Puro glamour IX. Vida adulta: compra un piso, ve a una misa

La firma de la compra de un piso y una misa en La Zoma, Teruel; niños que juegan a luz verde y un libro de Simone Weil aplastado en un sofá.
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Por supuesto tuvimos que ir en taxi al notario porque nos habíamos equivocado con la hora. Por supuesto me había comprometido a estar con mi abuela ese rato y tuve que avisar para decir que iría luego mientras iba de camino al banco donde me esperaba Barreiros, aunque yo no lo sabía y estuve un rato esperando antes de darme cuenta de que el chico que estaba en la mesa del fondo era él. El taxista nos echó la bronca: teníamos que haber cogido el taxi en sentido contrario, ahora le obligábamos a dar una vuelta tremebunda. Tenemos mucha prisa, dijo mi novio. Al taxista le dio igual. 

No era mi primera vez en el notario, había estado acompañando a un jefe que tuve que se sentía medio culpable porque me pagaba poco pero lo compensaba ofreciéndome material novelable, o eso me decía. Nos hicieron esperar en una sala con moqueta y muebles marrón oscuro y libros forrados en estanterías, era tan tópico que parecía una broma. Pasamos  al despacho de la notaria. El señor de la inmobiliaria se sentó detrás de mí; a un lado tenía a Barreiros y al otro a la dueña del piso que estábamos a punto de comprar. Le dimos los DNI y la notaria miró a Barreiros, luego me miró a mí y me dijo: qué buen pelo tiene. Me reí y le dije que sí, se comentaba mucho el buen pelo de mi novio también entre mis amigas. La ventana estaba abierta y hacía un poco de frío. Leyó todo, firmamos; de vez en cuando entraban compañeros suyos, se trataban de usted, no encontraban unos documentos y nuestra notaria dijo con resolución que los imprimieran de nuevo y que esas cosas pasaban. Siguió con lo nuestro. Cuando todo acabó, Barreiros me dijo que era una pena que no pudiéramos ir a desayunar. Me acompañó a casa de mi tía, donde mi abuela me esperaba. Le dije que acababa de comprar una casa mientras buscaba una taza. Hoy no me había dado tiempo de llevarle nada. Ella se ofreció a coserme el pantalón, que tenía roto por la rodilla. Luego me preguntó dónde estaba el piso que habíamos comprado. La calle no le sonaba, aunque según mi tía, en esa calle había estado la primera carbonería en la que trabajó mi abuelo en Zaragoza. Pero a mi abuela no le decía nada. 

***

El tío de Barreiros murió de covid muy al principio de la pandemia, no hubo funeral, no hubo entierro y ahora, un año y medio después, iban a hacerle una misa en el pueblo. Aunque las hermanas de Barreiros llevaban años sin ir a su pueblo, este verano decidieron volver, así que un sábado de octubre nos subimos los cinco en la furgoneta de mi madre y partimos hacia La Zoma, Teruel, pueblo de 25 habitantes censados en invierno, que está a 5 kilómetros del pueblo de mis abuelos, Ejulve. Barreiros eligió la ruta más larga y la más pequeña vomitó. Creo que era de las primeras veces que vomitaba, así que estaba sorprendida y lo contaba todo el rato: compartía su hito. El plan era sencillo: la misa era después de comer. Yo me quedaría con los niños fuera. Comimos arroz y albóndigas con tomate. Acompañamos a todos a la iglesia, en lo alto del pueblo, pero no entramos. No sé qué pensaban los niños que había dentro, pero no quisieron entrar. Así que estuvimos dando un paseo por los alrededores y luego nos bajamos a la plaza, a jugar al chocolate inglés en el trinquete. La pequeña no entendía bien en qué consistía y la mayor luego dijo que había una variante, luz verde. Yo llevaba un libro de Charles Simic en uno de los bolsillos de mi gabardina, y La gravedad y la gracia de Simone Weil en el otro. Pude leer algún poema de Simic mientras mis hijos hacían coreografías de Rigoberta Bandini. Luego jugamos al escondite y me dio miedo que se escondieran demasiado bien. La misa debía de haber terminado. En la puerta de la iglesia se arremolinaba la gente: a los pocos que conocía los había visto hace mucho y no nos reconocíamos. Había una familia de Ejulve. El matrimonio era gracioso: ella era viva, un poco impertinente y acelerada; él siempre había sido cariñoso y suave. Deben de algo más jóvenes que mi abuela. La sobrina, que los acompañaba desde Ejulve, subió el coche hasta la puerta de la iglesia para que no tuvieran que bajar andando. Cuando supe que te habías  emparentado con uno de La Zoma pensé que qué ibas a hacer tú con uno de aquí, pero ahora que lo veo ya lo entiendo todo, dijo él. ¿Me conoces a mí o no?, le dijo ella. La verdad es que tu cara me suena, dijo mi novio. Bueno, tenían el bar de la carretera, es Carmen La Michela, dije yo. De Michela nada, soy Carmen, dijo ella. Y luego nos reímos y se fueron al coche. 

En la casa ahora había mucha gente tomando café: la hermana mayor de Barreiros me pidió que hiciera más café, y yo me sentí integrada en la familia. Luego se puso a buscar una pelota de plástico roja que se había dejado la novia de uno de los primos que también había pasado unos días en el pueblo en verano. Es del perrito, sabes, decía el primo, nos debimos de dejar la pelota, ¿no os suena haberla visto? Es roja y pequeña, una pelota de perro, es su juguete. Miraron en todas las habitaciones, levantaron colchones, abrieron baúles, hasta escarbaron un poco en la basura y la pelota no aparecía. El primo no quería irse sin la pelota. Mañana viene a comer a casa, va a conocer a mis hijos, dijo. Sus hijos deben de tener mi edad. Empezó entonces a contar cuántas novias había tenido desde el divorcio. Esta era la primera que llevaba a casa. Mi gabardina y mis dos libros, se habían quedado en el sofá, justo donde ahora una de las primas que tomaba café apoyaba su espalda. Para gravedad y gracia la mía, Simone. Bueno, si veis la pelotita, avisadme, dijo por fin el primo. Me di cuenta de que era el dueño de un coche que le había llamado la atención a mi hijo mediano: gris y negro, con una ventanilla un poco bajada cuyo aire acondicionado se había accionado solo. 

Esa noche pasé mucho frío, no recordaba haber pasado tanto frío desde unas navidades en Galicia en las que nos quitábamos el abrigo al salir a la calle. Por la mañana fuimos a pasear hasta el lavadero, vimos un gato y luego nos metimos en la furgoneta. Les prometí a mis hijos que si se dormían no iban a marearse.