Historia del cadí, el sirviente y su perro

 

He llegado a saber que hace tiempo, oh afortunado Señor, vivía en la ciudad un cadí que, a fuerza de ser útil a los propósitos del visir, había conseguido hacerse de una fortuna. Tenía ese cadí un sirviente y ese sirviente un perro. Habitaban los tres una gran casa, con caballerizas, patios y fuentes, a la que acudían los habitantes del barrio de los artesanos en busca de justicia.

Eran, cadí, sirviente y perro, muy requeridos. Al cadí lo solicitaban los comerciantes, sus esposas e hijos y hasta los poetas del rumbo para mediar en sus disputas, aconsejarlos e instruirlos. Poca sabiduría, si alguna, poseía el juez, pero amplio era el lugar que ocupaba en el corazón del visir, así que se acostumbraba fingir ante él, ya fuera su veredicto disparatado o sensato, un palmario asombro por su tino y pertinencia. Al sirviente, un esclavo comprado en el bazar de modo azaroso (pero no hay azar sino Voluntad Altísima, oh afortunado Señor), apenas se le conocía fuera del tribunal, pero el cadí dependía de él de modo absoluto. Pues no siendo su ingenio y maña suficientes como para escribir sus propias sentencias, sino apenas para recitarlas ante los demandantes, debía el siervo arremangarse y escribirlas según le dictaban sus propias y cortas luces o, mejor, según la dirección de los intereses que sabía propicios a su amo.

Más embrollada era la situación del perro, en tiempos un simple chucho de callejón, pequeño y sucio, que se había visto exaltado a líder de los canes del barrio merced a su adopción por parte del sirviente. Quería ese perro ser diferente de todos los otros. Sentía, desde que dejó de roer las sobras y retazos del callejón, que una fuerza a la vez rectora y liberadora lo propulsaba a grandes logros. Tenía planes y se afanaba por informar de ellos a sus camaradas de especie.

–Mi amo, el cadí –decía el perro, a quien le placía omitir el hecho de que su verdadero patrono era el sirviente–, está encargado de mantener la ley del visir. Y yo, a mi vez, resulto idóneo para hacer lo propio entre ustedes, pulguientos hermanos. Los conduciré y corregiré, pues he de guiarlos hacia un futuro por demás espléndido.

Aunque muchos perros habían gobernado gracias a su fiereza o tamaño, el del sirviente, en tiempos callejero, se había impuesto por medio de la teoría y la razón. Así, como suele suceder, consiguió llegar más lejos que aquellos cuyos argumentos eran tan solo colmillo y garra. La baba, lo dijo el poeta, es arma de mayor alcance que la espada.

Sucedió entonces que el viejo visir murió y dos aspirantes a sucederlo comenzaron a pugnar en la ciudad. Ninguno era algo mejor que un zoquete de buena estirpe. Solo dos talentos poseían en abundancia: joyas para sobornar a los consejeros de la ciudad y milicianos para amedrentarlos. Buen conocedor de esta clase de circunstancias, el cadí se apresuró a acercarse a los contendientes, ofreciéndoles lealtad y veinticinco hombres a caballo para reforzar su posición. El sirviente, que lo acompañaba a las reuniones que se sucedieron, se aterraba ante la imprudencia del amo.

–Ay de mí, oh cadí: soy un pobre esclavo, tengo hijos pequeños y esposa en casa. Y cuando uno de los que luchan triunfe sobre el otro sabrá que fuimos traicioneros y nos matará.

Y se golpeaba el pecho y tiraba de sus cabellos al decirlo.

El cadí, que podía adoptar una expresión de inteligencia cuando le convenía, lo reconfortó.

–Nada de eso, esbirro mío. Mucho me espanta que seas tú, bruto miedoso, quien redacte las sentencias que leo cada día ante los demandantes del barrio. No tienes un gramo de inteligencia y mira que te he instruido yo mismo. ¿No te das cuenta de que cuando uno de los que ahora contiende salga triunfador habrá resultado tan debilitado por la pelea que nos necesitará más que antes y no podrá resistirse a nuestro apoyo?

Pero demasiado miedo corroía al sirviente como para que estas palabras le sirvieran de consuelo. De noche, en su choza, mientras sus hijos y esposa dormían, se decía:

–¿Y si el amo estuviera errado y termináramos acuchillados y arrojados a una zanja? ¿Será tal cosa posible?

Menos dudas sobre su papel en el mundo tenía el perro. Para demostrar que era diferente y superior a los demás, comenzó a rechazar la comida que el sirviente le echaba, toda carne y huesos, y a mascar tercamente el grano de las gallinas. Alguno de los otros osó burlarse, pero el can del sirviente lo amonestó.

–Ríes, infame, pues tu miopía no te deja ver que me elevo por encima de ustedes. No soy más uno de aquellos que lametean lo mismo los huesos que las manos que se los arrojan. Soy algo distinto y mejor. Mastico granos como podría mascar piedras. ¡Ha llegado el tiempo de lo nuevo!

 

En ese momento, ella advirtió que se aproximaba el nuevo día y calló discretamente.

Pero cuando llegó la noche siguiente...

Ella dijo:

 

El cadí había prometido su apoyo a los dos aspirantes a la sucesión del visir. La ciudad se encontraba al borde de la guerra. Uno de los bandos había decidido utilizar un pabellón verde, pues los ojos de su líder eran de tal color, mientras el otro lo lucía negro, en honor a las tupidas cejas del propio. De ventanas y balcones pendían banderas y trapos con los colores del bando predilecto. Las milicias de uno y otro se hostilizaban por las esquinas y no era cosa rara que, luego de las reyertas, se revistieran de cuerpos las calles o que algún ciudadano fuera perseguido y atravesado por espadas si se corría el rumor de que apoyaba a un pretendiente distinto al de sus vecinos.

Sin embargo, el de los artesanos era un barrio de simpatías indefinidas y prueba de ello era que el cadí había mandado decorar la balconada de su casa con un trapo de tono parduzco, como si fuera negro desteñido, pero con brillos que podían ser interpretados como verdes. Por más que se detuvieron a contemplarlo por horas, ninguno de los vecinos consiguió desvanecer el enigma. Esto causaba gran satisfacción al cadí, quien se daba pellizcos de gusto en las mejillas, felicitándose por su astucia. Pero el siervo era dominado por el recelo y los asistentes al tribunal comenzaron a notarlo desaliñado, pálido y belicoso. Una mañana, de puro delirante, abofeteó a su mujer ante diversos testigos. El amo, avergonzado, a punto estuvo de entregarlo a la guardia.

–¡No comprendes, insensato, que tus llantos invitan a nuestros enemigos a acechar nuestras debilidades! ¡Que los demonios del infierno te monten y atornillen si no guardas silencio!

Entretanto, los esfuerzos del perro por emprender una revolución prosperaban. O eso creía él. Dedicaba parte de la mañana a diversos estudios –y se multiplicaba en lecciones de retórica, historia, estadística e, incluso, agotadoras prácticas de caminata bípeda– y, ayudado por una hueste integrada por canes tan callejeros y anhelosos como él mismo, se aventuró a la redacción de una ley general que regiría a los animales de la ciudad.

–¡Riesgo! ¡Solo el riesgo nos llevará a la sabiduría! –amonestaba a sus fieles.

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