Puro glamour X. Hospitales

Dos visitas a urgencias con niños, una fue hace unas semanas, la otra hace treinta años, y las dos tienen final feliz.
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Mi hijo y yo nos quedamos dormidos en una sala de urgencias del Hospital Infantil de Zaragoza –recién decorado, recién pintado, ya sin esos vinilos viejos de personajes de Disney; ahora con sillas nuevas de colores y dos pantallas enormes en la sala de espera–, donde habíamos llegado unas horas antes, después de darle varias inhalaciones de Ventolín sin que terminara de mejorar. Tampoco en el hospital conseguían que la saturación de oxígeno en sangre estuviera por encima de 94 %. Le pusieron el pulsímetro en varios dedos de la mano, quizá como llevaba las uñas pintadas eso impedía que leyera bien, pero al ponerlo en el dedo del pie daba lo mismo. Nos metieron en un box y después de una tercera nebulización nos quedamos dormidos: él sobre mí y yo sobre la silla. Nos despertó mi hermano, que tenía guardia en el hospital general que está pegado, había mirado el informe y sí, era probable que lo dejaran ingresado. Le dije que igual tenía que dejarme un cargador para el teléfono. Mi hijo estaba bien, tenía sueño, yo solo había dormido las cabezadas del box porque me había quedado leyendo –Isla Decepción, de Paulina Flores– con una bolsa de pipas. Pero cuando vio el pijama que tenía que ponerse para el ingreso se echó a llorar: es muy feo, dijo. Era blanco con dibujos verdes de animales, la verdad es que no era especialmente bonito. No entendía por qué tenía que quitarse sus mallas negras y su camiseta negra; por qué no podía ir de negro aunque estuviera ingresado. Tampoco le pareció bien la parte de la silla de ruedas hasta la habitación, en la que solo podría estar un acompañante, pero ahora dejarían entrar a mi novio para que nos organizáramos. El baño es solo para el niño, me dijo la enfermera, bueno, añadió, si son las tres de la mañana y tienes que ir, siempre que no ingresen a otro niño aquí, claro. Las esponjas con jabón, las toallas, elegir la comida del día siguiente, todo eso me recordó a mis últimos ingresos, cuando nacieron mis hijos. 

El viernes había presentado mi libro en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza y luego nos habíamos ido a casa de mis padres y allí mis hijos y los hijos de mi hermano habían jugado con las perras, habían salido al jardín seguramente descalzos –mi hijo mediano muy posiblemente– y yo aún tenía restos de rímel en las ojeras. 

Fui a casa, me duché, metí pinturas y folios, un par de juguetes en una mochila, cogí libros que tenía que leer, cogí fruta; entré a comprar un cargador para el teléfono. Recorrí la calle Alfonso sola, sin prisa, miraba la ciudad, las tiendas y me parecía diferente. 

Como era domingo, por bien que estuviera no le darían de alta hasta el lunes. Por la tarde le quitaron el oxígeno, pintamos dinosaurios, vimos ambulancias desde la ventana, leímos cuentos, me hizo dibujar ambulancias y helicópteros. Durmió la mayor parte del tiempo y yo pude leer y trabajar. Conforme mejoraba demandaba más atención y me dejaba trabajar menos. Al final de la tarde vino Barreiros a traernos algunas cosas: el ordenador, libros, un bocadillo de tortilla de patata que había hecho mi madre y que mi hijo me robó, bueno, me cambió por su cena: sanjacobos con sabor a infancia de comedor escolar. El lunes a la hora de comer mi hijo mediano estaba en casa. Como viene se va, le pasa desde que tuvo una bronquiolitis con un mes, se supone que con la edad mejora, que es una cuestión de madurez pulmonar, mientras tanto inhalaciones y paciencia. Y si hay crisis, también estilsona. 

Una semana después, tuve una charla en Alcañiz, Teruel. Me llevó mi padre, como cuando íbamos a las revisiones pediátricas desde Urrea de Gaén. Hacía treinta años que me salvaron la vida en Alcañiz: después de un choque con un kart en Ejulve, mi tía Isa sospechó que no era solo el golpe y nos subimos ella, mi hermano y yo al coche de mi tío Vidal, el hermano de mi abuelo, que condujo por carreteras horribles durante casi dos horas sin que se le notara que estaba muerto de miedo. Tenía una hemorragia interna, estaba llena de sangre por dentro, tenía ocho años y estaba aliviada porque no había exagerado, me iban a operar, eso quería decir que estaba realmente mal. Inauguré el hospital de Alcañiz. Unos días después, el cirujano se jubiló. Primero les dijo a mis padres –que estaban haciendo la mudanza a Urrea de Gaén– que nos íbamos en uvi móvil a Zaragoza porque no había medios en su hospital. Unos minutos después dijo que no, que no llegábamos. 

Entre el público de mi charla había una chica con la que había estado esquiando en Candanchú a los once años, según calculamos ella y yo. Nos habíamos escrito cartas, ella se acordaba del nombre de mi calle y me enseñó las fotos que aún guarda de esos días en la nieve. Tienes la misma cara, me dijo. En todas las fotos estoy a su lado. No consigo recordar nada de esos días. Ya había leído el libro y noté que uno de los cuentos –en que una embarazada tiene un encuentro sexual con un chico que no es el padre del hijo que espera– le había resultado un poco desagradable. 

Una señora me dijo que acababan de abrir un segundo hospital. Espero no inaugurar este yo, le dije. 

De vuelta paramos en el Arse, un bar de carretera cerca de Híjar, era uno de los hitos del viaje Urrea de Gaén-Alcañiz y que visto desde fuera podría estar en un lugar de playa o salir en una película indie estadounidense. Me pedí un café mientras mi padre se echaba una siesta en el coche y empecé a leer Vilnis, de Bárbara Mingo Costales. 

Al día siguiente, mi hija pequeña tuvo fiebre por segunda vez en sus casi tres años de vida. Como sé que correlación no es casualidad no quiero precipitarme en las conclusiones, pero de momento decido distanciar las presentaciones del libro.