Quizá el director Arturo Ripstein no imaginó que sus declaraciones a un diario vasco el 29 de septiembre pasado lo volverían noticia en su país. Que los medios se interesaran en un cineasta que hace años pintó su raya con el público mexicano no podía deberse al estreno de su nueva película. O no solo a eso. Ripstein llamó la atención por su exhortación al pleito, justo cinco días después de haber terminado la edición 59 del Festival de San Sebastián (donde dos películas del director –Principio y fin, de 1993, y La perdición de los hombres, del 2000– se han llevado la Concha de Oro). Este año, el director compitió con Las razones del corazón, y se fue del festival con las manos vacías. Ya en Biarritz dijo a una periodista que el jurado que no premió su película le parecía “lamentable” y que el nuevo director del encuentro venía de dirigir “un festival de peliculitas de susto” (la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián). Para acabar pronto, que el Festival de Cine de Donostia antes era serio, y ahora “subnormal”.
La pólvora se extendió rápido. Ripstein pidió disculpas en una carta pública, y José Luis Rebordinos, el ahora director del festival agraviado, las concedió. Como es debido en estos casos, todo fue documentado y publicado de este lado del Atlántico y de aquel. Una vez “zanjado” el asunto (palabra de Ripstein), ya nadie volvió la mirada. Algo sano, pues el Ripsteingate nunca tuvo contexto ni fondo, pero un poco deprimente por la exacta misma razón.
Más allá de su shock value, el berrinche público del director mexicano abría puertas para indagar en cuestiones que sí interesan. ¿Qué otras películas concursaban? ¿Cuáles fueron las que premió el jurado? ¿Hay cambios notables en la nueva gestión a cargo del exdirector de un Festival de Terror? Opacadas por el escandalito, las respuestasa estas preguntas habrían hecho la diferencia entre un chisme amarra navajas y un buen tema de conversación.
Sin ir demasiado lejos, pocas cosas son tan complejas como descifrar una sección oficial: un grupo de películas en principio incomparables, que obligan al jurado y al público a encontrar criterios absolutos para descartar o premiar. De ahí la gran ironía: si a lo largo de una semana la tensión gira alrededor de apuestas y especulaciones, al día siguiente de la clausura nadie vuelve a pensar en ellas en grupo. (Excepto –como ya se vio– los que ganaron y los que no.) Aun así –y eso tiene su encanto–, la sección oficial carga la bandera de muestra representativa: tanto del mejor cine reciente como de lo que entiende por “mejor” el comité de selección.
Hace un año, en este espacio, escribí sobre la edición de Zinemaldia (como se llama el festival en euskera) que acababa de celebrarse. Me llamaba la atención el nivel tan deficiente de la sección oficial. Salvo excepciones como Neds, de Peter Mullan (que ganó la Concha de Oro) y la magnífica Pan negro, de Agustí Villaronga (ignorada en los palmarés y que luego arrasó en los Goya), la mayoría de las películas en competencia iban de áridas a convencionales, a sentimentaloides.
De la edición pasada a esta, la mejora es abismal. La sola decisión de inaugurar con Intruders,del español Juan Carlos Fresnadillo, lanzaba el mensaje de que las cosas iban a cambiar. A diferencia de la insufrible Eat, pray, love, que inauguró la edición pasada (con Julia Roberts comportándose como en gira promocional), la película de Fresnadillo era todo, menos “amena”. Un thriller psicológico exigente con el espectador, y cuyo protagonista, Clive Owen, apenas compite en celebridad con el meñique de Julia Roberts, dejó a varios desconcertados –a otros nos pareció brillante e ideal para sentar el tono del festival–. La elección de Intruders era arriesgada, como todo lo que debía hacerse si había intenciones de refrescar los aires del festival. Alguien como Rebordinos, entendido en un género de cine considerado “no respetable”, sabría de las ventajas de deshacerse de esas etiquetas. Una respuesta tentativa a la pregunta de qué aportaría la llegada de un director con trayectoria no convencional.
Del resto de la sección –veinte títulos en competencia–, uno agradecía haber visto por lo menos un tercio, y comprobaba que lo mismo les pasaba a los demás. Mejor aún, por cada película que uno aborrecía, había alguien dispuesto a defenderla hasta el final.
Con todo, los palmarés sorprendieron. El jurado premió como mejor película Los pasos dobles,de Isaki Lacuesta, sobre la vida y obra del pintor francés François Augiéras. Se dice que antes de morir, Augiéras escondió sus últimas pinturas dentro de un búnker en algún lugar de Mali. Los pasos dobles narra la búsqueda ficticia del búnker por parte de un niño que podría ser su doble (un mito explicado) y otra búsqueda más real a cargo de Miquel Barceló, cuya obra reciente está inspirada en Augiéras. Esto, que promete tanto, cuajamejor en sinopsis que en el resultado final. Visualmente rica en lo ficticio y en lo documental, la película carece de una narrativa capaz de involucrar tanto como su sola premisa. Si esta elección del jurado era, de por sí, extraña, lo fue todavía más cuando la ultraconvencional Le Skylab, de Julie Delpy, fue distinguida por el mismo jurado con el premio especial (normalmente deparado a películas tan propositivas que no logran distribución comercial). Polos opuestos del cine –lo cual no está mal en principio–, las dos películas compartían un problema: mientras que en Los pasos dobles sobraba propuesta pero faltaban puentes con el público, en Le Skylab sucedía exactamente al revés. El resto de los palmarés mostraba mucho más consenso: premios a Mejor Actor (Antonis Kafetzopoulos) y Mejor Director (Filippos Tsitos) por la película griega Unfair world (por su minimalismo y humor negro, heredera de Kaurismäki), Mejor Actriz a María León, por La voz dormida, de Benito Zambrano (una drama maniqueo sobre las mujeres de la Guerra Civil) y el premio al Mejor Guion para I wish, de Hirokazu Koreeda, uno de los mejores directores japoneses vivos.
Una selección personal
En 2008, Hirokazu Koreeda compitió en Zinemaldia con la película Still walking. Aunque solo recibió la mención especial de un jurado paralelo, críticos de todo el mundo luego la mencionarían como una de sus favoritas del año. Entonces entendí el efecto Koreeda: la impresión de haber visto una película sencilla seguida deuna explosión de emociones sembradas por esa película. Entre una cosa y otra pueden pasar días: la explosión causa estragos y uno nunca ve las cosas igual. Idéntico que Still walking, la película con la que Koreeda concursó este año daba la impresión de ser un relato simple: el de un grupo de niños que buscan el momento en el que cruzan dos trenes bala, animados por la creencia de que al testigo se le cumple un milagro. Los deseos de cada niño y aquello que se les revela son la materia misma del efecto Koreeda: epifanías sobre la trascendencia del instante presente, y atisbos a una dimensión “milagrosa” detrás de la cotidianidad.
Menos poderosa pero cómplice de estrategia, la película china 11 flowers, de Wang Xiaoshuai, narra la historia de un niño involucrado en un caso policiaco en los años de la Revolución Cultural. Al igual que Koreeda, Xiaoshuai se vale de un punto de vista inocente para entregar mensajes de otra manera verbosos y, en este caso, brutales: la fabricación de culpables durante la dictadura de Mao.
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