Escribir sin obligación

El deber personal de quien vea la escritura como horizonte de vida es no dejarse silenciar por los puritanos de todos los signos políticos. Parte del puritanismo está en la exigencia de arrodillarse frente al altar de la nación y de las identidades.
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Me han preguntado si me siento en el deber de hablar y escribir sobre Venezuela y, con gran sorpresa de su parte, mis interlocutores han recibido un no por respuesta. Ciertamente, he escrito mucho sobre mi país de nacimiento –opinión, artículos especializados, crónica, ficción– pero me niego a que se vea como un destino inescapable. Viví hasta la mediana edad en un lugar en el que jamás me sentí a mis anchas. Seguramente fue un error no haber emigrado antes, pero se trata de una equivocación de la que soy responsable, pues en definitiva cargamos con nuestra historia como el caracol con su concha. El precio de estar viva incluyó nacer en Venezuela; no obstante, ha valido la pena pagar ese precio al haber comprobado tantas veces que el mundo y la existencia son mucho más grandes que el país al que quizá no vuelva jamás. Me declaro una feliz cosmopolita que entiende la literatura y la crítica de la cultura como los terrenos para experimentar que el vivir humano no es solamente un conjunto de datos biográficos.

Desde luego, sé bien que todavía entre los lectores y los críticos queda el regusto de las discusiones ya centenarias sobre el valor de la literatura como expresión de la nación, muy vivas en América Latina y en las nuevas naciones de otros continentes que tomaron forma en los últimos dos siglos. Imposible no saberlo, pues mi condición mutante e híbrida me ha llevado a surcar diversos caminos: academia, medios, literatura. Nación y literatura son dos palabras propias del vocabulario universitario y de la crítica especializada; de hecho, y como me dijo una joven doctoranda holandesa de la UNAM, los latinoamericanos no debemos salirnos de ese registro porque en nuestro caso es signo de aburguesamiento. Me parece una antigualla semejante discusión, pero sigue en pie en el siglo XXI, con el agravante de que implica una división del trabajo que obliga a escritores y académicos latinoamericanos a hablar de Latinoamérica y de nuestro país respectivo.

El foco en las identidades que define el horizonte de la izquierda académica actual es el nuevo mandato que pesa sobre la literatura y la crítica, interpeladas como posibilidades de denuncia. Cada quien ha de escribir literatura, teorizar e investigar desde las condiciones impuestas por sus marcadores de subjetividad: raza, género, clase, nación, orientación sexual o clase. En abierta impugnación al camino abierto por la modernidad, que no era otro que sacudirse el peso muerto de un destino impuesto por el nacimiento, se le exige a hombres y mujeres de escritura o de academia que tomen posición desde tales marcas, lo cual tiene un regusto premoderno e irracionalista tremendo, que niega la posibilidad tan humana de entender y conocer la otredad. En pocas palabras, se trata de la impugnación al camino abierto por la ilustración europea occidental, el del libre examen del mundo a partir de la razón. Ahora, encerrados en los límites de nuestras identidades, estas darán fe de nuestra verdad, que, desde luego, no es otra que la opresión.

Aclaro que no cuestiono la literatura y la crítica interesadas por la nación y las identidades. De hecho, yo misma he investigado y escrito ficción sobre estos temas. El punto es que no me interesa denunciar la opresión sino indagar en nuestra percepción y vivencia del mundo. A menos que seamos militantes políticos las veinticuatro horas del día, la vida se experimenta como un magma sabor a infierno y maravilla, no como “un conjunto de posiciones de sujeto atravesadas por la lógica neoliberal”. Este sabor es el que busco. Cuando quiero denunciar, escribo artículos de opinión, pues estoy convencida de que la gente de literatura y crítica con madera de denunciantes profesionales equivocó la carrera. Ayunos de estética, los cazadores y cazadoras de pecados literarios olvidan que las convicciones políticas e ideológicas de quien escribe literatura o enseña e investiga sobre esta se enfrentan al lenguaje en una batalla sin cuartel. Si tales convicciones no se ven desafiadas en la batalla cotidiana de la escritura y la lectura, se tiene madera de predicador, no de gente de literatura.

Nadie está obligado a escribir sobre su país ni sobre las realidades desgarradoras de su tiempo si no quiere hacerlo. De hecho, en mi caso quisiera dedicar el resto de mi vida a ir abandonando el tema de Venezuela. Prefiero la inmensidad posible a la estrechez de una pertenencia nacional que me fue impuesta por el azar y que he padecido más que disfrutado. El desinterés por la libertad que hoy crece como la espuma se acompaña de un menosprecio profundo por las nociones de arte o estética, y el deber personal de quien vea la lectura y la escritura como horizonte de vida es no dejarse silenciar por los puritanos de todos los signos políticos. Parte del puritanismo es que nos exijan arrodillarnos frente al altar de la nación y de las identidades cada vez que nos lo pidan.

Nunca me he sentido más libre que cuando he escrito textos llevados exclusivamente por el afán de imaginar mundos alejados de la vida cotidiana o de resucitar en la letra las emociones de ese peligro llamado vivir. Los textos no ficcionales que más he disfrutado son aquellos empujados por mis intereses sin interferencia de las exigencias propias, por ejemplo, del mundo académico o del formato “op-ed”, más dependiente de la línea editorial del medio en que se publica que de los hechos y de la visión de quien lo redacta. En esta libertad reside que la literatura tenga algo que decirle a una época empeñada en el puritanismo más estéril y abrumador, pues para entretenerse o confirmar las propias ideas sobran lugares, gente y palabras atontados por el perfume del acuerdo y la certeza de la censura.

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