciones liberales, instituciones democráticas, han florecido en suelo islámico?
Ayaan Hirsi Ali: Tengo que empezar agradeciendo al embajador Haqqani por hacer una descripción numérica de la crisis del mundo musulmán. ¿En qué estamos de acuerdo? Ambos reconocemos la crisis. A ambos nos disgusta. Ambos estamos involucrados en el debate. La pregunta es en qué medida esa crisis tiene o no tiene que ver con las enseñanzas y los principios básicos del islam. Si, por ejemplo, la Hermandad Islámica busca responder a la crisis en nombre del islam –el Corán, el ejemplo del Profeta–, procede a imponer una teocracia en Argelia. Cuando Arabia Saudita obtuvo la independencia, decidió imponer una teocracia con un currículo escolar que contenía un ochenta por ciento de enseñanzas islámicas. Por eso tuvieron que importar los conocimientos especializados que necesitaban de nuestro mundo, de lugares ajenos a Arabia Saudí o el mundo islámico. Observe su propio país, Pakistán. Observe la anarquía que reina en mi país, Somalia. Cada vez, cuando tratamos de enfrentar retos humanos normales, como la cohesión social, la sequía, el conocimiento y demás, siempre apelamos a la religión, a diferencia de católicos, judíos y protestantes, que han logrado separar los problemas. Siempre que apelamos al islam, la crisis en que nos encontramos se agudiza. Nuestra ignorancia se hace más profunda porque pensamos que todo el conocimiento está en el Corán, que no necesitamos aprender, que no necesitamos nada más porque Dios va a cuidar de nosotros. Yo estoy tan perturbada y molesta como lo está usted por la crisis que atraviesa el mundo islámico. Nuestra mayor diferencia es que usted apunta a factores externos. El problema debe residir fuera del islam. Y yo estoy diciendo, por primera vez, y pertenezco a una generación que no tuvo que sufrir la opresión del hombre blanco o la opresión de algún agente externo, que tal vez hay algo que estamos haciendo mal. Quizás deberíamos liberar a nuestras mujeres. Quizás su himen sea mucho menos importante que sus vidas, su acceso a la educación, el control sobre sus propios cuerpos. Quizás es mejor que sigamos el camino de la ciencia, del conocimiento verdadero, como contrapeso a lo que enseñan el clero y el Corán. Y sólo si nosotros, como los cristianos y como los judíos, sólo si practicamos ese tipo de duda y autorreflexión y dejamos las enseñanzas del siglo VII en el siglo VII, lograremos ponernos al día con el mundo del siglo XXI. Pero eso sólo va a comenzar –le guste o no– cuando se convierta en una prioridad; no protegiendo la imagen del islam sino criticándola. Y quizás de esa clase de autorreflexión, de esa clase de duda, vendrá el progreso y mejoraremos. Y quizás quienes están interesados en la teología encuentren entonces una teología que separe lo divino y lo mundano. Embajador Haqqani, espero que se una a mí en este propósito. Y de hacerlo, lo invitaría a que dijera: “Sí, la democracia, con todos sus defectos, es mucho mejor que una teocracia islámica.”
Husain Haqqani: Yo, desde luego, no tengo nada que decir en favor de la teocracia. Pienso que usted y yo no podemos estar del mismo lado por una simple razón: usted ha decidido aislarse del redil islámico y reformarlo desde afuera. Yo quiero permanecer en el rebaño islámico y reformarlo desde adentro. Y estoy dispuesto a apostar –aunque las apuestas están prohibidas por el islam– a que mis oportunidades de éxito son mayores que las suyas, por la simple razón de que toda reforma, todo cambio, ha venido siempre desde adentro, no desde afuera. Usted no expuso mi análisis del mundo musulmán en la forma en que yo lo hice. Yo no estoy diciendo que sean factores externos; son factores internos. El mundo islámico tiene una crisis interna. Estoy diciendo que la crisis es política. Estoy diciendo que la crisis es sociológica. Estoy diciendo que la crisis está arraigada en actitudes hacia la tecnología. Y estoy de acuerdo con usted: en actitudes hacia la mujer. Estoy de acuerdo con usted en que la obsesión con el himen de la mujer y no con su cabeza es una fuente de problemas. Pero no se lo atribuyo todo al islam. Y voy a dar una explicación rápida, en dos minutos.
Ese análisis es ahistórico porque no toma en cuenta los catorce siglos de historia islámica. Ha habido momentos en la historia islámica en que hubo ilustración, discusiones y debates abiertos. La gente se olvida. Egipto, en 1913, decidió hacer una Constitución. En 1923 redactaron una Constitución y empezaron a vivir en una democracia. La Hermandad Islámica, que surgió en 1928, nunca obtuvo voto alguno. El partido que fue elegido –hubo diez elecciones entre 1923 y 1952–, y cada parlamento, fue anulado por el rey, que actuaba en favor de los británicos, porque a los británicos no les gustaban los nacionalistas egipcios que querían tomar el control sobre el Canal de Suez. En 1905 en Irán hubo una revolución constitucional, que resultó en una Constitución en contra del rey, la teocracia y la monarquía. Querían un parlamento. ¿Cómo terminó todo? En la famosa intervención estadounidense de 1953 para instalar al shah como monarca absoluto y favorecer los intereses de la compañía petrolera angloiraní.
Ahora, escúcheme con atención. No estoy diciendo que se debe culpar a los extranjeros por los problemas de los musulmanes. No. Si en ese momento los iraníes hubieran tenido las agallas para enfrentarlos, habrían podido mantenerlos al margen.

Pero todo lo que estoy diciendo es que esa formulación es muy simple. El problema no son sus ideas, sino lo que considero una manera simplificada de formularlas –“el islam es el problema”–, que, básicamente, complace a cierta audiencia. Déjeme recordarle que el eslogan de la Hermandad Musulmana es: “El islam es la solución.” Mi opinión es que el islam no es ni el problema ni la solución. Los musulmanes tienen problemas políticos que deben resolverse con la ciencia política, problemas económicos que deben resolverse con la economía, problemas de actitud hacia las mujeres que deben resolverse con el feminismo, problemas de desarrollo social que deben resolverse con desarrollo social. Crear una dicotomía del islam es la fuente del problema. Y Osama bin Laden y sus seguidores dicen: “Oh, el islam lo resolverá todo.” Eso es un error. El islam, como otras religiones, puede ser parte de la vida de las personas, y la gente debería tener la oportunidad de practicarlo y –concuerdo con usted en este punto– de interpretarlo de diversas formas. Una última cosa, no menos importante: en los siglos XIX y XX varios académicos escribieron nuevas interpretaciones, libros reformistas acerca del islam. ¿Por qué se debilitaron estas voces? Eran fuertes. Recuerdo que de niño, y crecí en los sesenta, yo estaba totalmente cautivado por pensadores islamistas reformadores. Gente que hablaba de la liberación de la mujer. Gente que decía que no era importante si la mujer se cubría la cabeza o no; que debían tener los mismos derechos que sus maridos. ¿Por qué estas personas quedaron relegadas? De nuevo, una sutil corrección histórica. Arabia Saudí no se independizó de los británicos. Arabia Saudí obtuvo su independencia del Imperio Otomano. Los británicos estuvieron involucrados. Hubo dos agentes británicos: uno fue el gobierno británico con sede en El Cairo, y el otro fue el gobierno británico con sede en la India. Hay un gran libro de David Fromkin sobre el tema, A Peace to End All Peace, que lo describe con gran precesión histórica. Los británicos en El Cairo apoyaron a la familia hachemita, que finalmente ubicaron en Jordania e Iraq, pero no consiguieron ubicarla en lo que hoy es Arabia Saudí. Arabia Saudí no es un país. Es una parte de Arabia con el nombre Saudí, que es el nombre añadido de una familia. La familia Saudí fue una pequeña banda de merodeadores de la provincia de Nejd. Y el gobierno británico en la India consideró más útil a esta gente porque sabían que había petróleo bajo sus arenas, y los ayudó a instalarse. ¿Tenían alguna otra opción los musulmanes? ¿No debe señalarse que la política imperial, año tras año hasta el 11-S, no vio ningún problema en apoyar a los extremistas islámicos? Yo pertenezco en Pakistán a un partido totalmente secular, que ganó las elecciones en 1977. Pero hubo un golpe ese mismo año y el primer ministro secular, con cuya hija, Benazir Bhutto, tuve y aún tengo el honor de trabajar, fue ejecutado. ¿Y qué hicieron los estadounidenses? La CIA les bombeó miles de millones de dólares e introdujo a los saudíes en Pakistán para crear ese monstruo llamado Osama bin Laden con el fin de que combatiera a la Unión Soviética. Entonces, adoptemos un punto de vista histórico y no lo simplifiquemos todo con un solo brochazo ni digamos: “Islam, islam, islam, todo es por culpa del islam.”
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