La leyenda dorada de Simone Weil (última parte)

Mayo 9, 2012 | Tags:

La mujer que perdió su sombra

Y siendo un tanto frívolo, diré que acompañar a Simone Weil en sus viajes por Italia a fines de los años treinta del siglo XX, es divertido y conmovedor; huele a bien ganadas vacaciones de verano: la  controversista revolucionaria, la entregada sindicalista, la migrañosa profesional hacía su Gran Tour y se dejaba acariciar por el sol, el paisaje, la arquitectura monástica, informando a sus padres y amigos de cómo una ciudad iba desplazando a otra en su admiración, feliz de citar a Stendhal en la Scala de Milán, fresca e ingenua en Roma, impresionada por Giotto en Florencia como cualquier otra buena turista. En ese estado de hipersensibilidad positiva se encontró con el catolicismo, previa escucha de los cantos gregorianos durante la semana santa en la abadía de Solesmes. De ese período, a su vez,  son  sus cariñosas cartas a Jean Posternak, con quien quizá compartió algo más que su amor por Bach. Pero  la historia la volvió a llamar. A los pactos de Münich  que le ataron las manos a las democracias, los siguió la anexión alemana de Eslovaquia. Esas circunstancias le hicieron dar el paso que no se había atrevido a dar cuando le escribió a Georges Bernanos. Por odio a la guerra, Weil desearía la guerra. Y la guerra, desde Aquiles hasta Hitler, se convertiría en su último gran tema, como lo muestra su ensayo más célebre, La Ilíada, o el poema de la fuerza (1940–1941).

Los dos primeros años de la guerra fueron, para Weil, los de una frenética actividad espiritual e intelectual. Refugiada en Marsella, entra en contacto con los medios católicos y conoce al padre Perrin –a quien dirigirá su autobiografía espiritual–, al monje Vidal, a Gustave Thibion y con ellos protagoniza la comedia de un bautismo que no se produce. El abate de Naurois, su confidente que nunca se volvió confesor en Londres, dirá más tarde que ella no estaba lista para dar el paso: confundida por su inteligencia y su erudición, le faltaba humildad. Al abate lo desesperaba el capricho con que Weil mezclaba lo importante y lo secundario, subordinando la fe a una variedad infinita de consideraciones apriorísticas. Pero haciendo las cuentas del agnóstico, debe decirse que Weil no se bautizó por un admirable prurito de honestidad intelectual: nada podía convencerla del todo y su viejo amor por el cristianismo no era suficiente como para privarla –así lo dijo– de su independencia intelectual, de su libérrima búsqueda religiosa. A veces, también, semejaba a una niña indecisa ante la variedad de juguetes espirituales que le ofrecía un mercado ricamente munido.

Mientras reflexionaba por escrito sobre todo lo humano y lo divino (la frase hecha parece haber sido escrita para ella) en esos Cuadernos que serán el último capítulo de su obra, Weil recorría el sur de Francia controlado por el gobierno colaboracionista de Vichy cuya policía la interrogó varias veces y ante la cual se mostró desafiante. Había entrado en contacto con la Resistencia y anhelaba, cargando con su ejemplar de laIlíada y una muda de ropa, ser detenida. Ello no ocurrió y a cambio tuvo tiempo de  polemizar con sus antiguos camaradas pacifistas, de reencontrarse con René Daumal, antiguo compañero de prepa, que la introdujo a Lao Tsé y al sánscrito, en el que empezó a leer muy pronto. Conoció a Joë Bousquet, el poeta paralítico que la animó a reunir sus escritos griegos. Y su habitual vehemencia la entusiasmó con  el mundo de los cátaros, en cuya herejía encontró un eco de aquello que separaba al Antiguo del Nuevo Testamento. Y en estrecho contacto, otra vez, con su hermano André (que había estado preso por insumisión tras ser expulsado de Finlandia, sospechoso de espionaje), profundizó, con celo de prosélita, en el carácter de la ciencia contemporánea. Disfrutó también de las vendimias, probando el sabor, a la vez salvífico y salutífero, del trabajo manual. Previa escala en Casablanca, donde escribió de una sentada una genial “demostración matemática” de la existencia de Dios (los Comentarios a los textos pitagóricos), ella y sus padres llegaron a Nueva York en julio de 1942. Simone nunca volvería a Francia.

Disfrutó, en plenitud, de ese último par de años en el continente pero el desvarío siguió adueñándose de ella. En el barco rumbo a los Estados Unidos insistió en dormir en el suelo, enfurruñada por no viajar en cuarta clase y disfrutar de los privilegios acarreados por su condición de eterna hija de familia. Y sobre todo, la dominaba su deseo de regresar, vía Londres, para ser arrojada en paracaídas sobre la Francia ocupada y participar directamente de la guerra como quintacolumnista. Ese encaprichamiento, junto con su noble proyecto de organizar un cuerpo de enfermeras en el frente (que le fue rechazado lo mismo por la oficina del presidente Roosevelt en Washington que por la gente del general De Gaulle en Londres), la dominó hasta su muerte.

De esa época (de Marsella a Nueva York y a Londres) provienen también los más equívocos de sus textos sobre el judaísmo. Cuando le tocaba explicar por qué había abandonado Francia decía, a quien la quería escuchar, que había acompañando a sus padres “perseguidos por el antisemitismo”, como si ella no fuera, también judía. Y es que ella no se consideraba hija de sus padres, sino de la Francia clásica, helenística y cristiana. En su acre y ambigua carta de 1941 al comisario de asuntos judíos del régimen de Vichy, se escandaliza, no sin ironía, de ser considerada administrativamente judía  cuando lo ignora casi todo de esa tradición religiosa. De hecho, sólo al año siguiente, en Nueva York, mostrará deseos de entrar en una sinagoga, la de los etíopes, curiosa por ver el espectáculo de los judíos negros, impresionada como había quedado por la espiritualidad afroamericana en las iglesias protestantes de su vecindario. Weil murió siendo –para usar el manual de heresiología– una marcionita, es decir, una cristiana que rechaza el Antiguo Testamento. Ese rechazo deforma todos sus escritos, en los cuales, con ignorancia y mala fe (porque en alguien como ella la ignorancia es mala fe), dice que los judíos, como  Charles Maurras, sólo ven en la religión una forma de la gloria nacional y en los cuales, también, llega a decir que el Nuevo Testamento es obra exclusiva del genio griego. Siendo antijudía, según dice Florence de Lussy, una de las editoras de sus Oeuvres, Weil se negó a ser una segunda Spinoza, quedando como cristiana entre los judíos y judía entre los cristianos. O se resignó a ser, como el personaje de Adalbert von Chamisso, la mujer que perdió su sombra.

Su antijudaísmo estropea severamente su leyenda dorada y la humaniza trágicamente: preocupada por las víctimas del colonialismo, convertida en madrina de un  anarquista español confinado en uno de los campos franceses de internamiento, filósofa del amor de Dios en sus últimos años, Weil no tuvo ojos ni oídos para el extremo sufrimiento de su propio pueblo. Lo ha dicho George Steiner, entre muchos, quien en Weil encuentra calor, pero no luz. Inclusive, trabajando para la jefatura de la Francia Libre en Londres, en un medio dominado por antiguos simpatizantes de la Acción Francesa para los cuales el antisemitismo era moneda corriente, Weil redactó un informe donde sugería el estímulo de los matrimonios mixtos para acabar de cristianizar a los judíos, según refiere Pétrement en su biografía. El comentario no sólo es anacrónico sino escandaloso, proferido en los momentos en que la Solución Final alcanzaba su mayor intensidad, apogeo del que ella estaba bien informada. Simone, finalmente, le rogó a su hermano André, como cosa de vida o muerte, que bautizara a Sylvie, su hija recién nacida, para ahorrarle las tribulaciones religiosas de su tía.

"No cabe duda que Weil fue el lectora más perspicaz de Homero en el siglo XX."

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Comentarios (3)

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Muchas veces se escucha un lugar común respecto a Simone Weil, por ejemplo en Susan Sontag, que opinaba que Weil se horrorizaba por todos los crímenes de su época y de otras, pero no del sufrimiento de los judíos en los campos de concentración. Dice Sontag que ella no dijo nada sobre este asunto. Pero es mentira, o por lo menos es una opinión producto de una incompleta información, pues se dice con claridad en la "Nota sobre la supresión general de los partidos políticos", escrito en 1943, año de su muerte en Londres, lo siguiente:

"La democracia, el poder de los más, no son bienes. Son medios con vistas al bien, estimados eficaces con razón o sin ella. Si la República de Weimar, en lugar de Hitler, hubiera decidido por vías rigurosamente parlamentarias y legales meter a los judíos en campos de concentración y torturarlos con refinamiento hasta la muerte, las torturas no habrían tenido ni un átomo de legitimidad más de la que ahora tienen."

Es decir, está condenando con claridad esa actitud.

Todos estos errores provienen de una incomprensión importante en su obra: su doctrina platónica del gran animal. Según esta doctrina, los individuos aislados como tales nunca son en el fondo los responsables de los graves males que se ven a lo largo de la historia, sino la colectividad, que se come a los individuos. Cuando habla en general desaprobando a lo judíos, no se refiere tanto a tal o cual individuo, sino a la idea colectiva que la domina, lo que ella desaprueba es la presencia del gran animal. Así, si critíca a algunos personajes históricos, lo hace en la medida en que ellos están dominados por la idea de que el pueblo judío es, en tanto pueblo terrestre, instrumento de Dios para implantar la justicia, incluso por la fuerza. Pues entonces se produce una muy facil desviación de tomarse en tanto pueblo el equivalente de Dios, de tal forma que resulta bueno todo lo que favorece al pueblo y malo todo lo que le perjudica. Así se puede entonces justificar la matanza como voluntad de Dios. Esta tendencia que tienen las colectividades a considerarse como fines, no es solo judía, sino que domina en general todos los nacionalismos. El nacionalismo de Hitler es otra forma del mismo error. Es eso lo que ella condena en general, y es por ello que condena el nacionalismo judío. Es decir, no condena en el fondo a los individuos dentro, más bien, les tiene compasión, pues estan devorados por el gran animal. Así, incluso siente compasión por los nazis, sin dejar de condenar su nacionalismo, y sin dejar de creer que es un deber combatir contra ellos, pero ya no bajo un nacionalismo equivalente, sino bajo la idea de compasión por la patria, tal como lo describe en "Echar raíces".

Saludos cordiales.

ERROR: QUISE DECIR ANDRÉ WEIL... NO "Alain"...

Bueno, Christopher ha preferido confundir el antisionismo de Simone Weil con un antijuadaísmo que sería según él anti-semitismo... cosa que por supuesto no era... Ella --y ustedes dirán si tuvo o no razón-- se horrorizaba con con la sola idea de la creación de un estado judío en tierras palestinas. Esto es algo que los sionistas jamás le han perdonado... No sé si Chistopher es hebreo por parte de madre... con lo cual será considerado por el estado sionista y teologal como un hijo más.

Lo que me molesta de este ensayo sobre nuestra querida "marciana" -como la llamaba Alain- es cierto empeño -odioso a mis ojos- de manchar la memoria de un ser quien, con todas las contradicciones aparentes en cualquier pensamiento complejo, jamás traicionó su misión: hacer el bien sin mirar a quien... aunque esto la pusiera en pie de guerra contra los extremismos nacionalistas. Todos. No he leído lo de Cioran sobre su parecido con Hitler, pero claro que sólo a quien se le antoja inventar la historia en lugar de observarla se lo ocurre semejante disparate.

Hoy el escenario de Israel aliado con el imperialismo más feroz pone de manifiesto el por qué de sus más que bien fundados temores. En cuanto al papel de André Weil en el cuidado y publicación de su obra, es a André Devaux que le debemos esta titánica labor y a sus colaboradores en l'Association pour la pensée de Simone Weil. Gracias a nuestras labores, también, algunos de sus textos están a la mano en el sitio que mantenemos www.institutosimoneweil.net con amor y esperanza. A pesar de las lecturas forzadas en extremo por parte de una crítica con demasiada frecuencia de muy mala fe. Buscar, Antología, Profesión de fe y "Cómo leer a Simone Weil", de Alain Birou.

No he leido mucho de S. W pero es inudito lo que se comenta respecto a a su posición de los judios.

¿Quiza tenga usted fentes confiables?

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