Puro glamour VII. Melones en el río Boeza

Un paseo hasta el río para bañarse en el agua helada del Boeza, niños que quieren ser cyborgs y excursiones en busca de wifi.
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Íbamos caminando paralelos al río Boeza, pero en sentido contrario a la corriente. Habíamos hecho la mitad del camino cuando mi novio y el padre de la otra familia volvieron sobre sus pasos hacia la furgoneta para llevarla cerca de donde íbamos a comer. Mi amiga y yo íbamos con los niños, yo llevaba en hombros a mi hija pequeña, el mediano iba un poco por delante de mí y la mayor iba más adelantada, con su amigo. A un lado del camino estaba la acequia, al otro árboles. Vimos libélulas y muchos helechos, las plantas de los dinosaurios. Nos parábamos en los agujeros que parecían hormigueros y cuando llegamos al claro en el que nuestros amigos solían ir a comer y a bañarse al río, éramos los únicos. Un poco antes de llegar mi amiga me enseñó la poza en la que iba a bañarse de adolescente. Los niños son aún pequeños para esa, me dijo. Nada más llegar pusimos el melón en el río para que se refrescara y empezamos a comer: tortilla de patata que mi madre nos había preparado para el viaje y no habíamos acabado, carne empanada y aceitunas, el alimento favorito de mi hijo mediano. Un poco después, vimos el melón alejarse en el río, lo arrastraba la corriente. La otra orilla estaba empezando a llenarse de gente. Mi novio trató de atrapar el melón, le acompañaron los niños mayores. Fracasó. Entonces, nuestra amiga, que llevaba un bikini con un estampado de leopardo, lo logró: se anticipó al camino del melón y lo atrapó. Levantó el melón para mostrarnos su éxito, y así, con el estampado de leopardo pensé que era como una especie de amazona. Antes de meterse en el río para bañarse se quitó el collar –una larga cadena de plata que lleva una especie de minipetaca colgada–: este río siempre se cobra algo me dijo. Y yo pensé que lo había intentado con el melón. Los primeros en bañarse fueron los niños mayores. El agua estaba helada. Cada chapuzón era celebrado con aplausos y gritos. También los de la familia de la otra orilla, que se bañaban vestidos y calzados. Me metí con las gafas de sol, que llevo todo el tiempo porque están graduadas, al principio me disculpaba por no quitarme las gafas de sol nunca; ahora ya no me importa parecer antipática o Bob Dylan. No fui capaz de nadar, solo de sumergirme completamente. Ahora me arrepiento de no haber dados unas brazadas. El padre de la otra familia fue el único que no se bañó. Estaba tumbado sobre una roca leyendo una versión de La odisea con dibujos de Calpurnio. Nuestra amiga y yo fuimos las únicas que vimos un conejillo, o puede que fueran varios, cruzar de un lado al otro del camino. Era pequeño y negro y lo vimos tan fugazmente que en realidad yo no estaba segura de lo que había visto.

 

Mi hija mayor y su amigo mantienen conversaciones que oigo en parte. Él le habla de cyborgs –quiere ser uno–, le enseña las canciones de Pascu y Rodri y le pregunta muy serio: ¿Tú crees que nosotros seremos inmortales? También le dice que su padre es el que más corre del Bierzo.

La hija de nuestros amigos se pone el pantalón sin camiseta y se lo sube hasta los sobacos. Le digo que ha inventado el vestilón, mitad vestido mitad pantalón.

Juegan a los bebés y a montar un tren y me quitan el teléfono para hacerse fotos y grabar vídeos.

El hijo mayor de nuestros amigos me pregunta de qué año es mi cámara de fotos y luego me dice que la suya es de 2000.

 

Nuestra amiga no se fiaba del internet por satélite, así que me llevó a casa de un amigo, en Bembibre, para que entrara en la radio desde allí. Cuando llegamos, ella no se acordaba bien del piso que era. Había un gato negro y con los ojos verdes en el portal, era el gato de su amigo. Al día siguiente volvía a estar ahí, como esperando. Cuando se abrió la puerta del ascensor lo llamé y vino detrás de mí. Me miraba, mi amiga sostenía que era bizco, y yo pensaba que era un gato perfecto, tan suave y con los ojos tan verdes. Otro día fuimos a casa del hermano de nuestra amiga, en la misma aldea, hubo un poco de tensión porque no encontrábamos la clave para internet por ningún lado. La madre de mi amiga tenía la clave apuntada en un papel, pero antes de dárnosla le dijo a su hija que había que guardar las cosas porque si no, luego no se encontraban.

 

Pasamos un rato subiendo y bajando cuestas buscando La estrategia del caracol, donde habíamos reservado un arroz al senyoret. Los niños comieron también rabas y los adultos bebimos tinto de verano y cervezas con gaseosa. El hijo mayor de nuestros amigos se hizo una herida en la planta del pie, usamos el accidente para convencer a los niños de que se calzaran. También fuimos a comer truchas a un bar cerca de una playa fluvial en un pueblo al que no podían entrar los coches. Fuimos andando hasta el pueblo de al lado para ir a cenar a un sitio que se llama El valle. Es una casa grande rehabilitada con habitaciones y un salón enorme con un futbolín. Hay una piscina pequeña y césped artificial y los niños estaban felices por haber encontrado tréboles de cuatro hojas, cada niño –y eran muchos porque se habían sumado más hermanos de nuestra amiga– traía uno. Uno de los hermanos, ingeniero agrónomo, dijo que no eran tréboles, pero no se lo dijimos a los niños. Yo quería volver caminando, llevábamos linternas y nuestra amiga decía que veríamos luciérnagas. El camino de ida, por los caminos, lo había pasado tratando de aprenderme “Niño futuro” y dando agua a los niños. Y luego explicándoles que ya no quedaba agua y que cuando llegarámos rellenaría la botella en la fuente.

 

Uno de los hermanos de nuestra amiga tiene dos hijos, el mayor ya es adolescente. Decía que a veces los niños que tienen mucho autocontrol de pequeños, que no desbarran de niños, de mayores pueden tener tendencias depresivas por autoexigencia. Por supuesto, pensé en mi hija mayor. Luego pensé que todos los padres pensamos de nuestros hijos que son superdotados, pero también psicópatas.

 

En “Diario de Ilfracombe” –que leo en Ensayos y hojas de un cuaderno (edición de Pablo Luis Álvarez y Arcadio Saldaña)– George Eliot escribe: “A nuestra llegada, el campo estaba entonces en su máximo esplendor. Era justo ese moemnto de la primavera en que las copas de los árboles están a rebosar, pero mantienen todavía delicadas variedades de color y a esa diafanidad que le es exclusivamente propia a esta estación. ¡Y la aliaga celebraba gloriosa su color de oro! Nunca la había visto en tal abundancia como aquí; sobre las colinas, el aire se empapaba de su esencia, y masas bellísimas de flores me invitaban a recogerlas, cuantos más especímenes, mejor. Casi como el rojo vespertino que va desvaneciéndose, las flores de aliaga palidecían por las colinas, y el único contraste que quedaba era con terrenos de arcilla, con sus cultivos y bosques verdes”.