Aquí lo tengo, lo tuve, lo seguiré teniendo.
Y, ahora, Gorila en Hollywood forma parte de la recopilación total de textos breves e incontestable acontecimiento editorial que es Las fuentes del Nilo, donde se encuentran también Trece veces trece, De cuerpo presente, Rocabruno bate a Ditirambo, La zancada del cangrejo, Paso atrás, El asesino triste y El roedor de Fortimbrás. Es bueno tenerlos todos juntos, en un solo sitio, todos estos textos que Suárez define en el prólogo como pertenecientes al género de acción-ficción donde las “mentiras de verdad” se imponen a las “verdades de mentira”.
El efecto –sostenido y más potente que nunca– se continúa con el estreno, en tándem con sus fantasmas de navidades pasadas, de El síndrome de albatros, que Suárez define como “novela de aventuras” pero que, como suele suceder con aquellos pocos que han sabido marcar territorio, no es otra cosa que una summa estética/creativa y prolongación y recurrencia de ritmos, obsesiones, espasmos y, sí, rarezas. A saber: la Historia Universal disolviéndose en la historia privada, asesinatos terráqueos, postales marcianas, detective y mujer fatal, guion y parlamentos, tumbas y tumbos, el boxeador marca de la casa, muñecos de verdad y psiquiatras que manejan a sus pacientes como títeres, acidez lisérgica y dulzura alucinada...
Bienvenidos sean el fluir de Las fuentes del Nilo y el aleteo de El síndrome de albatros como inmejorable nueva oportunidad para que sean los lectores quienes, por una vez, hagan ¡pop!de sorpresa y de regocijo y brinden a su salud y a sus saludes (el ¡pop! de un par de festivas botellas al descorcharse) y se pregunten no dónde estaba Suárez sino dónde estuvieron ellos. De no ocurrir esto –vivimos en un mundo imperfecto y mal escrito– me divierte y me regocija y me consuela pensar en el efecto que producirán estos dos libros, en dos o tres décadas y con el misterio aún sin resolver, en algún joven que sueña con vivir de contar mentiras de verdad.
Mientras tanto y hasta entonces, aquí sigue Gonzalo Suárez, como una morsa que asoma la cabeza en aguas del Mediterráneo y nos mira fijamente, con insolencia, sin apartarse, aunque muchos no quieran o no puedan verlo. ~
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