Libros

Historia literaria

¿Maldito sea el martillo de herejes?

Marcelino Menéndez Pelayo

Antología de estudios y discursos literarios

ed. Mario Crespo López, Madrid, Cátedra, 2009, 496 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miguel García Romero

Apuntes biográficos de Menéndez Pelayo

Santander, Universidad de Cantabria, 2009, 138 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Emilio Castelar, Bernardino Martín Mínguez

Examen crítico de la obra de Menéndez Pelayo

Introducción de Gonzalo Capellán de Miguel, Santander, Universidad de Cantabria, 2010, 226 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Varios autores

Estudios de erudición y homenaje a Menéndez Pelayo

Introducción de Gonzalo Capellán de Miguel, Santander, Universidad de Cantabria, 2011, 284 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Antonio Santoveña Setién

El último sabio. Marcelino Menéndez Pelayo

Con dibujos y pinturas de José Ramón Sánchez, Madrid, Biblioteca de Menéndez Pelayo/Fundación Santander Creativa, 2012, 144 pp.

 

No ha habido en la historia de la lengua española crítico literario que pueda compararse con Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912), dueño de una época que, afantasmada, se prolongó hasta pasado el medio siglo XX a través de los conciliábulos de hispanistas, las academias de la lengua y sus aletargadas sociedades correspondientes, de los actos solemnes de reafirmación de la Hispanidad. En México, por ejemplo, Francisco Monterde, quien llegaría a ser director de la Academia Mexicana de la Lengua, asumía, todavía en 1958, lo dificultoso que era apartarse de las opiniones de Menéndez Pelayo, a cuyas tensas relaciones con la literatura mexicana le había dedicado un folleto. Reseñando ese impreso, el entonces joven filólogo Antonio Alatorre hubo de tomar la iniciativa, recordando que era posible admirar a don Marcelino sin sobajarlo mediante la adulación rastrera, la consecuencia del elogio astronómico. El asunto era viejo: en 1914 un Alfonso Reyes apremiaba a Pedro Henríquez Ureña en una carta enviada desde Madrid: “Es urgente, hace días que tengo esta angustia: hay que emanciparse de Menéndez Pelayo. Es casi imposible, pero de imprescindible necesidad. ¿Cómo hacer?”[1]

Cumplido el centenario de su nacimiento en 1856, más allá de los dominios de la filología hispánica, el nombre de don Marcelino sabía a rancio, olía a naftalina, se veía vetusto como el retrato penumbroso de un pariente lejano y empobrecido. Su nombre remitía a heroísmos remotísimos, a hidalguías apolilladas. Tres maldiciones, en mi opinión, le habían caído encima y no es seguro que haya sobrevivido, ileso, al mal fario de su posteridad.

La primera maldición le cayó a Menéndez Pelayo como consecuencia del estancamiento de toda la literatura española, relegada, por razones cuya discusión está en el centro de su propia obra, a un rincón intelectual de Europa durante casi doscientos años, desde el final del Siglo de Oro hasta que las generaciones del 98 y del 27, y en medio de ellas José Ortega y Gasset, acabaron de recuperar la escena. Relegación que Menéndez Pelayo atribuía no tanto a una Ilustración cuyo influjo secundario sobre la península juzgaba sin mayor acritud, sino al costo de la batalla española contra la Reforma. Fue la del siglo XVI una victoria pírrica, pues salvando a media Europa del protestantismo y llevando la fe al Nuevo Mundo, España se había vaciado, según lo dijo varias veces don Marcelino. Digamos que la diferencia capital entre el mundo de Menéndez Pelayo y el de la siguiente generación, la de Unamuno, fue que aquella postración al primero, castellano heroico, lo llenaba de gozo y al segundo lo hacía llorar de dolor por España.

El caso es que con las muertes de Calderón de la Barca en la vieja España y de sor Juan Inés de la Cruz en la Nueva, ambas a fines del XVII, casi se extinguió el fuego del genio literario de la lengua. De él quedaban brasas, fosforescencias, fuegos fatuos, llamaradas de petate. Nada comparable a la Vida de Samuel Johnson de Boswell, a la poesía de Novalis o de Hölderlin, a los Pensamientosde Leopardi, al Cándido de Voltaire,  a la crítica de arte de Diderot, a las baladas líricas de Wordsworth y  Coleridge, a las novelas de Stendhal  y Balzac se escribió en español durante ese largo período de vientre seco que solo termina verdaderamente con la aparición de La Regenta, en 1884. Y el joven Menéndez Pelayo, orlado con una leyenda plena en todos los prodigios de la precocidad, al grado de que a sus veintitrés años ya tenía un biógrafo, se presenta en 1876 con La ciencia española, urgido de regeneración. Diez años antes de que aparezcan las grandes novelas de Clarín y Benito Pérez Galdós, Menéndez Pelayo pone el ejemplo. La madurez de la literatura española había llegado: España tenía un crítico. Pero no le sirvió de mucho tenerlo ni le duró demasiado el gusto.

La segunda maldición le cayó encima a Menéndez Pelayo veinticinco años después de su muerte. Lo convirtieron, los vencedores nacionalcatólicos y falangistas de la Guerra Civil de 1936, en el teólogo armado de la cruzada contra la República, esta última convertida en la verdadera “conclusión”, en el remate, de la Historia de los heterodoxos españolesque Menéndez Pelayo empezó a publicar a sus veinticinco años, en 1880.Tradicionalista autodefinido como “católico a macha martillo” y “martillo de herejes” en su juventud y luego crítico europeísta como lo han sido pocos, con la Historia de las ideas estéticas en España (1883) procreó una quimera mitológica. Para entrar en materia, a España, Menéndez Pelayo escribió una monstruosa introducción de 2,500 páginas que es una de las mejores historias de la literatura occidental. Pero nunca llegó, exhausto, a culminarla: la pobretona literatura española de los siglos XVIII y XIX lo deprimió y su empeño gigantesco quedó inconcluso, pues se proponía don Marcelino recorridos, aun para él, imposibles de culminar. Algo parecido le había ocurrido con su primer libro, La ciencia española, neurótico índice de los desconocidos sabios españoles y de sus inventos científicos, que, según la autorizada opinión del histólogo Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel, lograba convencer al público de que, en efecto, muy poca ciencia había dado España a lo largo de su historia.

Menéndez Pelayo fue literalmente expropiado por los franquistas. Por iniciativa del ministro de Educación (y crítico literario también) Pedro Sainz Rodríguez, en 1938, a las editoriales que los conservaban le fueron expropiados sus derechos de autor para que el Estado hiciese una edición nacional del crítico convertido en un padrino de la cruzada, y sus reliquias fueron trasladadas en 1956 y en presencia del Generalísimo del cementerio municipal a la catedral de Santander.

Podría abrirse un caso, como el de Nietzsche y el nazismo, con don Marcelino y sus falsificadores, quienes desde que fue cadáver embalsamaron un santón donde había un crítico literario acostumbrado a mudar de opinión y a ejercer esa rareza entre quienes hablamos y pensamos en español: el ejercicio activo de la autocrítica sin el sofocante espectáculo de la autoflagelación pública. Y tanto peor el destino de  un Menéndez Pelayo que el de un Nietzsche, porque, privado el español de valor universal, excluido sin piedad de la familia de grandes espíritus europeos a la que noblemente pertenecía y convertido en culto doméstico y orgullo autárquico de la España franquista, careció durante años de vindicadores honrados e imparciales. Entre los pocos, contaría yo a Guillermo de Torre, en la Argentina, quien en Menéndez Pelayo y las dos Españas (1943) ofreció una partitura trágica: en la obra de don Marcelino, medio siglo atrás, se había gestado la Guerra Civil de 1936.

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

Estimado Sr.:

Le felicito por su artículo, tal vez de lo más atinado que he leído este año fatídico sobre Menéndez Pelayo, y le agradezco, con toda modestia, el recuerdo que hace de la edición antológica que preparamos para Cátedra, que creo que ha pasado sin pena ni gloria por el panorama editorial español. Coincido en la valoración que Vd. hace de la mayor parte de los libros de los que habla. Quizá le interese saber que hay, que yo sepa, un par de proyectos editoriales sobre Menéndez Pelayo: una biografía que publicará la UIMP, creo que este mismo verano, teniendo en cuenta el epistolario del polígrafo; y un libro misceláneo de ediciones Encuentro en el que tres autores critican el olvido al que se ha sometido a Menéndez Pelayo.

Reciba mi cordial saludo.

Extraordinario artículo. Gracias.

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