Ensayos escogidos, Contra las sagradas formas y Autobiografía y viajes al mundo islámico, de Juan Goytisolo

Octubre 2008 | Tags:

A Cervantes no le importaba tener discípulos sino buscarse ancestros, dice Juan Goytisolo en Contra las sagradas formas, su más reciente recopilación de ensayos. La frase ilumina el carácter de Goytisolo y muestra la vitalidad de una obra en prosa que, no siendo la más influyente de las actualmente escritas en España, quizá sea, llamada como está a perdurar por encima de los fuegos fatuos de lo actual, la más significativa. Más allá de los antiguos –del Archipreste de Ita, de San Juan de la Cruz, de Fernando de Rojas–, Goytisolo ha buscado, entre los modernos, a sus ancestros y los ha encontrado de una manera que no puede sino emocionar al lector e impresionar al crítico.

Goytisolo, para empezar, buscó a Luis Cernuda y lo encontró, y en la escritura de la novela familiar de su homosexualidad disfrutó del aval póstumo del poeta, de su heroísmo. En 1963, año de esa muerte de Cernuda que pasó casi inadvertida en España, Goytisolo se alistaba a cambiar de vida y a iniciar una segunda época de novelista, la cual se nutriría de la obra de Américo Castro (1885-1972), el historiador y filólogo que modificó dramáticamente la visión que España tenía de su pasado gracias a España en su historia: cristianos, moros y judíos (1948) y sus secuelas.

La Reconquista, gracias al empeño “mitoclasta” de Castro, dejó de ser esa cruzada heroica de siete siglos protagonizada por un puñado de caballeros andantes para transformarse en una imagen nueva, polémica, refrescante, la del simbiótico y conflictivo mundo de los cristianos, los árabes y los judíos. En Castro, con quien entró en correspondencia hasta la muerte del historiador, Goytisolo encontró una heterodoxia mestiza con la cual fue sustituyendo las ideologías sentimentales que habían ocupado la primera etapa de su vida, caracterizada por la rebelión contra la dictadura franquista: el realismo so-
cial en la novela, el compromiso sartreano en tanto que imperativo existencial y, como elección política, la condición de compañero de viaje del Partido Comunista Español (PCE). Con el revisionismo histórico de Castro, Goytisolo ligó a la creación novelesca el pensamiento crítico como en pocas ocasiones había ocurrido entre nosotros, de tal forma que Reivindicación del conde don Julián (1970) y Juan sin Tierra (1975) no sólo son sus novelas decisivas por el riesgo formal y la experimentación.

Si Castro fue la sustancia intelectual, José María Blanco White (1775-1841), el liberal sevillano y escritor en lengua inglesa que Goytisolo redescubre como traductor y escoliasta a principios de los años setenta, le significa el ejemplo vital del desterrado, del hereje y del militante a la vez desengañado y purista que Goytisolo ha sabido ser. Blanco White, ancestro que parecería remoto, anacrónico, lo justifica y lo acompaña con frecuencia, inspiración tangible en su abogacía del entendimiento entre la sociedad europea y el mundo árabe, en su exorcismo de las trivialidades del mercado y en su homosexualidad asumida, disidencia que lo enfrentó a la España nacionalcatólica, primero, y a la Cuba revolucionaria, después, donde Goytisolo creyó ir a pagar la culpa de sus ancestros –magnates del azúcar en la isla–, buscando, desdichadamente, un orden libertario.

La escena de Coto vedado, la primera parte de su autobiografía, en que Goy-tisolo, entonces público y entusiasta catecúmeno pero todavía homosexual secreto, se ve obligado a posar como amigo de la Revolución cubana en un estrado donde acaban de ser juzgadas y maldecidas dos muchachas lesbianas, provoca en él una sensación de desprendimiento físico y de zozobra moral que quizá sólo haya sido del todo digerida gracias al ejemplo de Blanco White. En la España de 1808, antinapoleónica al tiempo que fanática del trono y el altar, Blanco White se transformará en un verdadero liberal, es decir, en un hombre indispuesto a tolerar, en sí mismo, las flagelaciones que impone la servidumbre. Y es en las cartas y memorias escritas por Blanco White, durante su largo exilio en las islas británicas, que a la vez fue una huida de la Iglesia romana a través del anglicanismo y del unitarianismo, donde Goytisolo encontrará la gravedad moral necesaria para escribir sus libros autobiográficos. Blanco White le devolvió su sombra.

Un cuarto encuentro ha reunido a Goytisolo con Manuel Azaña (1880-1940), a quien le ha dedicado, apenas en 2003, El lucernario / La pasión crítica de Manuel Azaña, un bellísimo ensayo que no alcanzó a figurar en los Ensayos escogidos que recopiló el crítico mexicano Adolfo Castañón. La lectura de Azaña –y más del escritor que del político, si es que ambas figuras pueden disociarse– ha completado el saber intelectual de Goytisolo con el sentido de la virtud política, es decir, la confianza práctica en formas superiores de vida democrática fundamentadas, como lo ilustra la triste y ejemplar historia de Azaña, en una devoción por la independencia del intelectual que devino en deber de gobernante. Tanto como apostó por la separación irremediable entre la Iglesia y el Estado, tanto como se anticipó a decir que España había dejado de ser católica (y así acabó por ser), Azaña vio claro que una vez pasados los totalitarismos, tocaría a la literatura defenderse del gran público, el peor de los mecenas. Que alguien como Azaña –y eso se ratifica leyendo a Goytisolo– haya llegado a ser, durante la Guerra Civil, presidente de la República Española, le da a aquella tragedia su verdadera dimensión como un momento catastrófico en la historia europea, una espesura descubierta sólo recientemente por Goytisolo, según lo confiesa, autocrítico reincidente, en El lucernario.

Cernuda, Américo Castro, Blanco White, Azaña: el honor del poeta, la imaginación oracular del historiador, la libertad del hereje, la tolerancia del jefe democrático humillado y vencido, han ido completando la personalidad intelectual de Goytisolo, “imprimiéndole un carácter” (la expresión es suya, le gusta mucho) infrecuente en nuestra tradición. No me extrañaría que, en los próximos años de Goytisolo, que nacido en 1931 ya pasó de los 75, nos haga saber, a sus lectores, de los nuevos capítulos de la literatura española que ha hecho suyos.

En Ensayos escogidos he subrayado algunos de los temas que definen o delimitan el orbe de Goytisolo, pero quizá sea la “africanización” de España el motivo más rico y sugerente. Ya se cumplió un siglo de aquel ensayo de Miguel de Unamuno titulado “Sobre la europeización” (1906), donde el agónico se declaraba harto de querer ser moderno y europeo y preconizaba no la indeseable europeización de España sino la españolización de Europa, en un arrebato que preconiza a la muerte como la ontología de su patria, ocurrencia que le será perversamente devuelta, como amenaza fatal, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en 1936.

Si se le mira bien, tanto Goytisolo como Américo Castro, su inspirador, no se alejaron tanto de Unamuno como pareciera. Más allá de los Pirineos, donde según el desdén dieciochesco empezaba África, existió, como se lee en La realidad histórica de España y en Don Julián y en Juan Sin Tierra, un mundo no perfecto pero acaso singular, la España de las tres culturas, a cuyo elogio –apasionado y crítico– dedica Goytisolo muchas páginas en sus ensayos de ayer y de hoy. Más aún, la destrucción de ese polémico edén multicultural por los Reyes Católicos fue una profecía cumplida, aunque remota y olvidada, del horroroso siglo XX y de sus inquisiciones, que no inventaron nada que no hubiese preconizado el Santo Oficio con su estatuto de limpieza de sangre.

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