Mi tío escribe una novela

Diciembre 2012 | Tags:

“Tu tío escribe una novela”, me dijo mientras la mano, como si fuera un instrumento independiente, señalaba hacia los interiores indefinidos de la casa. Estábamos sentados en unas mecedoras de mimbre que se inclinaban demasiado. “No tengas miedo, no se va a voltear. Bueno, si no te ríes mucho.” “Todavía me acuerdo cuando Carlitos rodó por el suelo sacudido por sus carcajadas de loco.” “Él era mucho más gordo que tú, por supuesto. ¿Sabes cuándo fue eso? En el año cuarenta y uno, unos días después de que ustedes desembarcaron.” “No, tía, fue en agosto del cuarenta y dos, en Puerto Cabello.” “Si tú lo dices. ¿Tú crees que importa mucho la diferencia de un año? A lo mejor, mi amor, tienes razón. Hay que ser precisos. Tu abuelo siempre nos repetía que entre todas, la precisión era la obligación de un hombre honrado. Es un decir, pero también hay que reconocer que a veces es una delicia hablar sin fijarse en nada, sin buscar las palabras, sin miedo a equivocarse. Como cuando estás solo y empiezas a canturrear sin darte cuenta. ¿Tú no lo haces nunca?” “¿Qué dijiste, tía? ¿Que mi tío escribe una novela?” “Sí, hombre, se le ha metido en la cabeza que debe escribir una novela. Yo le pregunté, con todo el respeto del mundo, si a su edad no sería más conveniente escribir unas memorias. Me contestó que no, que eso olía a ministro retirado o a embajador vanidoso. No sé, a mí las memorias me parecían como más apropiadas. ¿Me entiendes? Aunque después pensé que la vida de tu tío no había sido tan espectacular como para andar contándosela a toda la gente. A mí me parece que ciertas cosas solo deben decirse entre nosotros y que lo valioso está en reunirse con tus hermanos, con tus primos, con los amigos de siempre, cerrar la puerta y empezar a soltar el hilo. Eso me encanta. Entre nosotros todo se vuelve un gran chisme familiar. Pero del zaguán para afuera, hay que tener mucho cuidado. Otro de los tantos consejos que daba gratis tu abuelo era eso de que ‘no preguntes si no quieres que te pregunten’. ¡Dios mío, cómo se ponía cuando algún despistado pretendía averiguar algo más o menos personal! ‘La cara de citron pressé’, decía mamá. Era verdad, como si le hubieran vaciado medio litro de limón en el estómago vacío.” “¿Y ya la empezó, tía?” “Yo creo que sí.”

Se quedó callada mi tía Isabel. Yo miré el patio y vi que Nemencia –una de las inmortales tortugas de la casa–, avanzaba hacia nosotros. “¿No te da la impresión, tía, de que las tortugas en realidad buscan algo?” “Ya te descubrió la chiquita, Negro. Nemencia es muy curiosa. No para nunca.” “Debe ser horrible, sin embargo, buscar una cosa y tardarte tanto. A mí se me olvidaría.”

“Hace años se perdieron mis zarcillos que me había dejado Dolores. Eran bonitas sus perlitas con rubíes, aunque tal vez demasiado largos. Te sentías con dos badajos colgando en las orejas. No estaban en ninguna parte. Al principio volteé mi cuarto de cabeza porque me parecía una falta de educación con Dolores. Con tu tío hablaba de las perlitas, con la vieja Carmen hablaba de las perlitas. Te lo confieso, me entró un gran fastidio. Y lo que es peor, a los tres o cuatro días me sorprendí pensando en que las perlitas eran muy chiquitas y en aquel collar que Dolores le había regalado a Graciela, mi prima. No me gustó. Y tampoco me gustó que se me ocurrieran esas cosas. ¿Me entiendes? Le dije a tu tío que ya estaba harta de revolver ropa vieja y de encontrarme en cada gaveta recortes de periódicos viejos que a mí siempre me asustan, como si fueran amenazas o cartas raras que escondías hace mucho tiempo. Es probable que los rubíes todavía estén brillando en algún rincón de la casa, como los ojitos rojos de las ratas. Yo no sé si eso es bueno o es malo, pero aquí no se pierde nada. Pasan los años y en el momento en que estás menos preparado, metes la mano en un armario y detrás de una sábana chocas [con] el menú de la cena de gala del ‘Biancamano’ y entonces te acuerdas de mil tonterías. Por cierto, Negro, ¡qué bien se veían ustedes en el muelle de Génova! Tu hermano tan distinguido en su uniforme de colegio y tú, de pantalón corto y boina vasca, mirando a la tía con una intensidad afectuosa que también tenía mucho de escrutinio. Me parece que ahí nos hicimos amigos.” “Es que nadie me había dicho, tía, que eras tan bonita.” “¡Pero si la celebrada era tu mamá! Aunque entiendo que a los niños la belleza de las madres los asusta un poco. O ya están acostumbrados y, como a todos, les gusta lo ajeno.” “Oye tía, ¿y cuándo empezó?” “Hace ocho meses. Estaba sentado aquí, en esa otra mecedora, antes de almorzar. Una mañana lluviosa, con una humedad pegajosa, una mañana –¿cómo te diré?– de cucarachas sueltas y de tropezones con Valeria, la muchachita que ayuda a Carmen. La vieja se quejaba porque no le habían traído el pescado y yo estaba preocupada por la venta de unas acciones. Me las había regalado tu abuelo, advirtiéndome que las guardara bien porque esas eran, como él decía, ‘de las que no pasan’. Yo sé que todo pasa, mi amor, y que las acciones son simplemente dinero, pero de todas maneras me parecía como si estuviera empeñando unos pergaminos de familia. Cuando le llevé el vermut –él pronuncia a la italiana, vérmut (no sé por qué eso me hace reír)– me pidió que lo acompañara un rato. De inmediato me di cuenta de que algo le pasaba. Se movía con lentitud y me miraba con cara de jugador satisfecho. Pensé ‘¿se habrá sacado la lotería?’ Todas las semanas compra un billete y repite la misma frase: ‘Si alguien quiere ayudarme, ya sabe cómo.’ Pero la verdad es que a tu tío, aunque él diga lo contrario, nunca le ha importado el dinero, juega por costumbre, como tomarse un cafecito después de almorzar. Según él hay que estar preparado para el momento en que la Fortuna dirija la mirada hacia esta casa. Yo le replico que la señora es ciega y él me aclara que eso es una metáfora para decir que no hay recetas para atraerla, que nuestros actos no influyen en ella. Lo único que debemos hacer es tener siempre, en el rincón derecho de la camisa, el billete, bien doblado, del próximo sorteo. Cuando habla de la Fortuna parece que la conociera, algo así como un viejo amor de juventud. Yo me la imagino como una de esas señoras elegantes y un poco mandonas que cenan solas en los comedores de los buenos hoteles.”

“Isabel”, me dijo, “quiero que esta tarde vayas a comprar un par de cuadernos rayados”. A tu tío le gustan los rodeos, no para ocultarme las cosas, sino para sorprenderme. Como si me vendara los ojos y me llevara de la mano hasta el lugar del tesoro. Está bien, pensé, me dejaré guiar. “¿Unos cuadernos rayados?”, le pregunté. “Así es Isabel, las rayas son cruciales”, me contestó en un tono de sabiduría absoluta. “Son como las paralelas para el gimnasta o el pentagrama para el músico. Las vías del tren, pues. Una hoja sin rayas es como la superficie de una pelota. O como la cara de una de esas gordas de piel lechosa y boca chiquita. Necesito que tengan tapas duras y un papel excelente. Yo creo que el único que las tiene es el alemán Müller.”

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