Los jardines secretos de Mogador, de Alberto Ruy Sánchez

Mayo 2002 | Tags:
LA UTOPÍA DEL JARDINEROAlberto Ruy Sánchez, Los jardines secretos de Mogador, Alfaguara, México, 2001, 181 pp.Nada más difícil de narrar que la pasión erótica. Borges apenas pudo escribir una sola aproximación al tema (Ulrica), las novelas menos convincentes de Mario Vargas Llosa surgen de ese universo (Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto) y podría pensarse que, si algo ha envejecido en la Rayuela de Cortázar, es el bamboleo sexy entre Oliveira y La Maga. Al mismo tiempo, parecería que los grandes autores del género agotan su discurso en unas pocas obras (D.H. Lawrence, Choderlos de Laclos), y quién sabe si la supervivencia de este tipo de escritura no vibra especialmente en aquellos que consiguen trascenderla e ir más allá, como Vladimir Nabokov en Lolita, Gustave Flaubert en Madame Bovary y hasta Henry Miller en los Trópicos y Primavera negra, entre otros casos.
     De Miller a Vargas Llosa, pasando por propuestas tan disímiles como las de Anaïs Nin (Diarios) y José Donoso (La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria), el estilo es la respuesta al problema de cómo narrar el erotismo. Y justamente el estilo es el protagonista absoluto de la mayor saga erótica de la literatura mexicana contemporánea, planteada por Alberto Ruy Sánchez en Los nombres del aire (1987), Cuentos de Mogador (1994), En los labios del agua (1996) y, ahora, Los jardines secretos de Mogador (2001), la última entrega de un singular proyecto literario donde el autor busca cierta "exploración poética del deseo". Literatura de los sentidos, cada ficción de Ruy Sánchez expresa las posibilidades eróticas de los elementos, y esta nueva novela avanza desde la tierra que la surca hacia un horizonte íntimo y soñado, empeñada en provocar "esa forma de embriaguez que ofrecen los laberintos al enfrentarnos a lo indeterminado, al hacer de cada paso la puerta hacia una posible aventura".
     En Los jardines secretos de Mogador, como en los otros textos de la saga, el estilo es la guía en el laberinto y la llave que abre todas las puertas. El paisaje de esa aventura del estilo es el pintoresquismo erótico que late en la ciudad imaginaria y real de Mogador, donde a una hora determinada "todas las voces del mar, del puerto, de las calles, de las plazas, de los baños públicos, de los lechos, de los cementerios y del viento se anudan y cuentan historias". La anécdota principal de esa hora cualquiera y única es la del hombre que se convirtió en voz para asumir las caprichosas enseñanzas de Jassiba, mujer-reto a la caza de quien sea capaz de "renovar el desafío amoroso de escuchar y descifrar el mapa de los deseos", mientras ella se pasea por Mogador con pétalos en sus manos tatuadas. En esta historia particular, una Jassiba embarazada se cansa de la rutina sexual de su compañero y le exige que salga a la ciudad a buscar jardines ocultos, clandestinos, dignos de ser contados; los amantes no volverán a serlo hasta que el hombre encuentre la clave de la mujer en la memoria del viento, el perfume del silencio y los pliegues de las calles. A cada hallazgo le sucederá un relato, y las palabras abrirán el camino para "el paso secreto de la hormiga que incendia los labios del sexo".
     Como Alessandro Barico en Seda, Ruy Sánchez construye una utopía del deseo a través de cierto exotismo metafórico que sólo ve los lugares comunes de la pasión. Hundida en un estilo enamorado de sí mismo, la sensualidad de Los jardines secretos... no exhibe tanto una cartografía del Deseo como un catálogo de las ilusiones masculinas más tópicas, entre las que destacan la mujer de pocas palabras y siempre lista para el maratón sexual ("coquetería pasiva"), la predeterminación amorosa manipulada por el misterioso espíritu femenino (un eco de los juegos de Breton en Nadja) y el barroquismo poético entendido como el sexo por otros medios ("Quiero ser sembrado para siempre por tu voz, y habitar el jardín de tus gemidos, de tus silencios llenos de ecos"). Si es verdad que no hay retrato de la pasión sin un estilo capaz de trascenderlo, no menos cierto parece que la hueca minuciosidad del estilo de Ruy Sánchez no advierte los rasgos más característicos del amor apasionado, como su inevitable desgarramiento, su gozosa cercanía con la muerte y la violencia inequívoca que la constituye. A cambio, el autor dibuja un sortilegio inofensivo y florido, un laboratorio de la galantería donde habitan la impostura de la pasión y una prosa desesperada por contemplarse en cada esquina del relato.
     A la pregunta sobre cómo narrar el erotismo, Ruy Sánchez responde con un estilo sensorial y decorativo, más adecuado para montar la escenografía de la pasión que para contarla o transmitirla. De ahí, tal vez, el impulso exótico y frutal con el que esta obra inventa paisajes y olores y microhistorias listas para reemplazar el frenético amor anhelado por Los jardines secretos... y cuyo estilo es incapaz de expresar. Así, como el halaiquí de la Plaza Mayor de Mogador, el autor se instala en el centro de la ficción para contar un relato inolvidable. Pero esa promesa sólo se disfruta si se mira al espejo, y es posible que la imagen devuelta no sea tanto la "exploración poética del deseo" como "la búsqueda sonámbula de una voz".  -

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