Safari new age

Desde hace algunas semanas acampa en el Zócalo de la ciudad de México Ashes and Snow, una muestra de fotografías y videos de Gregory Colbert en las que niños, mujeres y el propio artista se nos ofrecen posando cuerpo a cuerpo con elefantes, jaguares, cachalotes, águilas, orangutanes y otros animales salvajes que la lente transfigura en dóciles colaboradores del autor.

Se trata de una exposición desconcertante, de una invitación a la humildad envuelta en un palacio inmenso, un “museo nómada” que se ostenta como ejemplo de arquitectura sustentable, patrocinado por The Rolex Institute.

Las imágenes aspiran a una autenticidad (la del buen salvaje) que no está hecha más que de artificios, pero lo gastado del cliché no merma su efectividad, pues ésta no depende de la consistencia de su planteamiento sino de la lógica mercadotécnica de su estrategia: un despliegue espectacular de recursos deliberadamente dispuestos para lograr un efecto, para producir la ilusión de una experiencia —consumir el paraíso.

Los de Colbert son retratos de una naturaleza ornamental, sin acechos, sin dientes, sin sangre, en la que el éxtasis contemplativo excluye el instinto de supervivencia. Sus criaturas no temen, no atacan, no huyen, no se devoran las unas a las otras; yacen plácidamente, en un lugar fuera del tiempo, sólo para deleitar al ojo que las mira.

Asistimos, pues, al espectáculo de una idealización que encubre triunfalmente la agresión que ejerce sobre aquello mismo que idealiza, que ve “armonía”, “magia”, “paz”, “serenidad” en la violencia que convierte a una fiera en mascota. Para Colbert, la naturaleza es sublime en la medida que se somete a sus fantasías.

- Carlos Bravo Regidor

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Comentarios (8)

Mostrando 8 comentarios.

La exposición en general me parece buena, pero esa "cultura" que se comienza a presentar en México me parece muy pobre. En lo personal a mi no me sorprende que las personas se pongan al lado de los animales, en otros países eso pasa día con día. Además las fotos fueron sacadas de un video y utilizaron serpia para que no aparecieran los errores, entoces ¿qué calidad de exposición nos presentan?. Mejor deberían poner exposiciones gratuitas de arte contemporaneo, pintura o incluso las que se presentan ahora en el Museo de Antropología e Historia, eso si es una buena cultura para los mexicanos.

hola

Pero que?, esta chida o no?, hay que ir o nel. Porque no encuentro nada de eso en tu texto. Ese afan de darle vueltas a un asunto tan simple, es muy propio de los escritores maletas.

Fabricio, te diré algo que se suele decir mucho en España: "Si no te gusta, ¿que haces ahí?".

Por qué siempre el insulto y el desprecio a la gente. Habrá que revisar contextos...

Con el perdón, me gustan más los anuncios de Bennetton.

Bendiciones.

Estoy de acuerdo en la visión idílica de la naturaleza que hace esta exposición y cierto es una construcción humana con respecto a cómo nos relacionamos con eso que llamamos naturaleza. Pero precisamente me parece que es una construcción como la que nos presenta Carlos Bravo de una naturaleza violenta, sangrienta, que se devora a sí misma. Y estas dicotomías son a final de cuentas la misma visión: una armónica, la otra violenta. Habrá maneras de salir de estas posturas dicotómicas. Una mas yo no veo jaguares, sino guepardos ambos felinos pero diferentes. En fin la discusión de lo que entendemos por naturaleza y lo que vemos en ella es parte de esta propuesta fotográfica, que por otro lado me parece hecha de bellas imagenes.

TIENES RAZON, PERO PREFIERO ESTE LUGAR A SAN LAZARO

Hace dos días tal vez leímos en el periódico no con asombro, sino con el cinismo estoico que deja haberse acostumbrado a los variados horrores la nota que informaba del ataque de un perro a una anciana en la colonia Narvarte, claro, el desenlace fue fatal. Hace unos meses fue un león el que se devoró a su entrenador; podríamos seguir enlistando suculencias de este tipo , pero para qué, mejor ocupemos la receta que nos da el carnal Marcelo, súbete al metro, en hora pico, que son todas, convive y sonríele al chango que vende los discos y promueve decibeles (no te vaya a madrear), cuídate de que la zorra de a lado, no te acuse de que la tocaste y termines con el orangután del ministerio público declarando que fue sin querer y con la rodilla. Si salvaste estos inconvenientes, entonces bájate en el zócalo, fórmate tres horas y mira a la gente escupir, o cómo asolean sus caries en cada bostezo o ya picado observa la habilidad que tiene el mexicano para llevarse a la boca todo lo que le ofrezcan, mientras las señoras pellizcan a sus niños, jiotosos y anémicos, pero eso sí, con cara de que hoy, el papá por ordenes del carnal Marcelo los llevó a pastar, perdón a pasear. Sorteado todo esto prepárate para el asombro; elefantes que no son nada más elefantes sino entrenadores de nado sincronizado o monaguillos atentos; también encontraras fotografiados a niños que posan para Benetton y leopardos que son tapetes. En fin estás en el museo nómada donde la cordialidad entre humanos y animales es posible, donde Darwin parece un chiquillo geniudo y esquizoide. Paladea la experiencia mientras caminas entre gritos, el olor a fritanga y los empujones del eje central. Y no lo olvides, no son bestias, si lo fueran te podrías retratar con ellos, son los pinches capitalinos con sus usos y costumbres, no los mates, no te pelees, no los increpes porque no escuchan. Son así por los jiotes y porque no conocen otro animal que no sea el bulterry.

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