Puro glamour XVI. Yo lo que quiero es desayunar

Reuniones por skype que se convierten en charlas entre amigos o en paseos a distancia.
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Una vez a la semana, más o menos, S y yo nos reunimos por skype para hablar de proyectos que querríamos hacer juntos. Empezamos hará cosa de un año y en navidades decidimos algo. Por el camino han quedado algunas ideas desechadas, como una película en la que no sabíamos muy bien qué iba a pasar, pero que empezaba con un cumpleaños infantil que era interrumpido por la llegada de un personaje un poco inquietante: un amigo del abuelo que aparecía en la casa sin avisar y después de años de no ver a su amigo. Luego se me ocurrió una historia de una embarazada que vuelve a su ciudad en vacaciones, pasa un par de días sin su familia, que sigue de vacaciones en otro lugar. No sedujo lo suficiente a S, así que lo convertí en cuento. Él me contó algunas de sus obsesiones (hay una idea que me interesa mucho, la siesta, la hora de la siesta. Lo que me gustaría de verdad es filmar la hora de la siesta en la Zarzuela); proyectos pasados sobre los que trabajó y que no llegaron a cuajar. A veces lanzamos nombres: Ana Belén, Marisol. Me habla de los libros que está leyendo. Le recomiendo alguno. Suceden casualidades en las que creo ver señales del universo. 

Entre tantas conversaciones, S y yo hemos ido estrechando la relación y compartiendo alguna intimidad. Me habla de su ruptura, de su hijo, yo le hablo de los míos. Le pido opinión sobre películas, compartimos cotilleos, sabemos quién ha roto con quién para liarse con quién, y si no, nos lo inventamos. S viaja mucho. A veces sus viajes nos impiden tener la reunión. Entonces nos mandamos audios: me cuenta a quién ha visto, con quién ha estado, qué película chula ha visto. En sus viajes descubrimos siempre que tenemos un conocido en común. Yo no viajo nada, pero un día nuestra reunión semanal me pilló en casa de mis tíos, cuidando a mi abuela. Los muebles de estilo rústico de la cocina de mis tíos llamaron la atención de S. 

A veces le mando fotos de mis hijos, o algún video de la mayor bailando. Luego ella me riñe por compartir sus cosas sin pedirle permiso. Él me cuenta cosas que le dice su hijo, las ocurrencias que tiene, las preguntas que le hace, etc. 

A S y a mí nos duele la espalda. Él va a un quiropráctico, yo a una fisioterapeuta que me recomendó mi hermano pequeño. Su quiropráctico, me dice S, le cuenta que su mujer ha perdido interés por las relaciones sexuales. Según S, descarga su ira en las sesiones con él, de las que mi amigo S sale bastante dolorido. Me pregunta qué me hace a mí la fisioterapueta. Un día le digo que podemos hablar mientras voy de camino a la cita con la fisio, en la bici. Es como si le llevara de paseo: oye los autobuses, el tranvía y el viento. Es un día de mucho sol y frío. Ese día inauguramos los paseos en bici. 

¿Puedes hablar?, me escribe. 

Te llamo cuando salga de la radio. 

Como le acaban de operar y se ha dado un susto, entiende que la radio es radioterapia, así que se asusta. Y cuando le llamo, pasamos un rato deshaciendo malentendidos: yo le pido perdón por haberle asustado, él me cuenta su operación y yo entiendo que es más grave de lo que es, luego me lo aclara y vuelvo a pedirle perdón. Ese día, no voy por el camino habitual. Estamos en la plaza de Europa, he cruzado el río por el puente de la Almozara. Le digo que hay muchos carriles aquí, que estoy en otra parte de la ciudad, no por la que le llevo habitualmente. Me dice que es una pena que no hayamos podido hacer skype para que me enseñe su nuevo perfil. Le digo que si le han puesto la nariz de Brad Pitt y que tal vez rompa, por fin, a follar. 

Ya te he dicho lo que quiero, ¿no?, me dice. 

Seguramente, pero no me acuerdo. 

Yo lo que quiero es desayunar. 

Luego hablamos de parejas que cada uno conoce, de algunas que duran y otras que no. Le digo que cuando lo de desayunar funciona, se acaban teniendo hijos. Se ríe. 

S siempre se ríe de mis bromas, por eso no me importa que muchas de nuestras conversaciones no lleven a nada muy concreto de manera inmediata. 

Tenemos otra conversación-paseo. Voy de la radio a casa, al lado del río, lo cruzo por el puente de Santiago. Le digo que al principio parece una ciudad de Dinamarca, hasta que se llega a la parte antigua y entonces chocas con el peso de la historia y el tiempo. Entonces me dice que él estuvo en Zaragoza, trabajando cuando la Expo. Es increíble que nunca hayamos hablado de esto. Acabo de dejar atrás el recinto, el pabellón de Aragón, ¿te acuerdas? –pregunto–, que era como un cesto de frutas. Lo recuerda vagamente. Hablamos de dos o tres cosas más sin importancia, y nos despedimos. Antes de colgar, se acuerda de que no me ha dicho lo que me tenía que contar y que tiene que ver con nuestro trabajo: me lo dice muy rápido, como si esos proyectos fueran en realidad una excusa para hablar. 

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