Tirar millones

Agosto 15, 2012 | Tags:

Los grandes tirajes son apetitosos para las imprentas y para los políticos. La impresión de millones de libros impresiona. Como si fuera poco, la cultura del pueblo se enriquece, prosperan los talleres, ganan los autores y se adornan los funcionarios.

Los impresores cotizan costos decrecientes (por ejemplar) para tirajes cada vez mayores. Hay economías de escala notables cuando se pasa de imprimir cien ejemplares a mil; y todavía, aunque menores, si el tiraje sube a 3,000, a 5,000, a 10,000. Sin embargo, arriba de 10,000 la ventaja es pequeña y hasta puede resultar contraproducente, cuando, por ejemplo, hace falta un millar, pero se imprimen diez para “bajar el costo” y los nueve sobrantes se embodegan, hasta que un día se venden a las fábricas de papel como desperdicio.

El error se comete una y otra vez. Ejemplos a lo largo de un siglo:

1. El secretario de Educación Pública José Vasconcelos, inspirado en Julio Torri (que creía en la importancia de leer a los clásicos) y en el comisario soviético para la educación Anatoly Lunacharsky (que creía en los tirajes masivos), publicó una colección de clásicos encuadernados en tela, con tapa dura cubierta de percalina verde. Los legendarios “clásicos verdes” se vendían a peso, aunque su producción costaba 94 centavos (Rafael Vargas, “El relámpago verde de los loros”, La Gacetadel Fondo de Cultura Económica, febrero 2012). Se producían de 20,000 a 25,000 ejemplares (carta de Julio Torri, editor de la colección, a Rafael Cabrera, 21 de diciembre de 1921, en los Epistolarios editados por Serge I. Zaïtzeff). El proyecto quedó abandonado por razones políticas (Vasconcelos renunció para buscar la presidencia), después de publicar 13 títulos en 17 tomos: unos 400,000 ejemplares, de 1921 a 1924. Quince años después no se habían agotado, según el testimonio de José Luis Martínez, que los compraba en una librería de Guadalajara (Bibliofilia, Tacámbaro: Taller Martín Pescador, 2004).

2. El secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet tuvo la mala idea de estandarizar los libros de texto de primaria en todo el país. En México, hay una gran diversidad de tradiciones locales, estamentales, étnicas, religiosas, lingüísticas. Tanta riqueza cultural quedó ignorada por la imposición del texto único.

Pero estandarizar y centralizar los libros de texto creó la oportunidad industrial de imprimir millones, y ha sido un buen negocio para los contratistas, desde que se creó la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos en 1959, presidida por Martín Luis Guzmán, compañero de Vasconcelos y de Torri en el Ateneo de la Juventud.

El primer contratista (Editorial Novaro) se dio el lujo de instalar una rotativa para libros, única entonces en América Latina. Para la solemne entrega en la fecha prometida, invitó al presidente Adolfo López Mateos a conocer la planta y le fue mostrando todo el proceso de producción, desde la composición: corrección de pruebas, preparación de ilustraciones, negativos, etc. El presidente se puso nervioso. ¿Apenas están en los preparativos? No, señor presidente: venga usted. Y lo llevaron a la bodega donde ya estaban listos los embarques para todos los puntos del país. Habían montado un teatro muy costoso (con todo el personal y hasta la rotativa haciendo como que hacía) para la gran visita. Así de bueno era el negocio.

3. En 1971, la UNAM anunció con bombo y platillo una serie antológica de Lecturas Universitarias con tirajes de 30,000 ejemplares, en gruesos volúmenes casi regalados a $15 pesos. El público respondió a tan noble iniciativa comprando muchos, pero eran demasiados y la edición se eternizó en las bodegas. Imprimirlos de mil en mil, conforme se fueran vendiendo, habría sido igualmente noble y más económico, pero no tan impresionante en las declaraciones a la prensa.

Se dirá que los grandes tirajes son necesarios para bajar los precios. Pero esas cuentas son las del impresor, que tiene vendido de antemano todo el tiraje; no las del editor, que no lo tiene vendido, que se arriesga a no venderlo nunca, que tiene costos de almacenaje y dispone de recursos limitados. Nada impide a la UNAM bajar los precios, aunque imprima de mil en mil ejemplares, ahorrándose el desperdicio.

[Fernando Benítez, director de La Cultura en México, donde publiqué lo anterior, me contó que un alto funcionario de la UNAM le reprochó el “ataque”. ¿Cómo se puede criticar una medida progresista en momentos tan difíciles para la Universidad? ¿Cuál es la verdadera intención?]

4. En el mismo sexenio de Luis Echeverría (1970-1976), la Secretaría de Educación Pública tiró millones de pesos con su colección popular Sep-Setentas, que publicó unos 300 libros también casi regalados a $10 pesos. La tirazón no estaba, naturalmente, en vender barato, sino en hacer tirajes demagógicos, mayores que las ventas posibles a ningún precio. Si Paul Petrescu, autor de La habitacióncampesina en Rumania, hubiese regalado su libro a todos los mexicanos que se lo pidieran, ¿cuántos habrían sido? ¿Dos, 20, 200? ¿Qué estaba haciendo en una colección popular? ¿Para qué imprimir 10,000?

[Años después de que escribí lo anterior, uno de los funcionarios de Sep-Setentas me reprochó la afirmación, asegurándome queel tiraje había sido de 3,000 ejemplares (que también era excesivo). Un buen día descubrí que José Luis Martínez tenía la colección de Sep-Setentas completa, y comprobé el tiraje de 10,000 en el colofón. ¿Imprimieron 3,000, pero cargaron 10,000?]

5. En el sexenio de José López Portillo (1976-1982), la SEP anunció la publicación de 20 a 25 títulos anuales con “tirajes de 400,000 a 450,000 ejemplares de cada obra” (unos 10 millones de ejemplares), como regalo a los alumnos que terminaran la educación básica. Eran los tiempos de la “administración de la abundancia”, y el secretario de Educación pensó en términos grandiosos más que en términos de lectura. No pensó, por ejemplo, en regalar veinte libros dando a escoger entre 2,000. Los libros escogidos personalmente interesan más (y, por lo mismo, tienen mayores probabilidades de ser leídos) que una colección escogida por otros, absurdamente idéntica para todos los alumnos (y sus hermanos, y sus amigos, y sus vecinos: sin posibilidad de préstamos mutuos). De escoger libremente, es imposible que la demanda hubiera sido exactamente de 400,000 ejemplares para esos veinte títulos y de cero para todos los demás.

La demanda no es un concepto limitado al comercio. Los libros que se prestan en una biblioteca tienen mayor o menor demanda. Los que se regalan también. Imponer la oferta y negarse a escuchar la demanda es absurdo. No es lo mismo regalar a fuerza que regalar sobre pedido. La cifra total de interesados en recibir un libro gratis constituye la demanda máxima de ese libro. Nada justifica imprimir 400,000 o 450,000 ejemplares en todos los casos, en vez de respetar la demanda en cada caso.

El proyecto pretendía “retomar la gran tradición” de José Vasconcelos, multiplicando el error de 1921 con tirajes veinte veces mayores. Además, resultaba anacrónico, porque en 1921 se editaba poco. Todavía en 1937-1939 (que es el período más antiguo del cual la UNESCO ha recogido estadísticas: Book production, 1937-1954), la producción mexicana era en promedio de 600 títulos anuales. Seguramente fue menor en 1921. Pero en los tiempos de López Portillo ya existían buenas colecciones populares. Habría sido mejor repartir vales canjeables en las librerías por libros de Nuestros Clásicos de la UNAM, Colección Popular del Fondo de Cultura Económica, Sepan Cuantos de Porrúa, etcétera.

¡Qué bonito es imprimir!

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

Felicito al autor, de quien soy fan hace muchos años por tocar el tema de las ediciones desastrosas. Quisiera agregar, en términos más modestos, mi experiencia: en este año el gobierno de Puebla encargó ediciones costosas y desmesuradas de obras que conmemoraban el 150 aniversario de la batalla contra los franceses. Algunos títulos eran pertinentes, otros francamente podían haber sido desechados si el comité ejecutivo de los festejos hubiera hecho su trabajo. Señalo la incompetencia del comité editorial porque jamás hubo una reunión para ver los progresos del trabajo: ¡Es que había que acompañar al señor gobernador en sus giras!

No hablaré de las transas de la Universidad Autónoma de Puebla y de cómo infla los presupuestos de impresión, porque carezco de los datos completos.

Excelente escrito, para coleccionar y tener todos esos datos duros que se aportan; sin embargo, creo que se omite el sexenio del más "culto" de los presidentes: Vicente Fox, el de las botas de charol para estar con la realeza y crítico literario de "Borgues", quien en su sexenio trajo a las aulas de primaria de todo México millones de libros para los "Rincones de lectura", donde la mayoría de ejemplares quedaron olvidados, sin leer, en las casas de los maestros o comidos por las ratas, cucarachas, tepocatas y víboras prietas, a pesar de que, debo de confesarlo, había exquisitos títulos infantiles, juveniles y literarios de todos los tiempos y de todas las culturas. No tengo los datos duros de cuántos millones de libros se imprimieron y se distribuyeron, pero sin duda fueron millones de cada una de las colecciones que formaban parte del amplio acervo.

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