Puro glamour XVII. La semana en que fui a Madrid a dormir

En el hotel, me duché antes de meterme en la cama, con dos pares de almohadas blancas, con sábanas estiradas. Me di cuenta de que el grifo no iba muy bien. La felicidad nunca puede ser completa.
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No había trenes a última hora de la tarde, me dijeron, así que me habían comprado unos billetes que salían el domingo temprano. El viaje sin niños cunde mucho más, es el tiempo lo que cunde, claro, pero leí el periódico, leí unas cuantas páginas de una novela rescatada presentada como pseudonovedad y cabeceé un rato. Llegaría a Madrid, iría hasta el hotel para dejar la maleta y me echaría a las calles con mis gafas de sol graduadas, mi abrigo enorme y el libro en el bolsillo. 

Llegué en metro a La Latina. Ya está el nuevo mercado de la Cebada. Me vinieron a la cabeza paseos por ahí: el día en que fuimos a por una silla con reposabrazos para dar la teta; otro día que íbamos dos familias y la otra pareja discutió en el metro. Tenía también recuerdos de la ficción: de La virgen de agosto, de Jonás Trueba sobre todo. Me senté a esperar en Antón Martín, mi primer barrio de Madrid. Había quedado a comer con mi hermano y sus hijos, luego teníamos entradas para ver en el cine Doré Dos hombres y un destino (“No me gusta mucho, porque a mí me gustan los westerns serios”, me diría dos días después uno de mis ídolos). Yo me reí muchísimo y me emocioné, por razones que no tienen que ver con la película en realidad. También me dormí unos cinco minutos, también por razones que no tienen que ver con la película. La banda sonora de la película es de Burt Bacharach, a quien rendía homenaje Sergio Algora con el nombre de su bar, Bacharach, donde yo trabajé un año, hasta la muerte de Algora. Por supuesto, poníamos esa canción para cerrar. Otra razón sentimental por la que me gustó la película: la bici –en la secuencia en la que montan en bici es en la que suena la canción–. Mi padre tiene un poema sobre ir en bici con su padre. Me acordaré de ese poema leyendo Niños de domingo, de Bergman, donde el clímax es un paseo en bici con su padre, el único momento de conexión que tuvieron en la infancia de Bergman. Mi sobrino iba vestido de pirata y todo el rato perdía el parche o el garfio o el gorro. Le dije que a mí lo que me gustaba de disfrazarme de pirata era pintarme un diente negro. Eso y la vida pirata, claro. 

En el hotel, me duché antes de meterme en la cama, con dos pares de almohadas blancas, con sábanas estiradas. Me di cuenta de que el grifo no iba muy bien. La felicidad nunca puede ser completa. 

Había ido a Madrid a trabajar, cuando explicaba qué tenía que hacer nadie lo entendía muy bien: a grabar un curso, a dar un curso, a hacer un anuncio. Daba igual. En realidad, había ido a dormir: había tenido que adelantar trabajo en la radio y estaba despejada, liberada de eso. Casualmente, mi amiga Almudena estaba en Madrid. “He venido a España para divorciarme porque me voy a casar y a tener hijos.” Quedamos esa tarde, nos emborrachamos y al día siguiente acudí al plató con resaca. Afortunadamente, no tenía que levantarme ni caminar, solo estar sentada y hablar. Un ibuprofeno me quitó el dolor de cabeza casi milagrosamente. Por la tarde iba a ver a dos amigas y luego, por fin, mis súplicas habían sido oídas, iba a conocer a Jaime Chávarri. Como se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas estuve a punto de no acudir. Tuve un segundo de duda: cuántos de mis ídolos me habían decepcionado al conocerlos en persona. Bobadas. Hablamos de Vainica doble y de Arrebato, de su colección, de la película que iba a hacer, de su madre, de las películas que hacía y que la filmoteca intentó digitalizar. Le di un abrazo al final que tal vez no esperaba. 

Pensaba en mi novio, que se había quedado en Zaragoza con los tres niños. Los caos de la mañana estaban a un millón de kilómetros de distancia del buffet del desayuno en el hotel. Me tomaba dos cafés, tostadas, fruta y reconocía a gente a la que luego veía en el edificio donde estaba el plató. Nos saludábamos y en seguida bajábamos la cabeza hacia el teléfono. Me hacía gracia que mis hijos hubieran engañado a mi hermana, que hacía de mí para llevarlos a la piscina, diciéndole que siempre siempre, además del vasito de leche, yo les compraba una galleta en esa cafetería tan moderna. 

Como con mi amigo S y luego se nos une B. S se va a recoger a su hijo: lo deja el autobús de su cole en la plaza, se sienta con nosotras mientras sigue el recorrido del bus en tiempo real desde una app. Vuelve para presentarnos a su hijo. Después, mi amiga B y yo bajamos por San Bernardo y pasamos por delante de Bomberos. Tengo que hacer una foto al camión para mi hijo mediano. Los bomberos que están ahí, sentados al sol, me dicen que me hacen ellos la foto. Mi amiga B y yo posamos agarradas al camión, las dos con gafas, aunque las mías son de sol. Espero impresionar a mi hijo. Luego intentamos ir a la basílica de San Francisco el Grande, pero está cerrada, así que nos sentamos en el poyete de las Vistillas. Le cuento que dos de mis tres partos arrancaron después de pasear por ahí. El otro tuvo que ser inducido porque no fui a pasear a las Vistillas, supongo. 

Quedo con una amiga en la presentación de Ozu. Multitudes. Lo presenta mi amiga B, que también ha hecho el prólogo. Llego tarde y me siento en unas escaleras a leer hasta que llega mi amiga. En el bar donde tomamos una cerveza después, el fantasma de Algora reaparece. Luego, el autor del libro saca el mazo del tarot de Ozu y empieza a echar las cartas. Me salen: De la pesca, De las cuentas, De los mundos, Del vacío y Del viento. En ese momento, quizá fuera el vino o el hambre o las dos cosas, me pareció que esas cartas, en la secuencia en la que salieron, que no es la que he anotado, explicaban mi vida, mis anhelos y me servían de guía para lo que quería. Ahora solo recuerdo la pregunta que hice: ¿Qué tengo que hacer para conseguir lo que quiero?

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