Andrés Sánchez Robayna*
•Soledades (1903), de Antonio Machado
Tal vez el mejor libro de Antonio Machado, en el que las notas y preocupaciones simbolistas se dejan oír con nitidez. Algunos de los poemas de Soledades tienen la precisión y la sugestión de un emblema: se quedan en la memoria para siempre. Yo leí de niño, por ejemplo, “Recuerdo infantil”, y no pude ya olvidarlo. Es un poeta “luminoso y profundo”, para decirlo con Rubén Darío.
•Lecturas españolas (1912), de Azorín
La mirada que Azorín sabe arrojar sobre los clásicos españoles está tan alejada del academicismo mimético como de los caprichos del excesivo subjetivismo. La tradición literaria adquiere en el escritor levantino una nueva corporalidad, una nueva vida, capaz de actuar sobre el presente. Un espíritu que se halla en otras obras suyas como Clásicos y modernos (1913) o Al margen de los clásicos (1915).
•Del sentimiento trágico de la vida (1912), de Miguel de Unamuno
En “el año de gracia de 1912” escribe de Unamuno un libro que pretendía “sentir el pensamiento” y “pensar el sentimiento”. Vio en ello un problema trágico, una lucha: “El más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas”. Entre Cristo y Don Quijote, la meditación unamuniana se debate por lo que se debate todo pensamiento: por encontrar sentido.
•Luces de bohemia (1920), de Ramón del Valle-Inclán
Más allá de la técnica del esperpento, de su función deformadora (y creadora), Valle-Inclán logró en Luces de bohemia una profundización en personajes y situaciones que hace pensar en la mejor dramaturgia de Occidente, de Sófocles a Pirandello. Y ello en un lenguaje de una arrebatadora fuerza lírica, aprendida en el modernismo y el expresionismo.
• Las rosas de Hércules (1922), de Tomás Morales
Tengo debilidad por este libro. Las rosas de Hércules re presenta, a mi juicio, la expresión más nítida del modernismo en España, con alturas a veces comparables a las de Darío, como en algunos sonetos de “Los poemas del mar”. Tomás Morales y Alonso Quesada fueron poetas sin los cuales no se explican cabalmente ni el modernismo ni la fase llamada “posmodernista” de la lírica hispánica del pasado siglo.
•Tirano Banderas (1926), de Ramón del Valle-Inclán
Aunque sólo fuera porque es la matriz genial de una suerte de “subgénero” narrativo (la “novela del dictador”), Tirano Banderas ocuparía ya un lugar de excepción en la literatura española del siglo XX. Pero sabemos que Tirano Banderas es muchas cosas más: entre otras, una obra que supo crear, a partir de su absorción de diversas hablas americanas, una lengua que sólo tiene realidad en la obra misma.
•La rebelión de las masas (1930), de José Ortega y Gasset
Ortega y Gasset se acercó pronto, a la altura de 1930, a un problema decisivo en las sociedades del siglo XX: el papel de las masas, del hombre-masa, del que más tarde nos daría Canetti, entre otros, una nueva versión en Masa y poder. Probaba con ello su lucidez al detectar los problemas esenciales de su tiempo. Pero Ortega no es sólo un pensamiento: es también un estilo inequívoco.
•El público (1930), de Federico García Lorca
El teatro de Lorca es a mi juicio, con el de Valle-Inclán, el de mayor trascendencia en la España del siglo XX, y sólo en Arrabal, tal vez, tiene a un heredero de altura. El público reúne muchas de las características del sentido mistérico que preside el universo teatral lorquiano: sus obsesiones, sus búsquedas, sus denuncias, su antropología del dolor y de la belleza.
•Juan de Mairena (1936), de Antonio Machado
En Juan de Mairena se concentran algunas de las mejores páginas del pensamiento español del siglo XX. No se trata de estar de acuerdo con las ideas del autor (especialmente sus ideas estéticas, a menudo muy tradicionalistas e inclinadas al popularismo), sino de reconocer su profundidad intelectual y filosófica y su admirable sentido de la ironía como forma de conocimiento.
•La realidad y el deseo (1936), de Luis Cernuda
De los poetas surgidos en la década de 1920 (olvidémonos ya de esa marca comercial “Generación del 27”), Cernuda es el que más me gusta e interesa. Tanto antes de 1936 (Un río, un amor o Los placeres prohibidos), como después de esa fecha (Las nubes o Como quien espera el alba), su poesía tuvo un sello único. No fue ajena a ello su asimilación de la tradición anglosajona.
•Poeta en Nueva York (1940), de Federico García Lorca
El libro más intenso –y también el más arriesgado, a mi juicio– de García Lorca. En él llevó a un límite la mayor parte de los elementos de su mundo lírico, lleno de mitos y arquetipos religiosos y simbólicos. Determinadas imágenes resultan, diría, incandescentes, y la libertad de la escritura alcanza niveles no vistos hasta entonces en la poesía de lengua española.
•El escritor (1941), de Azorín
He dudado entre este raro relato-ensayo y San Manuel Bueno, mártir, de Unamuno. Ambos son de una extraña modernidad en las letras de su tiempo. Si me inclino por El escritor es por lo que yo llamaría su espíritu “mallarmeano”, en el que la reflexión sobre la escritura se transmuta en ficción, en narración. Y en una prosa de una desnudez incomparable.
•La realidad histórica de España (1948), de Américo Castro
Américo Castro nos ha hecho pensar, sobre todo. La realidad histórica de España es un libro que nos hace pensar como pocos en relación con la historia de un país empeñado en ocultarse a sí mismo segmentos decisivos de su pasado. Debemos agradecerle a Castro, más allá de tal o cual objeción, el que nos recuerde la necesidad de mirar la historia española con ojos más abiertos y, al mismo tiempo, más justos.
•Automoribundia (1948), de Ramón Gómez de la Serna
La prosa de imaginación en su estado más puro, más incondicionado, más libre. Ramón fue un escritor insólito y sin paralelo (a excepción tal vez de Valle-Inclán, sobre todo en cuanto a la creación verbal), y Automoribundia uno de sus libros más representativos. La inventiva ramoniana no tiene límites, y su imaginación analógica es de la un gran poeta.
•Dios deseado y deseante (1949), de Juan Ramón Jiménez
Lo mismo que Dios deseado y deseante podía haber señalado Diario de un poeta recién casado, libro seminal en la poesía española del Novecientos. Si me inclino por Dios deseado y deseante es porque veo en él la cumbre de la escritura juanramoniana y uno de los libros más decisivos de la poesía hispánica del siglo XX.
•Cántico (1951), de Jorge Guillén
Pese a la rigidez de ciertos planteamientos poéticos y a la frecuente “predeterminación” de la escritura, Cántico es para mí un libro capital, que enlaza con la mejor poesía europea del momento. Una lección de rigor, de sentido constructivo, de afirmación vital en un momento extremadamente duro de la historia de Europa, y que afirma asimismo el valor de la esperanza.
•La colmena (1951), de Camilo José Cela
A pesar de las reservas que suscitan tanto ciertas facetas biográficas del autor como algunas de sus obras, Cela es un novelista de considerable alcance en una obra como La colmena. Retrato de un tiempo histórico preciso (que a veces logra parecer arquetípico), La colmena es una narración que cautiva por su complejidad estructural y sus infinitos entrecruzamientos de personajes y situaciones.
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