Por orden alfabético, de Jorge Herralde

Los libros escritos por editores constituyen una interesante tradición literaria. Varios de los editores más importantes del siglo XX como Giulio Einaudi, Gaston Gallimard, Michael Korda o Siegfrid Unseld han dejado en sus ensayos, memorias y correspondencia un testimonio imprescindible sobre sus autores, su obra y, por supuesto, sobre la época en la que vivieron. Se trata sin embargo de un género en vías de extinción: cada vez más, las editoriales van dejado de lado el aspecto artesanal del oficio, el aspecto de casa editorial, para convertirse en grandes consorcios comerciales, donde los editores no son sino empleados circunstanciales e intercambiables, sujetos a las veleidades del mercado. Jorge Herralde, fundador de Anagrama, es uno de los pocos, en las letras hispánicas, que aún mantienen el perfil de un editor inseparable de su proyecto y cuyos criterios siguen siendo más literarios que comerciales.

A lo largo de su carrera, Herralde ha ido publicando algunos libros relacionados con su oficio como Opiniones mohicanas, El observatorio editorial o Para Roberto Bolaño, por mencionar sólo algunos. Esta vez, sin embargo, el editor ha preferido incluir Por orden alfabético, su título más reciente, en el catálogo de Anagrama. No se trata de una decisión arbitraria, pues –aún si no es su intención explícita– este volumen constituye una historia de la editorial.

Si en sus Opiniones mohicanas Herralde ya había contado a grandes rasgos la génesis de su empresa, rinde aquí homenaje a las personas que han contribuido tanto a su formación como a su desarrollo, y lo hace con un tono modesto, un estilo irónico y sentido del humor. La edición incluye además una selección de fotos –con cierta inclinación erótica– que ayudan a la reconstrucción histórica y juegan un papel importante por todo lo que dicen de la época: los atuendos, las caras, los lugares, las personas. Una época de resistencia, de movimientos sociales, un tiempo en que la contracultura no respondía a una moda sino a una opción de vida. La opción que escogió Anagrama para distinguirse y que en cierta medida la sigue caracterizando.

El libro resulta suculento para cualquier aspirante a editor: abundan las historias sobre fichajes codiciados, negociaciones feroces y la relación pasional con la crítica. Pero el libro no sólo abarca el mundo editorial de España y América Latina, sino también el de Italia, Francia, Nueva York y Londres, que Herralde conoce muy a fondo. A pesar de todo esto, Por orden alfabético no es un libro sobre edición sino sobre literatura: casi todos los textos son homenajes, ensayos o conferencias sobre los autores que han publicado en Anagrama.

Una de las cualidades que hacen de Herralde una rara avis en el mundo editorial es la relación cercana que mantiene con sus autores. Esta intimidad explica el carácter emotivo de muchos de los textos como “Raymond Carver, memorial en Londres”, uno de los más conmovedores y bellamente escritos, pero también el dedicado a Carmen Martín Gaite y a Alberto Méndez, el autor de Los girasoles ciegos. En el homenaje a Enrique Vila-Matas los lectores del escritor barcelonés encontrarán detalles sobre la trayectoria y la personalidad de este autor que ha sabido superar la timidez y el artilugio del carraspeo. Así, además de presentar la obra de sus escritores, Herralde discute sus temperamentos, sus bloqueos, las distintas actitudes que pueden tomar ante el proceso de creación y ante la difusión de sus libros, y lo hace demostrando una conciencia muy clara de que cada escritor es único e irrepetible, pero también un ser extremadamente frágil: “El texto de un escritor –dice– es como una víscera palpitante y desprotegida ante el más insignificante rasguño”. En este libro existe en filigrana una reflexión constante, y desprovista de toda grandilocuencia, sobre la calidad literaria, la frontera sutil y al mismo tiempo brutal que separa un libro bien escrito de una verdadera obra de arte.

El título, que responde al espíritu modesto con que fue concebido este libro, sugiere que puede ser leído de muy distintas maneras. Se trata ciertamente de un libro de consulta que invita a volver a él conforme uno vaya descubriendo la obra de los autores mencionados, pero también de un libro de memorias o de un mapa que representa al territorio anagramático.

Advertencia: leer Por orden alfabético conlleva un notable peligro. El libro incrementa exponencialmente nuestra curiosidad. Pocas veces 355 páginas consiguen dejar tan hambriento. El lector resentirá por ejemplo la ausencia de sus escritores favoritos (Thomas Bernhard, Stephan Zweig, Kenzaburo Oé, J. Rodolfo Wilcok, Georges Perec, por ejemplo, no ocupan un papel preponderante); querrá conocer más detalles sobre la colección “Contraseñas” y su recepción en el mundo hispánico, así como algunas anécdotas que acompañen esa despampanante foto titulada “Leyendo a Bukowski”. También las rencillas –inevitables en toda editorial– están pudorosamente omitidas. Quizás porque el autor prefiere callar los sinsabores o quizás porque sencillamente ha decidido olvidarlos. Con este libro, Herralde nos ha abierto monstruosamente el apetito, desde ahora no nos queda a sus lectores sino exigirle los tomos siguientes. ~

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