Sacrificio y antropofagia

Cartas cruzadas

El debate sobre los sacrificios humanos en la cultura mesoamericana, particularmente entre los mexicas, es impostergable. Aquí Escalante Gonzalbo, experto en el orbe prehispánico, y Martínez Baracs, especialista en el mundo indígena tras la Conquista, intercambian cartas para sentar las bases de esa discusión.

Enero 2010 | Tags:

Querido Pablo:

Horst Kurnitzky ha mostrado que el Estado mexicano surgido de la Revolución de Independencia, primero, y de la Revolución mexicana, después, fundamentó parte de su legitimidad en una “mexicanidad” proveniente de un supuesto México prehispánico, lo cual ha impedido estudiar de manera consecuente el mundo prehispánico e indígena. Los indios se volvieron un sitio “impensable” de la realidad mexicana, de la memoria mexicana, inaccesible a la racionalidad. Uno de los temas así oscurecidos ha sido el de los sacrificios humanos y la antropofagia, que se niegan, olvidan o minimizan, se exaltan o normalizan acudiendo a las buenas razones y a los sistemas religiosos que se dieron las sociedades que los practicaban, o se relativizan remitiendo a otras sociedades que practicaban sacrificios.

Habría que reconocer, en primer lugar, que la práctica de los sacrificios humanos, muchas veces asociada a la antropofagia, estuvo presente no sólo entre los mexicas, o en Mesoamérica, incluyendo los mayas, sino que existió en casi todos los pueblos americanos, desde los esquimales en el norte hasta los araucanos en el sur. Sabemos también que la práctica existió desde la época de los cazadores recolectores, y puede suponerse que se intensificó con la agricultura y la preocupación por la fertilidad de la tierra, y aún más con la aparición de las formaciones estatales, con las ciudades, con la civilización, y aún más con su creciente militarización, hasta llegar a la extrañamente fácil conquista española.

Si bien se registran los sacrificios humanos y la antropofagia en muchas sociedades del Viejo Mundo (Europa, Asia y África), su práctica más sistemática parece haber sucedido durante la época de las primeras civilizaciones, después de lo cual declinó y ha tendido a aislarse y a verse como algo reprobable y castigable. Pero en América los sacrificios continuaron hasta que llegaron los conquistadores españoles, que se horrorizaron.

Si la práctica sistemática de los sacrificios ha sido particularmente intensa y generalizada en el tiempo y el espacio en América, la cuestión se puede formular, como lo hizo Octavio Paz en 1986 en sus muy informadas y lucidísimas “Reflexiones de un intruso” (reseña de The Blood of Kings de Linda Schele y Mary Ellen Miller; Obras completas, t. VII, pp. 132-145), vinculando la cuestión del “encuentro de dos mundos”, del tardío poblamiento de América, hace algunas pocas decenas de miles años, y del subsiguiente aislamiento de la población del Nuevo Mundo respecto a la del Viejo, hasta 1492. Durante este aislamiento se produjo un desfase tecnológico y bacteriológico que resultó determinante en la conquista española. Tal vez esta peculiaridad del desarrollo americano sea el ámbito en el que se pueda entender la práctica sistemática del sacrificio humano.

Debe reconocerse que aún no tenemos respuestas probadas o aceptables y que debemos ensayar varias posibles causas que pudieron coincidir de manera diferencial. En primer lugar, debe recordarse que el tardío poblamiento humano de América por el estrecho de Bering explica que la agricultura haya comenzado en el Nuevo Mundo miles de años después que en el Viejo y que también las grandes civilizaciones (Mesoamérica y los Andes) comenzaran aquí miles de años después. Esto permite entender por qué los sacrificios humanos seguían existiendo en América en una época en la que ya habían sido abandonados en el Viejo Mundo, aunque sustituidos por la ferocidad política y judicial de las formaciones estatales y por la presencia omnipresente de las guerras.

Pero todavía falta explicar por qué fue tan sistemática la práctica de los sacrificios en toda la historia americana. Una clave puede ser no tanto la inferioridad tecnológica del Nuevo Mundo como la peculiaridad cualitativa de su desarrollo tecnológico, que privilegiaba el trabajo colectivo, las grandes obras públicas, hidráulicas y arquitectónicas, y que exigía la subordinación del individuo a la colectividad, la disposición de los individuos a sacrificarse por el grupo. Varios autores han señalado el bajo sentido de individualidad de los indios, que vino a trastocar la conquista con el cristianismo y las relaciones mercantiles. Para explicar esta subordinación del individuo al grupo se ha apelado a una organización socioeconómica comunitaria, a un fuerte sentimiento religioso, a una peculiar constitución mental o aun cerebral, pero ninguna explicación parece suficiente. Tal vez más bien habría que destacar el papel de las formaciones estatales teocráticas y militaristas en la creación de esta integración del individuo a la colectividad, a través del control del calendario, de la escritura, de la educación, de la propaganda y de las ceremonias. Los sacrificios humanos, ligados a la antropofagia y la tortura, pueden ser considerados como una forma de terrorismo estatal. Y de manera más peculiar, las grandes ceremonias en las grandes plazas frente a las pirámides, en las que se practicaba el ayuno, el autosacrificio y el consumo de drogas (o de “enteógenos”, como decía Gordon Wasson), en las que se bailaba y cantaba durante horas, y se presenciaban sacrificios sangrientos y representaciones rituales-teatrales, con los sacerdotes ataviados como dioses (tal como eran representados en múltiples imágenes), ciertamente estas ceremonias fueron alterando las mentes de la gente. Un resultado fue que los dioses, sus historias y sus exigencias fueron interiorizados por la mente. Pero esta interiorización de los mandatos de los dioses y de los sacerdotes no parece suficiente para explicar el que una madre esté dispuesta a entregar a un hijo o una hija para ser sacrificada en los cerros a los dioses de la lluvia, ¿o sí?

Otras posibles causas deben ser consideradas. Una de ellas es que la agricultura se desarrolló en el Nuevo Mundo sin ganadería, lo cual habría generado una escasez de proteínas que favoreció el sacrificio y la antropofagia. Michael Harner calculó un promedio de 250,000 seres humanos sacrificados cada año en el México central. Si aceptamos, por comodidad, la cifra de la población de 25 millones que dieron Sherburne F. Cook y Woodrow Borah para 1519, en términos muy aproximados tendríamos que una de cada cien personas era sacrificada al año. La proporción varía si se considera que la mayor parte de los sacrificados pertenecía al estrato superior, noble, de la sociedad. Son muchos los sacrificados, pero no suficientes como para darle una importancia muy grande a la explicación proteínica de la antropofagia ritual.

Otra causa puede ser la mencionada diferencia epidemiológica del Nuevo Mundo, que provocó en el siglo que siguió a la conquista española una mortandad indígena de cerca del 95%, debido a la ausencia de anticuerpos contra las enfermedades infecciosas traídas por los conquistadores. La ausencia de grandes epidemias en la época prehispánica ciertamente debió aumentar la importancia de los sacrificios y de las guerras como medio de control cuantitativo de la población. Pero, otra vez, la cuestión está en cómo hacerse una idea de la importancia relativa de esta posible explicación.

Me doy cuenta de que la mayoría de las posibles causas concomitantes que he mencionado puede vincularse a los siglos anteriores a la conquista española. Puesto a buscar causas remotas, hay una que me parece que debe ser considerada, y aquí me permito citar, Pablo, tu ensayo sobre “El México antiguo” de la Nueva historia mínima de México, de 2004. Allí escribes que durante el primer poblamiento de América todavía no concluía la coexistencia de nuestros antepasados Homo sapiens sapiens con la desaparecida subespecie Neanderthalensis. Se han discutido varias hipótesis sobre la desaparición de los neandertales y parece predominar la razón de que no se pudieron adaptar a los cambios climáticos, pero no se han podido desechar las posibilidades de un mestizaje y de un genocidio, con antropofagia masiva, practicados por nuestros antepasados. No sabemos de qué manera el primer poblamiento de América incidió sobre este proceso, y si desde entonces nació, de diferentes maneras en ambos mundos, la afición humana por la antropofagia. Aclaro que no es que yo crea en esta posible causa de la intensa práctica de la antropofagia en América, pero por el solo hecho de poder ser formulada, los historiadores nos tenemos que hacer cargo de investigar esta posibilidad, para aceptarla, rechazarla o completarla.

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