En una tira de los años cincuenta, Lucy le propone a Carlitos sostenerle el balón mientras él lo patea. Al principio, Carlitos recela (no es la primera vez que Lucy lo engaña y acaba en el suelo), pero enseguida exclama: “De acuerdo, confío en ti… ¡Tengo una fe inquebrantable en la naturaleza humana!” Lucy, fiel a su costumbre, lo traiciona de nuevo: retira el balón antes del chute y lo hace caer. Esta declaración –que se repetirá, con variaciones, a lo largo de la historia de Peanuts– condensa uno de los grandes temas de Schulz: la ética de la derrota. Carlitos fracasa una y otra vez –con la cometa, con el balón, en los partidos de beisbol–, pero estas pequeñas epopeyas fallidas no funcionan como mero gag humorístico. Todo lo contrario: cada desilusión le enseña a mirar el mundo de un modo distinto, cada tentativa suma experiencia, cada desencanto le ayuda a hacer la realidad más habitable. Carlitos se educa a sí mismo en el noble arte de la modestia: cultiva un optimismo en tono menor, ejerce un liderazgo torpe pero constante, aprende a reírse de sus desgracias.
Este volumen, traducido y curado por Daniel Álvarez Cañellas con motivo del 75 aniversario, encierra “las mejores tiras” de Peanuts a juicio del compilador. Aunque toda antología es de carácter subjetivo, el libro reúne una serie de cualidades que lo convierten en una pieza fundamental tanto para el lector que se inicia en el universo de Schulz como para aquel que disfruta de revisitarlo continuamente. Y es que su valor reside, me parece, en dos decisiones editoriales: por un lado, la amplitud del arco temporal (que permite apreciar la deriva estilística de Schulz) y, por otro, el criterio de selección, que privilegia motivos y ritmos antes que grandes hitos de la tira. Así, mientras vemos la evolución del trazo –del minimalismo punzante de los años cincuenta a las líneas más sueltas y horizontales de la última década– asistimos también al desarrollo de los personajes, tanto en la forma como en el fondo.
Snoopy, que en un principio ocupaba un lugar secundario y se limitaba a ser la mascota de Carlitos, termina por convertirse en el corazón de Peanuts: dado que la vida que le ha tocado le resulta insuficiente, desmiente la realidad mediante la fabulación. Sus heterónimos –del as de la aviación de la Primera Guerra Mundial al escritor famoso– le permiten evadirse del mundo, pero solo para volver a tierra reconciliado consigo mismo: el sabueso levanta el vuelo, combate al Barón Rojo y, aunque casi siempre es derribado, no duda en emprender más adelante una nueva aventura. (Respecto a estos heterónimos, una precisión: pese a que el volumen ofrece una buena muestra, echo en falta a Joe Cool, que solo figura una vez, quizá por ser demasiado cool para hacer mayor acto de presencia.)
Mientras Carlitos se dedica a estamparse contra la realidad y a errar sin tregua, Snoopy la disfraza de fantasías delirantes: al final, ambos llegan al mismo sitio –lo cotidiano–, pero por rutas distintas. Esta simetría entre los dos personajes principales hace que la tira rehúya del moralismo: ni la huida ni el choque bastan por sí solos; es necesario alternar la imaginación y la aceptación. Es decir, abrazar los desengaños con alegría, con entusiasmo y con buen humor, y volver a intentarlo al día siguiente. En este sentido, la inmersión en Peanuts es cronológica, pero también tonal: la métrica de cuatro viñetas que el autor explota con insistencia –preámbulo, expectativa, quiebre, silencio– no solo desata la carcajada, sino que obliga a pensar qué falló, qué se entendió mal y qué se hará después.
A diferencia de otras tiras (sin ir más lejos, Calvin & Hobbes, que bebe en muchos sentidos de Schulz), el entramado de Peanuts es coral y su riqueza no depende únicamente de Carlitos y Snoopy: Lucy encarna el sarcasmo que oprime y a la vez revela; Linus, con su mantita, transforma la dependencia en emblema y seña de identidad; Schroeder, con su devoción por Beethoven, hace de la disciplina –constancia, estudio, obcecación– una respuesta al caos de cada día. Woodstock concentra la poética del trazo mínimo: su lenguaje de tics y comillas resulta ajeno para el lector, pero inteligible para Snoopy, quien nos muestra que lo verdaderamente importante no es compartir el código del otro, sino hacer un esfuerzo por comprenderlo. Peppermint Patty y Marcie conforman otro dúo icónico: la primera vive hacia afuera –es pura intuición y liderazgo– y, aunque habla sin filtros y con franqueza, también se equivoca con candidez (y lo reconoce); la segunda, en cambio, vive hacia adentro: su precisión verbal y su ironía no esconden su timidez. Su empeño por ser cómplice y no protagonista –no por nada llama a Patty “señor”, en reconocimiento de su jerarquía– es una trinchera que le permite hacer gala de su inteligencia y, a la vez, corregir amablemente a su amiga. Dicho sea de paso, a medida que Peanuts evoluciona este contrapunto se va diluyendo: Patty aprende a escuchar con atención; Marcie, a fallar en público.
Esta pandilla de neuróticos podría parecer conflictiva, pero lo que la vuelve luminosa es la franqueza y la honestidad con la que abrazan sus virtudes y defectos, como si de antemano supieran que la amistad es precisamente eso: una suerte de negociación constante y feliz; la convivencia con ciertos aspectos de nuestra personalidad, incluso los que menos nos gustan; la aceptación del otro tal como es. Tras constatar, por ejemplo, las nulas habilidades beisboleras de sus amigos, Linus le pregunta a Carlitos desde la banca: “Bueno, ¿cómo pinta el viejo equipo este año, entrenador?” Carlitos responde: “Es difícil de decir, pero trato de ser optimista…” / “El optimismo es admirable en un entrenador, ¿no es cierto? ¿Qué otros atributos crees que tienes?”, insiste Linus. / “La estupidez”, asevera finalmente Carlitos.
Frente a este tipo de chistes –en los que el remate consiste en exhibir, sin tapujos, la propia torpeza– se revela otra dimensión de la tira: Peanuts no despliega solo una educación sentimental, sino también una educación en el autoconocimiento. Carlitos puede llamarse a sí mismo “estúpido” y seguir adelante porque sabe que esa palabra no clausura nada: funciona como un diagnóstico provisional y tornadizo, una forma de ironía defensiva que, al mismo tiempo, le permite mantenerse en movimiento. La lucidez, en Schulz, nunca paraliza; hiere, pero empuja hacia adelante.
Charles M. Schulz pasó casi cincuenta años dibujando la misma tira, desde 1950 hasta poco antes de su muerte, en el año 2000. Nacido en Minnesota en 1922, de apariencia discreta y modales tímidos, convirtió su experiencia de provincia –las canchas vacías, los suburbios nevados, las escuelas públicas– en un laboratorio de microdramas infantiles que resuena en todas las edades.
Si algo demuestra este volumen es que Peanuts mantiene su vitalidad no solo porque sus chistes sigan funcionando, sino porque conserva intacta su capacidad de acompañar al lector en su medianía. Uno vuelve a estas tiras no tanto para identificarse con un personaje en particular; más bien para reconocer, en el conjunto de la pandilla, una extraña complejidad emocional: nuestras dudas (Linus), nuestras ambiciones (Snoopy), nuestra crueldad inadvertida (Lucy), nuestro entusiasmo inútil (Carlitos).
Al cerrar el libro, la escena del balón adquiere otro matiz. Ya no se trata solo de la brutalidad de Lucy ni de la ingenuidad irreductible de Carlitos, sino de algo más amplio: esa fe obstinada en la naturaleza humana, esa necesidad de seguir confiando y echar a correr hacia el balón –a sabiendas de que volveremos a caer– es la forma más modesta, y quizá la única, de heroísmo posible. ~