Puro glamour XIV. A Valencia con una calabaza

Un viaje a Valencia, una calabaza en el maletero y el espectáculo bastante deprimente de los delfines en el Oceanografic.
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Mi tía vive en Valencia desde que a su marido le dijeron que entraba en lista para trasplante de pulmón. Durante unos años vivieron en un piso cerca de La Fe y tenían que estar localizables y a menos de unas horas del hospital. El trasplante llegó y mi tío tuvo una vida mejor durante unos años, hasta que murió, justo antes de la pandemia, sin apenas darse cuenta por una hemorragia cerebral mientras estaba ingresado a la espera de ver cómo podían solucionar su falta de plaquetas. Se murió en enero de 2020. Esas navidades habíamos estado todos en casa de mis padres. Mi hija pequeña estaba a punto de cumplir un año y sin venir mucho a cuento, les hice una foto a mis tíos con mis tres hijos alrededor. La polaroid está ahora en la casa de mi tía, en el Cabanyal, al lado de la playa de la Malvarrosa, adonde se mudó esa primavera. Le hicimos una primera visita en octubre de 2021; entonces fui yo sola con mi madre y los niños. Nos bañamos en el mar y me acuerdo de leer Simón, de Miqui Otero en la playa porque lo entrevistaba a la vuelta. 

Este curso la visita la hicimos aprovechando el puente de todossantos, Halloween ya. Metí los disfraces en la maleta porque los niños decían que querían hacer truco o trato, aunque luego no lo hicimos. Pero mi madre se preparó como si: en el maletero de la furgoneta, al lado del resto de bultos, maletas y el carrito, había una bolsa y dentro una calabaza gigante a medio vaciar. Salimos el viernes y llegamos de noche y dejamos ahí la calabaza. Mis hijos se acordaban de lo cerca que estaba la playa y de la casa; era la primera vez que mi novio iba. En la cama de mi tía, de 2×2, dormiríamos mi novio, los niños y yo. En esa habitación está la foto de mis tíos con mis hijos. Llevan sombreros y collares, restos del cotillón de Nochevieja. En el sofá cama del salón mi madre y mi tía. Quedaba aún otra cama libre, la del cuarto donde está el ordenador. Por supuesto, fuimos hasta el mar antes de dormir. Por supuesto, nos mojamos los pies y nos llenamos de arena. Esa noche empecé a leer Vilnis, de Bárbara Mingo. Lo seguí leyendo al día siguiente, en la playa, lo sé porque se llenó de arena, tan fina que juraría que aún tiene restos entre las páginas. Nos bañamos el 1 de noviembre en la playa de la Malvarrosa. 

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Ir al Oceanografic no me apetecía demasiado: he trabajado en Dinópolis y en espectáculos de animación infantil lo bastante como para saber que hay algo triste y mecánico en todo; además, me dan pena los animales encerrados ahí. Piensa que muchos son de recuperación, dice mi tía, que es veterinaria. El espectáculo de los delfines me deprimió especialmente, aunque menos que ver a las belugas dando vueltas en su pecera y muchísimo menos que los pingüinos: tal vez deberíamos habernos ahorrado esa sala en la que los pingüinos iban y venían hasta el cristal nadando y el espacio que tenían era reducido y movían las alas y me daban mucha pena. Estuvimos mucho rato viendo a los leones marinos y a las focas. Vimos cómo lanzaban pescado a los pelícanos, vimos flamencos. El cocodrilo estaba dormido. En el espectáculo de los delfines hacían un cuestionario a través de una aplicación, el ganador salía y podía dar de comer a un delfín. Mi tía nos contó que una semana antes habían estado mi primo y su familia, y habían ido dos veces al show. La segunda vez se sabían las respuestas, así que enseguida se pusieron en primera posición. La niña les dijo que no pensaba salir, así que dejaron de jugar, un poco asustados porque habían hecho tan buena puntuación que tal vez no pudieran perder ni queriendo. 

La chica que guiaba el show hablaba de una manera tan peculiar que no podía ser forzada. Los chicos y chicas que nadaban con los delfines parecían surferos. ¿Serían gimnastas? ¿Nadadores? Había llenado las páginas finales del libro de Bárbara Mingo de delfines y narvales que mi hijo me había pedido dibujar mientras esperábamos que el espectáculo comenzara. 

Mis hijos no querían montar en la furgoneta para volver a casa, perferían ir en tranvía. Para llegar hasta la parada del tranvía había que subir a un autobús. Tuvimos que esperar bastante rato el tranvía, cerca del puerto. Jugamos a pillar y vimos ambulancias y un cuartel de la Guardia Civil que despertó la curiosidad de mi hijo mediano. 

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-No estaba el año pasado cuando vinisteis, ¿sabes? –me decía mi tía–. Lo abrieron no hace mucho, pero está muy bien. Lo descubrimos con este…, o diré, con tu primo Tristán. Todo está bueno, sí, y son muy majetes. Pediremos un vino blanco, ¿os parece? 

Estaba tan sorprendida por las pocas discusiones que estábamos teniendo por quién pagaba que no nos reconocía. 

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Tenía que ver una película, a mi novio le daba pereza, pero mi tía se animó y nos montamos en el bus con gran tristeza para su perra y mis hijos. Íbamos al cine al que ella va con una amiga, hay una especie de cinefórum. Ha visto Titane, vio Madres paralelas y otras más. Titane le dio un poco igual, le pareció sobre todo que el chico que lleva el cinefórum la sobreinterpretaba. Le pregunté si era muy desagradable y me dijo que no. Aun así, no me he animado a verla aún. Ni que decir tiene que, a pesar del café que nos tomamos antes de entrar en la sala, en cuanto nos sentamos y se apagaron las luces nos quedamos dormidas, antes incluso de los créditos. Yo me iba despertando y me enteré a medias de la película, que luego le conté a mi tía. 

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Paseábamos por el paseo marítimo haciendo tiempo hasta la hora en la que habíamos reservado nuestro arroz a banda en uno de los restaurante del paseo. Mi madre y mi tía se fueron a tomar una cerveza. Me tumbé en el poyo mientras los niños y mi novio jugaban en un tobogán en la arena. Había una familia de italianos: los padres jóvenes, guapos, estilosos, y cuatro niños. CUATRO. Mi novio vino adonde yo estaba. Él también estaba mirando a la familia. 

-Si no hubiera sido por la pandemia, creo que habríamos tenido otro hijo –dijo. Y yo pensé que tenía que ponerme el diu en cuanto volviera a Zaragoza para que mi yo del futuro me diera las gracias. 

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La furgoneta olía fatal. ¡La calabaza!, dijo mi madre. Es la última vez que compro una calabaza para Halloween, dijo. Encima me costó una pasta, joder. No sé exactamente qué pasó, lo que yo vi fue a mi madre arrastrando la bolsa, que dejaba un cerco en el suelo, hasta el contenedor. Al intentar tirarla, se le habían caído encima restos de calabaza. Venía de nuevo hacia la furgoneta visiblemente enfadada, pero a punto de echarse a reír. Dame papel, anda. Estuvimos un rato frotando el maletero con desinfectante, pero el olor a calabaza podrida nos acompañó un buen rato en el viaje de vuelta a casa. 

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