Literatura y mercado

La relación de la literatura con el mercado no siempre ha sido fluida. De los primeros vanguardistas a los actuales, la tensión entre el logro artístico y el reconocimiento público ha silenciado nombres valiosos o ha sido la perdición de autores en busca de público. En la actualidad nuevas formas de promoción de la literatura siguen poniendo en peligro lo esencial: los textos.

 

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Julien Gracq finaliza su extraordinario panfleto La literatura como bluff (1950) con el diagnóstico terrible de las letras de su tiempo: “Una literatura de pedantes.” Al tratarse de las últimas cuatro palabras de su ensayo, estas adquieren el carácter de una conclusión, que me permito repetir por ello. “Una literatura de pedantes”, dice Gracq refiriéndose a la literatura francesa de su tiempo pero tal vez no solo a ella, ya que en los fenómenos más recientes en el panorama literario en español puede percibirse la misma pedantería que denunciaba Gracq. Voy a referirme a algunos de ellos aquí porque me parecen muy significativos de lo que son las relaciones entre literatura y mercado en España y América Latina en los últimos años; también, porque nos permiten identificar a los actores más relevantes de una escena de cierta complejidad en la que confluyen lectores formados y habituados a un tipo de consumo literario minoritario y lectores de escasa formación y gustos mayoritarios, editores interesados tan solo en el descubrimiento del siguiente multiventas y editores que conciben su trabajo como una tarea política, libreros, críticos voluntariosos, críticos doctrinarios, críticos que no leen, suplementos culturales, revistas de literatura, blogs y libros y personas que los escriben. Vamos a hablar de estos últimos.

 

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Mario Muchnik tituló su libro de 1999 Lo peor no son los autores, pero yo no estoy seguro de que estuviera en lo cierto, por lo menos no si pienso en los autores que irrumpirían en la siguiente década y podrían caracterizarse –aun a riesgo de incurrir en un cierto reduccionismo, ya que hay tantas variantes individuales como autores– en dos grupos en virtud de sus actitudes y prácticas: el primero de estos grupos siente una cierta nostalgia de la autoridad y de la tradición y produce una literatura cuyo horizonte de posibilidades y modelo son los de la novela realista decimonónica, de la que han heredado la afición por la extensión narrativa y la linealidad y una visión del mundo de acuerdo a la cual las iniquidades y desigualdades son resultado de un devenir histórico que, por su propia dinámica progresista, tiende a corregirse a sí mismo; el segundo de estos grupos, por su parte, tiene su horizonte estilístico en la imitación de las técnicas cinematográficas y televisivas en la ficción narrativa y se articula en torno al enorme valor que el sistema literario otorga a todo aquello que irrumpe en él como novedad, es fragmentaria y epigonal de ciertas formas ya practicadas en la narrativa anglosajona y francesa de los últimos veinte años y sostiene una visión del mundo de acuerdo a la cual el consumo cultural y los medios económicos que se requieren para financiarlo están al alcance de todos nosotros, de modo que el gran personaje de nuestros tiempos es el sujeto individual y el gran tema, sus hábitos de consumo.

Aunque parezcan antagónicas, las posturas y visiones de ambos grupos guardan grandes semejanzas, entre las cuales las más importantes son una concepción similar de la conformación de grupos como estrategia de penetración en el mercado literario y de construcción de la identidad autoral, una actitud belicosa ante los opositores y un uso exhaustivo de las nuevas posibilidades de promoción que han inaugurado las nuevas tecnologías. También, y principalmente, los emparenta su desinterés por el cuestionamiento de una sociedad que se articula en, y fomenta, la existencia de clases sociales y de las desigualdades que les otorgan sentido; más aún, la literatura sirve, de forma involuntaria o deliberada, a la perpetuación de ese estado de cosas mediante actitudes como la perpetuación de la ficción estatal de la igualdad de oportunidades y la negación de la existencia de las clases sociales o la afirmación tácita de que solo existieron en el pasado, que es lo que sucede con la mayor parte de la novela histórica, en particular la que tiene como tema la Guerra Civil española, que narra conflictos de índole ideológica y económica que se presume que tuvieron lugar en el pasado pero ya no sucederían más.

 

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A menudo, e independientemente de su contenido –que puede ser explícitamente político o no–, los textos dan cuenta con su forma de su pertenencia o no a un repertorio de modos y de géneros literarios que son el resultado de las instituciones sociales de las que emerge la literatura. En otras palabras, toda obra formalmente conservadora es políticamente reaccionaria, no importa cuáles sean las ideas o las intenciones de su autor; lamentablemente, también lo son aquellos textos que pretenden innovar en el repertorio de las formas narrativas, y esto por varias razones, la principal de las cuales es que su apropiación del repertorio de formas y procedimientos de la literatura de las vanguardias históricas no es el resultado de un rechazo radical de las convenciones no solo narrativas de la época –como sucedía en el caso de las vanguardias– sino de la fetichización de la novedad y del experimentalismo, cuyo nicho en el mercado editorial es, aunque más reducido, tan relevante como los que ocupan la novela romántica, la histórica, los libros de cocina y los de autoayuda. La producción de textos experimentales que adoptan procedimientos de las vanguardias históricas como la descontextualización, la sustracción, la parodia, el sinsentido, la puesta en cuestión de la autoridad narrativa, la irracionalidad, la ausencia de linealidad, la fragmentación, la cita apócrifa, la utilización de gráficos y fotografías, la reescritura y la intertextualidad tiene como resultado la constitución de una vanguardia sin programa político, una vanguardia afirmativa de los valores dominantes –de los que emergen las convenciones literarias que supuestamente pondrían en cuestión– cuyo Dios es el mercado, al que sus principales actores parecen haberse entregado hace tiempo.

Que la tradición literaria ha dejado de ser el criterio determinante de evaluación de las obras narrativas y de incorporación al mercado literario queda de manifiesto en el hecho de que tanto autores como críticos desconocen –o fingen desconocer– esa tradición y el hecho de que esta tradición surge de disputas por la conformación de listas y de cánones y es el reflejo deformado de una lucha por la determinación del valor en literatura que es esencialmente una lucha por la autoridad y, por lo tanto, es política. Una buena parte de las obras a las que hago referencia dan la espalda a esa tradición literaria para emular ciertas experiencias de percepción contemporáneas en un mundo textualizado y saturado de información recibida de forma simultánea y no jerarquizada, lo que –desde luego– está muy bien; el problema es que su recreación de esas experiencias no surge de una distinción entre la acumulación de información y la producción de conocimiento y –lo que es aún peor, creo– no cuestiona a los poderes económicos que están detrás de esa información ni se pregunta si ese mundo del consumo anónimo e individual de contenidos en la red no está también destinado a ofrecer consuelo ante un mundo en el que las jerarquías sí existen y condicionan el acceso a la educación y al consumo no solo cultural de todos nosotros. Quien lo desee, puede utilizar la –en mi opinión– provocadora pero poco específica distinción que el ensayista y escritor argentino Damián Tabarovsky realiza en su texto Literatura de izquierda y preguntarse si este tipo de fábulas del acceso al mercado –acceso al mercado en un sentido doble: imaginario en el caso de sus lectores pero real en el de sus autores– no conforma, en realidad, una “literatura de derecha” del mismo modo en que lo hace la siempre irritante novela del humilde y abnegado miliciano que lucha en la Guerra Civil y legitima con su sacrificio a tantos gobiernos de centroderecha que han aspirado a la reconciliación nacional sin cambiar ni uno solo de los factores que alguna vez contribuyeron al surgimiento del conflicto que se nos pide ahora que perdonemos pero no olvidemos.

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Comentarios (7)

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Las visiones catastrofistas suelen incitar conmiseraciones, generalmente provocadas por una visión personal que parece menos trágica... ¿Cómo eran los mecanismos "enajenantes" cuando la literatura de cordel se vendía en las plazas, a veces con seudónimos que ocultaban, por ejemplo, a Francisco de Quevedo y Villegas? ¿Qué pretendía Cervantes con El Quijote? Patricio Pron, ¿recuerda cuando anunciaban que la bicicleta acabaría con la literatura artística? Además, no sé, pero algo me huele en su texto a marxismo tardío.  

 

Pero, ¿realmente se puede culpar al autor? Nadie duda que la literatura se ha convertido en un mercado más y que por lo tanto depende del eterno flujo y reflujo de la oferta y la demanda.

Que los editores buscan el mayor margen de beneficio (sin que esto sea una crítica ya que, como he dicho, es parte del concepto mercantil que enmarca nuestra sociedad) y que éste depende de los gustos de la mayoría no es un secreto, al igual que tampoco lo es que muchos autores, movidos por las nuevas modas, empapen sus obras con tendencias de corta duración que lo único que buscan es aprovecharse del tirón momentáneo que supone. Entonces, ¿quién debe cargar con ese pecado? ¿El editor por buscar que su negocio avance; el autor por intentar hacerse un hueco que, si no ocupa él ocupará otro más avispado; el lector, que lo único que busca es un vehículo a través del cual evadirse del mundo y que cae en las garras de la lectura ligera y sin complicaciones? Todos pecan de haberse convertido en pequeños engranajes de una maquinaria aún mayor que terminó por absorber a propios y a extraños en una búsqueda del mayor beneficio. Y, aunque no todos se rigen por esos parámetros, es la mayoría la que marca la pauta y si el mercado solicita cierto tipo de textos (o, en muchos casos, satura los stands, con los mismos), no es una falta individualizada sino general la que nos ha llevado al momento actual.

Que la literatura no escapa de ciertas realidades, igual que las demás artes, no es una revelación, pero tampoco es justo generalizar....  a quién culpar por pecadores...     al editor,  al autor, ... al lector,  pues si a todos ellos, pecan cuando son concientes de lo que hacen y eso no les impide hacerlo.  El que un comportamiento sea generalizado no lo legitimiza. Decir no es la actitud  eróica en este caso, pero son éroes anónimos que a nadie le interesan, no representan los valores deseables en nuestra época. 

 

No pretendía mostrar algo que no quedara más que patente al mirar hacia cualquier lado, del mismo modo que no intento legitimizar sus acciones o generalizar. Por desgracia esto último es inevitable si nos centramos en la idea del libro como parte del mercado. Claramente eso es referido a la idea de la literatura como negocio, no como modo de expresión. Actualmente los “valores de nuestra época” no sólo vienen recogidos dentro de los libros impresos sino que se gestan en blog, páginas web y cualquier otro formato digital (del mismo modo que lo hacía en las gacetillas de hace no tantos años) por lo que quedan lejos de los cánones editoriales y mayoritarios del mercado (aunque en los últimos años muchas publicaciones beben de ese nuevo movimiento).

Sobre la legitimación, al considerar que el error es de todos no estoy dándole valor a sus acciones sino mostrando aquello que considero erróneo en ellas. No se puede culpar ni a unos ni a otros por separado pues todos han pecado de lo mismo… Aunque sí es verdad que quizás deba corregirme ya que no se trata de un “error” o un “pecado” sino la muestra de un concepto tan básico como el de la ley de la oferta y la demanda.

A lo mejor un día termino de leer tu artículo, por lo pronto me decepcionó la claridad de ideas:

"Los emparenta (a los nóveles escritores) su desinterés por el cuestionamiento de una sociedad que se articula en, y fomenta, la existencia de clases sociales...más aún, la literatura sirve, a la perpetuación de ese estado de cosas mediante actitudes como ... la negación de la existencia de las clases sociales".

 

Realmente piensas esto? O solamente quieres sonar grandilocuente? En todo caso, procura leer bien tus escritos antes de entregarlos al editor.

 

:S

Amiguete, de verdad te crees algo de eso? Acaso no han inundado blogs, mercado, escaparates de comercios, periódicos, etc, con tu novelita? De verdad crees que no? De verdad crees que no lo hicieron antes con Nocilla, por ejemplo? Otra cosa es que esos intentes hayan sucumbido a la indiferencia o al fracaso. El objeto libro tiene poca épica hoy en día. No digamos el objeto "novelista". El tono del artículo huele a falta de reconocimiento. De verdad crees que Mondadori -grupo Planeta- no lo intenta, pegar el pelotazo? A cada minuto que pasa, lo está intentando, con toda la cuadra de caballos ganadores.

Mala suerte.

Lee y calla.

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