El tercer chimpancé. Origen y futuro del animal humano y ¿Por qué es divertido el sexo? La evolución de la sexualidad humana, de Jared Diamond

Abril 2007 | Tags:
Las investigaciones e ideas expresadas en El tercer chimpancé. Origen y futuro del animal humano y ¿Por qué es divertido el sexo? La evolución de la sexualidad humana, compete a antropólogos, biólogos, paleontólogos… y yo no soy experto en ninguna de estas disciplinas. Pero las obras de Jared Diamond incitan a todos los que nos dedicamos a alguna disciplina intelectual, ya que sus trabajos científicos tienen una preocupación política y moral: el confuso destino del hombre o, dicho más claramente, la posibilidad de su supervivencia y de la calidad de la misma.  

Uno de los temas que preocupa a Diamond es tanto la cercanía que tenemos con los chimpancés menores y los pigmeos como lo que llama el “gran salto” a partir del cual comenzamos a diferenciarnos vertiginosamente. En cuanto a la cercanía, es exactamente un 98,4% de la estructura del ADN. De hecho, “el pariente más próximo del chimpancé no es el gorila sino el ser humano”. Citaré de nuevo a Diamond con un dato que no por sabido nos hace pensar más en nuestros orígenes y en esos parientes que enjaulamos. “En la actualidad coexisten en la Tierra tres especies de géneros Homo: el Homo troglodytes o chimpancé común; el Homo paniscus o chimpancé enano, y el tercer chimpancé, que es el Homo sapiens”. Esto significa que hemos compartido con ellos algunos millones de años en los que fuimos lo mismo, y muchos miles de años en los que apenas si nos diferenciábamos salvo en el manejo de rudimentarias herramientas de piedra, algunas costumbres sexuales y la postura erguida constante (desde hace cuatro millones de años). El Homo sapiens se impuso a varios linajes humanos, la última vez hace unos sesenta mil años. Y desde hace aproximadamente cuarenta mil (una cifra ridícula en términos de evolución), el chimpancé humano domesticó animales, comenzó a desarrollar la agricultura y la metalurgia y, finalmente, la escritura. En cuanto al sentido estético (época del Cromagnon), ¿no podría vincularse al placer sexual desprovisto de la pulsión reproductiva? Diamond no llega a hablar en ningún momento del erotismo, supongo que porque su historia es demasiado reciente y no ha dejado huellas arqueológicas antes de los cromagnones. Los estudios paleontológicos, biológicos y arqueológicos no ofrecen ninguna explicación que no sea mera hipótesis sobre qué originó o cómo pudo producirse el “salto hacia adelante”.

Los orangutanes, los chimpancés pigmeos y ocasionalmente los gorilas, también tienen relaciones sexuales en la postura cara a cara. ¿Qué significa esto? Diamond no nos dice nada, salvo que es común en el Homo sapiens. Quizás no sería demasiado aventurado pensar que es una forma de reconocimiento afectivo. Pero lo más importante en las relaciones sexuales humanas forma parte del juego: la ocultación por la hembra de la ovulación. Hasta 1930 no se tuvo una información precisa del momento, aunque las hembras lo supieron durante millones de años. Diamond afirma que el ocultamiento de la ovulación está relacionado con el hecho de que los humanos practiquen el sexo a escondidas (apenas si hay excepción, parcial: el chimpancé).

Pero ¿por qué ocultó la antepasada de la hembra humana la ovulación cuando lo normal es vociferarlo para que el macho acuda a la llamada de la procreación? Hay varias hipótesis, pero la más probable tiene varias causas. Es curioso que, según Diamond, “la monogamia nunca evolucionó en especies con señales llamativas de ovulación”. De hecho, lo más probable es que se haya dado así para tener al macho cerca y que éste pueda identificar sus crías (citar algunos casos de paternidad colectiva sólo indica excepciones en una línea cultural evidente). La fijación del padre supone una defensa de las crías contra las matanzas mutuas y falta de cuidados. Lo importante (culturalmente) es que el “sexo es divertido” porque las mujeres (explicación evolutiva) tienen ovulaciones ocultas. Tan divertido que acabó independizándose de la función reproductiva y hoy día se da la esterilización cuando ya no se quiere, o no se ha querido, tener hijos. La ruptura con el mandato evolutivo, me pregunto, ¿tiene que ver con el futuro placer estético, visual, verbal, independizado de su correspondencia ancilar? El placer no es privativo de la especie humana, pero sí su dimensión imaginativa y elaboración abstracta. Por otro lado, la monogamia puede que explique la ocultación ovular, pero no parece que sea un paso en la evolución humana. Sin embargo, no deja de ser cierto que dicho enmascaramiento promueve los vínculos sociales y dibuja un patrón distinto entre los primates que sin duda fue configurando, durante millones de años, preguntas y respuestas nuevas, entre otras cosas el miedo a la infidelidad, tan relacionado luego tanto con el amor como con el crimen.

Es obvio que la mayor parte de las costumbres sociales actuales son respuestas (metáforas) a la lógica evolutiva; también que algunas de nuestras respuestas son subversiones (creativas de lo más humano, es decir, inventos) que pueden afirmar o negar. Piénsese en muchos aspectos del progreso que, ciego, atenta contra la vida parcial o totalmente. También la existencia del arte, desligada de la perpetuación de los genes. Además: pensamos, quiero decir, tenemos ideas respecto a los orígenes de nuestra especie y el universo, la evolución de los astros, el sentido o sinsentido de la vida. Y nada de eso tiene que ver con la perpetuación de nuestros genes. ¿Con qué? ¿Sólo con nosotros mismos? Diamond diría que no: que nuestra excepción, que lo es, es sólo relativa: cuestión de tiempo en los primates mencionados o de cálculo de probabilidades relativas a la vida fuera de nuestra galaxia. Por último, pero en realidad requeriría muchas páginas, está nuestra sordera ante tres problemas extremadamente serios: la superpoblación (nos duplicamos cada cuarenta años y los recursos energéticos cada vez son menores), el envenenamiento de la atmósfera y los cambios ambientales, y la vieja pulsión: el genocidio. Leer a Jared Diamond nos alerta sobre cómo es posible desaparecer o seguir divirtiéndonos. ~ 

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Comentarios (1)

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El asunto de la sexualidad humana está muy bien tratado en el libro “Sex at Dawn”, de Christopher Ryan y Cacilda Jetà.

En ese libro (“El sexo en los albores”), se nos presenta la comparación entre la sexualidad en el chimpancé, comparada con la sexualidad en el Bonobo (que en este artículo llaman “chimpancé pigmeo”). El pariente más cercano al homo sapiens sapiens es EL BONOBO.

Entonces, hay toda una serie de cuestiones relacionadas con la sexualidad y por qué los humanos hemos creado culturas basadas en la pareja monogámica (que ya hemos visto que no funciona como la narrativa dicta que se espera).

Todos estos libros son lectura obligada. De muy fácil asimiliación está la novela “Diez mil años de crueldad” (406 páginas en versión impresa, 178 mil palabras, de mi autoría), en la que los personajes deciden que la sexualidad tal y como la cultura lo exige, es cruelmente represiva; entonces ellos deciden formar otras estructuras para relacionarse entre sí.

También es obligatorio ver los videos acerca de la vida de la tribu Zoé en la región del Amarzonas.

Muchas cosas están siendo descubiertas para ender mejor nuestra sexualidad. Esperemos no desperdiciarlas. Quizás la sexualidad humana es el aspecto menos comprendido y más terriblemente mal interpretado por todas las disciplinas y las leyes modernas.

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