Cada quien tiene derecho a comulgar con el nuevo y disminuido dios del entretenimiento de la mejor manera que le plazca y tan asiduamente como su perversión lo consienta, siempre y cuando no interfiera con el derecho al aburrimiento de los demás. Sentado en la sala de espera del aeropuerto, después de haber visto avanzar en la pantalla el bombardeo de inestimable conocimiento que nos lanza ese aborto de Enciclopedia (con una insistencia tal que cualquiera percibiría en ella un asomo de premeditación y crueldad), advierto cómo una diminuta sospecha que había cruzado por mi mente un tanto distraída, empieza a crecer e hincharse hasta formar la figura obesa e infame del verdugo que —razono— ha debido concebir tan despiadada idea, y cuyos pensamientos me parece oír, junto con su risa tremenda, tal y como si en ese mismo momento regurgitaran desde el fondo de su insondable maldad:
Debemos darles en qué pensar. Decidirlo nosotros, dirigirlos. Entretenimiento inofensivo y blando. Sin descanso. Que crean que no están perdiendo el tiempo mientras lo están desperdiciando, al fin y al cabo están a nuestra merced y lo agradecerán. Imagínate, lo agradecerán. El tedio es como un foco infeccioso: produce ratas inconformes y quejas molestas como moscas. Es justo en esos momentos que el tiempo es tiempo, y es horrible, como anticipos de eternidad. Entonces hasta lo agradecerán. ¡Creerán que estamos pensando en ellos cuando lo único que queremos es que no piensen en nosotros! ¡Es genial! Llegará el día en que nadie se acordará qué significa esperar. Estarán todos rumiando su maravillita del mundo, ansiosos por comentarla, necesitados de más...
—¿Lo puede creer? ¿Que el rastro de baba de un caracol tiene exactamente la misma composición química que algunos neurotransmisores del cerebro humano?
La pregunta por unos instantes se balanceó en mi mente, pero tal era la fruición con la que el hombre a mi lado degustaba una nueva perla de sabiduría en la pantalla, que no me atreví a importunarlo. -

Edición México



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