Letrillas

Cuento

Crypta

Julio 2011 | Tags:

 

Tiene treinta años y viene llegando del exilio. Es 1988 y desembarca en el puerto. No importa su nombre en esta historia que, si se mira bien, es solo una anécdota. Lo que dejó atrás es la memoria de una infancia donde existían otros colores, otros aromas. Se fue el 74, lo que recuerda –la memoria es una lejanía desolada– es el vértigo y un mundo que desapareció. Pero nada más. No le interesa recordar. Así que eso es todo, ese es el punto de partida. Así que recapitulemos: borrón y cuenta nueva al regreso, treinta años, 1988, el puerto. Eso basta para comenzar. A su llegada, no tiene un trabajo seguro. Vive en la casa de una pareja de amigos. Él es profesor y ella enfermera.

La casa queda en los altos del cerro que se eleva en el punto exacto donde alguna vez estuvo el barrio rojo de la ciudad. Sobre ese barrio rojo se escribieron novelas y se filmaron películas pero ahora ya no queda nada salvo eso: las películas y los libros. Pero la vista desde su balcón es impresionante. Cuando se levanta, puede ver la bahía al amanecer y la lentitud de los buques al entrar y salir de la rada. Hace durar los ahorros. Les paga un arriendo mínimo a sus amigos y se dedica al arte, pinta, escribe, dibuja, esculpe, lo que quiere decir que no se dedica a nada; simplemente deambula por el puerto, bebe en los bares, se escurre en la frágil bohemia de los fines de dictadura. A veces se acuesta con novias ocasionales, muchachas que le preguntan por su acento, sus viajes y con las cuales comparte algunas tardes. Él, se hace entender, es poeta y, por ende, lee mucho.

Aquello es falso pero no demasiado, lee mucho pero no es poeta. Alguna vez lo publicaron en una antología sueca de escritores en el exilio. Como todos los de la antología era una copia triste de Nicanor Parra. Pero da lo mismo. Lo que importa: una de las muchachas con las que se acuesta le presta un libro.

El volumen se llama Crypta y es el primer y único libro de un poeta/artista visual/teórico que vive en un pueblo de la provincia que queda a una hora del puerto. Crypta tiene 120 páginas y es, de buenas a primeras, inentendible. En eso está de acuerdo casi todo el mundo: nadie sabe qué hacer con Crypta y con su autor. Los más arriesgados elucubran teorías sobre el libro: el libro que cambió la poesía chilena, el ensayo total sobre el lenguaje americano. Los menos, simplemente lo omiten, para qué entrar en honduras. Él, en todo caso, no es ninguno de ellos. No es más arriesgado ni menos arriesgado. Simplemente no entiende. Se pierde en Crypta, en ese laberinto de citas y collages que mezcla fotos de Trotski y Verlaine; mapas secretos del mundo; ecuaciones zoomórficas que deben ser resueltas por conejos; lingüística de topos; catálogos de arte victorianos; fotos de mujeres suspendidas en distintos tipos de oscuridad; conspiraciones, los agujeros negros del lenguaje, dedicatorias a poetas franceses desconocidos; más ecuaciones, esta vez graficadas con la iconografía de la meteorología hindú; reescrituras; fotos de casas en llamas, habitaciones llenas de escombros, anotaciones de náufragos que dilapidan sus últimos momentos contando fábulas nepalesas y el sonido transcrito que hace de una manada de lemmings ahogándose en un mar helado.

Y sí, Crypta trae todo eso y más. Crypta es eso y más y él queda absorto con el libro. Se obsesiona. Les habla de él a los amigos que lo acogen. Rompe con la muchacha que se lo ha prestado para quedarse con él. Por esos días, consigue un trabajo: da clases de idioma en un instituto. Mata sus tardes con otras muchachas y yendo al cine. Sigue releyendo Crypta, del mismo modo que sigue errando por los bares, sin llegar a conclusión alguna. Deja de decir que es poeta. Su personalidad muta, se impregna del lenguaje de susurros nacionales, se llena de eufemismos. Pierde su acento extranjero. Se mimetiza con el color amarillo sucio del puerto. Empieza a fingir que le gusta su trabajo. Pasan los meses. Un día conoce en un bar a un cineasta. El cineasta le dice que está en busca de guiones, no se lo dice precisamente a él, pero él lo entiende así: están en una mesa llena, suena algo de Quilapayún y el cineasta (que es la estrella de la noche: ha presentado en una cineteca del puerto un documental sobre el desmantelamiento de una vieja discoteca en el centro de Santiago, una discoteca a la que asiste toda la fauna de la contracultura chilena pero que, irónicamente, está regentada por un ex cni) dice: estoy en busca de un guionista. Lo dice al aire y no mira a nadie pero él entiende que le están hablando. Eso es todo: el cineasta dice que anda a la busca de un guionista y a él se le ilumina la cabeza y se da cuenta de que es guionista. No es raro, antes era poeta.

Esa noche, a la salida del bar, medio ebrio le dice al cineasta que tiene un guión en barbecho y que se lo desea mostrar. El cineasta le dice que se va fuera de Chile un par de meses pero que a la vuelta pueden conversar. Él asiente y sonríe, le viene de perillas, en dos meses puede tener listo un guión. Se despiden en medio de ese barrio rojo donde ya no hay luces. Sube al cerro caminando. No pasan colectivos, camina entre medio de callejones oscuros, casas miserables, gatos perdidos y sombras fugaces que se agolpan en las esquinas. Mientras sube, piensa en el guión pero surgen algunos problemas. Al principio son problemas abstractos que lo golpean en la bruma alcohólica, miedos mínimos que se le aparecen de repente y de los cuales –mientras el frío de la noche lo devuelve paulatinamente a su estado de sobriedad– adquiere conciencia total cuando llega a su casa. Los problemas son dos.

Uno tiene solución y el otro no tanto: nunca ha escrito un guión y, lo que es peor aún, no tiene historia alguna que contar. Cuando bebe un vaso de agua en la cocina ambas objeciones lo dejan abatido. Los días que siguen se los pasa intentando decidir qué va a hacer. Consigue por ahí unos cuantos libros sobre cómo estructurar un guión y con eso el problema uno está solucionado. El problema dos es más complejo así que recurre a las soluciones clásicas: intenta adaptar su propia biografía, plagia a autores clásicos, se roba argumentos de cuentos de hadas, se entrevista con amigos y amigas que puedan contarle historias. Ninguna le resulta: su propia biografía –si no fuera por un exilio sin estridencia– carece de drama, de los autores clásicos sabe poco y nada, sobre los cuentos de hadas solamente se le ocurren soluciones pornográficas y respecto a sus amigos/as todas las historias que le cuentan parecen gastadas y pierden el gas cuando las intenta colocar en el papel. Se desespera, comienza a odiar las clases de inglés, a sus amigos/arrendatarios, a la geografía multiforme de Valparaíso y la odiosa subida al cerro que realiza cada noche. Deja el proyecto.

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