Elizabeth Loftus es una psicóloga estadounidense que ha dedicado su carrera al estudio de la memoria y los falsos recuerdos. En los años ochenta publicó una obra en la que plantea que la memoria es más maleable y manipulable de lo que imaginamos, de manera que nuestros recuerdos no son solo el resultado de pasar la experiencia por un cedazo que se desprende de lo superfluo, sino también de transformarla sucesivamente o, incluso, de inventarla por completo. Estos recuerdos, ya sean adaptados o prácticamente ficticios, son a menudo una forma de hacernos más agradable la existencia, dotándola de consistencia. En ocasiones pueden estar relacionados con traumas o experiencias reprimidas y terminar provocando consecuencias trágicas, como relata el periodista Pablo Trincia en su magnífico y espeluznante libro Veneno. Y otras veces la cosa es mucho más prosaica: así, tengo el convencimiento absoluto de que, no habiendo cumplido los dos años, me desperté en mitad de la noche, trepé la baranda de la cuna, salí de ella y, anadeando a oscuras con todo el aplomo del bebé apenas bípedo, me presenté en el salón donde mis padres veían la tele, con el sobresalto considerable. Un argumento a favor de la veracidad de mi muy vívido recuerdo es que hay estudios que indican que los primeros recuerdos surgen entre los dos y tres años, por lo que yo acaso habría sido simplemente un poco precoz. Al otro lado de la balanza está el hecho de que se trataría de un alarde gimnástico que no se compadece bien con la habilidad motora que he demostrado desde entonces.
Sea como fuere, y en lo que toca a la literatura, la tesis de Loftus llevada a sus últimas consecuencias implica que toda autobiografía deviene, en grado variable, autoficción. Y si ya sabíamos que cuando uno se pone a narrar su vida tiende pretendidamente al olvido o la floritura, no es menos importante el desdibujo que causan la elisión o la invención.
2025, el número 86 de su vida, ha sido un año importante para Álvaro Pombo. En abril recibió, en silla de ruedas y ataviado con su inseparable gorro de lana, el Premio Cervantes. Entre sus méritos, Enrique Murillo, autor del monumental Personaje secundario, dijo en una entrevista para Jot Down que la razón por la que recomendó a Herralde que publicase a Pombo es que en él se concitaba una terna valiosa por escasa: “escritura, cerebro y raciocinio”.
Ha sido acabando el año cuando Anagrama, la editorial que fue de Herralde, ha publicado Cuentos autobiográficos, hasta ahora la última obra de Álvaro Pombo (el hasta ahora es pertinente, porque el subtítulo indica que se trata de un primer volumen de relatos). Son dieciocho piezas y una nota final en la que el santanderino apostilla que “lo autobiográfico aquí es todo […] algunos cuentos son fruto directo de mi memoria y mis recuerdos. Otros han sido construidos a partir de las imágenes de mis recuerdos en forma de cuentos, con más o menos imaginación o ficción”. En la sinopsis del libro se indica que “Álvaro Pombo aborda la autoficción”, ¿pero acaso no lleva haciendo esto largo tiempo? ¿No hay autoficción, no hay Pombo, acaso, en Contra natura o, sin necesidad de irse tan atrás, en los recientes Santander, 1936 o El exclaustrado?
Quizá esta aclaración no sea necesaria: al contrario del autor que recurre al tópico de que ahí, flotando en el mundo de las ideas, estaba la historia esperándole a él —justo a él— para ser escrita, Pombo está por delante de la historia, la vive, la macera y, finalmente, hace palabras de ella. El Pombo hombre es inseparable del Pombo escritor: “yo fui, supongo, un chaval solitario en el mismo sentido en que ahora soy un escritor solitario. Eso significa que he vivido muy imaginariamente mi propia vida”, escribe al recordar sus exploraciones por la bahía de Santander a bordo de un chinchorro. Y refiriéndose a su feliz descubrimiento de Iris Murdoch, dice: “me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida”.
Los fogonazos de Pombo que conforman el libro no siguen un orden cronológico ni ilación aparente, pero muestran la coherencia del profesor metódico que, tras jubilarse, pone orden entre los muchos papeles e imágenes que acumula en un piso del barrio de Argüelles donde un día ondeó una bandera pirata. Atraviesa todas las historias un tono sobrio que, dando correa a la ternura, evita el recurso lacrimógeno de la nostalgia: “a los sesenta años ninguna pena es ya desgarradora”, escribe en “El pésame”, el relato más extenso y teatral del libro y que guarda un monólogo interior memorable acerca de la posibilidad del amor. También hay tragicomedia, como en ese pasaje donde, sentado él en la Plaza de España de Madrid, dos agentes de policía le abordan preguntándole si es maricón y él, muy à la Isherwood, responde marcialmente “¡sí, señor!”. El lacónico intercambio termina con Pombo sentado frente a Arias Navarro en su despacho de la Dirección General de Seguridad. Muchos años antes de convertirse en bulto sospechoso de la Transición, el carnicerito de Málaga —sobrenombre que bien se encarga Pombo de recordar— le conmina a que se junte con gente de su clase y deje de vagabundear en la noche madrileña. Por la cosa bien de la autoficción, bien del mecanismo biológico de la memoria, no se puede saber cuánto de este episodio impagable fue así.
Aplicando la prudencia necesaria respecto a las citas célebres, dicen que un sabio sufí dijo que la verdad es un espejo en manos de Dios que se cayó y rompió en pedazos, y que desde entonces todos guardamos un añico de él. Estos cuentos autobiográficos son el espejo roto de un escritor que contiene multitudes. Si se juntan sus añicos se ve el reflejo, tan aproximado a la realidad como los juegos de la memoria permiten, de un Álvaro Pombo apenas senescente.