Nota introductoria
Rafael Menjívar Ochoa fue un mexicano singular. Nació en El Salvador (1959) pero cuando era un adolescente se fue a México, escapando de la violencia política. Vivió en el DF la mitad de su vida. Sus cuentos y novelas acontecen en México. Sus protagonistas, además, emanan el acento de los marginales mexicanos. Él mismo hablaba como mexicano: un salvadoreño que sudaba mexicano. Su nombre, sin embargo, todavía toma de sorpresa hasta a los mejor informados.
Después de buscarse la vida como periodista, traductor y guionista para cómics, decidió volver a su país natal, donde murió en abril de este año a causa de un agresivo cáncer. Algunos de sus libros –publicados en pequeñas editoriales– se cuentan entre los mejores de la “literatura negra” de Latinoamérica. El cuento “Fade out” pertenece a su libro Un mundo en el que el cielo cae y cae (San Salvador, Revuelta, 2011). ~
– Miguel Huezo Mixco
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–¿Quién? –volvió a preguntar.
Su voz me estaba cansando. A ratos era ronca y agradable, pero se pasaba el tiempo tratando de hablar como niña pequeña. No le quedaba ni a su estatura ni a su cuerpo. Pensé que la iba a extrañar: su madre la había copiado de alguna estatua, y uno no deja sin remordimientos a alguien que parece una estatua.
–¿Quién? –repitió.
No había gritado, pero la voz se le puso tan chillona que me dieron ganas de golpearla.
–Nadie –le dije–. No conozco a nadie. Me la he pasado metido en la cama contigo.
Seguí barajando las cartas. La mesa estaba sucia. Todo estaba sucio. El baño estaba sucio. Cada vez que entraba al baño tenía miedo de que algo me mordiera. No había luz, no había regadera, solo el excusado, el lavabo, una manguera conectada al lavabo y una cubeta para bañarse.
Se quitó las sábanas de encima. La cama estaba a tres metros y aun así me llegó todo su olor; era de esos que hacen que uno deje de pensar. Tres semanas antes no lo había pensado y me había tirado de cabeza en la cama; ahora pude soportarlo.
Se arrodilló en la cama y empezó a acariciarse los pechos y las caderas.
–¿Alguien te ha dado algo mejor?
–No –le dije.
Se apretó el pubis con las manos.
–¿Mejor que esto?
Saqué otra carta.
–Seis de espadas –le dije–. No me acuerdo qué significa.
–Deja las cartas –me dijo.
Se echó boca arriba, con las piernas abiertas.
Saqué otra carta y se la enseñé.
–Nueve de espadas –le dije–. ¿Sabes qué significa el nueve de espadas?
–Que se vaya a la chingada el nueve de espadas. Quiero que vengas.
–Ya no –le dije.
Puse aparte el nueve de espadas y seguí barajando. Se puso furiosa.
–¿Me vas a dejar? –preguntó.
–Sí –le dije.
–A mí no me dejas –dijo, sentándose otra vez–. A mí nadie me deja. Yo dejo a quien se me da la gana, pero a mí nadie me deja.
Saqué otra carta: dos de espadas. Se la enseñé.
–Obstáculos –le dije–. Nueve de espadas y dos de espadas. Parece que hoy solo van a salir espadas. ¿De verdad no sabes lo que quiere decir el nueve de espadas?
Se paró. Era casi tan alta como yo. Estaba sudando. Yo también; hacía calor.
–Crees que soy ninfómana, ¿verdad?
Estaba caminando hacia mí, como gato que va a descuartizar a una mariposa.
–Pues no soy ninfómana. Si los hombres no aguantan a una mujer de verdad, peor para ellos.
Saqué otra carta.
–As de espadas –le dije–. Eso significa que sí eres ninfómana.
Me dio en la oreja con la mano abierta. El mundo se puso rojo.
Cuando me di cuenta ella estaba en el suelo, con la cabeza sobre la cama. Un ojo se le estaba hinchando y tenía la boca reventada. Yo estaba parado en medio de un reguero de cartas. Me costaba respirar. La mesa estaba tirada en el suelo.
–¡Te vas a la mierda! –me gritó–. ¡Te vas a la mierda!
Por lo menos estaba viva. Me sentí bien de que estuviera viva.
Recogí una carta.
–As de copas –le dije–. Casa, hogar, familia.
No me dio tiempo de abrir la puerta. Dio un grito. Me volví y la vi venir con algo en la mano. Una lata de sopa. No sé si uno es estúpido o qué: de lo primero que me di cuenta fue de que la lata estaba oxidada en uno de los bordes. Casi me dio un ataque de risa.
Fue fácil quitarle la lata. Lo difícil fue lograr que me soltara. Me abrazó y empezó a decirme que no la dejara, que me iba a matar, que la perdonara, que era un hijo de puta, que me quedara con ella. Trataba de besarme y me mojaba de lágrimas. No me sentía bien.
–De todos modos me voy a ir –le dije.
Pensé en la policía, que estaba allá afuera, en todas partes, y no me importó. Daba igual que me agarraran ahora o dentro de diez años.
Me soltó.
–Está bien, te vas a ir, pero mañana. Hoy quiero que estés conmigo. Solo hoy. La última vez. Solo hoy.
De todos modos debía ser más de la una de la mañana y no tenía dónde ir. El cuatro de oros estaba tirado contra una pared. Lo recogí y se lo enseñé.
–Cama de amor –le dije–. Ve a darte un baño.
–¿No te vas?
Le besé la frente. Ella se metió al baño.
El departamento era solo un cuarto inmenso. Allí cabían la cocina, el baño, el comedor –una mesa y dos sillas–, la cama y un ropero grande. Junto al ropero había una ventana que daba a la bahía. De vez en cuando se oían las sirenas de los barcos. Era un sonido triste. Pensé que a alguien que está huyendo no se le ocurriría ir a Acapulco sin dinero y con todos esos policías dando vueltas por todas partes. A mí se me había ocurrido.
En el baño se oía cómo se llenaba la cubeta. Abrí una puerta del ropero.
Los roperos son lugares raros. En ese lo primero que se veía era un payaso de trapo, desteñido y feo. Alrededor, miles de cosméticos y perfumes. Mi cara me vio desde un espejo pegado en el fondo; parecía tranquilo, pero no me confiaba de las apariencias. Abrí la otra puerta: tres vestidos chillones, tres batas, un par de pantalones y blusas y no mucho más. Regresé a la primera puerta y abrí el cajón de hasta abajo. Estaba lleno de ropa interior. Si había algún secreto, me dije, tenía que estar allí. De seguro sería un secreto de lo más estúpido.
Metí la mano debajo de toda la ropa interior y me puse a hurgar. Había una caja de madera.
Era de cigarros cubanos. Adentro había papeles. En el baño sonaban cubetadas de agua.
Una carta arrugada, sin sobre: “...ahora sí voy a llegar en diciembre, las obligaciones con la familia...”. Otra carta de un tal JFE de El Fuerte, Sinaloa: “...y ojalá que puedas venir para la boda. Manuel es muy...”.
Fotos.
Una reunión familiar en blanco y negro. Ella a color con una flor en el pelo y una blusa de flores. Una estampa de San Judas Tadeo. Una niña recibiendo una hostia con traje de primera comunión. Un hombre viejo y con cara de angustia en tamaño pasaporte.
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