Si el pedante se hace odiar por su afán de sentar cátedra en todo momento, hay otra especie de la familia intelectual que no busca impresionar a nadie, pero cosecha más animadversión entre el público. Me refiero a los genios que han acreditado sobradamente su talento, su inteligencia o su sabiduría, pero no soportan el mínimo roce con el hombre común, a quien consideran un producto manufacturado de fábrica. La vanidad no es un pecado antisocial porque el vanidoso codicia la aprobación ajena y solo se hincha como un pavorreal cuando la consigue. El soberbio, en cambio, ya ni siquiera busca el reconocimiento de los demás y cuando las circunstancias de la vida lo fuerzan a convivir con el prójimo, generalmente lo trata con desdén y fastidio. La gente común perdona hasta cierto punto que un genio altanero y huraño insulte al vulgo en abstracto, pues casi nadie cree pertenecer a él, pero cuando se siente insultada en persona, guarda un rencor invencible contra el intelecto superior. Ningún ofendido sospecha, cuando esto sucede, que el genio misántropo pueda estar disgustado consigo mismo, y sin embargo, es muy probable que así ocurra, pues quien ha llegado a conclusiones sombrías sobre la condición humana no puede excluirse de sus amargos descubrimientos: “En la frontera del odio a nosotros mismos –decía Machado– se nos revelan muchas verdades interesantes.”
Los ásperos modales del energúmeno clarividente no invalidan en absoluto la belleza o la profundidad de su obra, pero lo colocan en un Olimpo cercado con alambre de púas. Según el evangelio elitista, los seres excepcionales deben afrontar ese riesgo con altivez para ser congruentes con su grandeza. Pero si la gente percibe que las grandes aventuras del pensamiento o de la intuición culminan en el odio a la vida, ¿cómo podemos convencerla de que vale la pena embarcarse en ellas? El eudemonismo, la búsqueda de la felicidad en la tierra, es el concepto más popular de la filosofía universal. Schopenhauer, prototipo de la estirpe intelectual misántropa, lo consideraba una patraña, pero se trata de una patraña que mueve al mundo y por esa sola razón conviene tomarla en serio. Los manuales de autoayuda han hecho creer a millones de incautos que hay métodos infalibles para alcanzar la felicidad. El intelectual misántropo pregona con su conducta una mentira de signo contrario, según la cual el exceso de lucidez conduce necesariamente a la amargura, y en esa medida conspira a favor de la ignorancia.
Desde tiempos de los aztecas, los críticos de la soberbia intelectual se dieron cuenta de que el sabio engreído y gruñón era un ser infeliz. Según los códices traducidos por Miguel León-Portilla, para llegar a ser como los toltecas (sinónimo de civilizado o culto), era necesario que el artista “aprendiera a dialogar con su propio corazón”, una idea que se acerca bastante al moderno concepto de inteligencia emocional. En un poema donde se condensa la filosofía de los tlamatinime, o poetas sabios, se advierte que cuando un poeta desprecia su destino, “acaba con su felicidad, la pierde, no la merece, se coloca por encima de los rostros ajenos”. El encierro en sí mismo, según esta guía estética y moral, es la causa de la frustración existencial, porque solo en contacto con los demás se puede cumplir el destino de un predestinado al canto. La filosofía náhuatl no niega que ese tipo de poetas pueda acumular una gran sabiduría o encumbrarse por encima de los hombres: solo advierte que el placer intelectual intransferible es una fuente de amargura.
Entre los griegos ya se había hecho siglos atrás una tipología similar, que negaba eficacia y utilidad a la inteligencia abstracta cuando no parecía haber mejorado la vida de sus poseedores. “Los que se aplican a la filosofía –dice Adimanto, uno de los interlocutores de Sócrates en la República– son en su mayor parte gente de carácter extraño y áspero, por no decir cosa más fuerte, y los más capaces de ellos llegan a ser inútiles para la sociedad.” Si el saber del filósofo no beneficia a los demás ni a sí mismo, porque lo ha hundido en la depresión o en la cólera, es absurdo esperar que la gente quiera seguir sus pasos.
Entre la demagogia edificante del filósofo mercenario y el ceño fruncido del intelectual misántropo hay una tercera vía, la bufonería trascendental propuesta por el romántico Friedrich Schlegel, que puede relativizar las penas y, al mismo tiempo, disuadir al genio melancólico o iracundo de ver la vida como una competencia intelectual permanente. Quizá el escalón más alto de la sabiduría y el mejor antídoto contra los excesos tóxicos del orgullo consista en restar importancia a los órdenes jerárquicos de la cultura. La ironía no solo es un principio básico de higiene mental, también es una virtud necesaria para convencer a los escépticos de que las letras y las humanidades sirven para algo. ~

Edición México



Comentarios (6)
Podrian orientarme como puedo conseguir mas informacion? este tema me llama muchisimo la atencion.
El maestro Fernando Vallejo, de quien nadie se atreve a desconocerle su lucidés intelectual, su recorrido creador, pero oyendolo y leyendo no encuentras un ser humano, incluyendose él, que no sea un granuja. Reniega de du patria, la grande y la chica, de todas las manifestacionbes espirituales y los personajes que han hecho historia, todos sin excepción son unos mequetrefes.
Entre los muchos matices están los cretinos que han acreditado sobradamente su falta de talento, pero tampoco soportan el mínimo roce con el que consideran hombre común.
Ese es el matiz que me hubiera gustado hacer; por supuesto, incluyéndome entre sus destinatarios, que tampoco es cosa de hacerse 'pa la sombrita'. Sin embargo, una duda me escuece: ¿por qué, pese a la acreditada carencia de talento propio, uno mismo se transforma en un sociópata? 'Ha de ser por lo mismo', suelen responder en mi matria a este tipo de preguntas; pero siendo esa una de las clases de respuesta que me resultan inadmisibles, tengo que ponerlo en otras palabras ¿hay alguna relación causal (a-->b) entre la carencia o presencia de talento propio y el desprecio -abierto o encubierto- por el prójimo? ¿siempre que se tiene talento o se carece de él, o siempre que se tiene reconocimiento o se carece de él, se sigue de forma lógicamente necesaria el desprecio por los demás, carezcan o no de talento y/o de reconocimiento, respectiva e indistintamente?
La misantropia probablemente se de entre personas de un mismo contexto, no seria misantropia hacia personas relativamente alejadass en intelecto. si los geniso escasean y la misantropia esta por aqui y por haya, entonces los que creamos esa sensacion somos nosotros; los no genios que como siempre al pender de un hilo en el conocimiento volteamos hacia los demas. Entonces la misantropia me parece que se confundiria no con rechazo, si no con aludicion de opiniones, el genio o creador se caracteriza por eso: es un romantico que esta creando constantemente su mundo sin darle reojo a la opinon. Para los genios seriamos instrumentos de su creacion.
Existe una consecuencia lógica que deviene de ser un genio o por lo menos un intelectual: la mayoría de la humanidad no lo es y quien se descubre como alguien con un conocimiento evidente para él y para los demás ni siquiera sospechable no puede evitar caer en la incomprensión hacia la poca lucidez de los demás, como ellos no pueden acceder a las verdades evidentes de la lucidez y le miran también desde lejos.
El mismo Schopenhauer ya había concluído que el genio es tan escaso que es imposible que pueda convivir con los demás simplemente por que lo es, pues sólo será comprendido por otro genio.
Esta es la razón de que se torne misántropo, porque porco a poco mira y califica a los demás como estúpidos. Si bien se le puede acusar de soberbio, él siempre acusará a los demás de estúpidos.
El conocimiento no es "bueno" por sí mismo y cada quien debe tener derecho a ignorar lo que no quiera saber, ese es el conocimiento que se debería enseñar y no hacer una propagana a la lectura por leer, o a la ciencia porque se imaginan que el científico sabe más que los que no lo son.
De hecho el que lee no es mejor que los demás, o no lo es sólo por leer, ni el científico lo puede explicar todo.
Para que el intelectual no fuera misántropo sería necesario que la sociedad fuera intelectual, para que así el no desprecie a la sociedad. Pero esto es tan imposible como que los políticos gobiernen incorruptiblemente. Así el sabio uraño siempre volverá a tener la razón al sensurar o burlarse de otros y la gente que no quiere acceder a la sabiduría que sea permanecerá así.
Tal vez como los prehispánicos y otros sabios pensaran, la única sabiduría que vale es la que se descubre en sí mismo, ya sea por la vía de un libro o un descubrimiento científico, o sólo por el símple y más dificil acto de vivir, pero no una sabiduría impuesta, disecada o ingenuamente enseñada, pero que no le dice nada a quien no tiene interés por saberla
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