La vida se produjo en el mar hace millones de milenios, y alcanzó un nivel máximo: la inteligencia de ballenas y delfines. No llegó más lejos (en el mar) porque no puede haber tecnología sin fuego (Isaac Asimov, Chronology of the world). Algunos vegetales que las olas dejaban en las costas se adaptaron a la tierra. Tras la vegetación, subieron vertebrados que se adaptaron como anfibios. Y hace unos cinco mil milenios aparecieron los homínidos, que tenían casi tanto cerebro como los delfines. Andaban de pie, y el tener las manos libres ayudó a que se volvieran creadoras. Hace dos mil, ya existía el homo habilis, que inventó los cuchillos de piedra. Hace quinientos, domesticó el fuego. Hace catorce, domesticó lobos como perros compañeros de caza. Hace once, en los primeros campamentos sedentarios, domesticó ovejas y cabras. Hace diez, empezó a sembrar.
Hay buitres que roban huevos de avestruz, y buscan rocas para dejarlos caer, estrellarlos y comérselos. Hay nutrias que usan piedras para abrir ostras y almejas. Hay cuervos que sacan larvas de los troncos secos con un palillo sostenido en el pico. Los chimpancés empuñan varas para derribar plátanos inalcanzables. Los pájaros construyen nidos y los castores represas. Pero el atrevimiento de acercarse al fuego y observarlo, la
creatividad de transportarlo, conservarlo y aprovecharlo, la hazaña de producirlo (sin esperar a que se produzca solo), no tuvo antecedentes. Todos los animales huyen del fuego.
Domesticar los incendios naturales multiplicó la energía disponible para la vida humana. Las antorchas sirvieron para acosar a las presas y acorralarlas en lugares propicios para los cazadores. Las hogueras a la entrada de las cuevas los defendieron de ser cazados. Con el fuego nació la arquitectura: explorar las cuevas, alumbrarlas, defenderse del mal tiempo, calentarse, habitarlas, decorarlas, pasar de los trópicos a las tierras frías del Norte. Nació la cocina, que mejoró la alimentación y simbolizó la cultura frente a la naturaleza (Claude Lévi-Strauss, Lo crudo y lo cocido). Nació la división del trabajo entre los que salen a cazar y las que se quedan a cocinar. Nació la tradición de conversar, cantar y contar historias al calor de la hoguera: la comunión ociosa, contemplativa, que rebasa la comunicación operativa (practicada hasta por las abejas). El mundo de las palabras foco, fogata, fogón, hogar y hoguera es doméstico. La domesticidad nace domesticando el fuego. Llegó a ser tratado como sacramento en los ritos y como uno de los cuatro elementos del cosmos (agua, tierra, aire, fuego). Fue después un recurso telegráfico para enviar señales de humo. Y un recurso técnico (antecedente de la metalurgia) para trabajar la piedra, la madera y los huesos (Catherine Perlès, Préhistoire du feu).
La especie humana tardó mucho en dedicarse a producir. Hasta hace poco, se dedicaba a vivir. La productividad natural, vista como providencia divina, producía todo lo que hacía falta. Estirar la mano para cortar la fruta y comérsela puede llamarse producción, pero también paseo y diversión. La verdadera producción humana, la que rebasa la vida vegetal y animal, es la conversación: la producción de vida interlocutora en una ecología antes desconocida.
Marshall Sahlins (Stone age economics) mostró que las leyendas de una Edad de Oro (en las más diversas culturas) son recuerdos de la vida prehistórica. Las tribus nómadas vivían de hecho en la abundancia. Donde todavía quedan tribus recolectoras y cazadoras, los antropólogos descubrieron que su alimentación está sobrada en proteínas y calorías; que consiguen con poco trabajo, si cabe llamar trabajo a un día de campo.
¿Cómo explicar un consumo alto (en alimentos por persona) con una productividad baja (en toneladas de alimentos por kilómetro cuadrado)? Por el nomadismo. Cada sociedad (digamos, de un centenar de personas) disponía de inmensos territorios, que iba recorriendo para dejarlos descansar: para que la productividad natural repusiera lo consumido. Unos cuantos millones de personas se repartían los cinco continentes.
Hace dos o tres mil milenios, había entre 0.001 y 2.48 homínidos por kilómetro cuadrado en la cuenca del lago Turkana (Noel T. Boaz, “Early hominid population densities: New estimates”, Science, November, 1979). Hace diez milenios, había entre uno y diez millones de habitantes en el globo (U.S. Census Bureau, “Historical estimates of world population”, www.census.gov, July 16, 2007): entre 0.01 y 0.1 por kilómetro cuadrado (suponiendo 100 millones de kilómetros cuadrados habitables). O sea que la población prácticamente no cambió en la prehistoria (más del 99% del tiempo transcurrido desde que apareció el homo habilis).
Gracias a los útiles, el fuego y la conversación, mejoró la calidad de la vida nómada; pero no aumentó la cantidad de niños y de cosas que las tribus cargaban de un lugar a otro. Suponiendo que la humanidad descienda de una pareja, llegar a diez millones de habitantes en dos mil milenios, implica un crecimiento de cinco personas al año (en todo el planeta). La mayor productividad aumentó la calidad, no la cantidad. Los nómadas pasaron de comer yerbas y carnes crudas a cocinar, cantar, bailar y dar gracias al cielo.
Curiosamente, la vida sedentaria empezó antes que la agricultura; y la agricultura empezó donde no hacía falta: en zonas pródigas para la recolección y la caza (T. Douglas Price, Anne Birgitte Gebauer, eds., Last hunters, first farmers: New perspectives on the prehistoric transition to agriculture). Esto concuerda con las tesis de Jane Jacobs (The economy of cities): El arraigo de las primeras tribus fue minero, no agrícola; se produjo por el hallazgo de yacimientos de obsidiana, que extraían para su propio uso y para comerciar con otras tribus. El campamento permanente facilitó la domesticación de cabras y de ovejas, así como la observación de las semillas caídas que germinan y el experimento de sembrarlas. La primera agricultura fue doméstica, una creatividad de las mujeres en la cocina. Nació en las “ciudades” (los campamentos permanentes), y de ahí se extendió al campo.
La vida sedentaria facilitó la acumulación (que fue imposible, mientras hubo que cargar con todo de un campamento a otro). La domesticación de animales y el cultivo de plantas multiplicaron la producción de alimentos por kilómetro cuadrado. Esto favoreció el ahorro (los graneros, para sembrar de nuevo y alimentarse hasta la siguiente cosecha), el desarrollo de las artesanías, un mayor número de hijos. Pero la riqueza acumulada atrajo la rapiña de los que preferían seguir siendo nómadas y estirar la mano. Dio poder a los líderes que encabezaban la defensa armada del patrimonio acumulado, y su jefatura fue el origen de la desigualdad y el Estado (Pierre Clastres, Investigaciones en antropología política). Con el Estado aparecen los impuestos, la contabilidad, la escritura, la moneda, la ley, la esclavitud.
Como si fuera poco, la vida sedentaria facilitó el contagio de enfermedades y plagas, redujo la variedad de los alimentos silvestres disponibles y no siempre aumentó la seguridad del abasto (no hay cosecha segura). Significativamente, los mitos recuerdan la domesticación del fuego como don del cielo o hazaña castigada (Prometeo), pero hablan de la agricultura como el castigo mismo (la caja de Pandora, Adán y Eva expulsados del paraíso recolector y cazador). De hecho, los recuerdos de una Edad de Oro implican un pasado mejor: una crítica del progreso contraproducente. Hesíodo (Los trabajos y los días) reconviene a su hermano diciéndole que ya no estamos en la Edad de Oro, cuando los hombres “No conocían el trabajo” y “La tierra fértil producía por sí sola en abundancia”. Ahora estamos en la Edad de Hierro, cuando es forzoso trabajar.
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