May Sarton y el entusiasmo por la casa propia

Desde la colocación de cuadros y muebles, precedida por la obra de adecuación de la casa, hasta los esfuerzos por hacer un jardín del terreno pedregoso, 'Anhelo de raíces', que acaba de publicar Gallo Nero, consiste en el relato de los primeros primeros meses de May Sarton en su nueva casa.
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Igual que nadie escarmienta en cabeza ajena, nadie se retira del mundo al campo ajeno. Pero al leer Anhelo de raíces, de May Sarton, no solo he sentido el placer de encontrar en cada página una imagen vibrante o una pequeña aventura, sino que además su viaje interior me ha servido como guía para la perpleja que también yo soy.

Cuenta May Sarton que hasta los 45 años “vivía muy feliz sin tener propiedades […] no tenía más responsabilidades que mi talento. Vagabundeaba, tomaba prestadas las vidas de otras personas, de otras familias […], y durante muchos años no me decidía si mi corazón pertenecía a Europa o a América”. Desde los 26 años publicaba libros de poesía y novelas, y se ganaba la vida como conferenciante en universidades de todo el país. Si dice que se sentía repartida entre los dos continentes es porque nació en Bélgica, pero a los dos años la familia se trasladó a los Estados Unidos, donde creció.

Al comenzar el libro, Sarton está colgando de las paredes de su nueva casa el retrato de un antepasado normando, un tal Duvet de la Tour. Por fin dispone de un lugar donde colocar la herencia de sus padres (la artista inglesa Mabel Elwes y el historiador de la ciencia George Sarton), que son unos arcones flamencos pero también un modo de comportarse y de contemplar el mundo. Acaba de comprarse y arreglar una antigua granja en el minúsculo pueblo de Nelson, en New Hampshire, donde espera desarrollar una nueva fase de su vida y escribir todo lo que pueda. Estamos en 1958 y ella acaba de cumplir los 46.

Desde la colocación de cuadros y muebles, precedida por la obra de adecuación de la casa, hasta los esfuerzos por hacer un jardín del terreno pedregoso, las visitas dosificadas de sus amigos y la relación con sus vecinos, todo el libro, que acaba de publicar Gallo Nero con estupenda traducción de Mercedes Fernández Cuesta (y que creo que es el primero de May Sarton que se publica en España), consiste en el relato de los primeros primeros meses de adaptación a su nuevo hogar.

El libro está escrito diez años más tarde, pero conserva el tono del entusiasmo muy subido que debió de sentir por aquellos días en que se estaba instalando, los detalles perfectamente guardados en la memoria y también en el ciclo de las estaciones con sus meses de nieve, su primavera tardía y sus pájaros de temporada. Sin ir más lejos, es una oropéndola la que la convence de comprar la casa, cuando la va a visitar con un amigo y la mujer de la inmobiliaria: “no había escuchado una oropéndola desde que era niña; en mi alterado estado, aquellas notas sonaron con extraordinaria resonancia. En realidad, me parecieron una señal”.

May Sarton se fija en todos los detalles y de ellos saca, sin forzarlos, una equivalencia con algo profundo de su ser. Todo está vivo a su alrededor, y vivo porque devuelve el eco de quien lo mira. En su inmersión en la naturaleza hay algo que hermana a Sarton con otros escritores americanos como Sue Hubbell, John Burroughs o Annie Dillard. Pero detecto algo curioso que se añade al trascendentalismo inevitable de Sarton, y es que quizá el interés del libro no está en la descripción vivísima de paisajes, ambientes y fenómenos naturales, por muy fascinantes que resulten, sino en un particular espacio fronterizo que genera ella al tomarlos como tema y darle así un impulso a su vida en un momento en que esta parece empujarle a un cambio.

Lo que hace May Sarton al mudarse a ese pueblo arbitrario como es Nelson es extender, entre la tensión de la naturaleza y la de su vida de poeta, una superficie para desplegar las cartas de su existencia, asimilarlas y reordenarlas para una nueva timba. En ese aspecto Anhelo de raíces me hace pensar en El complot de las damas muertas, de Jessa Crispin, a pesar de que en este último caso la escritora lo que hace, en el momento crítico, es cambiar la casa por el vagabundeo por Europa y, en lugar de concentrarse en sí misma y en los aspectos más básicos de la existencia, se dedica a seguir el rastro de sus escritores preferidos. En los dos casos la elección que toman las escritoras se revela acertada, o da su flor especial, gracias precisamente a la escritura del libro que la detalla.

En su libro Crispin está atribulada, pero también en el luminoso libro de Sarton detectamos de vez en cuando, en mitad de la narración exultante, las vacilaciones de la autora, a veces confesadas abiertamente y otras veces veladas en el texto. Y son precisamente estas dudas las que hacen valioso y real el arrebato.

Todo se cuenta y se lee como si estuviese pasando en este momento, pero el libro se cierra con un capítulo de tono más retrospectivo. Han pasado algunos años y Sarton ya le ha visto las costuras al pueblo. No es que se arrepienta de vivir allí, pero “cuando llegué por primera vez todo era una aventura, y esa es la aventura que este libro cuenta. Pero ahora esa exuberancia, aquel tiempo en que vivía en perpetuo estado de asombro, curiosidad y, a veces, pesar y miedo está cambiando. El período romántico de mi vida aquí ha llegado a su fin”.

Eso dice Sarton, pero aún conserva entusiasmo para dejar como lema una frase que recuerda a Li Po: “Vivamos como filósofos chinos, borrachos de luna”. Ahí, en ese rincón de New Hampshire, y en todos los demás rincones.

Anhelo de raíces

May Sarton

Traducción de Mercedes Fernández Cuesta

Gallo Nero, 2020

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