Memorias de una madame americana, de Nell Kimball

Nell Kimball dejó su profesión de madrota y prostituta en 1917, año en que el gobierno de Nueva Orleans desmanteló Storyville, la primera zona roja de Estados Unidos, ubicada en el sector francés desde finales del siglo XIX. A partir de la clausura de su burdel, Kimball trabajó en un borrador de sus memorias. El producto es el relato de su vida desde su infancia rural en el Estados Unidos más profundo hasta que se convierte en la empresaria tolerada de mayor reconocimiento en Nueva Orleans.

Memorias de una madame americana se publicó originalmente en 1970. Los cinco capítulos que lo componen desmenuzan la vida de una mujer que descubre su sensualidad siendo casi una niña, en una granja en medio de la nada, y logra explotar casi todas las vertientes del sexo venal de forma exitosa. La narración es retrospectiva: Nell Kimball –un pseudónimo para la puta que llegó a ser famosa como Goldie– hace un recuento pausado y cuidadoso de lo que conoció, deteniéndose en una serie de minucias que logran el retrato detallado de una época y una manera de vivir. La claridad con que acomete casi cualquier eventualidad es muestra no sólo de su profunda capacidad de observación, sino de un espíritu analítico, casi filosófico. La mujer pasó del abuso familiar, la ignorancia y el dolor de la miseria a los lujos y excesos de la vida en un burdel de alta sociedad, siempre con una mirada sorprendida, como si hubiera sabido de antemano que le fue dado el don de testimoniar, uno mayor que el que guardaba entre sus piernas, y que perduraría. Esa condición de testigo privilegiado, con voz, incluye además de los recuerdos la conciencia de la propia vejez –Kimball escribe cuando ya tiene que sobarse las rodillas con fomentos para que no le duela desplazarse–, que se traduce en el saber de que nada de lo que tuvo volverá y que su persona no es otra cosa que un puñado de recuerdos.

Si bien la columna vertebral del libro es el sexo, la de Kimball no es una narrativa pornográfica, ni siquiera erótica. Une su mirada pragmática –tener relaciones sexuales sirve para una serie de propósitos concretos, incluso cuando se ama– a una sorprendente capacidad metafórica. Así, lo que se cuenta no es sexo, sino lo que la gente hace a través de él: lo que significa en sus vidas, lo que cuesta para cada quien, lo que puede cobrarse por él y en cada uno de los usos y costumbres asociados a una transacción que no parece haber variado mucho a un siglo de distancia.

Goldie es una mujer vital y cambiante: se apasiona por el sexo, es abandonada, trabaja como prostituta, es la mantenida de un hombre de negocios casado y próspero; se enamora de un tahúr, lo pierde, tiene un hijo; trabaja en una feria enseñando la curva superior de los pechos; monta una casa de citas, la pierde, monta otra más y se vuelve especialista en telas, brocados, ebanistería, enología y alta cocina; tiene otro hombre, se infarta y sobrevive a sí misma para contar todas y cada una de las circunstancias que la llevaron de juguete sexual desechable a una mujer respetada, capaz de invertir en la bolsa y los bienes raíces.

Hay algo en la maestría con la que está escrito el libro que remite a la brevísima introducción que lo acompaña. En ella, el cartonista Stephen Longstreet (en realidad, Henri Weiner, 1907-2002) esboza la forma en que recibió el manuscrito: la madame ya retirada se acercó a un editor no muy conocido para entregarle las páginas de su vida. Durante casi cuatro décadas, y a pesar del excelente material que tenía entre sus manos, Longstreet “olvidó” el documento y no lo retomó hasta que publicó algo sobre las casas de citas en el distrito francés de Nueva Orleans.

La historia de Kimball se parece sospechosamente a la de Norma Wallace según la describe Christine Wiltz en The Last Madam: A Life in New Orleans Underworld (Da Capo Press, 2001). Es posible que las Memorias de una madame americana sean una metanovela que combine las memorias de una auténtica prostituta con las anécdotas que Longstreet recopiló sobre el barrio francés. El libro de Wiltz no hace referencia alguna al de Kimball (que en Estados Unidos está fuera de circulación desde hace décadas), pero es bien posible que Longstreet sí haya conocido el material existente sobre Wallace sin saber que se publicaría más tarde. Si Longstreet se acercó a la historia de Wallace cuando ya tenía en su poder algo de lo narrado por Goldie-Kimball –una mujer que había dejado atrás la vida pública y que nunca quiso que se supiera su verdadero nombre; es más, una mujer de la que no hay registros públicos, pues trabajó siempre con pseudónimos– las probabilidades de que haya decidido enriquecer el material que tenía con los datos comprobables de otra prostituta se acrecientan enormemente. Pero hay que subrayar que el valor del libro no estriba únicamente en su fuerza documental o en las muy buenas historias que cuenta, sino en la interpretación que ofrece sobre la vida partiendo del cuerpo, el sexo y el amor: una interpretación válida para cualquier época.

Entonces, ¿se trata de una impostura a medias o total? Si el cartonista-editor escribió el libro, entonces su genialidad debería ser reconocida: hay en esas páginas un conocimiento sobre los hombres que parece únicamente femenino, la descripción puntual de una época que demandaría un trabajo de investigación enloquecida. Si lo escribió Kimball del todo, entonces también debe reconocérsele una capacidad inusual para la narración: hay un manejo temporal y del ritmo más propios de un escritor profesional que de una persona que hace memoria.

A pesar de su riqueza, el libro tiene algunos vados que se disculpan fácilmente dado el contexto: ¿a quién hay que culpar? ¿A la madame iletrada que se superó con los años y aprendió no sólo de vinos, sino de tropos literarios? ¿Al editor-autor, incapaz de permanecer fuera de los materiales que le acercaban pero capaz de darles la forma que les hacía falta? ¿Acaso esto no convierte a estas Memorias en un libro más real y, en muchos sentidos, disfrutable? ~

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