Sacrificio y antropofagia

Cartas cruzadas

El debate sobre los sacrificios humanos en la cultura mesoamericana, particularmente entre los mexicas, es impostergable. Aquí Escalante Gonzalbo, experto en el orbe prehispánico, y Martínez Baracs, especialista en el mundo indígena tras la Conquista, intercambian cartas para sentar las bases de esa discusión.

Enero 2010 | Tags:

Como se ve, muchos, tal vez la mayor parte, de los seres humanos sacrificados a lo largo de la secuencia americana son enemigos, personas de otras etnias o señoríos capturadas en guerras verdaderas o “floridas”. Como lo destaca Inga Clendinnen, eran considerados diferentes, distinguibles aun por marcas físicas y culturales. La gente se debió ir acostumbrando a presenciar sus torturas, sus sacrificios y a comérselos porque eran otros. Tal vez sentían nuestra misma indiferencia cuando vamos al mercado y vemos los pollos desplumados y los grandes trozos de carne de res y de puerco –aunque, como se ha dicho muchas veces, podemos comernos la carne, pero no somos capaces de asistir a los sacrificios de los animales en los rastros, salvo en su forma ritualizada en las plazas de toros.

Esta indiferencia frente a la muerte de los “otros” es notable en las guerras y matanzas de hoy. Recuerdo una película sobre el drama yugoslavo en la que un hombre mata con total indiferencia y abyección a un grupo de mujeres, hombres, niños y ancianos, y momentos después acaricia con naturalidad un gatito. Y la película Apocalypto sobre los mayas, de Mel Gibson, puede tener todos los defectos e imprecisiones que uno quiera, pero se salva por la verdad que transmite de la mirada cruelmente indiferente, rutinaria, de los sacerdotes sacrificadores al realizar su tarea en lo alto de las pirámides que hoy visitamos con alegre admiración y mística new age.

Pero en la América antigua también se sacrificaba a personas de la propia comunidad: delincuentes y transgresores, niños escogidos recién nacidos por los sacerdotes por las fechas de su nacimiento según el calendario ritual o por los remolinos de su pelo; mujeres y sirvientes que debían “acompañar” a sus maridos y señores al más allá; voluntarios espontáneos en los trances de las fiestas, entre otros.

Respecto a los delincuentes, debe recordarse que sus ejecuciones eran muy abundantes en Europa y fueron un espectáculo público muy apreciado por chicos y grandes hasta el siglo XVIII y aun después. Pero los sacrificios mexicas de niños son más difíciles de asimilar. Eran escogidos recién nacidos pero eran sacrificados años después, y no queda claro quién (sus familias o el Estado) se hacía cargo de ellos durante ese tiempo. De cualquier manera, su ejecución generaba grandes llantos, supuestamente buenos para fertilizar con lágrimas la tierra y traer lluvias. Es imaginable, o inimaginable, el estado de angustia en que vivían las mujeres, para no hablar de las esposas y concubinas de los reyes y señores.

Pese a la indiferencia frente a lo muchas veces repetido, los estados teocráticos ciertamente buscaban generar un efecto, impresionar en las ceremonias a los individuos, trastornarlos, como cuando salían con fuerza y abundancia los chorros de sangre de los pechos de los sacrificados al romper el afilado y pesado pedernal la aorta y la vena cava.

Y aunque podamos buscar entender las condiciones de los sacrificios en tiempos pasados, debemos preguntarnos sobre las condiciones de su resurgimiento en nuestros tiempos convulsos y enfermos. Basta recordar la ritualización de la violación, tortura y asesinato de mujeres en ciudad Juárez, o los autosacrificios musulmanes hechos para matar judíos, cristianos y musulmanes y obtener un rápido paso al Paraíso. Hay muchos más casos, y en todos interviene la religión y el ritual. No sé si nuestra reflexión sobre el pasado pueda servir para entender y remediar en algo nuestro presente.

– Rodrigo Martínez Baracs

 

 

 

Querido Rodrigo:

Al referirte, en tu último correo, a la aparición del Estado y de la civilización en Mesoamérica, entrecomillas la palabra “civilización”; la palabra Estado, no. ¿Tenemos dudas sobre el uso del concepto de civilización para caracterizar la suma de los procesos históricos de Mesoamérica y los tipos de sociedad que dichos procesos generaron? Nos faltaría espacio ahora para discutirlo pero... ¿Podemos hablar de la civilización mesoamericana en el mismo sentido en que hablamos de la civilización occidental? ¿Hay civilización sin los conceptos de persona y de ciudadanía, sin pensamiento especulativo y sin el género de la tragedia? Lo que nos importaría ahora, en todo caso, es si esto tiene algo que ver con el tema del sacrificio humano. La tiranía del Estado sobre los individuos, la subordinación de los destinos de la gente a la decisión de las curias sacerdotales, ¿son compatibles con la idea de la civilización? No lo sé.

Te haces una pregunta que es inevitable cuando se piensa unos minutos en el tema del sacrificio: ¿se habría acostumbrado la gente a mirar con indiferencia los cuerpos mutilados, la carne expuesta de los sacrificados? El sacerdote que mecánicamente da un tajo y saca veinte o treinta corazones en un día, o más. El que corta las cabezas, el que las ensarta en el tzompantli. Los miles de mexicas que ven esas cabezas... o que ven al valiente guerrero caminar hacia su barrio cargando el cuerpo decapitado y cojo de su cautivo para llevarlo a su mujer que tiene el caldero preparado. Todos ellos.

Entre otros fantasmas y apariciones, los nahuas creían en una criatura que deambulaba por los caminos atemorizando a la gente, a la cual llamaban “hacha nocturna”. La criatura tenía figura humana, pero carecía de cabeza y tenía una abertura en el pecho. Esta creencia nos indica que la imagen de los sacrificados (la mayoría por una incisión en el pecho y buena parte de ellos decapitados) había tenido un impacto profundo en la imaginación colectiva. Era como si los espectros de las víctimas del sacrificio deambularan por Tenochtitlán y sus alrededores, espantando en plena noche.

En el ciclo anual de las fiestas religiosas se intercalaban episodios chuscos, pequeñas comedias: actores disfrazados de abejorros o escarabajos que se dejaban caer de lo alto de las cornisas; comparsas de cómicos que se fingían enfermos y caminaban tosiendo. Había juegos como aquel en que los jovencitos correteaban a las muchachas para zumbarles con unos costalillos que iban sacudiendo por las calles. Parece que en la organización de las fiestas públicas estaba contemplado también el alivio, la catarsis de risa y tontería para aliviar la tensión de los días más sanguinarios del ciclo.

El temor a los fantasmas y la necesidad, a intervalos, de la risa dirían que no había tal indiferencia, que los gallardos guerreros comedores de hombres y los sombríos sacerdotes con el pelo pringado de sangre impresionaban a la gente. Que la sangre salpicada producía zozobra, quizás histeria.

Nos quedamos con muchas dudas sobre el sentido, el impacto, el dolor, la necesidad de los antiguos sacrificios humanos. Pero tomamos un respiro: han pasado cientos de años. Ya no nos comemos los unos a los otros, ya no ponemos en picas las cabezas de los enemigos, ya no asesinamos para satisfacer un procedimiento ritual, y tampoco hacemos del asesinato un espectáculo...

La verdad, sin embargo, es otra. Es impresionante la cantidad de casos denunciados de canibalismo en los últimos veinte años en el mundo, incluidos algunos en México, como el de aquel hombre que fue sorprendido por la policía mientras asaba en un comal los genitales de su amigo, para comerlos, por cierto, con chile. Las decapitaciones son tan frecuentes hoy como en el Posclásico. Si se piensa en los últimos veinte años, se encontrarán bastantes casos de linchamiento en el país: asesinatos consumados en la plaza pública, a la vista de todos, siguiendo, tengo la impresión, algunos de los pasos aprendidos en las representaciones de la pasión de Cristo. Ha desaparecido la compleja estructura religiosa que les daba una función y una consecuencia sagradas a todos aquellos hechos. ~

– Pablo Escalante Gonzalbo

 

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