Molière, de Sabina Berman

Octubre 2000 | Tags:
Los duelistas
Sabina Berman, Molière, Plaza y Janés, México, 2000."Cuando se sabe tratar la tragedia según las reglas del arte", afirma Sócrates en El banquete de Platón, "se debe saber igualmente tratar la comedia: el mismo hombre debe ser poeta trágico y poeta cómico".
     Contra la opinión de Sócrates, lamayoría de los autores acusa una mayor debilidad por alguno de los dos géneros. Sin embargo, si Sócrates tuviera razón, habría que pensar cómo hubieran sido las comedias de espíritus atormentados como Strindberg o las tragedias de sátiros como Aristófanes. Aunque estas obras son casi imposibles de imaginar, no es extraño que un dramaturgo, en sus inicios, vacile de un género a otro hasta encontrar una voz propia. Es el caso del célebre comediógrafo Carlo Goldoni, cuya primer obra fue la solemne Amalasonte, tragedia lírica que fracasó estrepitosamente en unteatro de Milán. Víctima de la burla y la vejación, este joven abogado intentó un día componer una comedia para vengarse de sus detractores y fue desde entonces saludado con el éxito más rotundo. De ahí que en sus memorias nos diga "vine a pretender el coturno de la tragedia, pero no alcancé los honores sino calzando elborceguí de la comedia". Las palabras de Goldoni reviven irónicamente la idea de que el espíritu trágico es en cierto modo superior y abren una ventana a la añeja enemistad entre ambos géneros.
     Sabina Berman ha escrito un hermoso texto sobre esta rivalidad. "Para hacer una obra de teatro", nos dice en el prólogo, "se necesita traer a escena dos personajes —un par de rivales— y nada más". Esta es la esencia del conflicto dramático. La obra se llama Molière y su género podría ser el ensayo, un ensayo para la escena protagonizado por el campeón de la comedia, Molière, y por uno de los grandes trágicos, Racine.
     Molière no se preocupa por el rigor histórico sino por el enfrentamiento de dos visiones antagónicas, utilizando la biografía del grandísimo cómico francés como eje de la acción. Para Racine, la risa del público es un fenómeno repulsivo y lamentable: "setecientas personas riendo, mostrando la lengua, los dientes, hasta la epiglotis: toda su obscena animalidad". Un buen número de directores y autores sigue compartiendo esta aversión a las estruendosas carcajadas del respetable. En su ideario estético, la risa del espectador es un signo de complacencia, de que algo ha salido mal porque el teatro no debe ser entretenimiento, debe ser una experiencia que confronte al espectador con una realidad trascendente. Por el otro lado está Molière, dios de la risa: "Yo conozco al Diablo. Es serio, profundo, pesado;pedante, solemne, aguerrido; se llama Espíritu de la Gravedad, nuestra infelicidad es el material de su negocio y sí, lo odio; lo odio; y odio a esos buitres satánicosasesinos del placer que actúan en su nombre".
     Ciertamente, nada en el mundo existe en un estado de pureza total. Y no es tan difícil que la peligrosa teoría de los géneros teatrales se tambalee intentando explicar por qué un autor es netamente cómico o trágico. Aun así, me llama la atención la vigencia del debate y cómo siguen desatándose luchas encarnizadas con los mismos argumentos. Como sea, hay que reconocer, como lo demuestra Berman en su obra, que la comedia noestá impedida para profundizar en lostemas que toca. Para ser chistosos, losbuenos cómicos tienen que indignar y ofender a alguien. Detrás de las comedias de Molière vive un valiente escrutador moral, sumamente crítico. No es accidental que Tartufo, salvaje parodia de unsacerdote lúbrico y embustero, haya desatado la ira de un Estado eclesiástico que ordenó la quema del teatro donde se representaba la obra.
     En la biografía de Molière, llena de episodios amargos que inspiraban sus propias comedias, figura otro tema que vive en un segundo plano de la obra de Berman: la relación entre los artistas y el poder. La amistad inicial de Luis XIV le valió muchos privilegios a Molière, pero la eventual indiferencia del rey lo dejó a merced de sus enemigos, que fueroninclementes. La extraña dupla del gobernante y el artista es el escenario de otro duelo, notoriamente más desventajoso, y que ha dado lugar a numerosos atropellos y extorsiones. En un Estado productor de cultura como el nuestro, Molière nos obliga a revisar nuestra propia relación entre el arte y el poder, mostrando ladolorosa fragilidad del artista-cortesano.
     Plaza y Janés publica también la polémica obra La Malinche, de Víctor Hugo Rascón Banda, que fue igualmenteproducida por la Compañía Nacional de Teatro, bajo la dirección del alemán Johann Kresnik. Ojalá que prontoveamos más obras de teatro publicadas por esta editorial, ya que no cabe duda de que nuestra capacidad para editar teatro está muy por debajo de la producción de textos que merecen ser publicados. -

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