Días de radio

La desaparición de la XELA ha reducido al mínimo la oferta de buena música en la radio mexicana, avasallada por una oralidad huera. Seis radioescuchas refinados participan en una especie de oración fúnebre por la estación que los educó y preparó para afrontar la estridencia del mundo.

Octubre 2002 | Tags:

Nada semejante
Cuando a comienzos de 1946 me vine de Guadalajara a México, todo despistado y pobre como rata, me cayó de perlas la chamba que Daniel Cosío Villegas me dio en el FCE. Con mi primera quincena compré mi primer aparato de radio, y a partir de ese momento me volví oyente asiduo de la estación XELA. Ya me habían hablado de ella, y sabía que iba a darme lo que me gusta: no palabrerías, no boleros ni rancheras, sino música de los "grandes maestros" (incluyendo la de modernos a quienes apenas comenzaba a conocer, como Stravinsky). A lo largo del tiempo me he topado con muchos aficionados a lo mismo, devotos todos ellos —con sus más y sus menos— de la XELA. Me han tocado taxistas que van oyendo música "clásica" (recuerdo al que me preguntó, cortésmente, si no me molestaba).
     En 1947 conocí en el FCE a un brasileño de mi edad, llamado Pero Botelho (que vino a México con el único propósito de hacerse discípulo de José Gaos). Inmediatamente congeniamos. Recuerdo que en nuestra primera conversación entraron los Conciertos de Brandenburgo. Por esos tiempos estuvo Paul Hindemith en México, y descubrimos los dos la maravilla de las Metamorfosis sobre un tema de Weber. No había aún grabaciones comerciales, pero supimos que en XELA tenían una, gracias a su canje con estaciones de países desarrollados; y un día fuimos a XELA, y nos recibieron cordialmente, y vimos cómo sacaban un disco como de 60 cm. de diámetro, grabado por no sé qué orquesta gringa bajo la batuta de Hindemith, y gozosamente oímos las Metamorfosis. Botelho era, por supuesto, oyente asiduo de XELA. Un día me dijo: "Nada semelhante têmos no Brasil!" (En situaciones como ésta, yo, enemiguísimo del bla-bla patriotero, siento, como a pesar mío, algo que no puede llamarse sino orgullo.)
     No hablaré de las fallas de XELA, que el paso del tiempo hizo cada vez más inocultables. Un día, hace mucho, les escribí a los dirigentes una carta que decía, en resumen: ¿Por qué no sugerirles a los anunciantes que cambien los discursitos de propaganda (y no digamos los jingles) por una simple frasecita: "Ofrecemos a nuestros radioescuchas la siguiente hora de música por cortesía de la cervecería Moctezuma"? Sería no sólo más elegante, sino también más eficaz: a todos nos quedaría una excelente idea de la cervecería Moctezuma. (Pero nunca contestaron mi carta.)
     El caso es que, con fallas y todo, me mantuve fiel a la XELA hasta el día en que la música se fue y en su lugar entraron noticias y comentarios futboleros. ¡Una tragedia! Tenemos Radio Universidad, tenemos Opus 94, sí, pero ¿no es justo que haya en nuestra Gran Urbe una estación dedicada exclusivamente a transmitir "buena música"? ~
     — Antonio Alatorre
Menos palabras y más música
A principios de los años cincuenta, las familias se reunían democráticamente en torno a un personaje habitual, presente lo mismo en las ricas residencias de las Lomas que en las humildes vecindades del centro: el aparato de radio.
     Llevaba decenios de ocupar ese sitio central, gracias a la labor de grandes empresarios —como Emilio Azcárraga Vidaurreta y Clemente Serna Martínez, entre otros—, y a la concurrencia de autores, compositores, libretistas, locutores, empleados diversos, agencias de publicidad, anunciantes. Su historia está por escribirse. Las estaciones cultas, XELA y Radio UNAM, eran ejemplares, y hasta la "Hora Nacional" era instructiva y entretenida, con sus buenas dramatizaciones históricas. Sin embargo, el alma de la radio no era intelectual, teatral, informativa o comercial: el alma de la radio, como la de México, era —y siempre será— musical.
     Hoy los tiempos han cambiado. El cuadrante, que en los cincuenta apenas programaba música en inglés, es un escaparate de la globalización, y es natural que lo sea. Sería absurdo reaccionar ante esta tendencia imponiendo barreras culturales a la música en inglés, que recorre exitosamente el mundo, o promoviendo de manera aburrida y artificial "nuestros valores". Ese cosmopolitismo musical nos ha enriquecido: le da sentido a muchas vidas juveniles y es más complejo y sutil de lo que parece.
     Llena de vitalidad, la radio ha cambiado para bien sobre todo en términos políticos. Sus programas noticiosos y de debate público —de los cuales "Monitor" de Radio Red fue pionero— fueron un factor fundamental en la democratización de México. Pero algo se ha perdido en el trayecto. La radio se ha vuelto una ágora en la que se oyen, sin duda, conversaciones inteligentes, pero donde comienza a predominar el vocerío trivial sobre los temas más diversos, el rollo ideológico, el bla bla bla de dudosos expertos, todo aderezado con un uso pobre y torcido del castellano.
     El radio es un excelente vehículo de conversación, pero para serlo cabalmente tiene que renovarse de continuo y crear nuevos formatos: polémicas "cara a cara", programas producidos por y para jóvenes, fomento de nuevos líderes de opinión. Los sufridos habitantes de nuestras ciudades, los compatriotas en remotos pueblos y rancherías, los emigrantes, merecen esa nueva oferta en la radio a la que han sido fieles por casi un siglo. Y merecen algo más, un giro de recuperación cultural: menos palabras y más música... incluida la música mexicana. ~
     — Enrique Krauze
Un mensaje embotellado
Recuerdo cómo, en los años cincuenta, nos quejábamos —jóvenes cucufates— de que el repertorio radiofónico de XELA ("La Shela", como decían algunos cultos), y de otras pocas estaciones, Radio Universidad, XEN, era muy limitado.
     Esto era cierto, más aún de lo que suponíamos. A decir verdad, éramos buenas personas y nuestro reproche era ingenuo, superficial: deseábamos escuchar la Segunda de Chaikovski tanto como la Patética, por ejemplo.
     Ahora, curiosamente, es  al contrario y juzgar es difícil. Sólo hay, por principio de cuentas, una estación que trasmite toda la noche. Excelente cosa: en la época arcaica, la música concluía a medianoche. Hoy, viejos desvelados, seguimos junto al radio poco antes del amanecer. ¿Qué escuchamos?
     Escuchamos, al azar, como es debido, obras eternas, obras que bien conocemos pero seguiremos frecuentando por siempre. Linz, o un Brandeburgo, o el quinteto de Franck. Hasta aquí no habría causa de quejas, pero sí la hay (hablo, desde luego, desde las tres aeme).
     Siempre fue espléndido  el descubrir, el pescar una obra desconocida para uno. Todavía recuerdo cuando descubrí el concierto para órgano de Poulenc, por ejemplo. Ahora bien, hoy que somos todos ya cultos, pienso que tampoco se debe exagerar. Ha habido noches en que sólo han puesto churros. Desconocidos, eso sí. Desde Hildegarda hasta Federico el Grande. Tonadas del monte Atos y rapsodias laponas. Muy bien, pero con mesura. Un poco más de Schubert —y no por fuerza una sonata ignota, desenterrada hace poco. Y reconozcamos que las sinfonías de Albrechtsberger son fastidiosas, aparte de desconocidas.
     Asesinada XELA, cultificacionalizada Radio UNAM, éste es, realmente, un mensaje embotellado a Op. 94. ~
     — Gerardo Deniz


¿Qué hacemos con la radio?
Para muchos de nosotros, la radio (o el radio, como aquí lo decimos casi todos) es un asunto cercano y entrañable que no tiene nada que ver con la nostalgia. Por el contrario, y pese a los augurios de quienes anunciaban su declive, se sigue tratando de algo muy vivo, actuante y acompañante, adonde  multitudes acudíamos para encontrar placer.
     Hoy en día, hallar este placer se ha convertido en una rareza, y la ilusión se estrella contra un universo auditivo zafio que parece diseñado para hacer de México un banal país de idiotas.

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