Acuartelados

Mayo 2012 | Tags:

Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi nombre.
Rabindranath Tagore, Gitanjali

 

Era jueves y mareado y contento David Cristian subió al taxi que lo sumergió en el maremágnum de la ciudad desconocida. Ruidos, coches, camiones, mopeds, fachadas, anuncios, hombres, mujeres, niños: todo era nuevo para él, menos el antiguo y elegante lugar donde se quedaría, un hotel de fama internacional que David conocía por verlo en Google Earth. El blanco orgullo dejado por los mercaderes y conquistadores reflejaba ahora el gusto de banqueros y outsourcers; había cúpulas y balcones taraceados, afuera, y dentro pisos de mármol o parquet, palmeras en macetas enormes, un leve tintinear de plata, jóvenes y viejos de variados uniformes alrededor, mujeres ejecutivas tomando té tras biombos achinados. El gran elevador central era aún de reja, sobredorada, con un asiento para el elevadorista. A black half hemisphere concealed and revealed a camera. Polifemo ya se robó a Galatea y nos vigila: habrá que volver a gritar nuestro nombre: “¡Nadie!”

Su habitación era amplia y estaba en el quinto piso, el penúltimo. Al retirarse el botones, David estuvo por fin solo, luego de cuarenta horas, cuarenta horas soportando los propios nervios, los de otros, sus necedades, asombrado ante la incomodidad, los maltratos en las llenísimas colas de los aeropuertos. En contraste, el avión era un mundo tranquilo. Pero la verdadera serenidad llega al viajero cuando, desembarazado de trámites y de mochilas, está solo en su hotel.

Harto de pensar David abrió la ventana; entró el bochorno. Venía desde el mar tras las avenidas sembradas de banyan trees: los increíbles edificios indogóticos de pronto se encendieron rayados de sombras. Oros y negros. A lo lejos, una espigada construcción, la inmensa cimbra de un edificio y aquí y allá, como pájaros apergollados a una rama, albañiles semidesnudos, calladamente terminando su turno. En la avenida llena de gente, sobre un pedestal, la maciza figura de bronce de los gobernadores, y más allá, el incandescente mar, cuya pátina refulgía lastimando los ojos.

Se acercaba, tardía, la hora en la que, en los marjales, los tigres salen a beber. David pensó que le convendría un trago. Pensó en bajar al bar, pero también en que estaba muy cansado. Creyendo que habría un mensaje para él, aunque fuera de su mamá, allá en la colonia Anzures, prendió su laptop, se conectó: aún nada. Ni correos de Dinamarca, ni de Cristina, ni de nadie. Ni un solo correo; ni spam siquiera. Checó su celular; nada. Era como si en verdad hubiera perdido un día; lo había hecho, claro, pero los demás, ¿no podían haberlo recordado? Pensó en las horas muertas en el aeropuerto de Los Ángeles.

Bajó por la escalera, arreglándose la guayabera; recién se la había puesto y ya se sentía gobernador de Quintana Roo. El bar era verde y templado; el tema del lugar era, por supuesto, el cricket. Palos, uniformes tras cristales, fotografías de campeones indios, ingleses, aborígenes, gorras, equipos, recortes de periódicos rajastanos. David se acodó en la barra y pidió un Bloody Mary. Pensó en James Baldwin. Pensó en Lanza del Vasto. Bebió. Pidió otro, y unas crisps o cacahuates, con ese modo nonchalant que tienen los fresas. Se odió. Volteó. En el radio se narraba algo, pero apenas se oía la voz serena del comentarista: un evidente empresario hablaba con otros del escándalo de la invasión de aficionados pakistaníes en un partido. David no podía dejar de oírlo pero apenas entendía su inglés. Oyó también a un irlandés en una mesa cercana contar sus disímbolas aventuras en la ciudad de México a un grupo de jóvenes indios. Estaba pensando ya en inglés, su otro idioma, como Canetti. El irlandés se parecía a Marc. He was handsome, red lion style. Long hair, “Desert storm” camouflage. Probablemente un periodista. O undrifter. A philanderer drowned in whisky preaching universal non-conformism. ¡Qué parecidos somos!, se dijo David, luego del segundo Bloody Mary, irlandeses y mexicanos, todos tristones, devotos, relajientos. Nuestra alegría es más bien triste; nuestras fiestas acaban en velorios. Estuvo a punto de intervenir en la conversación, pero lo dejó; le dio hueva, tener que bracear por turbias lagunas de whisky para llegar a la humanidad asolagada de aquel joven. David de todas maneras no parecía mexicano, era nacido en México, de abuelos daneses y griegos, sefardíes todos: vencido por el cansancio, regresó a su cuarto, luego de pagar y llevarse un limón, saboreando el nombre del isleño: Ian.

Al cerrar su habitación se sintió libre y abrió un mueble evidente y sacó una botellita de vodka, un agua quinada y decidió, tras mezclarlos en un vaso, darse un baño. El atardecer era rojo, glorioso. El sol parecía una nave nodriza a punto de acoplarse con el mar, anotó concienzudamente David en su teléfono y le envió el mensaje a Marc. Con cierto esfuerzo cerró la ventana, no fuera a llenarse el cuarto de insectos y corrió las cortinas. Enseguida entró al baño. Prendió el agua, que salió helada y luego, sin transición aparente, quemaba. David se miró al espejo mientras se quitaba la camisa sudada y luego se bajaba los pantalones. Se le estaba parando. Rozó su tetilla izquierda con su mano derecha. Luego bajó su mano hasta la entrepierna. Desde adolescente dos cosas le importaban de cada nueva habitación que ocupaba, así fuera brevemente: su primera jalada y su primer sueño.

Pensó en León, tan lejano. ¡Qué hombros tenía! Redondos, dorados, rotundos. Y sus ojos color avellana, tristes, si uno los miraba bien. La tenía ya muy parada. Con lentitud, se quitó los boxers. Como siempre, miró su miembro, largo y puntiagudo, con afecto y con ganas de venirse. Recordó esa vez, en casa de su mamá: todos se habían ido a Miami, menos él y su primo. Habían sido tan jóvenes; ahora, David se sentía un anciano de treinta y dos. “Antes, pensó, fui un anciano de diecinueve. No soy joven sino en mi recuerdo.” ¡Tantas cosas que eran, bueno, intensas y hasta glamorosas a los veinte, emborracharse, bailar, fumar, besarse, eran ahora patéticas! Pero David desechó esos pensamientos. Eran poco excitantes. Volvió a pensar en León, en la manera ausente e interesada, a un tiempo, en que se dejaba tocar, y se la jaló, conteniendo la respiración. Pensó en el irlandés del bar, en cómo le hubiera gustado traerlo a su habitación y chupársela. Con esto se vino; se bañó; se secó en medio de una nube de vapor.

“Otro trago me hará bien”, pensó, saliendo. Y dicho y hecho, y con eso, más unos shorts y una playera que decía for rent, David se tendió en la cama, a divagar, a imbricar el hilo de sus pensamientos, roto por el viaje. ¿Qué escritor colombiano decía que al viajar en avión primero llega uno y unos días después, asendereada, llega tu alma?

Aún se preparó otro trago, más fuerte, y se lo acabó y de repente estaba ya tan dormido como un peregrino en un santuario de Quirón o de Rama, su cuerpo inerte iluminado tan solo por el pequeñísimo resplandor verde de un botón de su computadora. Paz silente. Alguien yace.

Un ruido, el fragor de algo. Despertó sin recordar su sueño. Tenía la boca hecha un erial. No sabía la hora, pero se guió por la lucecilla de la laptop. Tomó el celular. Aquí eran las cuatro de la mañana, en casa era aún ayer. Se volvió a escuchar un ruido enorme, sordo, lejano, pero no tan lejano. Y otro. Una explosión. David no se movió sino acercando su mano a la mesita donde estaba el control de la habitación. Otro ruido, un tableteo. “Eso es una ametralladora”, se dijo.

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