Puro glamour VI. De Garrapinillos al Bierzo: preparado está ya el cohete para zarpar

Conciertos suspendidos, viajes aplazados, niños que aprenden a dejar el pañal y otros que tachan días en el calendario. De camino al Bierzo en el coche suena Mecano.
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Voy con mis dos hijos mayores a ver el show de mi amiga. Vamos en autobús, en el 34, y mi hijo mediano repite durante todo el trayecto que vamos en el 34, ni en 35, ni en 36, etc. Ha aprendido los números así, de verlos en los autobuses. Vemos muchos 35 de camino al cole, y es el que nos lleva a los cines Aragonia, donde fuimos a ver El viaje de Chihiro. Después del show nos quedamos en una terraza y se hace de noche y todos van a comer hamburguesas pero yo pienso que es demasiado tarde y además no hay sitio en la terraza así que pido una para llevar, que tarda más de lo que les cuesta a los demás que les preparen las suyas y se las coman– y voy con los niños hacia la parada del autobús. Al día siguiente, el concierto de Rigoberta Bandini en el Jardín de Invierno del Parque Grande se suspende. Es una pena, tenía entradas para ir con mi hermana, iba también mi amiga del show. Pero al mismo tiempo siento cierto alivio y pienso que se han cumplido los deseos de mi hijo mediano, para el que no compré entradas y se ha pasado toda la mañana protestando hasta que ha cogido un rotulador y un folio y muy serio me ha preguntado cómo se pone “entrada”. He intentado explicarle qué es una entrada oficial y no creo haber tenido mucho éxito porque me ha dicho: si yo no voy no va nadie. Y al final, sus deseos se han cumplido. Así que volvemos esa misma tarde-noche a Garrapinillos.

Mi tía y mi abuela siguen ahí. Han ido retrasando el traslado veraniego al pueblo todo lo que han podido; en realidad, ha sido cosa de mi tía. Al principio, mi madre insistía también en que se quedaran: ahora que he conseguido que Cristian, el albañil, me haga un hueco y venga a poner la barandilla, mamá, no puede venir y que no estés, decía, dirá que le engaño. A mi tía le daba un poco de pereza, y mi abuela poco a poco se fue dando cuenta de que no tenía mucho que hacer, se irían cuando su hija decidiera. Estaban dispuestas a irse el sábado, pero mi prima ha avisado de que va a ir con unos amigos y que es mejor que no coincidan por la covid, así que se posterga unos días el traslado para felicidad de mi tía y una cierta incredulidad guasona en mi abuela. Mis hijos, sobre todo el mediano, siguen con su cuenta atrás: cuántos días faltan para que nos vayamos al Bierzo. Los va tachando en el calendario de la cocina de mi madre. Siete, solo siete por fin. Ahora ya seis, en realidad. Mi hija pequeña ya no lleva pañal. La llevo a hacer pis y cuando le sale le doy la enhorabuena y ella sonríe mucho. Un día, después de desayunar, su hermano le dice que pueden ir a hacer pis al jardín, que es muy divertido. Y ella que aún no distingue bien, acaba haciendo caca debajo del cerezo. Mi hijo mediano está en modo verano: eso quiere decir que va desnudo siempre que puede, sino sigue con su uniforme habitual de camiseta de manga larga y mallas largas, todo en negro riguroso. Compro mallas y camisetas de manga larga por internet esperando que lleguen antes de que nos vayamos al Bierzo.

Mi tía y mi abuela deciden irse el lunes por la mañana. Pero se les va haciendo tarde y casi es la hora de comer. Para irnos ahora, mejor nos vamos comidas. Después hace demasiado calor: mamá, marca 40º el termostato del coche, lo he puesto a la sombra. Mi tía está a punto de decir que van a llegar de noche y que ya, total, mejor esperar hasta mañana. Pero le parece demasiado hasta para ella, se montan en el coche hacia las seis. Dos horas después, la prima de mi madre la llama: han llegado, si quieren hablar con ellas puede llamar al fijo, allí los móviles no tienen cobertura.

Dormitamos en la piscina, me llevo un libro conmigo pero en realidad me duermo todo el tiempo. Alguna mañana vamos a correr y yo me desespero porque pase lo que pase siempre voy igual de despacio y siempre me canso lo mismo y ni siquiera tengo claro que me siente bien. Veo en Instagram que mi amiga Almudena va a correr y en bici y hace marcas increíbles. Debe de ser cosa de la edad, dice mi novio, nos sentimos muy especiales y únicos porque vamos a correr o queremos comprarnos una casa y en realidad está todo el mundo haciendo lo mismo. Más que de la edad, de la vida, que te empuja.

La noche de antes de irnos al Bierzo mi madre nos prepara una tortilla de patata para el viaje, también nos deja su furgoneta. Se enfada porque llego tarde a mi cita de la vacuna, llego tan tarde que la enfermera que llama, cuando le digo que soy la hija de la médico, solo me dice: anda, pasa, que tienes a tu madre negra. Pasados los quince minutos de rigor, me monto en el asiento de copiloto de la furgoneta y busco el nombre del pueblo en el que viven nuestros amigos en el navegador, que lo sustituye por otro, pero como coinciden los códigos postales me despreocupo.

El viaje se hace largo. Los niños están agotados ya en la primera parada, luego duermen poco y me piden que les ponga canciones. “Fiesta”, “Laika” y “Perra”, generalmente en ese orden. Mi hija mayor se emociona con “Laika”; a mi hijo mediano le parece supertriste la parte en la que “el control en tierra dice a Laika adiós”. Yo entiendo por fin que dice “preparado está ya el cohete para zarpar”. Luego mi hijo mediano me pregunta qué es el control en tierra. Nos da la sensación de que hagamos lo que hagamos siempre nos quedan 300 kilómetros. Por fin avanzamos, aparece el desvío de Astorga y nuestros amigos nos dicen que ya estamos entrando en el Bierzo. Mi hija pequeña pregunta si puede hacer pis en el Bierzo.