El 20 de febrero de 1909, la portada del periódico francés Le Figaro publicó un documento extraordinario. No era una declaración de guerra, aunque contenía toda la gramática de un llamado a las armas. Tampoco era un programa político, aunque todos los programas políticos nacidos del hierro y la furia en las décadas siguientes beberían de él. Se titulaba “Le Futurisme”, e incluía un manifiesto de once puntos obra de Filippo Tommaso Marinetti, un poeta italiano nacido en Egipto que se había convertido en el hombre más provocador de Europa por la sola fuerza de su desprecio hacia todo lo anterior.1
Más de un siglo después, un sábado de abril de 2026, Palantir Technologies publicó en la plataforma X un resumen de 22 puntos del libro The technological republic, publicado en 2025 por Alex Karp, su cofundador y director ejecutivo. No era tampoco una declaración de guerra, aunque hablaba de poder duro y sistemas de armas con el entusiasmo casual de los hombres que nunca han sostenido un rifle –no era el caso de Marinetti, soldado en la Primera Guerra Mundial–, pero han dedicado tiempo considerable a explicarle a otros por qué los rifles son necesarios. Tampoco era un comunicado corporativo, aunque provenía de una organización con una valuación ya superior a los 400 mil millones de dólares. Era un manifiesto.
Esa palabra, “manifiesto”, debería detenernos en seco: todo manifiesto está asociado a un intento de fijar la Historia, de determinar las fronteras en las cuales sucederá lo que vendrá. Es una declaración política –incluso en el arte: Marinetti inventó los movimientos artísticos como corrientes ideológicas, dice Jonathan Jones– que se mide contra presente y pasado y pretende ser la medida del futuro. Tras Marinetti, todo movimiento que se preciara decidió que el mundo comenzaría o acabaría con ellos, y lo hizo con un manifiesto acorde.2 Palantir y los tecnofascistas, también.
La hermosa violencia de la creación
El 15 de octubre de 1908, Marinetti conducía su flamante Fiat Sport de cuatro cilindros por la Via Domodossola, en los extramuros de Milán, cuando de repente se encontró con un par de ciclistas en la ruta que le obligaron a dar un volantazo. El auto acabó en una zanja, partido al medio, pero Marinetti y sus amigos salieron de él, a los tumbos y algo magullados, pero vivos. Muy vivos. Tanto, dijo el poeta, que aquel fue el momento fundacional del movimiento futurista.
“Queremos cantar el amor al peligro”, escribiría un año después en el Manifiesto, “a la fuerza y a la temeridad”. Queremos glorificar “el movimiento agresivo”, las “bofetadas y los puñetazos”. Adoramos la velocidad, la máquina y la industria, gritaba Marinetti. Y remataba, con la claridad de los conversos, en un tono que adoptaría el fascismo directamente: “Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer”.
Marinetti quería destruir el Estado. No fortalecerlo, no reformarlo: destruirlo. El suyo era un nihilismo estético disfrazado de política: la violencia como fin en sí misma, la destrucción como belleza pura. Quería inundar los museos, arrasar las bibliotecas, liquidar el pasado en su totalidad. El manifiesto de Marinetti es la primera gran aproximación a un proyecto multidisciplinario de vanguardias, dijo Serge Milan, que incluye una visión estética, política y antropológica. La genealogía intelectual de este impulso llega a Marinetti vía Georges Sorel, cuyas Reflexiones sobre la violencia, de 1908, ofrecieron una legitimación teórica de la violencia como acto creativo y regenerador, no meramente como instrumento político sino como el medio mismo a través del cual las comunidades históricas se renuevan.
La invocación futurista a la guerra como principio higiénico no es circunstancial. Marinetti dirá luego que el futurismo era una “escuela de higiene espiritual” cuya misión incluía separarse de “la cautela y la diplomacia” de los intelectuales de la época. El poeta también ve en la ciudad y la gastronomía modernas otras formas de higiene frente al retraso del campo y las cocinas rurales.3 Esa asepsia tiene intimidad con toda nueva tecnología, considerada un campo de renovación –novedad y limpieza– de prácticas tradicionales –el pasado y sus lacras de arrastre–.
Los futuristas se veían como la Italia vibrante, distante del provincialismo del pasado. Allí estaba la actividad privada –la tecnología– para probar que era posible ser mejores.
Marinetti y el futurismo tenían sentido en la Italia naciente. El país apenas existía como tal desde que en 1861 el rey Vittorio Emmanuelle II lograra unificar de norte a sur un puñado de reinos separados por 14 siglos y enfrentados en muchas ocasiones por disputas a muerte. Esa Italia, a inicios del siglo XX, era todavía una mixtura de realidades. La división Norte/Sur ya existía y, marcaría a Marinetti. En el sur estaba Roma y el Vaticano y habían estado los últimos rezagos de resistencia a la unificación; en el norte estaban Turín y Milán y sus industrias metalmecánicas y automotriz, nacidas entre 1894 y 1914. Los futuristas se veían como la Italia vibrante, distante del provincialismo del pasado. Allí estaba la actividad privada –la tecnología– para probar que era posible ser mejores.
Hay más. La crisis del racionalismo liberal de finales del siglo XIX generó una rebelión cultural que alimentó la síntesis fascista. Para Marinetti, el fascismo se proponía como renovador, como una apuesta al cambio, a dejar atrás la Italia monárquica y clerical. Muy pronto le quedaría claro que bebía de fuentes distintas que Mussolini, pero ambos hombres tenían algo en común: fueron soldados y vieron acción de verdad.4 Se reconocían en la violencia. En el fermento intelectual de Marinetti estaban además las ideas de Nietzsche –el culto futurista al individuo excepcional, el artista-guerrero que rompe con el rebaño, el hombre que crea sus propios valores por la fuerza de su voluntad, el Übermensch y su desprecio por el ressentiment democrático de la masa mediocre–. Marinetti añadió a eso la máquina. La voluntad de poder se convirtió, en sus manos, en voluntad de velocidad.5
Mussolini y Marinetti se conocieron en prisión tras las protestas en las que ambos impulsaban la participación de Italia en la Primera Guerra Mundial. Cuando el futuro Duce se lanzó a la arena política, Marinetti fue de los primeros en sumarse pues, escribiría unos años después en Futurismo e fascismo, veía a aquel movimiento vibrante, gritón y arrollador como “la extensión natural del futurismo”. El historiador político italiano Emilio Gentile sostenía que el fascismo era, en su núcleo, una religión política; una sacralización de lo colectivo que sustituyó los mitos nacionales por los trascendentes, y que encontró en el propio movimiento, en sus rituales, su violencia y su estética, el contenido de una nueva fe. El futurismo de Marinetti fue el laboratorio artístico donde esa religión fue imaginada por primera vez.
Mussolini usó la energía del futurismo mientras descartó su programa estético de vanguardia cuando le resultó inconveniente.
Hay varias razones para esa unión, y la tecnología y la estética son sustantivamente partes de ellas. Walter Benjamin, en su ensayo de 1935 “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica”, identificó el mecanismo fundamental: el fascismo convierte la política en estética. En lugar de abordar las condiciones materiales de las masas –las relaciones de propiedad, las estructuras económicas, los antagonismos de clase– el fascismo les da a las masas la oportunidad de expresarse, de participar en un espectáculo de poder a cambio de que no alteren nada sustancial. Benjamin citó la glorificación que hacía Marinetti de la guerra en Etiopía como la instancia más pura de esta lógica: la experiencia de la destrucción colectiva estetizada en un espectáculo sublime.
Marinetti coescribió el “Manifiesto de los Fasces Italianos de Combate”, documento fundacional del fascismo italiano, junto al líder sindicalista Alceste de Ambris. El Partido Futurista que Marinetti había creado un año antes fue absorbido por el movimiento fascista de Mussolini al año siguiente. La relación entre ambos hombres fue compleja, contenciosa y asimétrica: Mussolini usó la energía del futurismo mientras descartó su programa estético de vanguardia cuando le resultó inconveniente.
Palantir: poder duro y creencia blanda
En abril de 2026, Palantir Technologies –empresa de análisis de datos e inteligencia artificial cuyos clientes incluyen al Ejército de los Estados Unidos, la agencia de control de inmigración ICE, las Fuerzas de Defensa de Israel y las fuerzas armadas de Inglaterra– publicó su manifiesto de 22 puntos. La respuesta inmediata incluyó diagnósticos académicos precisos. Mark Coeckelbergh, profesor de Filosofía de los Medios y la Tecnología en la Universidad de Viena, lo describió sin muchas palabras: era un ejemplo de “tecnofascismo a simple vista”.
Es cierto, Palantir y Marinetti no son el mismo animal –en varios sentidos pueden ser tan opuestos como un perro y una ballena–, pero la sustancialidad del manifiesto de Marinetti excede a la empresa de Karp y Peter Thiel, el otro cerebro –y mayor bolsillo– de la compañía: el fascismo clásico se da la mano con el neofascismo militarista de Silicon Valley.
Marinetti operaba desde la superestructura cultural, provocando desde afuera al poder político. Karp y Thiel operan desde el centro del poder económico global. La rabia del futurismo era la rabia del que quiere renovar todo pero primero llama a incendiar los palacios. La postura de Palantir es la arrogancia del que ya ganó: una corporación cotizada en bolsa, con contratos multimillonarios con el Pentágono, que declara públicamente cuál debe ser el orden del mundo.
Palantir es el nuevo capitalismo –monopólico, subcontratista del Estado y rupturista con el viejo capitalismo industrial– que ha aprendido a hablar el lenguaje de la grandeza civilizacional.
Marinetti era contradictorio en su relación con el capitalismo: despreciaba el utilitarismo abúlico de los burgueses pero tenía adoración por la producción de sus fabricantes e ingenieros. Sus enemigos eran ciertas formas de la institucionalización del pasado –desde los museos y las bibliotecas a los tenderos, los rentistas, los hombres grises del comercio– pues concebía un industrialismo privado con liderazgo estatal –de allí su primer amor por el fascismo. Palantir es el nuevo capitalismo –monopólico, subcontratista del Estado y rupturista con el viejo capitalismo industrial– que ha aprendido a hablar el lenguaje de la grandeza civilizacional.
Marinetti quería destruir el viejo Estado italiano para reemplazarlo por la fusión del movimiento con el Estado. Palantir quiere fortalecer el Estado, pero solo el Estado que sirva a sus fines. Mientras Marinetti lanzaba bombas a las instituciones de la vieja Italia desde su atalaya modernista de Milán, Palantir se metió en el Estado. Es “Alien”: captura el organismo, usa su sangre y lo canibaliza para reproducirse. El manifiesto de Karp parece defender repúblicas, ejércitos, tradiciones religiosas y al mismo Occidente; en rigor, es una reconfiguración de qué se entiende por democracia, república, Occidente, y la fe. No es nihilismo sino conservadurismo tecnológico. Una revolución neofascista que coopta al Estado con la idea de que una casta superior –los tecnólogos– pueden resolver los problemas del mundo y que los demás –viejas empresas, burocracias, la política, nosotros– deben apartarse. Esas son las bombas de Marinetti en el siglo XXI: no se incendian las bibliotecas; se apropian de ellas y redefinen su sentido.
Peter Thiel escribió en su libro Zero to one que la competencia es para los perdedores y que el monopolio es la condición de todo negocio exitoso. Esa es la nueva estética de la destrucción futurista –una economía política del poder privado establecido que no solo se niega a ser desafiada: toma control directo del poder público–. No es elegida por nadie; no le importa: sabe que tiene las herramientas para rediseñarlo todo. Lo dice Karp en su manifiesto: el futuro es el software. (Andreessen lo dijo incluso antes: “Software is eating the world”.)6
Como Marinetti en su momento, Palantir representa algo nuevo, no un retorno. Ambos beben en las mismas aguas: el desprecio por el pasado y el diseño de un futuro donde la técnica –la tecnología– define la vida de las personas, los Estados y las naciones.7
Máquinas, software y guerra en manos de una élite
No es preciso que haya una identidad estructural entre ambos procesos, el fascismo del futurismo y el neofascismo de Silicon Valley, cuando la homología funcional define las líneas generales. Eco ya advirtió que el ur-fascismo no llega anunciándose con su vestuario completo sino en fragmentos, tendencias. La acumulación de rasgos, tomados individualmente, pueden explicarse sin mayor sentido profundo como experiencias aisladas, pero una vez considerados en conjunto, describen algo reconocible.
El primer rasgo compartido entre las letras de 1909 y las de 2026 es el desprecio por la deliberación. El manifiesto de Marinetti era una guerra contra el pasado, contra el museo, contra la biblioteca: contra todas las formas institucionales a través de las cuales una civilización conserva y discute su conocimiento acumulado. En el manifiesto de Palantir, este desprecio lleva otro disfraz pero cumple la misma función: el pluralismo democrático es descrito como “vacío y hueco”.
Los procesos lentos de negociación política –el comité, el comentario público, el debate legislativo– son implícitamente contrastados con la acción decisiva de individuos técnicamente superiores que saben lo que debe hacerse. Karp y su coautor, Nicholas W. Zamiska, advierten repetidamente en su libro contra la “fragilidad intelectual” y llaman a la “confrontación ideológica” en lugar del consenso, tal como Marinetti reclamaba movimiento contra “la literatura que ha magnificado hasta hoy la inmovilidad de pensamiento, el éxtasis y el sueño”.
Silicon Valley es la nueva expresión de una oligarquía dominante.
En unos y otros, al inicio del siglo XX y al inicio del XXI, hay una teoría de reemplazo: una élite iluminada sabe más que la mediocridad de las mayorías y la parálisis creativa del pasado. El fascismo expresaba esa tesis diciendo hablar por el pueblo, pero Mussolini –la barbilla orgullosa en alto– se ubicó siempre como dictador de balcón, varios metros por encima de las masas. Marinetti no dejaba de ser un vanguardista con dinero, un traidor de clase sui generis que se une al fascismo –que co-crea su filosofía– sin dejar de ser un bon vivant amante de las incipientes grandes corporaciones industriales de Il Norte italiano.
Silicon Valley es la nueva expresión de una oligarquía dominante. Thiel, el socio de Karp, es el arquitecto del neomilitarismo de las compañías tecnológicas del valle, un verdadero regreso a los orígenes del pasado ideal: recordemos que Silicon Valley fue creado tras la Segunda Guerra Mundial por el Departamento de Defensa, que inyectó capital por millones para financiar el nuevo salto tecnológico de las fuerzas armadas.8
El segundo rasgo compartido es el misticismo del poder duro. Marinetti glorificó la guerra como belleza, como higiene, como la única fuerza suficientemente potente para purificar una civilización decadente. El manifiesto de Palantir no usa la palabra belleza en relación a la guerra, pero enmarca la tecnología militar con algo cercano a la reverencia. El desarrollo de sistemas de armas de inteligencia artificial se describe no solo como una necesidad estratégica sino como una “obligación afirmativa”, un deber moral.
Esta idea se corresponde con el “Manifiesto tecno optimista” –otro manifiesto: otra declaración de principios absolutos– de Marc Andreessen, el inversor de riesgo que financió las primeras apuestas de Facebook, Groupon, Skype, Twitter, Foursquare y LinkedIn.9 Publicado en 2023, el manifesto de Andreessen es una detallada descripción de una fe política. Allí le declara la guerra al “estatismo, autoritarismo, colectivismo, la planificación centralizada y el socialismo”, a las “burocracias, vetocracias, gerontocracias y la deferencia ciega a la tradición” y, finalmente, a “la corrupción, la captura regulatoria, los monopolios y la cartelización”. Dice Andreessen:
Nuestro enemigo es la torre de marfil, la cosmovisión del sabelotodo, experta y creída, que se entrega a teorías abstractas, creencias suntuosas, ingeniería social, desconectada del mundo real, delirante, no elegida e irresponsable; jugando a ser Dios con la vida de los demás, totalmente aislada de las consecuencias.
El tercer rasgo común entre el futurismo y Silicon Valley es la narrativa de declive civilizacional y la necesidad del renacimiento. Roger Griffin definió el mínimo fascista como el “ultranacionalismo palingenésico”, el sueño mítico del renacimiento nacional desde una condición de decadencia percibida. Tanto el manifiesto futurista como el documento de Palantir están organizados en torno a esta estructura: la civilización ha caído. Occidente se ha vuelto complaciente. Sus universidades enseñan deconstruccionismo en lugar de ingeniería. Su cultura ha sido debilitada. Solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso.
Aquí son Thiel y, en segundo orden, Musk quienes vienen al rescate de un mundo decadente. La apuesta de Thiel por zero to one no es mercadotécnica: es filosófica. Divide aguas entre empresas tecnológicas aburguesadas –débiles culturalmente– y las que apuestan por el cambio incesante –las culturalmente fuertes–. En esa filosofía radica la distinción interna en el mundo Silicon Valley y, por ejemplo, el mundo Apple. En sus apuntes de Zero to one, Thiel es partidario de las innovaciones verticales –las que van “del cero al uno”:renovaciones completas de tecnología, saltos cualitativos, destrucción creativa, la libertad absoluta de Ayn Rand, así nazcan monopolios– mientras que Apple y su iPhone –una innovación que Thiel y Karp critican por, de algún modo, planchar el desarrollo–, las “uno a n”, apuestan por el progreso horizontal, disputando cuotas de mercado sin producir tecnologías disruptivas.
Tanto el manifiesto futurista como el documento de Palantir están organizados en torno a esta estructura: la civilización ha caído. Occidente se ha vuelto complaciente. Solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso.
El cuarto rasgo es la concepción jerárquica de la cultura y la humanidad. Marinetti era explícito: las mujeres eran el enemigo del dinamismo. El punto #22 del manifiesto de Palantir –“Debemos resistir la superficial tentación de un pluralismo vacuo y hueco”– no nombra a las mujeres ni a las minorías, pero sus implicaciones son claras: algunas culturas son más avanzadas que otras, vale más la pena defender algunos valores que otros y el error de Occidente ha sido tratar todas las reivindicaciones como igualmente válidas. Palantir es enemigo del multiculturalismo y un defensor de la recuperación de la idea de nación bien definida, una idea de paladar puro para los fascistas.
Es un planteo milenarista: no hay espacio para tibios, la cultura superior debe dominar. Andreessen es otro de esos milenaristas tecnológicos que creen que los gobiernos son corruptos y deben ser destruidos por una fuerza superior, divina. “Dennos un problema del mundo real, y podremos inventar la tecnología que lo resuelva”, ha dicho. En 2013, Yevgeny Morozov llamó “solucionismo” o “neoliberalismo digital” a esta noción: los problemas sociales pueden resolverse con creaciones tecnológicas de empresas con fines de lucro.
Proponentes como Thiel, Karp y Andreessen ven a las instituciones públicas como improductivas y carentes de creatividad. (“Los servidores públicos no necesitan ser nuestros sacerdotes”, escribió en el apotegma #8 Karp, una idea a la que Trump dio vuelo despidiendo o degradando a miles de funcionarios del Estado.) El solucionismo, dice Morozov, a menudo no logra comprender la compleja interacción de valores, misiones y tradiciones que constituyen la esencia de las instituciones, hechas por humanos, no por códigos eficientes.
La confianza en que la tecnología, por sí sola, puede otorgar libertades que el Estado liberal es incapaz de proveer ha llevado a los tecnofascistas a reclamar la desregulación total de los mercados financieros, la IA y las criptomonedas. Nuevamente, Trump les ha hecho caso. Como Curtis Yarvin, un filósofo neofascista que fundó el Dark Enlightenment Project, un culto tecnopolítico que promueve el reemplazo de la democracia liberal con regímenes autoritarios, incluida la monarquía absoluta. Andreessen cree que Estados Unidos ha sido tomado por una oligarquía que corrompió sus instituciones y que el modo de resolver ese estado de cosas es consiguiendo la libertad absoluta que solo puede proporcionar el progreso tecnológico.10 “Al reestructurar y cambiar el nombre de las viejas ambiciones y privilegios de los imperios”, escribieron Naomi Klein y Astra Taylor, “[los techno-lords] sueñan con dividir los gobiernos y el mundo en paraísos híper capitalistas, libres de democracia, bajo el control exclusivo de los supremamente ricos, protegidos por mercenarios privados, atendidos por robots de IA y financiados por criptomonedas”.
El futurismo reaccionario de Andreessen se alinea con Thiel, Karp y Musk en la avanzada de Trump –cuyo círculo íntimo incluye varios tecno-optimistas– para reemplazar las democracias representativas con sistemas unitarios de poder. Los nuevos robber barons de la Gilded Age 2.0 de MAGA han construido una justificación distópica para anular toda forma de compromiso y solidaridad requeridos para convivir en sociedad. Como reniegan del conjunto, rechazan la política –y viceversa– y encuentran en la tecnología la llave divina que resolverá el hambre y las enfermedades y proveerá riqueza infinita porque, por su aparente asepsia –la higiene marinettiana–, es un diseño objetivo ajeno a la subjetividad humana.11 El reduccionismo positivista de los techno-lords tiene encaje perfecto en Trump, un ser a-ideológico, oportunista, nada más obsesionado por el reconocimiento y el dinero. Marinetti encontró en Il Duce al actor inicial de la conversión de su futurismo en política.
La confianza en que la tecnología, por sí sola, puede otorgar libertades que el Estado liberal es incapaz de proveer ha llevado a los tecnofascistas a reclamar la desregulación total de los mercados financieros, la IA y las criptomonedas.
Finalmente, el quinto rasgo –el más alarmante– es la relación entre entidades privadas y poder estatal. Marinetti imaginó la vanguardia como una punta de lanza que tomaría y transformaría el Estado. Palantir ha logrado algo estructuralmente diferente pero funcionalmente análogo: una corporación privada que ya ha capturado instrumentos significativos del poder estatal –vigilancia, control de inmigración, selección de objetivos militares– y que ahora declara públicamente el programa ideológico que guía el ejercicio de ese poder.12
Ese asalto silencioso no es privativo de Karp-Thiel: es sistémico. Todo Silicon Valley opera en el corazón del gobierno de Estados Unidos. Dice Sam Biddle, periodista especializado en tecnología y vigilancia en The Intercept:
La economía estadounidense de la informática y el software fue alimentada desde su nacimiento por el crecimiento explosivo y los recursos ilimitados de la carrera armamentística de la Guerra Fría, así como por su insaciable apetito de I+D en el sector privado. Y, a pesar del tópico popular sobre los ejecutivos “liberales” de Google, la industria tecnológica siempre ha albergado un marcado instinto antisindical y favorable a las empresas, que encaja a la perfección con la política conservadora.
Karp no tiene pruritos en reclamar la necesidad del regreso a las fuentes. Reza su manifiesto:
La dependencia inicial de Silicon Valley respecto al Estado-nación –y en particular del ejército estadounidense– ha quedado prácticamente en el olvido, borrada de la historia de la región como un hecho incómodo y discordante, en contradicción con la imagen que Silicon Valley tiene de sí misma, según la cual debe su éxito únicamente a su capacidad de innovación.
El salto de esa lectura a hacer negocios con el mundo MAGA de Donald Trump no es largo. El temor de gente como Thiel es geopolíticamente comprensible –saben, como todos, que China es un riesgo para el mundo occidental–, pero su solución es determinista: la manera de derrotarla no es la diplomacia ni otras manifestaciones del poder blando sino un dominio tecnológico y militar aplastante.13 “Están unidos en su aversión –si no en abierta hostilidad– hacia los argumentos que sostienen que el ritmo de las invenciones debe estar sopesarse por cualquier consideración moral que trascienda la mera victoria”, escribe Biddle. “Y todos ellos tienen mucho que ganar con esta nueva carrera armamentística impulsada por la tecnología”.
De hecho, más ganan cuanto menos deben explicar. Los negocios de Silicon Valley con el Estado se han multiplicado bajo Trump, que carece de fronteras morales. No es un alineamiento solamente oportunista –negocios son negocios, dirán– sino ideológico. Thiel es un abierto promotor de recuperar el orgullo de ser un contratista militar, como Marinetti alababa al conductor y los creadores de sus máquinas veloces.14 El puente entre el mundo MAGA y el mundo tech, un diseminador central del tecnocapitalismo autoritario, Thiel no solo fue uno de los primeros techno-lords que apoyó a MAGA –estuvo entre los financistas iniciales de la campaña de Trump– sino que lo hizo ya en 2016, mientras demás inversores y ejecutivos de Silicon Valley evitaban cualquier cercanía con el candidato.
En el trasfondo, se trata de crear una plutocracia, una “elite cognitiva” que sobreviva a una humanidad en decadencia.
Thiel excede a Trump, pues su cruzada es filosóficamente transformacional a nivel personal –“Trump no piensa estratégicamente”, escribió Anne Applebaum–, de las que pretenden crear un nuevo paradigma. Thiel apoyó a JD Vance durante su carrera profesional y política15 y ha extendido sus recursos hasta los proyectos del neofascista Yarvin. Ha mantenido la línea en eso. Libertario defensor del tecno-anarcocapitalismo, Thiel ha dicho que no cree que “votar haga las cosas mejor”. En 2010, en la conferencia Libertopia, explicó la filosofía detrás de PayPal, su primera gran compañía, que permite observar su visión del mundo:
La visión fundadora inicial fue que íbamos a usar la tecnología para cambiar el mundo entero y básicamente revertir el sistema monetario mundial… Nunca podríamos ganar una elección consiguiendo ciertas cosas porque éramos una minoría muy pequeña, pero tal vez podríamos cambiar el mundo unilateralmente sin tener que convencer constantemente a la gente, rogarle y suplicarle a gente que nunca estará de acuerdo contigo a través de medios tecnológicos, y aquí es donde creo que la tecnología es esta increíble alternativa a la política.
El planteo de Thiel es reconocido deudor de The sovereign individual, un manifiesto libertario –¡otro más!– escrito por el asesor financiero James Dale Davidson y Lord William Rees-Mogg, exeditor de The Times y padre del brexiteer Jacob Rees-Mogg. Publicado en 1997, The sovereign individual es uno de esos libros que se pasan de mano en mano, ajados y subrayados –I’m a gen-X, déjenme asumir que no lo leen en Kindle– entre los techies de Silicon Valley. Propone una transformación radical de las economías a través de “mega políticas” que determinan qué sociedades caen o ascienden y proporcionó a Thiel la justificación para la renuncia solipsista de sus responsabilidades sociales como ciudadano.
Davidson y Rees-Mogg impulsan a los techno-lords a acumular riquezas sin culpa y a aislarse en tecnofeudos alejados de la democracia de masas. En el trasfondo, se trata de crear una plutocracia, una “elite cognitiva” que sobreviva a una humanidad en decadencia, pues, claro, no todos pueden o deben existir. Escriben:
Aquellos capaces de educarse y motivarse a sí mismos serán libres de inventar su propio trabajo y de cosechar todos los beneficios de su propia productividad. El genio se desatará, liberado tanto de la opresión gubernamental como de los lastres de los prejuicios raciales y étnicos. En la Sociedad de la Información, nadie que sea verdaderamente capaz se verá frenado por las opiniones desinformadas de los demás.
El camino de salida de la mugre que somos todos los demás radica en ver al egoísmo como una virtud. No es broma, tampoco delirio, sino una cosmogonía ardiente extendida en el universo tecnológico desde The sovereign individual, para cuya reedición de 2020 Thiel escribió el prólogo. Él cree que ese camino de trascendencia radica en las nuevas tecnologías “que pueden crear un nuevo espacio para la libertad”.
Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, describió cómo los movimientos totalitarios se distinguían de los partidos políticos convencionales por su pretensión de representar no un interés sino un destino; no una facción dentro de la sociedad sino la totalidad de la historia hablando a través de un vehículo elegido. Marinetti hizo exactamente esa afirmación para el futurismo. Palantir la hace, en su versión, para la élite técnica de Silicon Valley. Y el valle, desde que sus CEO e inversores se descubrieron como filósofos más o menos ocasionales, ahora ha dado el salto final: volverse, como Marinetti toda su vida, expertos propagandistas de sí mismos y de sus ideas.
Estética, infraestructura y espejos
Hay una diferencia entre el manifiesto de Marinetti y el de Palantir: el bigote-de-manubrio-alla-Poirot era un poeta. Su documento era una provocación, una performance, un evento literario. Su violencia era, para la mayoría de su audiencia inicial, metafórica: hay quienes hoy incluso dudan que por “guerra” Marinetti hablase de, bueno, “guerra”. La distancia entre sus palabras y los campos de concentración reales del régimen que su movimiento ayudó a gestar medía años, y esa distancia permitió a muchos lectores tratar el manifiesto como estéticamente interesante sin confrontar su lógica política.
Palantir no tiene esa coartada. Su manifiesto fue publicado por una empresa que, antes de que se secara la tinta de la primera edición de The technological republic en 2025, ya suministraba bases de datos de targeting para operaciones militares en Gaza, construía infraestructura de vigilancia para agencias de control migratorio que realizan deportaciones masivas, y desarrollaba sistemas autónomos para operaciones de ataque militar.
Como observó el periodista de investigación Eliot Higgins en respuesta al manifiesto, este documento no debería leerse como filosofía abstracta. Los productos de Palantir ya están integrados en los sistemas de defensa e inteligencia: el manifiesto es el anuncio de para qué sirven esos productos. La explicación concreta de lo que está pasando y por qué está pasando.
El manifiesto de Palantir no es una declaración de guerra; es una declaración de propiedad. No dice: vamos a construir el mundo. Dice: ya lo construimos.
Así llegamos a la paradoja final. Baudrillard argumentó que en el cuarto orden del simulacro, incluso la crítica queda atrapada en el sistema de signos que pretende denunciar; es decir, que denunciar el espectáculo es ya participar en él, que nombrar la simulación no la interrumpe sino que la prolonga. Hay un pesimismo radical en esto que no podemos aceptar del todo sin paralizar la acción. Pero hay una advertencia que sí es preciso escuchar: que el manifiesto de Palantir no es una declaración de guerra en el sentido marinettiano –el grito del poeta que quiere quemar lo establecido. Es una declaración de propiedad. No dice: vamos a construir el mundo. Dice: ya lo construimos. Esto es lo que es, aquí están los términos. Estamos siendo informados, no invitados a participar en nada.
Benjamin respondió a la estetización fascista de la política con su famosa inversión: el comunismo responde politizando el arte. Cien años después de aquella frase, ¿cómo se politiza la infraestructura? ¿Cómo se interpela democráticamente a un sistema que opera mediante la indiferencia radical hacia la política –que no necesita tu voto, no necesita tu entusiasmo, no necesita tu alma, y que sin embargo toma, en tu nombre y con tus datos, decisiones sobre quién vive y quién muere?16
Eco nos advirtió que el ur-fascismo no está muerto: cambia de disfraz. Habla en el idioma disponible. En 1909, ese idioma era la poesía de vanguardia y la estética de la era de las máquinas. En 2026 es la hoja de ruta del producto, el manifiesto de la república tecnológica, el resumen de 22 puntos publicado en una plataforma de redes sociales con la confianza casual de quienes creen que ya han ganado el argumento –o, más precisamente, de quienes creen que el argumento es irrelevante porque la infraestructura ya está en su lugar, y con tal firmeza y profundidad que la política, como dice Thiel, no es necesaria.
La distancia entre los dos documentos mide 117 años de catástrofe. El primero quería destruir el mundo para reconstruirlo desde la belleza de la máquina. El segundo afirma haberlo ya reconstruido desde la lógica de la máquina, y nos pide que firmemos el contrato.
Pues bueno: no firmen. ~
Este texto incluye adelantos de El poder de los brutos,
libro de próxima publicación.
- El “Manifiesto Futurista”, como sería conocido desde entonces, reconfiguró la noción del arte y del artista moderno “más que cualquier otro ismo”, escribió Mark Ford enla London Review of Books. No era inesperado: Marinetti era un espectacular propagandista de sí mismo, deseoso por clavarle un cincel en el pecho a la Historia con su nombre –Filippo Tomasso, prohombre excelso. Quizás Marinetti haya sido el primer cultor del marketing personal antes del gran asalto de la comunicación de masas; por ende, debiéramos contarlo entre sus protofundadores. Hijo de potentados italianos, se educó en París, se codeó con la alta sociedad de aquellos años felices y escribió buena parte de su poesía en francés. Tenía todo para ser sólo un bon vivant diletante, pero su deseo era incontenible. Lo quería todo, de allí su apego a la tecnología, la novedad y promesa que asomaba con las inquietudes propias de todo siglo nuevo: sabía que había un enorme cambio con ella. En la búsqueda del poder —quería que se hablase de él en todos los continentes—, dio lo mejor de sí a un movimiento sediento de legitimación: el ojo esteta. En la búsqueda de sí mismo —era un dandy misógino— se extravió; entró y salió de Mussolini, pero jamás del fascismo. Su entusiasmo tecnológico y apetito iliberal llevaron a Jonathan Jones, uno de los especialistas en arte de The Guardian, a llamarlo el “Elon Musk del temprano siglo XX”. ↩︎
- Y por “todo movimiento” me refiero a todos y cada uno: el dadaísmo, la Bauhaus, Malevich y su Suprematismo; Kandiski y sus Blaue Reiters, el vorticismo de Wyndham Lewis, los constructivistas y su “realismo”, Fluxus, Merz, el estridentismo; los creacionistas detrás de Vicente Huidobro, los surrealistas con Breton a la cabeza, el John Reed Club, Lucio Fontana y el White Manifesto espacialista; los expresionistas abstractos, situacionistas, el pop-art de Warhol, Liechtenstein & Co, los minimalistas, los conceptualistas… John Cage fue un manifestante en la música y casi cada década el mundo de la arquitectura vio una nueva declaración de principios. (A propósito, ¿les suena un tal Lars von Trier en el cine?) ↩︎
- Marinetti se embarcó en una guerra personal contra una marca de Italia: la pasta. La despreció porque, decía, dejaba a las personas letárgicas e inactivas, mientras que el mundo moderno demandaba productividad y velocidad. Mussolini también operó contra la pasta –y eso los acercaba–, pero por razones económicas: Italia no producía suficiente trigo, así que Il Duce lanzó la nueva dieta nacional para aumentar el consumo de arroz con su Battaglia del grano. ↩︎
- Hay una recurrida foto de Marinetti en la Primera Guerra Mudial, donde posa con otros tres increíbles soldados, todos miembros del Battaglione Lombardo Volontari Ciclisti Automobilisti: el escultor Umberto Boccioni, que moriría durante la guerra; el pintor e ilustrador Mario Sironi, cuyo estilo definiría la estética fascista; y el arquitecto, urbanista y artista Antonio Sant’Elia, que dotaría a Fritz Lang con la estética de Metrópolis. ↩︎
- Hablé de Fritz Lang y su Metrópolis. Traigámoslo, pues funciona tanto como referencia para los tiempos de Marinetti como en la era de los tecno-fascistas de Silicon Valley. Cuando Elon Musk presentó su robot humanoide Optimus, las asociaciones con el cyborg de Metrópolis brotaron por todo internet. Musk, quien define la estética de su compañía, tiene especial predilección por las formas del art decó y el retrofuturismo seco de Lang. Lang, a su vez, diseñó la profundamente futurista “cittá nuova” de la película junto a Antonio Sant’Elia, uno de los participantes centrales del futurismo de Marinetti. La ciudad de Metrópolis es una síntesis de ideas del movimiento: velocidad, tecnología, limpieza y artificialidad práctica. ↩︎
- En La era del capitalismo de vigilancia, Shoshana Zuboff introdujo el concepto de “poder instrumental” para describir algo que ni el totalitarismo ni el fascismo capturan completamente. El poder instrumental –que es la instrumentalización del comportamiento para propósitos de modificación, predicción, monetización y control– no necesita ideología en el sentido clásico. A diferencia del totalitarismo, que exige obediencia ideológica y controla el comportamiento a través del terror, el poder instrumental es indiferente a lo que piensas. Solo le importa lo que haces –y, más específicamente, lo que puedes ser inducido a hacer sin siquiera saber que estás siendo inducido. Zuboff describe este aparato como el “Gran Otro” –una infraestructura computacional ubicua que vigila, predice y modifica el comportamiento a través de la indiferencia radical, reduciendo la experiencia humana a meros datos binarios combinables. Es una forma de control que logra certeza sin terror y que tampoco necesita legitimación. La relación entre el manifiesto de Palantir y esta categoría conceptual es directa: Thiel-Karp no construyen el Estado fascista del siglo XX –que requería la estetización de la violencia, el culto al líder y la movilización de masas en estadios– sino una arquitectura invisible y, en cierto modo, más peligroso: la infraestructura del poder instrumental al servicio de fines declaradamente militares y de control poblacional. El manifiesto es, en ese sentido, la rarísima ocasión en que el sistema de poder se quita la máscara de la eficiencia neutral y anuncia sus objetivos ideológicos. ↩︎
- En Simulacra and simulation, Baudrillard describió cuatro fases sucesivas de la imagen, cuatro estadios en la relación entre el signo y la realidad. En la primera, el signo refleja una realidad profunda. En la segunda, la enmascara y la desnaturaliza. En la tercera, enmascara la ausencia de una realidad profunda. En la cuarta, la imagen no tiene ninguna relación con ninguna realidad: es su propio simulacro puro. El signo ya no refiere a nada exterior a sí mismo. Es autorreferencial, autónomo, desconectado de cualquier origen. Palantir opera en este orden: ya no hay original que imitar, ni referente emocional que convocar, ni multitud que seducir. El sistema de datos no representa la realidad –la genera como insumo operacional. Un algoritmo que produce una lista de objetivos militares no describe la guerra: la precede. No es un mapa que registra el territorio; es el mapa que determina qué partes del territorio existen para la máquina que configura el universo posible de decisiones que tomará un humano, hasta que, IA mediante, las armas sean completamente autónomas. El proceso de vigilancia, agregación y targeting que Palantir ha perfeccionado es exactamente esta producción: una realidad operacional fabricada desde modelos que luego actúa sobre cuerpos reales. ↩︎
- La economista Mariana Mazzucatto traza ese mapa en The entrepreneurial state. Palantir recibió dinero semilla de In-Q-Tel, el front de la CIA en el mundo del venture capital. Apple debe sus touchscreen a programas fondeados por la CIA. Siri y Google son hijos del sistema DARPA tanto como Uber lleva el ADN de Navstar, la investigación para desarrollar el primer GPS financiada por la Armada, la Fuerza Aérea y el Ejército en 1973. Las compañías de Musk son proveedoras del sistema de defensa, al igual que Microsoft, Amazon, Alphabet, IBM y la Oracle de los Ellison. Anduril, una empresa de Palmer Luckey, ex protegido de Thiel, recibió fondos de la Patrulla Fronteriza para desarrollar sus torres de detección de migrantes en la frontera con México y drones armados con misiles. ↩︎
- La compañía de Andreessen, a16z, financia a varias compañías de defensa involucradas en la guerra de Irán y en la avanzada criminal de Benjamin Netanyahu sobre Gaza. Algunas de esas compañías son dirigidas por figuras cercanas al trumpismo. La directora del portafolio de defensa de a16z, Katherine Boyle, es amiga personal del vicepresidente JD Vance, por ejemplo. ↩︎
- Yarvin enarboló un plan llamado RAGE, siglas en inglés de Retire All Government Employees –retiren a todos los empleados del gobierno–, Musk tuvo su DOGE y Palantir dijo en su manifiesto que los servidores públicos no tienen por qué ser nuestros sacerdotes. “Cualquier empresa que remunerara a sus empleados como el gobierno federal remunera a los servidores públicos tendría dificultades para sobrevivir”, reza el apotegma #8. ↩︎
- Steve Bannon, parte del ala nacional-populista de MAGA, ha hablado de los techno-lords como “tecnofeudalistas” que “no tienen el más puto interés por los seres humanos”. Como todo líder populista exitoso, Trump deja crecer corrientes contradictorias que se disputan su oído, una dualidad que le permite inclinar sus alineamientos según la necesidad. Mussolini hacía exactamente lo mismo: cuando construía el movimiento, católicos, pobres, la clase media y Marinetti le servían. Cuando Marinetti atacó al papado en el primer congreso fascista, Mussolini vio que la clase media católica se resentiría y poco a poco fue corriendo al fundador del futurismo hacia áreas menos riesgosas políticamente. “El futurismo y el fascismo sólo se distanciaron porque Marinetti era demasiado radical para los partidarios de clase media de Mussolini”, escribe Jones. ↩︎
- Palantir se ocupa de ello: su software ha capturado el corazón de las operaciones de seguridad, salud, impuestos y retiro de Estados Unidos. Es la única compañía capaz de recolectar un volumen indescriptible de información y hacerla inteligible sugiriendo caminos de decisión a los funcionarios que usan el software. Es, de otro modo, el gobierno del gobierno. La mano que mece la cuna. “Palantir actúa como un parásito que, al hacerse más indispensable para el Estado que sus propios servicios, los condena a la desaparición”, escribieron Arnaud Miranda y Giles Gressani en Le Grand Continent. ↩︎
- China ciertamente es un serio riesgo, pues ha militarizado rápidamente su IA, una verdadera amenaza para la estabilidad global. La posición de los techno-lords es que Estados Unidos debería hacer lo mismo con más intensidad, para lo cual sus empresas deberían estar libres de intromisiones regulatorias. El argumento de la disuasión bajo la fuerza –una filosofía con raíces profundas en la política estadounidense, en especial en el Partido Republicano– remeda al proverbio atribuido al pensador militar romano Vegecio: Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum: Quien desee la paz, debe prepararse para la guerra. ↩︎
- Su prédica ha funcionado: hace menos de una década, había protestas ante las oficinas de Palantir en Palo Alto por sus contratos con el ICE. Miles de empleados de Google, además, habían firmado una petición para que la empresa no provea IA a los drones de ataque del Pentágono. En 2025, sin embargo, los estudiantes de Stanford llenan las clases sobre desafíos tecnológicos de la seguridad nacional y la oficina de investigación de la Armada financió con 1,250 millones de dólares la creación de un centro que maneje en la universidad sus programas de tecnología para la defensa. Stanford misma tiene una dilatada relación con el Departamento de Defensa de Estados Unidos que se remonta a los tiempos en que Fred Terman, considerado el fundador de Silicon Valley, regresó a la universidad después de servir en la Segunda Guerra Mundial: llegó con contactos y mucho dinero público para fomentar la creación de un hub de emprendedores locales. ¿De dónde provenía buena parte de ese dinero? Del Departamento de Defensa. Hoy, más de 40 mil empresas tienen relaciones cercanas con la universidad porque reclutan a sus estudiantes, financian sus investigaciones o nacieron de sus emprendedores. “Si la Ivy League fue el caldo de cultivo de las élites del Siglo Americano”, escribió Ken Auletta en un perfil de la universidad, “Stanford es la cantera de Silicon Valley”. ↩︎
- Vance trabajó en Mithrill, donde Thiel tiene inversiones, y recibió 15 millones de dólares de su exjefe para financiar su campaña al Senado en 2022. Luego invirtió en la compañía de vigilancia militar Anduril, donde Thiel es socio de su mentee Luckey, y ha sido un activo vocero de su visión del presidencialismo unitario. ↩︎
- La última frase de Benjamin en “La obra de arte…”: “Esta es la situación política que el fascismo está estetizando. El comunismo responde politizando el arte”. ↩︎