Lecciones de masculinidad con Kurosawa. Helen DeWitt nació en Maryland (1957) y vive en Berlín, estudió en Oxford y abandonó la academia para escribir, publicó una novela que tuvo bastante éxito (El último samurái, 2000) en la que una madre soltera cría sola a su hijo, que resulta ser un niño prodigio, y al que le pone Los siete samuráis de Kurosawa para paliar la ausencia de una figura paterna. Luego, por problemas legales, el libro desapareció de la circulación hasta hace unos diez años que fue rescatado y recuperado por y reeditado por New directions (la edición más reciente en español es de 2018). Su segunda novela, Lightning Rods (2011), aún sin traducir, pareció que no se publicaría. En 2008 lanzó en su web Your name here, que en 2025 editó Dalkey Archive.
Outsider. Helen DeWitt se hizo outsider de la industria por firme decisión propia, mantiene un blog (https://paperpools.blogspot.com/) donde remite a su ko-fi. En España, la edita un gran grupo (Random House), así que quizá suena un poco contradictorio llamarla escritora de culto o de los márgenes o fuera del mercado. Acaba de traducirse –Garbiela Ellena Castellotti para Random House– un volumen que reúne una novella, Los ingleses entienden de lana, seguido del libro de cuentos Vaya truco (publicado en inglés en 2018) y un par de cuentos largos, “Laura” y “Los códigos sexuales de los europeos”. Al leer las piezas, se entiende bien en qué es una outsider: muchos de los cuentos hablan de la relación creador/mercado, muchas veces, el mediador (editor, galerista, etc.) trata de convencer al artista de que modifique la obra para hacerla más accesible, más comprensible, más vendible. DeWitt, por la vía del humor, habla de contratos y cláusulas, y dispara la imaginación para dar con una explicación a la desaparición del mercado su primera novela durante diez años.
Los trajes se hacen en Londres. Los ingleses entienden de lana es la nouvelle que da título al volumen. La narradora y protagonista es Marguerite, una muchacha de 17 años educada en el exquisito buen gusto, que descubre que ha sido víctima de un engaño enorme la mañana en que despierta en un exquisito hotel londinense y su madre (y con ellas sus maletas y pertenencias) han desaparecido. De entre todas las ofertas que la huerfanita exquisita recibe, acepta la de escribir un libro contando su historia, ¡ese es precisamente el libro que estamos leyendo! Y tiene una particularidad: no solo cuenta su historia, la educación en el buen gusto que recibe, sino que incluye el intercambio de correos electrónicos con Bethany, editora con quien trabaja en el manuscrito a la que le parece que en las páginas que Marguerite le envía falta sentimiento, un poco de evisceración, que Marguerite no termina de incluir. Después de un “Tenemos que hablar”, las dos mujeres se reúnen. “Nosotros creíamos en el libro –dice Bethany–, así que apostamos por él. El contrato era bastante específico sobre las áreas que esperábamos que cubriera; es lo habitual cuando el valor del libro para el editor reside en temas específicos de interés mediático. En caso de que el manuscrito no sea aceptado, el segundo pago no se realizará. En caso de que no haya un intento razonable por tu parte de satisfacer nuestros requisitos, no solo no se pagará lo que falta, sino que se te pedirá la devolución del anticipo”. Marguerite se muestra bastante impermeable a las amenazas de la editora, y poco a poco se irá descubriendo que esa meseta emocional no solo es fruto del mandato en que ha sido educada de evitar, pase lo que pase, hacer nada que se considere de mal gusto; Marguerite se convierte en una heroína sin dejar de ser una tipa rarísima y a la que no comprendemos bien.
El resto de trucos. El volumen se compone además de los trece cuentos de Vaya truco y esas dos piezas que cierran. Mientras iba picoteando en los cuentos de Helen DeWitt pensé que había descubierto a la hermana gemela de Mariano Gistaín –ella tiene un poco más de mala leche–. Lo pensé al ver los gráficos y las notas al pie de algunos cuentos, como “Mi corazón pertenece a Bertie” o “Los códigos sexuales de los europeos”, que se presenta como un informe de un blog. Bajo diferentes capas y trajes (la huerfanita o el muchacho que llega a Nueva York desde Iowa y la ciudad responde a sus expectativas punto por punto), Helen DeWitt está interesada en una cosa: los códigos, y por encima de todos, el código de los códigos: el lenguaje.