Crítica, conversación, diálogo.
El santo que espiaba
Por Antonio Ortuño
No puedo negar el placer malsano que me proporcionó la noticia de que el difunto periodista Ryszard Kapuscinski trabajó para los servicios secretos polacos, según acusaciones del revanchista gobierno conservador que actualmente gobierna el país europeo.
Soy periodista y he debido escuchar unas 150 millones de veces de maestros, colegas y hasta subalternos sin ortografía que “el maestro Kapuscinski” era poco menos que el Dios de la ética, el baluarte inquebrantable del bien, la vara moral con la que serán medidos todos los reporteros del planeta el Día del Juicio. Ver cuestionada esa idolatría, así sea por politicastros de derecha como los que hoy día gobiernan Polonia, me reconforta: el periodismo debería poner en tela de juicio lo que fuera.
Sería necio restarle méritos a los excelentes libros de crónicas de Kapuscinski; sería también lerdo iniciar un debate malintencionado para tratar de que su imagen termine deviniendo la de un malvado del serial de James Bond, un tovarich desalmado que desde luego nunca fue. Pero me parece sano que se discutan las implicaciones de la colaboración, obligada y todo, del “maestro” con la tiranía comunista de Varsovia que le tocó vivir.
A mí, personalmente, me gusta más como personaje el Kapuscinski reprimido por el sistema, el hombre asustado que debe reescribir notas para que pasen la censura y que se resigna a espiar ineficazmente los países que visita —el informe que se hizo público consigna que fue un colaborador “cooperativo pero que dio pocos informes útiles”—, escabulléndose de sus patrones y pergeñando su obra en la oscuridad, que el santurrón ente del bien que nos proponen sus fans, que parecen ambicionar una monstruosa réplica de izquierda del también difunto papa Juan Pablo II…
Es una vileza, sí, juzgar con ligereza la moral de alguien que actuó bajo coacción. Pero la pretensión de cerrar el debate con frases como “al maestro no se le toca ni con el pétalo de una sospecha” es hacerse tonto solo.
A Kapuscinski hay que leerlo, discutirlo y repensarlo. Nunca deificarlo, institucionalizarlo y “perdonarlo” del pecado de no ser el soporífero titán de la moral que nos vendían. Mejor espía inofensivo que gurú odioso.
- Antonio Ortuño

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Comentarios (7)
Antonio, su texto revela tal novatez y soberbia al punto del engreimiento. (“Engreimiento” casualmente contiene la palabra ‘miento’, curioso). Tonterías. Si se es ducho para contrastar para qué dar el salto y lanzar un diagnóstico tonto respecto Kapuscinski. A riesgo de resbalar a otras cuestiones, admiré un fragmento de su autoría publicado en la revista La Tempestad, creo intitulado “Romance entre el fanático y el zombie”. Fragmento que me permití usar igual para cuestionar como relacionar en buena lid labores como el reventar foros de opinión por parte de los staff de campaña panistas, como para denunciar que en Letras Libres Interactivas su política de administración de foros era por demás sibilina, política que declinaba expresiones incómodas haciéndolas parecer entre las insultantes. Por cierto, que en Letras Libres impresas nunca apareció una sola coma respecto la concepción político-legislativa de la Ley Televisa. Ahora bien, los que conciben adornarse con textos y legados muy ajenos a su real pensar y actuar, echaron ojo a mi crítica y resulta ahora que usted colabora aquí felizmente. Hablo ahora sin ironía. Desde mi humilde punto de vista hay potencial en su escritura, pero eso no quita el gordillismo, el hacer suyos los cuestionamientos ajenos aplicándolo si me es permitido a su persona y a sus buenas y a veces muy tontas colaboraciones. Eche ojo usted ahora al siguiente artículo de Arnoldo Kraus. No ande a tientas escribiendo desmereciendo que sofistas editores, por las razones que sean, lo cuenten ahora entre sus colaboradores. Saludos._______________________
POLONIA: ¿2010, 2015 o 2020?, ARNOLDO KRAUS /La Jornada, 13 de junio de 2007
Mi padre fue polaco y judío. No polaco o judío. Era campesino. Acabó primaria. No estudió más porque su casa era una casa pobre. Cargaba costales de papas y por las tardes estudiaba Biblia.
La pobreza y la religión se entremezclan con denodada frecuencia. Si no hay cómo gozar la vida terrenal, consuela creer lo que pregonan los ministros religiosos. Los pobres cuestionan poco. Compran sin chistar los dictados de los responsables de Dios. A muchos les conforta la aseveración de que en el Paraíso se remiendan las heridas terrenales.
Cuando fue necesario mi padre se convirtió en soldado del Ejército polaco. La pertenencia la fraguaban la tierra y la historia. No existía espacio ni razón para cuestionarse: la milicia era obligatoria. Al lado quedaban fe y tradición. El ejército exigía presencia, y de ser posible convicción. La fe judía, como todas, era ciega; la tierra polaca era realidad. Cuando soldado fue víctima del antisemitismo de sus superiores. Cuando llegaron los nazis fue blanco de ambos.
Mi padre detestaba más a los polacos que a los alemanes. Los primeros eran casa, historia, calles y amistad; los segundos eran lo que eran: asesinos. Mi padre hubiese querido morir polaco. Los polacos no se lo permitieron. Con profunda sensibilidad lo dice Francisco
González Crussí en el libro que habla de su historia: Partir es morir un poco. En el caso de mi padre, partir, involuntariamente, fue morir demasiado.
Han pasado muchos años desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial y no pocos de la caída del Muro de Berlín. Las matanzas que vivió el mundo entre 1939 y 1945 acabaron con las vidas de decenas de millones de seres humanos; las actuales asesinan a menos personas, pero matan con el mismo odio, y lo hacen arropados por ideas similares: humillar y asesinar es la meta.
La intolerancia, en las fauces de algunos de los dirigentes contemporáneos de la Europa culta, emula, y en ocasiones supera, los sueños de Proteo. La Polonia de los gemelos Lech y Jaroslaw Kaczynski pronto mostrará la nueva sinonimia entre ultraderecha e intolerancia.
No a la homosexualidad. No al disenso. No a la memoria. No al valor de los brigadista polacos que lucharon contra Franco. No a los eurodiputados de apellido judío. Sí a la Ley de la Lustración. Sí a la caza de brujas. Sí a los dictados del Instituto de la Memoria Nacional. Sí al antisemitismo. Sí a la persecución de los diputados que no quieran hablar de sus posturas durante la Polonia comunista. Dos ejemplos para ilustrar los derroteros de los gemelos y los fines que persiguen con perversiones como la Ley de la Lustración, cuyo propósito es acallar y sepultar.
Ejemplo Lech K. La Defensora del Menor polaca pretende investigar si el popular programa de televisión infantil Los Teletubbies "fomenta la homosexualidad", pues uno de los muñecos lleva una bolsa y viste de color morado; según otras versiones, uno de los persoanajes es demasiado cariñoso. Ewa Sowinska, representante de la defensoría, ha dicho: "me parece conveniente que un grupo de sicólogos hable con los niños que ven este programa y que sean ellos quienes dictaminen si la serie puede ser transmitida por la televisión o no".
Ejemplo Jaroslaw K. De acuerdo con el Instituto de la Memoria Nacional, organismo creado y utilizado por el gobierno polaco actual y cuya meta es la depuración ideológica anticomunista, el celebérrimo y siempre apreciado reportero Ryszard Kapuscinski, quien falleció en enero de 2007, "colaboró con los servicios secretos del régimen comunista mientras viajaba por medio mundo"; el instituto propone que sus acciones sean investigadas y, si se considera pertinente, Kapuscinski debería ser denostado. Los gemelos utilizan la frase "falsas figuras de prestigio" cuando se refieren a la disidencia o a personas con pasados dignos.
No sobra decir que el mandato de los gemelos, cuya diferencia con los talibanes sólo es geográfica, es imberbe. Llegaron al poder en 2005, por lo que su camino aún es largo. Dedicados a sepultar todo lo que no les parece, ignoran que la historia ni se olvida ni se puede rescribir, porque es colectiva. De seguir por el camino que marchan, la Polonia actual se convertirá pronto en el paladín más refinado del neofascismo europeo.
Al igual que Hitler sólo fue parcialmente culpable de lo que sucedió bajo su locura, los gemelos polacos no son los únicos responsables de lo que ahora acontece en Polonia. Con Hitler la Iglesia católica y muchos gobiernos alegaron que poco o nada sabían de las matanzas. Hoy sabemos que la Unión Europea conoce y permite que los Kaczynski y los miembros de su gobierno actúen como lo desean. Sabemos, asimismo, que en la actualidad muchos polacos, como antaño mi padre y centenares de brigadistas y rebeldes que no quisieron sucumbir ni entregarse a las garras del nazismo, son víctimas del fascismo polaco de los Kaczynski. Mi padre murió mexicano pero nunca olvidó Polonia. Fueron muchas las noches interrumpidas por ladridos y por el recuerdo de los vecinos siempre mudos, siempre ausentes. Las heridas de sus muertos siempre supuraron. ¿Cuántos años más debe esperar la UE antes de sancionar a sus socios polacos?
A veces ser intelectual, escritor o periodista es sinónimo de fuero e infalibilidad, pero el caso de Ryszard Kapuscinski, que aquí se comenta, nos revela que estos no dejan de ser humanos con virtudes, defectos y debilidades, como cualquier otro hijo de vecino, y que es valido cuestionar su pasado y criticarlos.
¿A qué viene el sorprenderse ahora con que Kapuscinnski también era falible? ¿Hay alguien con dos dedos de frente que crea que el mundo está habitado por ángeles? Más bien me parece que tanto el autor del artículo como quienes difundieron la nota de que Kapuscinski ‘trabajó con los servicios secretos’ se regodean en una de las muchas fisuras del periodista polaco.
Kapuscinski vivió 75 años. Los que se sintieron apabullados ante su capacidad tuvieron, digamos, unas tres décadas para darle con todo. ¿Por qué hasta ahora? ¿Por comodidad?
Estoy de acuerdo con el autor sobre ‘el placer malsano’ que no puede negar, y que exuda durante todo el artículo. También coincido con él en que ‘es una vileza, sí, juzgar con liviandad la moral de alguien que actúa bajo coacción’.
Es un hecho palmario que a la muerte de Kapuscinski hasta los pepenadores de chismes de la televisión abierta lo llamaron ‘maestro de periodistas’. Y también es de principiantes el tener claro que desde que la especie humana se levantó del fango primordial lo hizo cargando dos cosas: sus instintos primarios y su raciocinio.
no deja de sentirse cierta frustacion al ver que esos grandes monstruos de la literatura o el periodismo ante una noticia cierta o no de la cual ya no pueden defenderse (casi siempre se descubren los hilos negros de alguien cuando éste ya colgo los tenis)
si hacemos memoria, hace algunos años, también se derrumbó a el "santo laico" george orwell de quien christopher hitchens salió en su defensa,
buen motivo para reflexionar si una rudeza como ésa basta para derrumbar no al santo sino a la obra que dejó.
un saludo, antonio, desde mty.
Tal y como se titula una ópera de Philip Glass:
A tree is best measured when it's down.
Sería ingenuo determinar los recovecos de la coyuntura que llevó a la revelación del archivo de Kapuscinski, aunque al parecer existe un ambiente de cacería de brujas propiciada por parte de la extraña mancuerna de gemelos que gobierna Polonia: Lech y Jaroslaw Kaczynski.
Y también sería ingenuo pensar que una persona, habitante de un regimen dictatorial (periodista para más señas) con acceso a viajes hacia el exterior, podría abandonar su país sin que el gobierno se asegurara de su lealtad y sobre todo, de su utilidad al régimen.
En cuanto a si esto derribará o no su imagen como dios del periodismos moderno, no lo se. Hunter S. Thompson era un gran consumidor de drogas y al menos hasta hoy, nadie diría que eso demeritó su labor como fundador del periodismo bonzo.
No creo que esto derribe la imagen de Kapuscinski como santo patrono de los periodistas, pero abre una pregunta provocadora... ¿qué secretos resguardarán los archivos de seguridad del estado mexicano de dioses locales como Octavio Paz, Carlos Fuentes u otros intelectuales que laboraron para el estado Mexicano en los años más duros del priato?
No olvidemos que aún queda por allí la ominosa sombra revelada hace algunos meses de las delaciones atribuidas a Elena Garro tras los eventos de 1968 que, racionales o no, ponen el dedo en la llaga: qué precio paga el intelectual por colaborar con o al amparo de un estado dictatorial.
Saludos.
No creo que exista nadie que sea ingenuo
como para pensar que Kapuscinski era una
especie de santo. Al fin y al cabo era un
ser humano y de hecho que habrá cometido miles de errores. No me toca juzgarlos, no me interesa hacerlo.
Lo que sí me parecería tonto es creerle a la versión de Newsweek que intenta engordar el objetivo del actual gobierno polaco:
desacreditar a cualquier figura ligada con
el pasado comunista en Polonia.
Es curioso, pero aquí se repite la vieja y
grosera fórmula para enlodar a alguien.
La cual funciona en cualquier parte del mundo.
¿Por qué no se lo acusó en vida? O los que ahora lo acusan temían una respuesta que los podía
dejar en el más absoluto ridículo.
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